El horizonte parece ser el pliegue de esta obra.
Un árbol superpuesto al amanecer. El tronco conectado a la tierra oscura y húmeda, negro sobre negro, como las pesadillas del nunca despertar.
Subiendo se encuentran las ramas en contraposición de la luz, de los tonos rojizos, anaranjados, amarillos y rosas. Son como las manos de un cadáver, huesos sin piel ni musculo.
¿Es una parte de la pesadilla?
La iluminación armoniosa niega este hecho.
¿Por qué?
Porque las aves que están sobre las ramas no son, ni de lejos, un mal sueño.
Pájaros de pureza y dioses paganos. Un arcoiris contenido en sus plumas, en sus patas en sus picos. Ojos de sabiduría y mirada de benevolencia.
Pero, el sol alzándose, el comienzo del día, la caída del día hasta llegar la incipiente noche que lleva una maldición.
El arcoiris, el pájaro, el ejemplo de lo místico se verá envuelto en fuego y las llamas consumirán su nombre. El color se ira y los monstruos saldrán a tomarlo todo.
Y se transforman, perdiendo su identidad.
Y la muerte los toma.
Y la maldad los corrompe.
Ya no son aves de buenaventura sino cuervos devoradores de almas. La noche los marcó, la oscuridad los posee y se pierden y se reencuentran con la luz del sol.
Los cuervos negros tienen una historia interesante.



iba a decir bonita. pero no es bonita, es muy buena y profunda. mi voto.
Interesante texto. felicitaciones y mi voto.
Jorgelis: una narración muy hermosa, muy bien contada, lástima que un pequeño detalle le de algo de sombra a obra tan estupenda: ese tide que le falta al verbo de “la noche los marco”.
Cuando la narración no vale la pena, sencillamente se queda uno callado.
Volivar