Cambio de hábitos - La historia de Junior 3
2 de Mayo, 2012 2
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Gracias un poco a que en aquella época del año no hay mucha gente en la calle y otro poco por escaparme rápidamente de la discusión hogareña, llegué a la clínica mas temprano de lo habitual. En realidad el término “clínica” no sé si esta del todo bien utilizado. Trabajaba en una institución psicoterapéutica adonde llegaban todo tipo de pacientes y un equipo multidisciplinario integrado por psiquiatras, psicólogos, terapistas ocupacionales y acompañantes terapéuticos se abalanzan sobre ellos para poder morder una tajada de los honorarios. Además de mi consultorio particular que alquilaba desde hacía diez años en la zona de Palermo viejo, atendía pacientes ambulatorios que habían pasado por la institución y que estaban dados de alta; veía algunos internados aún en la clínica, tenía dos guardias semanales de doce horas cada una (una el día domingo y otra los miércoles), media guardia de seis horas los días lunes y cada tanto participaba en algún ingreso o interconsulta.

El marco institucional brindaba a los profesionales la tranquilidad y la contención indispensables para trabajar libremente; era a su vez, el ámbito ideal para poner en práctica alguna que otra nueva herramienta terapéutica y si bien el lugar tenia orientación psicoanalítica, no ponía reparos en aceptar nuevas propuestas si eran en pos de la salud de los pacientes.

Inevitablemente ese también era el caldo de cultivo para que emergieran ciertos personajes, algunos muy desagradables y otros bastante simpáticos, por así decirlo, en busca de satisfacción personal (estoy refiriéndome a los profesionales de la institución por si no quedó del todo claro). Allí afloraban los deseos más oscuros, las frustraciones mas arraigadas y las enormes ganas de detentar algo de poder, aunque más no sea por un corto tiempo.

Ese era el caso del doctor Roberto Díaz, joven (veintiocho años recién cumplidos), dinámico (llevaba dos libros escritos y trabajaba para varias instituciones), inteligente (solíamos estar en desacuerdo), atractivo (le caía bien a los pacientes y a sus colegas), pobre tipo (nunca estuvo enamorado), anal (apostador compulsivo), oral (fumaba todo el tiempo) y ateo (culpaba al destino por su mala fortuna). Era uno de los profesionales mas respetados de la institución a pesar de su corta edad, algo así como un prodigio de la psiquiatría al estilo Mozart, sin ofender.

La doctora Mercedes Simone, vieja (cuarenta y seis años), no dinámica (sólo trabajaba para la institución), poco inteligente (me admiraba), nada atractiva (despertaba en todos el mismo sentimiento: compasión), pobre mujer (alta, flaca, con gafas, solterona), anal (obsesivamente aseada), oral (comía todo el tiempo), católica (culpaba a Dios por todos sus males). Vivía para la institución al punto de llegar a creer que una parte le pertenecía; se la podía molestar a cualquier hora de la madrugada y ella respondía sin problemas.

Ambos eran los más estimados por el director de la institución, el doctor Julio De Caro, de quien me ocuparé en detalle mas adelante. Todas las decisiones importantes pasaban por sus manos, ellos decidían el futuro de la mayoría de los pacientes, como por ejemplo, cuando debían ser trasladados de sector; autorizaban el cambio de medicación, el régimen de visitas y de salidas. Siguiendo en escala de importancia veníamos todos los demás profesionales del montón y dentro de ese grupo heterogéneo en el cual me encontraba, quisiera rescatar aquí a algunos que sobresalían del resto y contar algo sobre ellos.

El licenciado Félix Gutiérrez era la baja, gorda y despeinada figura del padre que me había psicoanalizado cinco años antes y desde entonces pasó a ser, por así decirlo, mi mentor. Él fue quien me recomendó personalmente ante el doctor De Caro para que pudiera entrar en la institución. Tenía casi sesenta años pero aun seguía atendiendo pacientes como el primer día, era autor de tres libros sobre psicosis y de infinidad de artículos en revistas de Psicología. Había considerado un honor extraordinario ser psicoanalizado por él y lo había apreciado mucho, hasta que mi creciente aburrimiento e infelicidad me habían hecho creer que el análisis no me aportaba nada nuevo para mi vida.

A la doctora Rango Fujisawa se la consideraba como la madre del grupo, parecía la decana solterona de un colegio de monjas, siempre luciendo en sus cabellos grises un pulcro peinado de peluquería. Hija de padres japoneses que emigraron a la argentina en búsqueda de tranquilidad luego de la guerra y se quedaron para siempre. Usaba anteojos y un lento, profundo y sonriente acento oriental que hacía de sus reportes una parodia de diálogo que parecía salido de una película clase B. Hasta donde se sabía, nunca estuvo casada y quienes la habían conocido antes que yo, aseguraban que nunca se la oyó hablar de un hombre de manera afectiva. No se tenía registro siquiera de que hubiese conocido un hombre alguna vez (“conocido” en sentido bíblico).

El último a quien mencionaré será Roberto Fugazot, jefe de enfermería. Era un hombre más bien bajo y rechoncho con una incipiente calvicie circular que se dibujaba en lo alto de su cráneo. De carácter simpático y espontáneo aunque demasiado impulsivo, quería estar al tanto de todo lo que ocurría en la clínica aún cuando él no estuviese de guardia. Buscaba siempre el equilibrio entre pacientes y profesionales pero no podía ocultar sus emociones ni guardar algún que otro secreto si llegaba a sus oídos.

Todos juntos conformábamos una especie de secta institucionalizada en donde nada estaba prohibido y jugábamos con cosas que no tenían remedio.

****

-Buenos días Celia, ¿hay algún mensaje para mí?

-Sí doctor Irusta; el director De Caro me llamó especialmente para que le dijera si podía ver a un paciente y considerar su internación.

La secretaria de la clínica se llamaba Celia Gámez y me predisponía de muy mal humor. Sabía bien que dos cosas que me fastidiaban sobremanera y sin embargo continuaba haciéndolas sólo para arruinarme la existencia. Una de ellas era que me llamara doctor, cuando sabía bien que no lo era y la otra era que abusara de anteponer la profesión de las personas como parte de su nombre: doctor Agustín, director De Caro, camillero Jorge, cocinero Omar, etc. Definitivamente creo que había llegado a odiarla.

-¿Que mas le dijo el doctor De Caro, Celia?… sobre el paciente en cuestión, digo.

-Nada más. Me avisó que iba a venir acompañado del padre porque era un paciente esquizofrénico y quería que usted lo evaluara, doctor.

-Celia- solté exhalando aire despacio, intentando que no se notaran las ganas que tenía de gritarle y apretarle fuertemente la cabeza contra el escritorio. Me hubiese gustado increparla diciéndole que hoy justamente no había empezado el día de la mejor manera y que no era un buen momento para hacerme fastidiar pero, sin embargo, continué como si nada -le dije varias veces que no me llamara doctor, puesto que no lo soy ¿sería tan amable de no hacerlo mas por favor? Hasta podría llamarme licenciado si quiere, que a propósito, es de lo que me recibí con tanto esfuerzo.

-Me cuesta, me cuesta- decía mientras se daba palmadas en la cabeza -Es que acá la mayoría son doctores y es una palabra que me sale automática. Licenciado es como mas complicada y me parece como que doctor suena mejor, le dá mas prestigio. Le pido mil disculpas y le aseguro que voy a intentar cambiarlo.

-Muchas gracias- suspiré retomando mi lugar profesional -es raro- continué pensando en voz alta -el doctor De Caro sabe que yo no acostumbro a trabajar con psicosis ¿está segura de que no dió ninguna indicación extra?

-No, a ver… déjeme pensar…no, no dijo nada más. Lo único que sé por mi parte, es que el señor Rodríguez Lesende, el padre del muchacho, es amigo personal del doctor De Caro me parece que son socios.

-Muy bien, Celia. Hágalos pasar cuando lleguen, por favor.

Me retiré a hacer tiempo al consultorio porque aún faltaban un par de horas para que llegaran el paciente y su padre. Nunca me agradó que el director de la clínica me encomendara personalmente un paciente y mucho menos si existían intereses económicos de por medio. Siempre me mantuve fiel a mis convicciones aún cuando me acarrearan alguna que otra enemistad entre mis colegas.

Imagino que llegados a este punto al lector le interesará saber que tipo de analista solía ser. Sucede que practicaba la terapia no directiva; poco usada en nuestro país pero de gran adhesión en los Estados Unidos. Para aquellos que no estén familiarizados con el tema les comento que en este procedimiento, el analista es pasivo, desafectado, observador objetivo y no interpretativo. Se parece más a un retrasado mental que a un médico y para colmo redundante. Por ejemplo, una sesión con un paciente neurótico podría llegar a transcurrir de la siguiente manera:

Paciente: Siento que por mucho que lo intente siempre voy a fallar en todo lo que haga; que alguna especie de mecanismo interior se activa en mi contra para complicarme y echar a perder lo que estoy intentando hacer.

(Pausa, silencio incómodo)

Analista: Siente que una parte de usted lo obliga a fracasar.

Paciente: Si. ¿Se acuerda aquella vez que tuve esa cita con la vendedora de libros? era una hermosa mujer y muy simpática por cierto. Me la pasé toda la noche hablando de fútbol y de tango, nuestras dos pasiones nacionales. Sabía que debía escucharla, responder algunas de sus preguntas y traer a colación algún tema sobre literatura y esas cosas, pero, no podía parar.

Analista: Cree que echó a perder deliberadamente una potencial relación con aquella mujer.

Paciente: ¿Y ese trabajo de ejecutivo de cuentas que me habían ofrecido en una multinacional? podía haberlo conseguido si no me hubiese tomado todo un mes de vacaciones en Brasil cuando sabía que me esperaban para una entrevista.

Analista: Mmm. ¿Autoboicot?

Paciente: Ya no sé que pensar. Me parece que tengo algo de masoquista, ¿cómo lo ve usted?

Analista: Piensa que podría ser masoquista.

Paciente: Yo creo que es normal. Además, ya no pienso en el suicidio como antes. De vez en cuando aparece algo extraño en algún sueño pero nada más: me veo tirándome de un puente sobre el río o prendiéndome fuego en plena calle pero… todo el mundo hace locuras en sueños ¿no?

Analista: Siente que sus sueños de autodestrucción podrían ser normales porque…

Imagino que al lector sagaz le habrá servido de muestra para hacerse una idea de lo que hablo. El efecto de esta terapia es tratar de envalentonar al paciente para que hable cada vez con mayor franqueza y que sienta la seguridad de expresarse libremente sin ser juzgado en absoluto. La idea es que no se vea amenazado y adquiera total confianza en su analista para lograr eso que en psicoanálisis llamamos transferencia. En general funciona. Funciona tan bien como cualquier otro experimento de la psicología. Es decir, algunas veces estimula y otras, falla, inhibe; no es perfecto. Al fin y al cabo, debo reconocer los límites de mi profesión y darme cuenta hasta dónde puedo llegar exitosamente y cuando es necesario abandonar. Entiendo que el rechazo es parte inherente de la cura y tanto mis éxitos más resonantes como mis fracasos mas desastrosos hasta aquí, no diferían mucho de los éxitos y los fracasos de los otros profesionales.

2 Comentarios
  1. Es un placer leer sobre los caracteres de cada personaje, la forma en cómo los describiste es original, muy analítico y hasta humorístico. Me gustó eso. La clínica parece un hervidero de locos, y no me refiero a los pacientes en sí, sino a los miembros que trabajan en ella. Ahora voy comprendiendo mejor a Agustín Irusta, su forma de trabajar y hasta de pensar. Es ligero, imperfecto, melancólico, y por qué no… hasta romántico.

    Buena esa.

    Tienes mi voto, y un abrazo.

  2. Insisto en agradecer tus comentarios y tus palabras. Veo que le vas encontrando el hilo a la historia y espero que cumpla con tus expectativas.
    Gracias a que reavivas el contenido del relato, me estoy apurando en corregir el resto y poder subirlo para no dejarte en ascuas…

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