Ser propietario de lo incierto, de ese verso que a veces tan bien suena, y esa melodía que a veces tanto duele; del caos sin remedio, de la exacta inexactitud, de las llaves capaces de abrir el cajón más íntimo de la verdad, e ilustrar la locura en la huella de miradas ajenas. Ser de memoria inevitable, de contacto susceptible a acostumbrarse. Sentarse al lado del propio enemigo, recibir la seguridad de una mirada remitente, sentirse abrigado con las palabras, calibrar el equilibrio que sincroniza dos libertades puntualmente enredadas ante el precipicio, y ofrecerse a caer. Cambiar de marcha, y retroceder con rumbo a perderse por los contornos de la piel que quiere verse en espacios complicadamente oscuros. Sentir las previsibles cicatrices que erosionan las edades, sentir la inestabilidad alarmante si llueve en esta historia. Perop sobretodo, sentir que inevitablemente, resvalas por el vértigo que impone tu presente incierto, ese que a veces tan bien suena, y ese que a veces, tanto duele.
Presente incierto


