1926
Ya para ese año el pueblo tenía una sala de cine que serviría de centro cívico y social para la gente del monte hasta después de la guerra. La fachada de El Mirador, adornada con ángeles de yeso, máscaras de tragicomedia griega y curvas macarrónicas, contrastaba con el interior parco y el suelo de madera sin barnizar. Era en ese cine que la abuela trabajaba como pianista. Acompañaba las películas mudas, interpretando cada escena con la aplicación de teclas aterradas, amorosas, jubilantes. Tenía sólo catorce años y podía memorizarse el orden de los diálogos silentes, anticipando el cambio de melodía casi por instinto. No hablaba mucho, excepto cuando discutía con el dueño de El Mirador, que no conseguía suficientes películas de Mary Pickford. Las historias de Pickford le gustaban porque imaginaba los trucos musicales que podría practicar cada vez que el el personaje principal cometiera alguna falta irreparable (derramar el contenido de una tetera, frente a la mirada severa de la supervisora del orfanato, por ejemplo), y así intensificar las reacciones del público, que simpatizaría con la pobre huerfanita más que nunca. Entonces su trabajo, el de tocar ese piano, manipularía el efecto de las imágenes sobre las pobres almas que iban a la cámara oscura para escapar de la realidad una vez por semana. La abuela sabía qué películas eran las mejores porque las veía en un cine de San Juan, cuando acompañaba a su papá a buscar mercancía en el puerto. La abuela era menudita, bondadosa y terca. Sus ojos eran del color de las flores de Isabel Segunda.
El camión del hombre que afilaba cuchillos pasaba todos los viernes por la tarde enfrente de El Mirador. La abuela estaba sentada en los escalones de la entrada, desmenuzando la carne de una pomarrosa, cuando oyó el silbido agudo del afilador. Siempre le entraba una tristeza tremenda cuando sentía el silbido que cortaba el aire pesado de esos viernes por la tarde. Ese día le llamó la atención el que el afilador andase acompañado. Un hombre de unos treinta años, delgado, de facciones que vacilaban entre severas y dulces, pelo negro retinto y boca apretada estaba sentado en la parte trasera y abierta del vehículo; sus piernas colgantes casi tocaban la carretera pedregosa. El camión vino, pasó y se fue; paró un poco más adelante en la esquina donde vivía la señora Betancourt, que siempre tenía navajas embotadas, y cuando el dueño del cine la llamó para que afinase el piano, la abuela tiró la fruta a la basura y pronto se olvidó del hombre desconocido.
Lucien no fue tan olvidadizo. Tan pronto como llegaron a la próxima cuadra le preguntó a don Sebastián si sabía quién era la muchacha de ojos azules. “La hija de don Miquele, el importador. Es sólo una nena, así que ni lo pienses”. Lucien acababa de llegar a la isla, después de quedarse en Puerto Cumarebo por unos días, de visita a Jeanne. Los americanos le habían dicho que le esperaban grandes oportunidades en los muelles de Puerto Rico; su conocimiento de las embarcaciones que cruzaban el Canal, y por ende el Caribe, y sus conexiones con obreros y estivadores, tanto gringos como criollos, de seguro le ganarían un buen puesto en Puerta de Tierra. Y ahora veía a esta cosa tan linda que parecía invitarlo a quedarse de una vez por todas. Habría mucho trabajo disponible, podría traerse a su madre y a su hermana, que por fin gozarían de una mejor vida en territorio estadounidense. Ya había decidido salir del apellido paterno y quedarse con el de su madre, que lo había criado con tanto sacrificio, y era hora de honrar ese apellido y de darle motivos de orgullo a la pobre mujer. Se imaginaba entrando de aprendiz en un negocio honrado como era el de importaciones, renunciando al salitre mugriento de los furgones, dejando atrás el pantano panameño, y ganándose un poco de respeto. A la semana ya estaba pidiendo la mano de la abuela, y al año Lucien y Sandrina se casaron.




Anarua: querida amiga, me ha gustado tu narración; me imaginé a la joven Sandrina tocando el piano para amenizar las películas mudas que se exhibían en El Mirador.
Escenas de nostagia, contadas con maestría. Felicidades.
Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)
Gracias por el tiempo y la atencion que pones en leerme y por tus comentarios que me dan ganas de seguir escribiendo, Volivar! Espero que todo siga bien y espero leer tu ultimo relato pronto…
Me gustó la narración y lo fundamental, quedé con ganas de seguir conociendo la historia, felicitaciones y gracias por compartir. Un gran saludo desde Buenos Aires.
Muchisimas gracias, Nanky, de verdad. De La anemona he subido 5 fragmentos mas en los ultimos meses, aunque no estan en orden cronologico. Gracias por tu comentario y otro gran saludo desde Nueva York!