El camino del paso fronterizo a la ciudad era corto, seco y triste. Anita caminaba impasiblemente, ignorando los cientos de otros caminantes y automovilistas que la pasaban de largo, sobrepasándola y enmarcándola a contraluz. Panchito lloraba, sediento. Anita se sentó a un lado y con parsimonia le metió la boca en la teta y tomó un poco de agua ella misma. El sol del mediodía quemaba su cabello como filamentos, y aún su piel tostada acusaba recibo de la radiación solar. Descansó unos minutos antes de ponerse en pie nuevamente, elevándose como una montaña ascendiendo desde el mar, con los bártulos elevándose de manos a hombros a espalda, y Panchito subiendo nuevamente al cenit.
De a poco llegó a la ciudad, poco más que unas cuadras de casas de barro seco que ansiaban la lluvia. Recorrió los meandros ardientes hasta llegar a la bucólica terminal de ómnibus (poco más que una garita y una isla de desembarco) solo para encontrarla cerrada a cal y canto, con menor perspectiva de venta que heladería innuit.
Enfrentando la perspectiva de esperar el resto del día o seguir camino, se dio la vuelta y retomó el camino invisible que la guiaba. Pasó las casas anodinas y los rostros sin preguntas, sin interés. El camino se extendía ante ella, una ruta de tierra, polvo y poco más, mirando al sur. No sabía qué tan lejos estaba la ciudad, ni pensó en el desierto y sus peligros. Anita era inmune a casi todo, incluso al tiempo, que se rendía ante la contundencia de su gravedad. Pero Panchito aún no estaba hecho del mismo material, era pura baba y piel. Si seguía adelante, llegaría a destino, sí, pero sola.
Se sentó a la sombra a esperar algo. El primer secreto que Anita había descubierto hace tiempo, era que cuando no sabías qué hacer, solo tenías que esperar, y algo pasaría. Ni siquiera esperar atentamente, o meditando. Solo aguardar, rendirse al tedio absoluto de la espera sin objeto. El segundo secreto era que una vez que empezabas a moverte, no podías detenerte, no podías, no podías de ninguna manera, porque el mundo espera siempre al acecho de los que se sientan cansados al costado de la ruta.
Anita no comprendía cabalmente las contradicciones internas de su particular filosofía del andar, pero tampoco se había encontrado nunca en el cruce exacto de ambos preceptos. Así que optó por la precaución y se quedó muy quieta, aguardando algo (precepto 1) pero mirando con recelo a ambos lados del camino (precepto 2).
Aproximadamente una hora después (según pudo estimar por el movimiento del sol, el ritmo sincopado de su propio aburrimiento, y la regularidad metronómica de los eructos de Panchito), una nube de polvo la sacó de su sopor. Un automóvil enorme, negro y completamente inconspicuo pasó a su lado demasiado rápido para el metabolismo de esa parte del mundo. Cuando se levantó y se sacudió el polvo, vio pasar otro vehículo idéntico. Apenas reaccionó al ver al tercero de la caravana, y levantó una mano hacia él mientras pasaba, en un gesto que podía interpretarse como un saludo más que un pedido, el único movimiento que le permitían sus brazos cansados y su espalda cargada, pero el resto del mensaje estaba ubicado en las cuencas de sus ojos, si el observador se tomaba el trabajo de mirar su rostro.
El vehículo redujo un poco la velocidad, y se detuvo haciendo ondular su parte delantera con la fuerza de su frenada. Luego retrocedió con un aterrador ulular, y se detuvo frente a Anita con la ventana ya baja. Ella ya estaba cubierta de polvo, excepto por Panchito que parecía poseer su propio campo de fuerza, que solo fallaba y atraía la mugre en el lapso de hora después de su baño.
De la camioneta salió una mano con una moneda, automáticamente, como si cada vez que la ventana polarizada bajara la mano siguiera esa trayectoria, como un reloj cucú para pobres.
—No —dijo Anita, pero igual agarró la moneda por las dudas—. Necesito que me lleven.
Del interior vino una seguidilla de susurros.
—¿Adónde, madre? —dijo una voz de mujer que parecía venir de más adentro, de las vísceras de la máquina.
—Al sur. A la ciudad de la virgen.
Otro cotorreo.
—No creo que encontremos ninguna, pero bueno… vamos para ahí de cualquier manera —dijo una voz de hombre— ¿Sabe cebar mate?
—Sí.
—Con eso se ganó el pasaje, mi mujer no sabe si ponerle bombilla o cuchara. Arriba —dijo, y con su palabra se abrió el costado de la bestia, exponiendo a Anita a todo su esplendor de cuero y temperatura regulada.
—Gracias —dijo Anita, contenta ante su primer exposición a los beneficios de vivir en la tierra prometida.
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CxF



Qué viene ahora? Me has dejado con la intriga. Quiero seguir leyendo y saber más.
Un buen texto. Continuo pendiente del porvenir de Anita…
Me gusto mucho y logra dejarnos pendientes, salen cuatro estrellas…