El recién ascendido inspector Revilla aplastó con rabia la colilla recordando a Vélez, su antecesor, asesinado a sangre fría. Ahora él estaba al mando, ocupando el puesto de sus sueños, pero debía supervisar la rueda de identificación que bien podía fallar. Entró y observó a la testigo, la cara pegada al cristal, pendiente de reconocer los ojos, la mirada del asesino del viejo inspector. El resto de compañeros permanecían tensos, esperando que identificara al maldito sicario. Le caerían veinte años y ellos le sacarían —¡claro que sí!— quién le pagó. Se aproximaban los sospechosos al cristal oculto, acercaban sus caras patibularias a la de la testigo — esta podía sentir sus alientos—, luego, retrocedían sumisos. Al llegar el quinto, la mujer dio un grito seco y los policías intercambiaron satisfechas miradas de inteligencia. Ya le tenían. Le harían cantar. Revilla solo tragó saliva en seco. Ya le tenían.
Reconocimiento
2 Comentarios



La historia me ha gustado y el estilo también, aunque creo que su mensaje no está tan claro como sería necesario. Es sólo mi opinión, te doy mi enhorabuena y mi voto.
Gracias, Antonio, por tu comentario. Lo del “mensaje” que no está claro, lo sé. Se trata de un equilibrio (in)necesario para permitir diferentes lecturas.
Saludos