Sabía muy bien a lo que iba. Sabía también que oponer resistencia no serviría de nada pero no estaba dispuesto a vender barata su carne, su dignidad, a dejarse atravesar sin presentar pelea con uñas y dientes mientras lo llevaban a rastras. Y nada, ni el pataleo y los manotazos, ni los gritos de súplica y el llanto menguaron la determinación del verdugo. _listo. Señora, mañana lo trae para la última inyección._ Y Carlitos baja de la meza de exploración y entre sollozos recibe la acostumbrada paleta que le hará olvidar el asunto hasta la siguiente cita médica.
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4 Comentarios



Me recuerdo de pequeño, teniendo que ir a la farmacia a colocarme unas inyecciones terribles. Muy bueno, gracias por compartir.
Gracias por tu comentario Nanky. Que bueno que te fue evocador. Un saludo.
Ingenioso el relato, principalmente la conclusión. Muy bueno. Saludos desde Brasília.
Gracias Rosemarie, Saludos desde el desierto de Sonora.