-Perdí un embarazo hace unos años cuando todo iba perfecto- comienza la sesión sin rastros de emoción en su semblante -Al poco tiempo de casarnos decidimos tener un hijo y enseguida quedé embarazada; deseaba mucho tener ese bebe y lo perdí. Sabía que nos iba a unir como pareja y que por fin íbamos a tener algo en común por que luchar, es como si la maldición que tengo en el cuerpo recayera predominantemente sobre mi sexualidad, sobre mis genitales. Las monjas siempre decían que Dios me iba a castigar en vida y que todos los pecados se pagan acá en la tierra y no en el cielo.
-¿Y usted que piensa al respecto?- pregunté obligando a la paciente a involucrarse en el relato.
-Ya no sé que pensar, siempre estuve convencida de que eran puras habladurías y que sólo lo decían para asustarnos pero, es como si la realidad superara a la ficción; lo que a mí me sucede es tan crudo y real como para hacerme pensar si a lo mejor estaban en lo cierto.
En ese momento sentí que la estaba perdiendo como paciente. Era como si en aquella situación de crisis en la cual se hallaba inmersa, sin saber bien en que, ni en quién confiar, ella necesitara refugiarse en ese lugar de la infancia en donde se sentía realmente segura: la institución eclesiástica. Si por temor o por lo que fuere, se volvía a dejar influenciar por la religión, mi lugar pasaría a ser totalmente prescindible porque ya no necesitaría a nadie que la ayude a buscar respuestas pues, tampoco iba a haber nada para cuestionar. Tuve que invocar a Dios y pedirle que por favor la dejara conmigo para que pudiera organizar su vida nuevamente.
-Mis padres me protegieron demasiado- continuó la paciente en clave de indignación -nunca fueron capaces de preparar mi alma para enfrentar los traspiés de la vida y me facilitaron todo lo que yo les pedí. Era la nenita de la familia, la más pequeña y consentida, me dieron tanto que hasta me pasaron sus miedos mas profundos y sus frustraciones.
Con el correr del tiempo pasé de ser absorbida por mi familia a depender de cualquier persona que estuviese cerca mío. No importaba mucho si me querían o no, bastaba con saber que serían capaz de dejar cualquier cosa por estar conmigo; necesitaba imperiosamente tener a alguien al lado todo el tiempo.
Siempre procuré estar íntimamente conectada a mis parejas y entregarme por completo, pretendo que la relación fluya amablemente y soy muy complaciente si me saben dominar.
No se si habrá sido por mi suplica al Todopoderoso o quien sabe por qué cuestión, apareció aquí imprevistamente, el primer síntoma de la paciente: La necesidad de aprobación del otro y la dependencia de su amor. Esta cuestión se plantea ambigua ya que por un lado es el modo de gozar que estableció y pudo desarrollar, siendo el acto sustitutivo y metafórico de satisfacción sexual, una formación de compromiso; pero por otro lado es un estorbo, un impedimento en su vida real y cotidiana del cual aparentemente desea desembarazarse.
Sin que yo hiciera ningún comentario ni pregunta, ella continuó hablando animadamente sobre su familia.
-Mi madre fue siempre una persona sumamente frágil, introvertida, empequeñecida; se angustiaba y se hacía problemas por cualquier cosa, por más mínima que fuera. Muchas veces venía algún vecino a visitarla o a contarle alguna triste noticia sobre alguien del barrio y ella sufría como si fuera de la familia. Es por este motivo que nunca pude contar con mi familia en los momentos mas difíciles que me tocaron vivir, imagínese si le contara que odiaba a Dios y a las monjas o que me tuvieron que operar de una displasia uterina y que soy estéril; la hubiese “matado del corazón” como ella nos amenazaba cuando éramos pequeños.
Tampoco puedo recriminarle demasiado porque fue un ser sumamente bondadoso conmigo y con quien lo necesitara, si alguien se enfermaba era la primera que se ofrecía para cuidarlo, si había que acompañar a algún enfermo, mi madre estaba primera en la lista.
Ahora que lo pienso y que le estoy contando estas cosas, me estoy dando cuenta de que yo no soy para nada igual a ella; no nos parecemos en absoluto. A mí sinceramente no me interesa la gente, salvo mi marido; somos totalmente diferentes en ese aspecto, casi polos opuestos podría decirse.
Al principio le dije que había sido sobreprotegida por mis padres ¿sobreprotegida de qué? si hasta ahora nunca pude contarles nada importante de mi vida ni de mi enfermedad por miedo a que les hiciera daño. Mi mamá siempre decía frases como “me van a matar de un disgusto” ¡Pura basura! no quería escuchar mis problemas, o… “Dios castiga sin palo y sin rebenque” como excusa, para instalar el miedo de que todo era pecaminoso; “la venganza nunca es buena, mata al alma y la envenena”, con ese pretexto tenía que quedar como la imbécil del barrio y el colegio, junto con “si te abofetean, dales la otra mejilla” tenía que aguantarme todas las ofensas recibidas sin protestar.
Estoy haciendo aquí con usted, lo que nunca pude hacer con mi familia, descargar mis frustraciones y mi bronca acumulada- me dijo con alivio.
-Este es su espacio y puede utilizarlo como más le guste- le contesté amistosamente.
Se produjo un largo silencio en el cual aproveché para acomodar mentalmente algunas preguntas que tenía para hacerle pero que no me decidía a soltarlas aún, porque presentía que algo interesante estaba por ocurrir y no quería romper el clima intenso que ella había generado.
-Necesito decirle algo que no me animé a contarle nunca a nadie. Espero que entienda lo difícil que es para mí hablar de este tema… -aguardó, me parece, una respuesta cómplice de mi parte que nunca llegó, igualmente continuó con su relato -Apenas cumplí los dieciocho años decidí sacarme todas las ganas que tenía acumuladas y empecé a salir con cuanto señor estuviera a mi alcance. Me escapaba los fines de semana a escondidas de mi familia, en realidad le decía a mi mamá que iba a lo de alguna amiga, lo cual era cierto, pero después de ahí rumbeábamos para alguna disco. Besaba a uno, luego a otro, a veces me manoseaba con alguien y después volvía a casa como si nada, me pegaba un baño caliente y me acostaba a dormir todo el día sin levantarme siquiera para comer. Por suerte para esa época mis padres ya no se fijaban tanto en mi bienestar porque creían que su tarea de crianza, ya había sido cumplida con éxito.
Salí con un montón de hombres en esa época de locura, demasiados diría yo- se sonríe mientras recuerda -Era sólo diversión por placer y si bien yo no lo disfrutaba del todo, ellos se notaba que la pasaban bien; de vez en cuando me ponía de novia durante algún tiempo, pero nada serio.
A pesar de que no lo parece, me cuesta mucho expresarlo porque, si bien lo disfruté mientras duró, ahora me avergüenzo de sólo acordarme esa época- Busca en su bolso un paquete de pañuelos descartables y continúa hablando mientras se seca una lágrima que apenas asomaba por su mejilla -Nadie me obligaba a hacerlo y si tomé la decisión, fue porque creí que me iba a gustar vivir de esa manera pero… me equivoqué.
Ninguno se resistía a mis encantos y yo los acumulaba como trofeos de guerra. Me asusta un poco pensar en la cantidad, treinta o cuarenta no lo sé bien, en un momento perdí la cuenta y tranquilamente pudieron ser mas. Eran puros excesos, alcohol, diversión, placer y sexo, justamente todo lo contrario a lo que me habían inculcado en casa y en el colegio; si hubiesen sido dos o tres solamente, hoy lo vería como algo anecdótico y hasta gracioso pero esa cantidad es demasiado.
Recuerdo que en una de esas salidas, había visto al chico mas lindo del lugar y me propuse conquistarlo:
-¿Por que no me mirás? ¿Acaso no te gusto?- lo encaré sin dudar
-¿Por qué decís eso? Sos muy linda, ¿cómo no me vas a gustar?- respondió el muchacho, titubeando y mirándome de arriba abajo.
-¿Entonces?… Ya pasé por acá como tres veces y apenas si te fijaste en mí, ni siquiera fuiste capaz de girar la cabeza para verme ¿Me querés decir para qué me vestí tan provocativa entonces?
-Para mí, seguro que no.
-Para vos, ¡obvio! ¿Por qué sos tan cruel conmigo?
-¡Pero si nos acabamos de conocer! hasta hace cinco minutos no te había visto jamás en mi vida.
-Pero es como si nos conociéramos desde siempre ¿o no? decime la verdad. Yo te ví y me enamoré a primera vista, en cambio vos, no me diste ni cinco de bolilla.
-Disculpá, es que no estaba prestando atención a lo que pasaba a mi alrededor porque charlaba con mis amigos. Sabes… no recuerdo tu nombre…
-Es porque todavía no te lo dije, me llamo Adriana Varela sí, como la cantante de tangos pero sin ese talento; ¿vos cómo te llamas?
-Nicolás- contestó sonriéndose en forma seductora.
-¿Nicolás qué? ¿No tenés apellido?- lo increpé.
-¿Para qué querés saber mi apellido? No me gusta andar ventilando información por cualquier lado ¿es necesario ese dato?
-Yo te dije el mío y además, si no fuera necesario, no te lo hubiese preguntado- le dije mientras me ponía los brazos en jarra a ambos lados de la cintura.
-Sí, pero yo no te pedí que me lo dijeras…- se hizo un silencio expectante -Gianastasio me llamo, Nicolás Gianastasio -dijo el muchacho bajando lentamente la mirada y arqueando una ceja.
-Ese apellido no pega con tu nombre ¿de qué origen es?
-No tengo idea, nunca me puse a investigar la generalogía de mi familia –me respondió mostrando ya a esta altura, un poco de fastidio en la respuesta.
-Genealogía- lo corregí gritando porque la música y el murmullo del lugar hacían imposible oír.
-¿Cómo?- me respondió el muchacho, poniéndose una mano en la oreja para poder escuchar mejor.
-Se dice así, “genealogía” y vos recién dijiste “generalogía”.
-¡Bueno, como sea! -esta vez respondió ya sin nada de interés por ocultar su fastidio.
-Soy muy directa para decir algunas cosas, debo reconocerlo, en especial cuando se trata de elegir un hombre para pasar la noche. Me gustás mucho y no quiero perder más tiempo, en este lugar hay mucha gente y me fastidia el ruido ¿vamos a otro lado más tranquilo?
-Sí, seguro, salgamos que mi auto está afuera- me contesto casi tartamudeando.
Así me lo llevé, efectivamente, pasamos la noche juntos, y algo mas… ¿qué quiere que le haga? ¡Tenía veinte años! La pasaba bien, trabajaba en una farmacia como consejera dermoestética y tenía que estar ocho horas parada, me vestía de trajecito y los hombres se me acercaban todo el tiempo a preguntarme alguna tontería con la idea de llevarme a la cama.
Ahora no tengo nada que ver con aquella mujer, no miro a nadie a los ojos cuando camino por la calle ni tampoco en mi trabajo; si me dicen algo agacho la cabeza, cruzo de vereda o empiezo a andar más rápido porque tengo terror a la gente y nada de personalidad.
La paciente se acomoda en su asiento y parece vencida, no puede sostener la mirada. Yo continúo preguntando con curiosidad sobre su pasado:
-¿Que es lo que le pasa cuando piensa en esa época?
-Sin dudas siento mucha vergüenza, me pongo mal, me angustio, me considero sucia, pecadora y por eso no se lo cuento a nadie; ni siquiera mi marido sabe esa parte de la historia, es mi secreto mejor guardado. Pienso que si llegara a enterarse de que salía con dos o tres personas a la vez, tendría todo el derecho de odiarme y yo no podría volver a mirarlo nunca más a los ojos. Fueron un par de años muy intensos y alocados en donde llegué a tener un amante en cada lugar, uno en la universidad, uno en el trabajo y otro en el boliche. Mientras vivía inmersa en esa locura me sentía extrañamente tranquila, como si me hubiera tomado un sedante; no me cuestionaba para nada mi actitud y sólo después de haber finalizado aquella etapa, empecé a angustiarme y me invadió el remordimiento.
En mi casa nunca se enteraron de mi situación. Recuerdo que otro de los dichos favoritos de mi madre era: “no hay peor ciego que aquel que no quiere ver” y ¡cuánta razón tenía! porque para ellos, siempre fui la hija ideal: estudiosa, trabajadora y la que puertas adentro, se comportaba como una señorita. La primera vez que llevé a casa un novio formal, fue mi marido. Jamás se dieron cuenta de que en realidad todo era una pantalla y que afuera yo era otra persona, cuando salía para lo de mi amiga, iba vestida normal pero llevaba ropa para cambiarme en la mochila. Me maquillaba y peinaba como lo que sentía que era, una diosa griega del amor; vestía siempre muy provocativa, con pantalones bien ajustados y por lo general me colgaba un escote que no dejaba nada librado a la imaginación.
Se enamoraban de mí hasta las mujeres; varias veces alguna que otra se me tiró un lance y me costó mucho esfuerzo decirle que no, porque le aseguro que en esa época estaba dispuesta a todo. No me importaba quien estuviera a mi lado, sólo me alimentaba la emoción de sentirme deseada y sinceramente no recuerdo si en algún momento me habré besado con alguna chica. Tengo varias lagunas y se me escapan algunos detalles de esa época, algunas veces vienen a la mente situaciones e imágenes que no se bien si las viví, las soñé o si forman parte de mi fantasía.
Vislumbré aquí una paradoja interesante que a su vez me promovió una animada reflexión ¿cual será el misterio que subyace a esta mujer promiscua antaño devenida en reprimida sexualmente en la actualidad? Nuestra paciente se construyó su propia realidad y proyectó un mundo en donde la “felicidad” era entendida como puro hedonismo, sin mayor horizonte que el de satisfacer el presente inmediato; mas allá de que actualmente intente convencerse de que el amor que siente hacia su marido, es para toda la vida. Sería como si en su interior hubiese un cuerpo extraño pero sexualmente activo, brindando continuamente información falsa, sobre su personalidad.
No me pareció que fuera sólo su anterior vida licenciosa el causante de tamaña dicotomía, debía haber algo mas profundamente arraigado que nos estaba desafiando y mas le valía manifestase por su propia cuenta o se las tendría que ver conmigo en el análisis.


