-Esta semana anduve bastante bien. Por suerte mi trabajo como promotora es sencillo, lo único malo es que tengo que estar muchas horas parada y eso me hace doler un poco las piernas.
-¿Pensó en algo de lo que hablamos la sesión anterior?- pregunté intentando llamar su atención.
-No le voy a mentir. Llegué a casa e intenté nuevamente dialogar con mi marido, digo “intenté” porque es imposible hablar sobre temas sexuales sin que derive la conversación para otro lado, se va por las ramas y se distrae haciendo otras cosas. Creo que es un tema tabú en su vida y definitivamente no puedo contar con él para estas cuestiones.
Con mis amigas tampoco puedo abrirme demasiado porque, si bien estamos juntas hace muchos años, pocas veces cuento algo íntimo; acoto y me río de los problemas ajenos pero nunca de los míos. Por fuera parecemos entrañables pero en realidad, somos falsas y superficiales.
Dentro de mi familia ese tópico no se menciona ni en broma, son muy cerrados y ortodoxos en ese sentido y en general, para todo lo que esté por fuera de sus creencias. Ellos forman parte de mi vida sólo algún que otro domingo cuando los vamos a visitar para almorzar y una vez al año para mi cumpleaños; creo que el entorno familiar ya me dio demasiado y a la vez no me brindó ninguna satisfacción.
-¿Cómo se entiende eso?- le dije invitándola con la mirada a que se explayara un poco más sobre sus seres queridos.
-Me metieron un montón de estúpidos prejuicios en la cabeza desde que era muy pequeña, llenaron de complejos e inhibiciones mi corazón y para completarla, me mandaron a un colegio de monjas en donde profundizaron mi culpa y mi locura. Todo lo que me gustaba paso a ser pecado, o era inmoral, o estaba mal visto a los ojos de Dios, o engordaba; terminé sintiéndome sucia, culpable y enjaulada.
Hay veces que prefiero mejor no recordar aquella etapa de mi vida porque me pongo mal con sólo pensarlo. (Se la nota visiblemente angustiada y detiene su relato)
-¿Tiene ganas de hablar sobre eso o cambiamos de tema? -Se enjuga una pequeña lágrima que había comenzado a correr por su rostro y continúa con su relato inspirando un gran sorbo de aire -Es que me torturaron tanto con el tema de la pureza, la castidad y con esa estupidez de que Dios está mirándome todo el tiempo que viví mi infancia sintiéndome perseguida y observada; no podía ni siquiera mirar un chico por la calle porque me sentía pecadora y me ponía a llorar. Tenía que vestirme decente, tapada hasta el cuello y mis padres me obligaban a ir a misa para confesar mis pecados todos los domingos. No me dejaban salir sola ni a la esquina y mucho menos tener una cita con alguien del sexo opuesto. Creo que por todas estas frustraciones en parte, estoy así de acomplejada.
Las monjas en el internado nos hacían la vida insoportable…
-¿Qué están haciendo, señoritas?- nos gritó la madre superiora al vernos trepadas a una ventana mirando para afuera
-Nada, solo estamos mirando el paisaje- le contesté haciéndome cargo de la situación.
-No se hagan las santitas porque sé bien que estaban gritándole cosas a los chicos que pasan por la calle, una de sus compañeras vino horrorizada a decírmelo. Ahora vengan conmigo que van a tener su merecido.
Nos agarró fuerte del pelo y casi que nos arrastró hasta su oficina; intenté mantenerme inmutable porque la ira que tenía contenida me impedía llorar, lo contrario de mi compañera que no podía parar de lagrimear. Parecía como si aquella enorme bestia eclesiástica disfrutara viendo llorar a las alumnas porque, con cada llanto o suspiro acongojado, nos gritaba y nos injuriaba todavía más; sus ojos adquirían un color rojizo opaco como la sangre y nos tiraba de las orejas casi hasta arrancarlas de su lugar. Luego nos hacía arrodillar durante horas en sal o maíz rezando sin parar.
-Por favor hermana, le aseguro que no estábamos haciendo nada malo, déjenos volver a clase- le supliqué pensando mas en mi pobre amiga que en mí misma.
-¡Cállese! Lo hubiera pensado antes hija mía ¿Acaso no entienden que lo hago por su propio bien? Tienen que purificar su mente y su corazón, están sucias y si siguen así van a ir a parar derechito al infierno, arrepiéntanse y adoren a Dios como él manda. Sólo mediante el dolor somos salvos, debemos sufrir y vencer las tentaciones como Cristo lo hizo. Ahora mismo me tengo que ir a dar una vuelta por el colegio para ver cómo anda todo, quédense acá quietitas y cuando vuelva voy a ver que hago con ustedes; no quiero enterarme de que se movieron ni un centímetro porque les aseguro que no se van a olvidar de mí en toda su vida- nos amenazó con firmeza y cerró la puerta de un golpazo.
Apenas salió la religiosa de la habitación me puse de pie y me acerqué a la salida.
-¿Qué haces? ¿Estás loca?- me decía mi compañera en voz muy baja -Si se dan cuenta que nos movimos nos van a castigar peor, ya oíste lo que dijo la madre superiora, quedáte en donde estas.
-No se vos, pero yo me voy de acá para siempre- retruqué decidida -no pienso dejar que me sigan maltratando de esta forma y encima por algo que ni siquiera hice- Abrí la puerta despacio y mi amiga me rogó con voz temblorosa:
-Por favor, lleváme con vos.
-No puedo, no quiero meterte en más líos; cuando vuelva la hermana decile que me quisiste detener pero que no te hice caso, que estaba como poseída y que salí corriendo.
Me fui de allí en puntas de pie. Las piernas aun me dolían y mis rodillas estaban un poco machucadas, pensé en mi compañera y me puse mal por no haberla traído conmigo. Reflexionaba acerca de lo que podía llegar a pasarle por mi actitud pero enseguida reaccioné y me di cuenta de que yo no podía velar por la seguridad de todos en el hospicio. Sabía que los maltratos y las humillaciones a las que nos exponían en ese lugar no tenían justificativo pero, tampoco tenía con quien quejarme porque mis padres estaban de acuerdo con aquella educación.
Al salir al patio trasero pude ver la camioneta del fletero que traía la mercadería y me acerqué en silencio. Revisé y cómo no había nadie en los alrededores, me escondí en la parte trasera, debajo de unas mantas. Escuché la voz del conductor acercarse, luego se subió y puso en marcha el vehículo.
Me sentí aliviada por primera vez en la vida. Pensé hacia donde me estaría llevando y cómo iba a sobrevivir sin mis padres, no importaba demasiado lo material porque podía trabajar de lo que fuera, no debía ser tan difícil para una muchacha de dieciséis años conseguir alguna casa para limpiar con cama adentro o de camarera en algún bar.
¿Hasta dónde iría el transporte? Recordé que no conocía mucho del mundo exterior porque casi no salía de casa y las pocas veces que lo hacía era para ir con mi familia en el auto. ¿Qué pasaría si al señor de la camioneta se le antojaba abusar de mí cuando me descubriera? Un espeso calor comenzó a subir desde mis piernas hasta mi pecho, pensé que a lo mejor se habían dormido mis extremidades por la posición en la que me encontraba pues tampoco podía moverme. Las medias comenzaron a apretarme y mis muslos temblaban sin que pudiera controlarlos, imaginaba las rudas facciones del fletero estrechándome en sus brazos y hasta podía percibir su amarga transpiración. Tenía el pelo revuelto y le caía un mechón sobre la frente, su camisa apenas desabrochada, dejaba entrever un pecho musculoso; sus brazos estaban tatuados con símbolos desconocidos para mi y su boca se entreabría para besarme. Cerré los ojos y sentí su mano posarse sobre mi pierna subiendo de a poco por debajo de la pollera; el motor se detuvo y una voz grave resonó afuera:
-¡Vamos, salí de ahí que ya te vi!
No quise moverme pero el miedo igualmente me había paralizado. Tal vez el chofer no se dirigía a mí, ya que aun seguía cubierta por las mantas; afiné el oído para distinguir algún sonido mas claro pero de repente, todo se calmó.
-Te dije que bajes, no me metas en líos, ¿querés? Ya sé que estas ahí escondida, te vi por el espejo retrovisor- insistió la voz, cada vez más cerca.
Esta vez si caí en la cuenta de que había sido descubierta y me destapé de repente; pude ver a quien iba a ser mi salvador de pie frente a la camioneta moviendo la cabeza con gesto asombrado. Bajé lentamente y me percaté de que ni siquiera nos habíamos movido, lo enfrenté con la mirada mas triste y apesadumbrada que jamás pude robarle a mi cara, me arrodillé a sus pies y le supliqué que me sacara de ese lugar.
-¿Qué haces? ¿Querés que me metan preso por tu culpa?-me decía el señor fletero mientras se alejaba de mi lado con mirada asustada.
-No quiero quedarme mas en este lugar, nos maltratan como a animales; le juro que si sigo acá me voy a volver loca.
Me contestó con una mirada compasiva y mordiéndose con fuerza el labio inferior, por un instante pensé que lo había convencido y que se arriesgaría por mí pero, maldita sea mi suerte, aparecieron corriendo justo en ese momento la madre superiora y el resto del colegio gritando desaforados.
-Perdón por las lágrimas pero cada vez que recuerdo aquello, es inevitable que se me escape alguna, supongo que se imaginará como terminó aquella inocente travesura. Me encerraron en una habitación a oscuras hasta que llegaron mis padres, nos fuimos a casa sin mediar palabra y cuando llegamos, papá me agarro fuerte del brazo y me hizo subir a mi habitación. Me obligó a desnudarme y me sacudió con el cinto hasta casi dejarme desmayada.
(Silencio)
-¿Quiere que dejemos acá por hoy?- le pregunté a la paciente con honestidad pero sin convicción.
-Estoy bien, no se preocupe, ya pasó bastante agua debajo del puente y por suerte creo que lo superé. En su momento me marcó mucho y no solo físicamente, a partir de ese hecho puntual no recuerdo nada mas, ni del colegio, ni de mi infancia, sólo me queda la sensación de querer crecer cuanto antes para salir de aquel infierno.
-¿A qué infierno se refiere?
-Está bien, buena observación, usted se pregunta si hablo de mi casa o del colegio ¿no es así? - yo sólo asentí con la cabeza -Ambos eran terroríficos para mí y nunca lo había pensado de esa manera; esta vez me refería al colegio aunque es verdad que de mi casa también quería huir apenas tuviese la oportunidad. Ahora que lo pienso, es bien de histérica lo que voy a decirle porque aunque despotriqué tanto contra la iglesia, me terminé casando allí, vestida blanco y todo. (Se mantiene callada unos segundos como queriendo recordar y continúa hablando). Ya no sé que pensar ¿usted cree que tengo cura?
Sin dar cuenta de la irónica metáfora inconsciente, dí por finalizado el encuentro y me quedé meditando a solas.
Si acaso me había quedado algo de fé, seguramente la había perdido junto a mi esposa en aquel accidente automovilístico de hacía un año; ahora no sólo empezaba a descreer de las instituciones psicoterapéuticas sino también de las religiosas pues no era la primera vez que me encontraba cara a cara con las ruinas de una persona que supo vivir su juventud en un colegio religioso. No me parecía coherente que a ningún Dios le gustase ver sufrir a sus fieles de ninguna manera, aunque también el psicoanálisis tenía sus herejías y sin embargo lo seguía practicando.
Si de algo debo estar agradecido a mis padres, además de mi florida neurosis es por el hecho de que nunca me hayan impuesto una creencia religiosa y si bien ellos asistían a misa los domingos, nunca me obligaron a que yo también lo hiciera, por lo general me quedaba con mis abuelos ayudando en la cocina. Siempre me dijeron que su visión era la de educarme con el ejemplo y que si en alguna circunstancia de la vida necesitaba hablar o pedir algo a Dios, lo hiciera tranquilo sin importar la religión que profesara.
Presentía que pronto llegaría ese momento.



Ufs, me trajiste malos recuerdos con las condenadas monjas del colegio de hace muuuuuchos años. Jajajajajaja. Disculpa el comentario, pero también tengo un trauma infantil con esas mujeres tan amargadas.
En cuanto al relato en sí, me atrapó la incertidumbre por el que pasa la paciente: sus complejos, temores y frustraciones. Parece mentira, pero muchas personas viven ese tipo de situaciones (aunque no me incluyo respecto a ese tema, la entiendo más de lo que te imaginas).
Llevas muy bien el personaje femenino; hasta pude ponerme en sus zapatos: el escape, su vergüenza, todo… Sin embargo, es todo lo contrario con el psicólogo, ¿por qué tan pasivo? Entiendo perfectamente que como psicoanalista debe mantener una posición analítica, sin identificarse con el paciente en concreto y evitar que se formen ciertos lazos que puedan producir confusión a la larga. Pero me hubiese gustado, que él, como observador, describiera a la paciente desde su opinión personal (no sé si me doy a entender). Sus expresiones, su nerviosismo, si tiene o no algún tic en el rostro, en fin…
Me gustó el final en la que el psicólogo compara su pérdida con la de ella y la compasión de Dios por sus creyentes. Dejaste ver un poco de sus conflictos internos. Lo humanizaste. Ahí, despertaste más mi curiosidad, porque cuando el lector se siente identificado con el personaje, la historia es más interesante.
Te leo después, y te dejo mi voto.
Saludos.
Gracias por tus comentarios y voy a tener muy en cuenta tus consejos. Te cuento que es lo primero que me animo a escribir y como tal, me cuesta un poco hacerme entender…
estoy revisando el resto de la historia y lo voy subiendo de a poco al blog y también a diversas redes sociales para tener varios puntos de vista.
Nuevamente gracias y espero que sigas comprometida con la historia y cuando no te agrade algo, no dudes en hacérmelo saber.