Cambio de hábitos - Femme fatale 5
10 de Octubre, 2012 0
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-Mi mamá estuvo viviendo en un convento casi seis años, cuando era joven, procurando ser monja y a mí nunca se me dió por preguntarle qué la había llevado a tomar semejante decisión, ni tampoco por qué abandonó. Varias veces amenazó con mandarme a mí también a vivir ese encierro si no cambiaba aspectos rebeldes de mi carácter y recuerdo que de pequeña me daba terror el sólo hecho de imaginarme ahí adentro. La imagen que tengo de mi mamá de esa época es la de un cuidador de cementerio, alguien que vive en un lugar oscuro y tenebroso procurando todo el tiempo que la gente entre y viva también esa realidad.

Curiosamente, hace poco hablaban en una comida en casa de mis padres, sobre una tía de la cual estaban muy orgullosos porque se había pasado diez años de su vida encerrada con las monjas y ellos insistían en creer que lo había hecho para evitar tener encuentros sensuales con muchachos en la adolescencia; lo raro era que esa misma tía, apenas salió de ahí, se casó con el primer vago que encontró. Yo realmente quedé impactada por esta noticia porque no hizo mas que revivir aquellas antiguas amenazas de mi madre y por supuesto, me dió pavor el sólo hecho de pensar lo que habrá sufrido esa pobre mujer allí adentro. Me quedé helada cuando mi mamá volvió a tocar el tema que tanto me había traumado de pequeña y terminó sentenciando la charla, así de la nada, que hubiera preferido ser monja a ser madre.

Hace un par de semanas operaron a mi papá de una hernia de disco y mi mamá se pasó todo el tiempo en el hospital, sin salir de la habitación ni siquiera para descansar un poco en una cama como la gente; fué muy extraña su actitud, como si en el fondo disfrutara con su propio sufrimiento. Yo me ofrecí varias veces a reemplazarla pero no quiso moverse de su lugar ni un minuto; debo confesar que en ese aspecto sí me parece que soy igual a ella.

-¿En qué aspecto concretamente, se considera igual a su madre?- pregunté intrigado.

-En que a veces me gusta hacer algo aunque sepa que voy a terminar sufriendo, o quedarme en alguna situación que me resulta dolorosa sólo para ver hasta dónde puedo resistir, soy un poco masoquista.

Para mis padres la perfección hubiera sido que su hija fuese “virgen por siempre” o mejor dicho “monja para siempre” porque según su visión de la vida, tenía que ser eternamente una niña casta y pura.

Después de lo que viví en mi atormentada adolescencia no podía sentirme otra cosa que una prostituta y quizás fue ese sentimiento el que me llevó a encarar el tema de mi casamiento en inferioridad de condiciones. Sentía que aquel que se enamorara de mí, tendría que ser alguien con la mente tan abierta como para ser capaz de aceptar la crudeza de mi pasado, ese que nunca pude revelarle a nadie. Cuando conocí a quien hoy es mi marido, supe que era el indicado; a tal punto estaba segura, que a los tres meses estaba proponiéndole matrimonio. Pudimos dilatarlo hasta que cumplimos un año de noviazgo y en el mes de Julio, el mismo día de su cumpleaños, nos casamos.

Recuerdo que cuando me decidí a contarle a mis padres que por fin me iba a casar, se sorprendieron muchísimo porque nunca me habían conocido una pareja formal y para ellos, yo era asexuada; seguramente estaban convencidos que yo no tenía genitales, pensaban que ni siquiera sentía atracción hacia el otro sexo y mucho menos que hubiese tenido relaciones sexuales.

Cuando le comenté a mi mamá que iba a ir al ginecólogo para hacerme el chequeo prenupcial, se asombró en extremo porque estaba segura que no había ido nunca. Mis padres habían ignorado siempre mi existencia, no me tenían registrada como mujer y habían borrado mi cuerpo de sus vidas. Para mi mamá el sexo no existía ni había existido nunca en su vida, ella jamás hizo nada con su sexualidad; estaba muerta biológicamente y su cuerpo siempre estuvo de mas. Esa es la enseñanza que había adquirido de mi abuela y así fue como me la transmitió a mí también, no conocía otra realidad más que la suya y no podía educarme en algo que no sabía.

Me negaron y me tacharon como mujer, era como si hubiese nacido directamente sin órganos sexuales; un engendro de la naturaleza y encima andrógino. Recién cuando el ginecólogo me dijo que me podía haber muerto si no me detectaba la displasia a tiempo, caí en la cuenta de lo caro que me hubiese costado su ignorancia.

-¿Y su padre?- pregunté insidiosamente.

-¿Qué hay con él?- me respondió asombrada.

-Parecería que la responsabilidad de su educación formal recayera sólo sobre su madre ¿qué papel jugó la figura paterna en todo este asunto?- reflexioné en voz alta.

-Que puedo decir de mi papá, no le puedo achacar ninguna culpa al respecto. Es un buen tipo, un poco quedado de carácter nada mas, reacciona, pero como en cámara lenta; se toma siempre un tiempo de mas para pensar y eso es lo puede llegar a exasperar a alguno que le pida acción inmediata. No se resuelve a tomar decisiones, nunca se la jugó por nada que le interesara en su vida y jamás aceptó un riesgo innecesario; trabajó siempre en el mismo lugar y se casó con su primera y única novia, el monumento al status quo.

Como le contaba antes, todo éste trastorno familiar viene ya de la época de mi abuela, ella era autoritaria como un sargento y crió a sus hijos en soledad porque su marido se fue un día a la guerra y nunca más regresó. Era una mujer cuya sola presencia daba miedo, casi no hablaba con sus hijos en público; los miraba fijo o les hacía algún gesto con el cuerpo y ellos sabían exactamente lo que tenían que hacer. Era también algo sádica, a mi parecer, porque no le voy negar que un poco disfrutaba de verlos sufrir con los castigos que les imponía y a veces los dejaba medio estúpidos de tanto pegarles, según cuenta mi madre.

****

-Hola papá, pensamos que no ibas a venir- dijo eufórica mi hija Tania, tomando del brazo a su hermano mas pequeño.

-¿Como que no iba a venir? Si quedamos en que los pasaba a buscar para salir… ¡no me voy a olvidar!- les contesté abriendo los brazos para abrazarlos.

-No, pero como la abuela nos dijo que tenías mucho trabajo…

-Eso no importa, si yo les prometo algo, nunca les voy a fallar ¿está claro?- les dije mirándolos a los ojos, los niños apenas asintieron con la cabeza y continuaron caminando hacia el auto. Cuando llegamos al shopping lo primero que hicimos fue dedicarnos a comer y al ver que ninguno de los dos pequeños hablaba, se me ocurrió hacer una pregunta básica para romper el hielo.

-Cuéntenme algo… ¿cómo les esta yendo en el colegio?

-Estamos de vacaciones, papá- contestó Tania con visible enojo.

-Oh, perdón y… ¿Cómo anda tu hermano? ¿Se intenta comunicar con vos?- le pregunté cambiando de tema rápidamente.

-Sí, conmigo se hace entender con señas cuando quiere algo.

Me senté al lado de mi hijo Charlo y comencé a indagarlo acerca de cómo le estaba yendo en su nueva escuela, él sólo asentía o negaba con la cabeza ante cada pregunta. Al principio de este año lo había cambiado de establecimiento porque la muerte de su mamá le provocó un shock post traumático que lo dejó sin habla, entiende todo lo que pasa a su alrededor pero no puede expresarse. Los médicos especialistas con los que consulté me dijeron que era probable que fuese una especie de afasia de expresión transitoria hasta que pueda tramitar el duelo, pero que necesitaba mucha contención por parte de la familia. Por lo pronto tuve que anotarlo en un establecimiento para niños con capacidades especiales y me comprometí a pasarlos a buscar dos o tres veces por semana para salir y pasar tiempo juntos.

En algún momento contemplé la posibilidad de que viviéramos todos juntos pero la cantidad de trabajo que tengo me obliga a estar la mayor parte del tiempo fuera de casa; mi suegra cuida bien de ellos aunque me guarda cierto rencor por lo que le pasó a su hija puesto que aun me considera el gran responsable de su tragedia.

-¿Por qué nunca hablamos de mamá?- me sorprendió la vocecita de mi hija mientras contemplaba a su hermano.

Tania Irusta era el fiel reflejo de su madre, hermosa, alta, rubia y de ojos verdes, cuando me miraba con esa mezcla de angustia y rencor sentía que algo de mi esposa aún se conservaba en ella y que todo el tiempo me ponía a prueba con sus actitudes y preguntas.

-Porque me da mucha pena no tenerla acá con nosotros- respondí sorprendido e intentando ponerle algo de emoción a mi voz. Charlo dejó de comer su hamburguesa y también se puso a observarme con atención.

-Queremos saber como era mamá porque, si bien la abuela a veces nos cuenta, se pone a llorar cada vez que lo intenta. Nos gustaría que nos recuerdes como la pasábamos con ella; creo que nos haría bien…- dijo mirando a su hermano mientras él movía la cabeza esbozando una ligera sonrisa.

Analicé cuales detalles podrían llegar a interesarles y también cuán intrínsecos podrían ser los motivos para que me preguntaran por su madre cuando apenas había pasado poco más de un año de su muerte. Supuse que estando aún fresco el recuerdo del accidente, no sería de su agrado que removiera esa herida y les hablara de ella pero, ahora ellos me lo estaban pidiendo y no podía escapar a esa responsabilidad. Pensaba que seguramente su abuela les hablaría seguido acerca de su madre y no veía la necesidad de agregarles más información pero no había tenido en cuenta su dolor.

Sabía que en parte estaba ante un hecho trascendental en sus vidas porque lo que yo dijera a continuación seguramente quedaría marcado a fuego en su inconsciente como recuerdos de su infancia y de su madre.

La muerte de mi señora no encerró ningún misterio ni abrió ninguna puerta, sólo fue el fin de su existencia y por ende, lo único que va a quedar de ella y en sí, de cualquier ser humano será lo que hayamos dejado grabado en otros corazones, en este caso, en el de nuestros hijos.

Se me ocurrió en ese momento pensar la transmisión de conocimiento y de experiencias personales como una cadena de narraciones en donde es posible limitar la realidad en una cápsula de ficción que podríamos llamar “metáfora de la vida”. Lo importante aquí sería contarles, seguir contando y nunca dejar de contar la visión personal de la vida. A medida que vamos transmitiendo historias y fábulas semireales a nuestros niños cuando ellos se van a dormir, les posibilitamos también por ejemplo, contar ovejas gracias a que les enseñamos la suma y la resta. Estoy seguro que aún en las peores mentiras se esconden las mejores verdades y si bien la imaginación trabaja a nuestro servicio, no es sólo aquello que se opone a la razón.

Sabido es que para referirnos al mundo en que vivimos nuestro acceso inevitable es el lenguaje, aún cuando necesitamos reparar en sentimientos o en cuestiones que exceden la realidad, el habla nos es fundamental. El mundo no se expresa, los que nos expresamos somos nosotros y los cambios que podemos producir en nuestras vidas y en la de nuestros hijos mediante esa expresión, pueden llegar a verse reflejado en el orden de lo real.

Por lo poco que sabía hasta ahora, ellos nunca habían preguntado sobre su infancia ni por su nacimiento, por lo que me pareció coherente comenzar a relatar la historia a partir de ese punto y desde la óptica de cómo su mamá vivió esas situaciones.

-Quiero decirles algo que su madre me contó cuando ustedes nacieron. Ella estaba muy preocupada porque hacía tiempo que queríamos tener un bebe y no podíamos. Fue por eso que sus embarazos, los vivió con un poco de preocupación pero, en ambos casos pasó algo extraño que de alguna manera la tranquilizó. Cuando se enteró de que estaba por nacer Charlo, por ejemplo, ella estaba descansando plácidamente una noche de primavera en el patio de casa y de repente, vió iluminarse el cielo con una luz muy brillante. Siguió su recorrido con la vista hasta darse cuenta de que caería muy cerca de la casa, en un descampado a un par de cuadras; enseguida salió corriendo y fué hasta el lugar para ver de qué se trataba. Al llegar allí se encontró con un agujero enorme y con un niño que la miraba serenamente desde uno de los bordes. Al verla tan agitada y sorprendida, le preguntó:

-¿A quien busca?

-A la estrella fugaz que cayó del cielo- le contestó ella.

-Yo no vi pasar nada por acá, a lo mejor lo soñó- contestó el pequeño con dulzura.

-¿Cómo que no? yo lo vi caer desde mi patio y… ¿ese agujero de que es entonces?- le dijo su madre señalando el cráter todavía humeante.

-¿Cual agujero, señora?

-Ese, en donde estas sentado- se revolvió ya impaciente.

-Por acá es donde nacen los bebés y yo estoy esperando a que mis padres me vengan a buscar. Me parece que lo que usted vio caer del cielo no era una estrella fugaz sino su próximo hijo; venga de nuevo a este lugar en un par de meses y él seguramente va a estar esperándola.

Y así fue como luego de unos meses nació Charlo- mirando su cara de sorprendido le dije -caíste del cielo, hijo mío- Él se sobresaltó y miró a su hermana con gesto de incredulidad, Tania por su parte, me observó con tono serio y me preguntó:

-¿Qué decís papá? Ya sabemos que los bebés no caen del cielo ni salen de un pozo, no somos nenitos.

-Pero… yo nunca dije eso -Ella lanzó una mueca cómplice a su hermano mientras meneaba la cabeza como no entendiendo bien lo que estaba ocurriendo -¿Querés que te cuente que pasó cuando naciste vos, Tania?- Le pregunté, y sin esperar su respuesta continué hablando -Resulta que cuando Linda, tu mamá, estaba embarazada y ya a punto de que nacieras, empezó a hacer mucho, pero mucho calor. No como el que hace ahora, sino mucho más sofocante y caliente como nunca antes había hecho. La gente no podía salir a la calle porque se derretía caminando y se la pasaban todo el día adentro sentados frente al ventilador. Los árboles se prendían fuego solos, los coches se evaporaban en el acto y los perros se convertían en hamburguesas igual a las que están comiendo ustedes. Si abríamos las ventanas, el calor que entraba de afuera, te chamuscaba los pelos y te dejaba la cara negra como un mulato. Hacía meses que no llovía y estábamos muertos de sed porque ya no quedaba agua para tomar ni para convertirse en nubes.

La mañana en que naciste, Tania, tu mamá se despertó sobresaltada y me dijo:

-Hoy va a nacer nuestra hija.

-¿Justo hoy? ¿Con el calor que hace?- Le dije muy preocupado ya que me imaginaba que con la temperatura tan alta, era imposible salir en auto para ir al hospital porque nos íbamos a asar en el camino.

La mañana en que naciste, hija mía, el viento sofocante no dejaba respirar y te secaba la garganta. Tu mamá abrió la puerta rebosante de felicidad y salió al patio, yo la perseguí para que no lo hiciera porque pensé que se iba a calcinar pero cuando llegué, la encontré mirando al cielo como si nada sucediera y llorando de alegría. En ese momento el calor y el viento sofocante se detuvieron, sus lágrimas caían al piso y se evaporaban instantáneamente elevándose hasta perderse de vista.

La mañana en que naciste, Tania, el calor cesó; la mañana en que naciste, esa mañana volvió a llover.

****

-Hablando sobre mis padres- insistió la paciente -el otro día pensaba cómo sería de evidente que su crianza debía de tener algo patológico porque, muchas veces nos imponían metas que eran imposibles de llevar a cabo desde el principio; por ejemplo el hecho de pretender que vivamos en un mundo cruel, por demás superficial y despiadado, sin la posibilidad de contaminarnos con lo que nos rodea es poco menos que descabellado. Existían dos posibilidades con respecto a este tema: o mis padres eran extraterrestres y vivían en otro planeta o no tenían ni más mínima idea de cómo criar a sus hijos. Me brota impotencia por los poros cuando pienso en eso porque… es como querer empezar una carrera o cualquier desafío sabiendo que nunca se podrá alcanzar el objetivo, te quita la motivación de entrada y uno se va desilusionando a medida que avanza hacia ninguna parte.

Conforme fue pasando el tiempo, se me fueron cayendo las estructuras que tenía armadas en la cabeza con relación a mi propia familia y me fui dando cuenta de que veía felicidad donde en realidad, todo era mentira; un gran montaje de dulce hogar ideal por fuera pero, interiormente nadie sabía ni siquiera qué le pasaba al otro. Como podrá usted comprobar, licenciado, es verdad aquella máxima que reza “las apariencias engañan” o “cada casa es un mundo”.

Pretendieron criarnos para vivir como niños especiales pero inmersos en una frágil burbuja artificial, hijos de la mejor familia católica y respetable, en donde cada uno tenía que ocupar un lugar ideal y predeterminado sin poder expresar sus sentimientos. Yo debía ser la señorita perfecta símbolo de la pureza virginal y mis hermanos, intachables y santos profesionales pero nada de eso resultó porque sólo crearon un manojo de infelices fracasados. Creo que en realidad toda mi familia es la que debería venir a consultarlo.

Pude observar en la paciente un cambio de mirada hacia los conceptos preestablecidos de hogar y felicidad; lo que nos podía llegar a indicar que íbamos por buen camino en su tratamiento. Renegaba de la imagen de la sagrada familia y cuestionaba la crianza de sus padres, afloró la crítica interior y la rebeldía propia de la adolescencia, etapa que nunca vivió o por lo menos, cree no haber padecido. Estaba cansada de cargar con los complejos familiares y de ser el chivo expiatorio en donde recaían los excesivos cuidados y reproches paternos.

Siempre había tenido que estar a la altura de lo que esperaban de ella: pura, aplicada, callada e inocente pero, ahora eso se acabó. De aquí en más conocerán a una nueva paciente, combativa y reaccionaria para con lo socialmente establecido, enemiga del sistema y desafiante de las costumbres y los estándares normales.

Este rellano al que habíamos arribado me trajo a la mente una cita del genial George Bernard Shaw en la que decía: “La mujer no se emancipa si no arroja lejos de sí, su femineidad, su deber para con su marido, para con sus hijos, para con la ley y para todo lo que no sea ella misma”

Estamos de acuerdo

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