Hiromu y Kusunoki caminan a paso lento por calle veintiuno de mayo en dirección al supermercado. Son cerca de las 17 horas y la gente comienza a salir de sus casas luego de la siesta. Corre una leve brisa que hace soportable el calor. No hablan demasiado porque uno repasa detalles del proyecto y el otro piensa en lo que hará después del supermercado. Lo que no puede la bocina de un camión lo puede una mujer. Sus pensamientos se unen.
La mujer va por la vereda del frente. Es convencionalmente bella: no es muy alta pero tiene atributos que exhibir. Usa un pantalón apretado y una camiseta de color rosado que deja descubierta la piel de su espalda y hombros. Pelo negro y corto, rasgos finos y tez morena. Unos lentes oscuros le tapan la mitad del rostro. Delante de la mujer va su hija de la mano con el que sería su padre. La mujer no tendría porque ser la madre ni la esposa. La distancia abre paréntesis.
Kusunoki emite un sonido. Lleva audífono por esto su voz es más alta. Lo hace siempre en Japón luego de encontrarse con alguna mujer bella. Aspira aire con la boca hasta lograr un silbido. Repite.
Hiromu detiene su andar de robot a pilas. Sin mirar a la mujer de pelo cano que se planta frente suyo –soy podóloga, le afirma la mujer abriendo los ojos y después le muestra su cédula de identidad y su título plastificado de podóloga y luego le ofrece una sesión de masajes en los pies mientras intenta hallarle la mirada al japonés con sus ojos de perrito triste-, le dice a Kusunoki a quien proyecta como un pendejo malcriado:
- No creo necesario transformarse en un animal después de ver a una mujer bella-.
Hiromu levanta la voz y la mujer que no entiende ni pio de japonés piensa que le habla y por el tono de voz adosa su pera en el pecho y baja la cabeza como demostrando una vida de maltratos.
Kusunoki, quien se adosa sus gafas con marcos de tono flúor, ni se arruga con las palabras de su compañero. Hiromu le entrega unas monedas a la mujer y le hace un gesto con su mano para que se vaya.
Kusunoki piensa que Hiromu es un podrido que trata mal a la gente. La morena de hombros deseables que camina por la vereda del frente ahora se acopla a su marido e hija, cerrando de esa manera el paréntesis. La ciudad comienza a gustarle a Kusunoki. Hay detalles para armar algo. No sabe qué en ese momento. Una semana después tendría la película más clara. Le sube el volumen a su Iphone y descansa en una canción de Primus. My name is mud, pronuncia con los labios mientras esquiva a unos jóvenes con camisetas del Barcelona que le quedan mirando sus gafas. Después piensa que pudo regalar sus gafas a esos jóvenes con tal de conocer a otras personas y dejar al amargado de Hiromu.
Cruzan.
Hiromu entiende que si insiste en su afán de controlar a su compañero él terminará hablando solo contra la pared. Piensa en comprarse audífonos y encerrarse en la música cuando salieran juntos. Piensa en la posibilidad de aislarse cuando ve que la gente lo mira demasiado. Está incómodo y no ha sido un mal día. La noche anterior había llegado a Tocopilla. Se encerraron el hotel a descansar durante toda la mañana para sacarse el viaje y ahora van al supermercado. Luego vendría la instalación de la máquina de predecir terremotos y la espera.
Entran al supermercado.
En adelante, Kusunoki le contesta en monosílabos a Hiromu.
Pagan ante la mirada de la gente.
Después cancelan al chico que le guarda las tres bolsas en el supermercado, después pagan al chico que le guarda las cosas en el taxi y después repiten lo mismo a una mujer joven con su hijo en la puerta del supermercado y terminan pagando al taxista que los regresa al hotel.
Otra vez una imagen une a los dos extranjeros. El taxista les explica bien pausadamente como si detrás de su asiento tuviera a un par de niños que aquel hombre de casi dos metros que va delante, semidesnudo sobre una carreta tirada por un burro, le dicen “Chuscao” -quién a diario carga tambores de basura marina y traslada a los criaderos de chanchos, al norte de la ciudad-. El taxista les dice que el hombre anda medio jodido de la cabeza, medio loco.
-Esa locura –repite el redondo taxista- era por comer tanta grasa. Primero le aparecieron unas verrugas en uno de sus ojos. Ahora parece que ni ve. El tenía los ojos azules y todos dicen que es extranjero o hijo de gitanos. Al parecer, la grasa de los chanchos se le pasó al cerebro. La grasa lo pone agresivo. No es bueno acercarse a él, ni preguntarle nada. Lanza cosas con fuerza e insulta.
-¿Y su familia?- pregunta Kusunoki quien entiende todo lo que habla el taxista pues ha pasado parte de su vida en Perú. Hiromu siempre entiende la mitad de lo que hablan por modismos o porque los chilenos hablan demasiado rápido.
-Vivía con una mujer, una anciana con problemas mentales. Dicen que se fue o que un día se murió y la enterró en el vertedero pero nada de eso está claro, en realidad nadie se acerca mucho a ellos y usted sabe que aquí el desierto se traga a la gente y después, a los años, las reaparece como momias, secas, con la piel como plástico-
Con sus manos el taxista dibuja en el aire las dimensiones de sus animales mitológicos y explica mirando al espejo del Nissan con los ojos bien abiertos: en el desierto hay aves gigantes a las que le dicen carcañas, peces malditos como los kalules y chupacabras. Kusunoki enciende su imaginación con los chupacabras. El taxista piensa lograr una buena propina gracias a los bichos. El peruano-japonés imagina un perro mitad conejo de color violeta y se le dibuja una sonrisa tímida en el rostro.
-¿Cree que me dejaría grabarlo con mi cámara en su pantano junto a los cerdos? Pregunta Kusunoki mirando hacia el espejo.
El taxista voltea su cabeza y mira a Kusunoki de pie a cabeza como poniendo en duda la capacidad de ese japonés alto y delgado como palillo que no parecía japonés sino que le hacía recordar algún boxeador filipino de moda y que además hablaba castellano con un acento peruano y le responde: -¿Tal vez? Si usted le pasa algunos buenos dólares, supongo que lo dejará. Vaya. Intente.



Hola, Rodrigo… otra vez gran segmento, más pausado y descriptivo pero con la misma intensidad. Tenés un talento increible apra captar la escencia de la vida cotidiana, e inventar personajes fugaces e intreñables!
Como ya te dije varias vece sme tiene enganchado y por lo que veo cada articulo tuyo tiene muchas visitas, por algo será.
Un abrazo!
Totalmente de acuerdo con Nicolas
Saludos y agradecido de sus comentarios. Seguimos adelante. Pueda ser que a futuro los fabricantes pasen del mundo virtual al objeto del libro. Se busca editorial, jajaja.
Abrazos.