18 de Septiembre, por fin había llegado, las calles de la ciudad se vestían de colores llamativos para dar la bienvenida a las luciérnagas, una tradición que desde tiempos ancestrales se llevaba haciendo. Esa mañana amaneció soleado, ni siquiera había viento con lo cual era un día ideal para dar un paseo. Sabía que Natalia no podía por su trabajo como organizadora de la fiesta pero se me ocurrió invitar a salir a Sara. Después de lo ocurrido, era lo menos que podía hacer por ella.
-Buenos días-me saludó mi tía cuando entré en la cocina.
-Buenos días-le devolví el saludo.
-Siéntate en la mesa, la tortitas pronto estarán listas-dijo con entusiasmo.
-Ya… ¿Sabes dónde está Sara?
-Creo que todavía no se levanta, ¿por qué no vas a verla?
-Vale-le respondí.
Subí las escaleras y abrí la puerta de su habitación despacio, quería asustarla pero al final el susto me lo di yo.
-¡Ahhh! ¡Llama antes de entrar!-gritó Sara.
La había encontrado en ropa interior, al parecer se estaba vistiendo para bajar a desayunar.
-Lo siento-me disculpé detrás de la puerta después de cerrarla rápidamente.
-¿Qué eres un pervertido?
-No, solo te quería asustar
-Mentiroso, ¡me querías ver desnuda!
-¿Yo? Que va, tampoco hay mucho que ver-dije en voz baja.
-Gracias por llamarme fea
-No quería decir eso
-Pero lo has hecho
-Vale, sí, tienes razón, lo lamento, yo solo venía a preguntarte si querías dar una vuelta
-¿Contigo? No sé si fiarme, tengo miedo que me hagas cosas extrañas
-Está bien si no quieres me voy
-No, espera, no he dicho que no quiera, ahora salgo, espérame
Un minuto más tarde estábamos los dos devorando las deliciosas tortitas que había preparado mi tía. Después de desayunar nos fuimos a la calle.
-Mira a esos dos-señaló Sara a una pareja que iban vestidos con un extraño disfraz.
-Sí, parecen dos tontos
-Pues a mi me gusta-y así empezamos otra entretenida discusión hasta que finalmente llegamos a la plaza.
Cientos de personas se encontraban reunidas, apenas se podía caminar y entrar en las tiendas era casi imposible. Para los negocios era estupendo tener tantos clientes pero para mí estar con tanta gente me agobiaba, así que le pedí a Sara que fuéramos a otra parte. Caminamos unas cuantas calles más hasta que llegó la hora de la comida y tuvimos que regresar a casa de mi tía. Cuando terminé de comer me fui a mi habitación a echarme la siesta.
Me levanté faltando diez minutos para las seis y como iba siendo habitual la culpa de mi despertar había sido gracias a los lamidos de mi gato.
-Estás cogiendo una mala manía-le dije a Bruno mientras le miraba. Él solo maulló y se fue a otra parte.
El día anterior después de encontrarme con Natalia, quedamos en vernos hoy a las once ya que era la hora en que quedaba libre a pesar de que la fiesta empezaba a las diez. Como tenía tiempo de sobra pensé en salir a la calle para ver las luces que había instalado el ayuntamiento. Me vestí y bajé al salón donde me encontré con mi tía y con Sara, les comenté que me iba a dar una vuelta y que más tarde nos veríamos. Una vez en la calle fui a la plaza, por suerte ya no había tanta gente y se podía caminar tranquilamente. Entré en la panadería y compré un panecillo para merendar. Cuando terminé de comerlo me acerqué a la fuente que estaba en medio de la plaza.
-Por fin te encuentro-escuché una voz familiar detrás de mí.
Me di la vuelta y entonces les vi, ahí estaban mis padres con una sonrisa de par en par.
-¿Vosotros? ¿Qué hacéis aquí?
-¡Sorpresa!-me respondió mi padre.
Pues sí, si había sido una sorpresa, no esperaba verles y menos ese día.
-Tu padre y yo queríamos darte un alegría y nos pareció buena idea venir a verte-empezó a decir mi madre.
-Sí…si me parece bien que estéis aquí-respondí con una falsa sonrisa.
Después de tomarnos una foto de recuerdo por exigencia de mi madre, caminamos en dirección a la casa del Abuelo de Natalia, mis padres habían quedado en ir a verlo para luego ir todos juntos al monte Thaba y a mí me convencieron para que les siguiera.
-Buenos días señores, pasar, el Señor Antonio les está esperando-nos dijo Alfred cuando llamamos al timbre.
Pasamos adentro y el mayordomo nos indicó el camino para llegar al salón a pesar de que yo ya lo conocía.
-Hola, buenas tardes, ¿cómo estáis?-dijo el Señor Antonio al vernos.
-Muy bien, gracias, ¿y cómo estad usted?-le preguntó muy amablemente mi madre.
-Todo bien, gracias por preguntar-contestó-, Marcos veo que tus padres te han convencido para que vinieras-añadió con una carcajada y me guiñó el ojo.
-Ni modo-le respondí y comencé a reírme.
Era una noche para disfrutar y unas risas venían bien para relajar el ambiente. Alfred apareció con unas tazas de té y comenzamos a charlar animadamente sobre la ciudad y la fiesta. Cuando faltaban dos horas para las diez me acordé que había quedado con mi tía y con Sara en la estatua de la luciérnaga. Se lo comenté a todos y decidieron acompañarme. Media hora después llegamos y mi tía se llevó una sorpresa al ver a su hermana y a mi padre.
-No me habías dicho que iban a venir tus padres-me dijo Sara al oído.
-No lo sabía, ha sido una sorpresa para mí-le respondí-, ven te los presento
Después de los típicos saludos, emprendimos el camino hacía el monte Thaba. Tan solo quedaba una hora para que todo comenzara.



Me gusta la pareja que hace con Saraaaa, me encanta esta historia!