Cambio de hábitos - Femme fatale 6
11 de Octubre, 2012 0
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-A veces recuerdo lo divertida que eran las escapadas nocturnas de mi juventud y eso me dá cierta nostalgia. Siempre me pregunté cómo fue que terminó esa época tan loca de mi vida y aún no estoy segura de la respuesta, es probable que la causa haya sido que había decidido casarme con mi última conquista y no resulté correspondida. El se llamaba Nicolás Gianastasio, era un sujeto mas grande que yo, de buen pasar económico aunque despreciable como persona, vestía siempre de traje y se peinaba con gomina como si fuera un antiguo cantante de tangos. Por aquella época estaba decidida a ponerle punto final a mi desenfreno si él me aceptaba como esposa, aunque no estuviese enamorada. Mis infalibles amigas me aseguraban que nadie iba a querer casarse conmigo por lo acomplejada que me posicionaba frente los demás, sin embargo, desoyendo estos malos augurios, mantuve mis esperanzas intactas y seguí adelante con la idea de comprometerme.

-Me imagino que no le habrás entregado tu cuerpo a ese cerdo arrogante de Nicolás y mucho menos le habrás dicho que lo amás ¿no?- me increpó quien por ese entonces era mi mejor amiga.

-¿Que te pasa, estas celosa?- le contesté sonriendo.

-¿Celosa? No, para nada. Estoy preocupada por lo que podría llegar a pasarte, nada más. Te repito que ese hombre sólo quiere divertirse con vos, yo lo conozco hace tiempo y siempre busca lo mismo con todas. Es perverso y manipulador.

-Hablas como si…- ni siquiera llegué a terminar la frase cuando mi amiga se puso a llorar desconsoladamente.

-Así es- me dijo balbuceando -hace algún tiempo yo también caí en las redes de su seducción y fui su amante, hay algo en él que es como un imán para las mujeres jóvenes. Hizo todo lo posible para que me desprecie a mí misma y creéme que lo consiguió, en tu caso me parece que intenta causar el efecto contrario pero, para lograr el mismo desenlace. Sabe que te causa cierta repugnancia y eso le divierte hasta tal punto que podría llegar a pensar que lo excita, tené mucho cuidado, es muy peligroso y traicionero.

Como ya se habrá dado cuenta mi “supuesta amiga” tenía razón y él me dejó de un día para otro. Juró amor eterno a los cuatro vientos, prometió que siempre iba a protegerme pero se divirtió conmigo y desapareció; me sentí engañada, seducida y abandonada como a un perro. A partir de aquella decepción todo se aclaró en mi vida y pude darme cuenta de que necesitaba al lado mío a un hombre que sólo viviera pendiente de lo que me pasaba. Para que la existencia tuviera sentido era menester sentirme segura, completa, deseada, como el trapecista que necesita tener por debajo suyo una red de contención por si algo llegara a malir sal.

Este abandono lo viví como una de las decepciones mas terribles que me pasaron en toda mi vida y cerró con una profunda depresión un período que pretendía ser de alegre libertinaje. Así terminó la época más alocada de todas las que viví y como consecuencia se instaló muy adentro mío, un rechazo radical a todo lo que tuviera relación con los hombres. Junto a esa etapa enterré trabajo, familia, amigas y estudio, para encerrarme en un largo período de purificación. Cuatro años de abstinencia sexual y social en la cual apenas salía de casa, precedieron el encuentro con mi marido. Todavía no logro entender cómo en aquella época ya no sentía remordimientos de mi pasado y llegué a la conclusión de que no sólo tenía una doble vida sino que realmente era yo otra persona, algo así como le ocurría al Dr. Jeckyll con Mr. Hyde.

-¿Cuál de esas dos personas era entonces y cual sería ahora?- pregunté irónicamente.

-¿Tan poco transparente le parezco actualmente que no puede distinguir la parte buena de la mala?- contestó escandalizada.

-Yo no dije eso… Justamente a mí no parece que haya en usted dos personalidades distintas sino mas bien, ambas caras de una misma moneda- le contesté, intentando enmendar mi error.

-Creo que hoy en día ni siquiera tengo identidad- atacó indignada -me considero pasiva ante la vida, totalmente aburrida y escurridiza. Cómo una prostituta por dentro que procurando salir a la superficie en un cuerpo joven, lucha contra la personalidad de una mujer de la época victoriana.

-¿Por qué no se prostituye realmente?- le sugerí sereno.

Adriana Varela se quedó helada ante mis palabras, estática, esperando a que las sombras de la tarde delinearan el contorno del olvido y apareciera victoriosa, su ácida personalidad para desbaratar el establecimiento de una nueva catástrofe psíquica. Necesitaba sacar a relucir de cualquier lado, su valor como mujer y darse tiempo para pensar.

No podía impedir que su alma conmovida, le preguntara si alguna vez la habían amado realmente tanto como para no traicionar y entonces tuvo que reconocer su ignorancia al respecto, esa era la prueba de su eterna falta de compromiso ante las relaciones afectivas. Ahora por fin pensaba y reflexionaba sobre ellas con detenimiento.

Todavía bajo los efectos nocivos del golpe que acababa de recibir, tuvo que regresar mentalmente a los escasos hombres dotados de coraje que se le habían acercado a ella en calidad de mujer. Pero… ¿Era ella una mujer deseada? ¿Era una femme fatale? No, ni tampoco lo sería afectivamente. Envueltos en una nebulosa, apenas podía distinguir restos de sus amantes, que sin embargo, tampoco fueron amantes en cuanto a lo afectivo.

Quiso huir de la sensualidad de aquellos recuerdos que sin duda, la proximidad de la noche inflamaba, y no consiguió otra cosa que revolcarse en ellos.

Los hombres se le habían entregado excitados sólo por el orgullo masculino de pertenecer a semejante mujer y nada más. Nunca supo de la necesidad, ni del anhelo de tener un hijo hasta que quedó estéril. Le faltaba ese deseo de necesidad, de perpetuidad, de eternidad espiritual, cumplido a través de la atracción física; faltaba el intercambio vital, el éxtasis, el dolor. Faltaba el amor. La infinita admiración que concentra todo el ser y cada una de sus células, sus motivos y necesidades hacia un único y común fin. También le faltaba el estallido silencioso de la persecución y la perseverancia, la seguridad de esperar y ser esperada, la templanza de quien el alcance de la lucha glorifica y alienta a quien la comparte. Faltaba aún, el motivo que justificara la vida a pesar de todo.

Al fin de cuentas, la esotérica Adriana Varela no demandaba nada distinto de cualquier prostituta de burdel: lo que la resaca humana gozaba por dinero en una cama de prostíbulo. Claro está que lo suyo tenía atenuantes de lujo, la distinción familiar y la frágil calificación de la infidelidad; pero en el fondo la corriente tenía el mismo sentido, la marejada arrastraba iguales desperdicios.

Por un momento pensó que la estaba juzgando o que tal vez se lo había dicho para probar su moralidad pero, al ver mi gesto adusto e inmutable se dió cuenta de que había sido una pregunta realmente sincera. Continué hablando como para darle un marco de contención a aquella cruda intervención.

-Creo que eso le permitiría saciar el deseo contenido sin necesidad de exponerse a ser enjuiciada ni correr el riesgo de que su integridad psíquica se vea mancillada. No sería usted misma la que se está involucrando si lograra plantearlo como una mera actuación. Estaría viviendo en carne propia la ficción que tanto la atormenta.

Se paró repentinamente e hizo un gesto rápido con su mano como queriendo espantar los pensamientos que en ese momento invadían su cabeza.

-No, ni loca; ya le dije que me es insoportable la idea de serle infiel a mi marido… ¡imagínese si me prostituyera!

-Tome asiento, por favor y relájese- le dije extendiendo la mano e indicándole su lugar. Por un momento dudé si no me había extralimitado con la intervención pero decidí continuar adelante.

-Disculpe, no lo pude controlar- me contestó ella meneando la cabeza.

-Esta bien, no hay problema- acoté intentando sonar comprensivo -Algunas personas opinan que la prostitución no implica necesariamente una infidelidad porque no se está poniendo en juego ningún sentimiento subjetivo sino el cuerpo como objeto de deseo y nada más. Pienso en esa posibilidad como una efectiva manera de canalizar algo de esa tensión sexual que se encuentra acumulada en su interior. A lo mejor sería más prudente preguntar si nunca fantaseó con la idea de ser una prostituta.

-Sabe que justamente, antes de conocer a mi marido esa idea me sedujo durante un tiempo.

-¿Y que pasó después?

-Y… ¿qué va a pasar?- mientras contestaba a mi pregunta se iba hundiendo cada vez más en su asiento -Apareció mi faceta cobarde y todo volvió a la supuesta normalidad. Igualmente me considero totalmente inútil para volver a casa y mentirle a mi marido sobre cualquier tema, no podría mirarlo a los ojos y seguramente la angustia me desbordaría hasta hacerme explotar en llanto. Si no fuera por esos pequeños detalles no la considero una idea tan loca; no para hacerlo toda la vida, obvio, pero a lo mejor sí, un par de veces como para reencontrarme con esa mujer que tantas satisfacciones me brindó. No sería tampoco una búsqueda de amor sincero porque estoy totalmente segura de lo que siento por mi marido pero… a lo mejor me podría ayudar a reavivar el fuego con mi pareja. No, no, ¡es una locura!, ¿qué estoy diciendo? Usted me está provocando para que yo me separe de mi marido ¿no es así? (Se vuelve a levantar pero esta vez recoge sus cosas y sale rápidamente del consultorio repitiendo la palabra, “no” y llevándose una mano a la boca)

La mayoría de las mujeres que trabajan con su cuerpo lo hacen por el dinero pero evidentemente este no sería el caso de nuestra paciente porque, si bien no es millonaria, tiene un buen pasar económico; lo único que podría llegar a movilizarla para llevar a cabo esta fantasía, podría ser el placer sexual que ello provoca.

Creo que en Adriana Varela confluyen ahora dos vertientes bien definidas de trasgresión latentes: por un lado añora el placer sexual que los hombres le brindaban para romper, de esa manera, con el modelo social predominante y por otro lado, se manifiesta el deseo de aceptar una relación furtiva con un extraño y aunque esto podría poner en riesgo su integridad psíquica, daría lugar a una necesaria profanación del amor.

Me puse a barajar cuales podrían llegar a ser las consecuencias determinantes a nivel psicológico si la paciente tomara esta actitud y llegué a las siguientes conclusiones: su autoestima se vería profundamente afectada porque esta situación le haría perder su individualidad única y esencial, se sentiría escindida y se colocaría en el lugar de objeto para el deseo del otro; la interacción personal se diluiría para dar paso a un cuerpo de paciente cosificado, sin sentimientos, enajenado de sí mismo. Esta idea de cuerpo femenino como receptor de los deseos del otro generaría, además profundas alteraciones en su esquema corporal, su imagen sería percibida como sucia, tal vez muerta, ajena al disfrute y al placer.

Se acrecentaría su sensación de estar en falta con su consabida tendencia reparatoria y posterior culpa, esto se debería a la idea de no-cumplimiento del mandato familiar de disociación de lo femenino, que divide a la sexualidad de las mujeres en dos: una para la procreación (ideal) y otra para el goce y el placer (soñada). Para cada aspecto de esa sexualidad se espera un modelo de mujer: las esposas y las prostitutas, asociando con cada una de ellas una serie de detalles y características que las hacen incompatibles de vivir en una misma persona.

¡Obviedades teóricas, contingencias especulativas! Todos esos sucesos, la paciente ya los vivió y los asume como propios a cada instante con lo cual, ningún aspecto de su personalidad en teoría, tendría que verse afectado por llevar a cabo esa fantasía.

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