Algo se escabulló entre los pies del poeta y notario. Gonzalo de Berceo ejecutaba con maestría sus versos delante de un duro escritorio de madera, al mismo tiempo que un pequeño ratón se dirigía hacia su morada habitual. El ocurrente escritor, inmerso en su legado castellano para la Historia, no acertó a pisotearlo, y con el ladrón huyó una gran letra áurea y coloreada, bordada en finos hilos de oro y fingida castidad, que nunca volvería a ser recuperada.
El diminuto animal apresaba entre sus dientes un trozo de pergamino de alto valor literario e intelectual, y esta hazaña haría jurar a los monjes ante el Santísimo que jamás volverían a ser violados, metafísicamente y culturalmente hablando, por otro ser del demonio como este. Así pues, para el osado roedor, de bigotes y larga cola, esta sería la gran aventura que terminaría definitivamente con la feliz existencia de su especie entre los muros del maravilloso monasterio de San Millán de la Cogolla, en concreto el de Yuso, lugar que permitía la exquisita alimentación a base de esa piel de vaca tan apetitosa. Decenas de santos códices habían apresado entre él y sus camaradas durante largos años, esquivando gordos y pesados gatos a través de las galerías, perfectamente aireadas, que los inquilinos religiosos habían diseñado y defendido de este modo para lograr la salvación de sus escritos. Pero quizás esta fuese la última vez.
La edad de oro de su especie en este precioso paisaje a orillas del Cárdenas podía darse por finiquitada, pues desde entonces los ratones fueron acosados por muchos más asesinos gatunos y debieron abandonar sus incursiones a través de estos pasadizos del placer.
Lástima para estos pobres seres, que disfrutaban del Cielo en la Tierra, hasta que los condenados monjes y sus pérfidos aliados felinos arruinaron su momentáneo paso por la vida.




Muy buen micro, Cassady, y muy original. Felicitaciones y mi voto.
Me ha gustado tu relato, te doy mi voto.