Para comenzar diré que no fui una gran persona, apenas si pude rendir en mi profesión y como padre dejé mucho que desear. Creo haber sido moralmente ético y responsable sólo lo necesario. Intenté no dejarme arrastrar por la mediocridad humana, no siempre con éxito; apenas si pude lidiar con mis problemas.
Explicar el porqué de una autobiografía es de por sí un sinsentido. Hoy comienza quizás el ocaso de mi existencia y creo necesario dejar por escrito algo sobre mi vida. No sé muy bien como quisiera que se me recuerde, bastaría con hacerle creer a quien lea estas líneas que fui un sujeto que intentó al menos, desafiar su destino.
Supe ser un tipo alto y robusto, de manos pequeñas y delicadas, poco acostumbradas a trabajos manuales. Mis piernas aún son fuertes con enormes muslos y resistentes como el algarrobo. Tengo ojos color marrón de mirada sincera aunque algo oculta detrás de unos anteojos culo de botella.
Mido un metro noventa y peso más de cien kilos. Tengo la apariencia más de un luchador de cach que de un psicólogo.
En general me considero mediocre para todos los deportes a pesar de haber jugado algunos años como segunda línea en un equipo de rugby de cuarta categoría.
Me imagino que a esta altura se estarán preguntando a quien puede interesarle estos detalles que no conducen a nada. Supongo que la idea es que usted, lector, se forme como pueda una imagen aproximada de quien escribe estas líneas y justificar, que fué lo que me llevó a actuar de tal o cual manera en las distintas circunstancias de mi vida.
Antes de proseguir con mi descripción quisiera decir que mi nombre es Agustín Irusta y que no soy escritor de raza; mi profesión de analista me ayudó a liberar un poco mi pluma pero nunca tuve un estilo literario característico ni me considero un virtuoso del lenguaje. Los tiempos verbales y sus conjugaciones nunca fueron de mi agrado, es por eso que el relato navegará en un caos general, pasaré de pasado a presente sin previo aviso y sin respetar ninguna coherencia estética. Observaré un orden cronológico, lo que hoy en día para mí, ya es mucho pedir. Cambiaré de primera a tercera persona aleatoriamente, usaré el método del narrador omnisciente y participaré de la acción como se me de la gana.
No es en plan de amenaza lo que estoy argumentando sino mas bien, cierta rebeldía hacia algunas de las reglas que tan infeliz me hicieron a lo largo de mi carrera.
Recuerdo lo fundamental que fué para mi tarea de psicólogo, determinar la noción de espacio y tiempo que manifestaba el paciente, para poder realizar un diagnóstico diferencial… ¡ahora métanselo en el culo!
Me enojaré y maldeciré a menudo, pensaré en voz alta y analizaré mil veces cada ocurrencia (no puedo evitarlo). Me las tomaré contra Dios cada vez que pueda aunque debo añadir que básicamente soy ateo por elección y creyente por obligación. Me importa muy poco la política y si de mí dependiera, no votaría ni hubiese votado nunca.
Me enorgullezco de tener una mujer hermosa, alta y rubia como el maíz, de intrigantes ojos verdes y esbelta figura. Tuve con ella dos hijos normales, por así decirlo, llamados Tania Y Charlo que al comienzo de esta historia contaban con apenas nueve y seis años respectivamente.
Actualmente estoy retirado o desconectado, como se dice en la jerga de mi profesión. He sido admirado y reconocido mayormente por personas ajenas a mi profesión pero también incomprendido y vapuleado por gran parte de mis colegas.
Mi pasión tanto como psicólogo y como persona fue, y siempre ha sido, adentrarme e intentar conocer algo de la personalidad humana, aunque no creo que jamás haya estado ni cerca de lograrlo. La mía. La de los otros. La de todo el mundo.
Siempre supuse que la misión de la psicología era básicamente reducir el sufrimiento del individuo, aumentar su productividad y relacionar ese sujeto con la sociedad. Logrando recomponer los lazos rotos, ayudándole a aceptarse a si mismo y a quienes lo rodean. No alterar en la medida de lo posible sus costumbres, valores e intereses sino ponerlos en perspectiva e intentar comprenderlos, ver a la persona no como lo que es en la actualidad sino como lo que puede llegar a ser.
Oportunamente me pareció una meta bastante coherente y altruista para la terapia pero, tras haber sido analizado con éxito y después de haber vivido con moderada felicidad y con moderado esfuerzo, con una mujer moderada y una familia moderada durante casi diez años, un buen día descubrí, cerca de mi cumpleaños número treinta y cinco, que quería cambiar y cambiar de paso a algún otro que quisiera seguirme.
Lo máximo a lo que había aspirado en mi vida era liberar a algún paciente de su angustia: llevarlo desde un lugar de estancamiento atormentado a una vida de indulgente parálisis. Si ellos poseían creatividad, imaginación o energía sin aprovechar, mis métodos no habían conseguido sacarlos a la luz. La terapia me parecía a esa altura, un tranquilizante caro, lento y poco fiable. En medio de mi cinismo a veces soñaba despierto con mi futuro, ¿mi sueño? olvidar y superar con creces todo lo que había hecho hasta ahora.
Estaba en un callejón sin salida. Por un lado me aburría, insatisfecho conmigo mismo y con mi vida tal y como había transcurrido y, me era mas cómodo no hacer cambio alguno.
Mis colegas, incluso yo mismo, susurrando con timidez desde nuestros consultorios estábamos de acuerdo en que mi problema era del todo normal: odiaba al mundo y a mí mismo porque había fallado al tratar de afrontar y aceptar mis propias limitaciones y las de los demás.
Durante estos años había llevado una vida bastante organizada y ambiciosa, cualquiera que hubiese elegido la facultad de Psicología y el Psicoanálisis como herramienta tenía que tener una bella y sana neurosis quemándole por dentro para mantener el motor en marcha.



No tengo crítica para éste capítulo, a excepción de los márgenes que no me permitieron leer una pequeña parte de la historia; aunque, por supuesto, no es tu culpa. En cuanto al personaje, vaya que me ha encantado, ¡sus mil y una tribulaciones! No es perfecto, cuestiona todo: su fe, su profesión, hasta su mismo carácter. Esto es de lo
Ups… se me fueron las teclas, discúlpame. Te escribiré en otro capitulo, veo que aquí hay un problema con los márgenes.