Escribir, borrar, escribir, tachar; pensar, razonar, imaginar, volver a escribir. ¿Qué pasa? ¡Le es imposible concentrarse! Las ideas aparecen y desaparecen una tras otra, las letras se revelan y no quieren ordenarse; los nervios comienzan a hacer acto de presencia.
Un largo respiro y vuelve a intentarlo en vano. Pasan las horas y en la hoja todavía no figura algo siquiera legible. Un recreo; una gran taza de café, unos bizcochos y el diario. Música de fondo, una caminata por el patio. Se agota el tiempo y aún no logra avanzar.
Comienza a dar vueltas por la sala cada vez más impaciente; sumida en sus pensamientos no se percata de que alguien ha entrado.
—Ya llegué, amor.
Y con esa simple frase todo se arregla; las ideas quedan fijas, las palabras se dejan domar con facilidad, todo regresa a su lugar. Sin contestar al escueto saludo corre a sentarte y escribe sin parar.
Él es su musa. ¿Qué sería de ella, pobre intento de escritora, si él no estuviera cerca?



detrás de una gran mujer, siempre hay un gran hombre pues?
Gracias por sus comentarios; es cierto, creo que el amor (no importa si es “lindo” o no) es la musa mayor
Me ha gustado mucho tu microrrelato, te voto.
Es cierto, Niza, las musas (y los musos) son muy importantes para el escritor. La mia es la Decima Musa. Un abrazo y mi voto.
Que bonito ese desasosiego en espera del amado. muy chulo. Voto!
Felicidades; cada quien tiene su musa, y la tuya, es el amor; o mejor dicho, el amor el la musa de todos los escritores.
Volivar
Niza: un saludo. Espero que te llegue, si es que los de Falsaria no siguen en su tarea de borrar todo lo que comento.
Atentamente
Volivar