Miré fuera del compartimento y allà estaba ella, desconocida, apoyando su perfil esbelto en la ventanilla del pasillo. Miraba cómo el paisaje cambiaba a la velocidad del tren. Entre sus dedos sujetaba un Madame Bovary. Yo me apeé en Figueres. Ella debió de seguir hasta Francia sin saber que también se bajaba tras mis pasos, que me perseguÃa. Cruzaba el empedrado del casco viejo a corta distancia; atendÃa mientras yo me sentaba enervado en la terraza de un café y, finalmente, entraba a mi lado en una librerÃa. Al pagar, me pregunté si Flaubert aplacarÃa ese absurdo acoso.
On parle français
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LindÃsimo, gracias por dejarlo.