Tras las clases, afuera llovía y su madre no la dejó bajar a jugar. Sentada frente al ancho televisor a color Telefunken, África miraba los dibujos animados. En uno de los capítulos, un conejo con anteojos y chaleco de anciano hablaba con otro más pequeño vestido con pantalones cortos. El anciano le decía al pequeño que si algún día el lobo lo perseguía, no debía volver a casa directamente sino que se alejaría por el camino contrario. El fin de tal consejo aparentemente contradictorio servía para que el lobo no pudiese ver dónde vivía. De esta forma tan astuta se libraría a sí mismo y a su familia de un peligro aún mayor, pues si la alimaña descubría dónde estaba su madriguera, se apostaría a la entrada hasta que el hambre y la desesperación los obligasen al conejito y a sus hermanitos a salir. Entonces el lobo los cazaría uno a uno para devorarlos ante la aterrorizada mirada de su pobre madre.
A África le pareció un buen consejo, sin poder diferenciar si sería válido en el caso de los niños porque, en su caso, no podría quedarse en casa para siempre. Los peligros están en todas partes, pensó, y hay que aprender a defenderse de cada uno de ellos de formas distintas. Ella conocía los trucos para librarse de algunos, pero no de todos.
El primer peligro, el colegio. Si no quería que su profesor la estampase de un empujón contra el armario de los mapas debía llevar bien aprendida la lección todos los días. No como ese niño de su clase, no recordaba su nombre, que nunca estudiaba y por eso el profesor le pegaba, demostrando al resto del aula lo que se podía hacer con los vagos y los tontos. África no quería parecerse en nada a él, que debía ser muy vago y muy tonto porque don Pedro le pegaba siempre que le sacaba a la pizarra. Además, había oído decir a otros niños que su madre estaba loca porque llevaba una plancha guardada en el bolso, y si te metías con ella o con sus hijos te pegaría con la plancha en la cabeza, dejándote tan loco como ella. África no hablaba con ese niño, no fuese que el profesor los viese juntos y pensase que ella también era tonta y por tanto había que pegarle.
No entendía por qué la madre de ese niño no iba a su clase y golpeaba al profesor con la plancha. Tal vez solo se atreviese con los niños, igual que don Pedro.
Hacía unos días, camino a casa después de las clases de la tarde, África coincidió con el niño y con su madre. Parecía bastante mayor comparada con las otras madres que también iban a recoger a sus hijos. Iba maquillada con un colorete demasiado encarnado y llevaba el pelo alborotado. África no la hubiese reconocido de no ser por que el niño de su clase le estaba contando muy animado algo que le había pasado en el colegio. África sabía que todo lo que decía era mentira porque ese niño no hablaba con nadie y se quedaba solo en los recreos mirando cómo los demás jugaban.
Fijó la vista en el bolso de cuero negro de la madre, intentando vislumbrar la forma de la plancha dentro de aquel saco viejo. No pudo ver nada. El bolso se obcecaba en mantener una forma neutra, de bolso casi vacío, al menos sin rastro de ningún pequeño electrodoméstico en su interior. Siguió a la mujer unos cuantos metros, no dejándose vencer al primer intento, pero fue incapaz de ver algún indicio sospechoso. Cansada de espiar un bolso, estuvo a punto de acercarse a la mujer y preguntarle si le dejaba ver la plancha. Tal vez si se lo pedía de forma educada se la enseñaría sin miedo a que le pegase con ella en la cabeza. Pero le dio vergüenza y no se atrevió.
La mujer, intrigada por esa niña que no le quitaba los ojos de encima, detuvo el paso y la miró fijamente con los ojos claros un poco perdidos y el cabello mal peinado que se le agitaba sobre la cabeza. En sus labios finos mal pintados se dibujaron las primeras sílabas de una pregunta, pero enseguida el niño la apaciguó diciéndole: “es una niña de mi clase” y la madre sonrió; siguió andando sin preocuparse por otra cosa que no fuesen sus hijos. El niño clavó los ojos en África con cara triste, unos ojos de perro salchicha aprisionados detrás de los gruesos cristales enmarcados por unas gafas de pasta marrón muy fea. Sabía lo que decían de su madre porque un grupo de niños se encargaba de gritárselo de vez en cuando durante el recreo. Lo perseguían hasta que conseguían acorralarlo entre todos. Entonces, normalmente, uno de ellos le obligaba a gritar “mi madre está loca” mientras el resto lo empujaba pasándoselo de uno a otro como si fuese un balón.
África le sonrió, avergonzada ante esa mirada misericordiosa de figura de cera. Él no dijo nada. Se dio media vuelta y siguió andando junto a su madre y sus dos hermanos pequeños, en busca de la merienda que le había preparado.
Aquel niño era maltratado por todo el mundo menos por la loca de su madre, que lo vestía a él y a sus hermanos en tonos marrones apagados, con ropa vieja que no seguía la moda de colores chillones de los 80. Él era tan triste como su ropa, pensó África, aún con sus ojos clavados en la frente. No entendía por qué no se aprendía la lección para que el profesor no le pegase. Estudiar era aburrido pero si sabías la respuesta te librabas del bofetón. Y no siempre don Pedro era malo. A veces, cuando se sentía de buen humor, hacía el pino encima de la tarima para que los niños contasen el tiempo que era capaz de permanecer boca abajo. Al menos a él le preparan la merienda y vienen a recogerlo, pensó África con envidia.
Miró a través de los cristales de la terraza. Afuera seguía lloviendo en ese cielo de yeso. Además de don Pedro existían otro tipo de peligros en el colegio, esta vez en el patio. El Ciudad de Valencia estaba construido en la falda del cerro Almodóvar, al otro lado de la gran cicatriz formada por la Carretera de Valencia que lo separaba del barrio de Santa Eugenia. A él se accedía a través de dos puentes peatonales paralelos hacia la izquierda o un túnel hacia la derecha. Para llegar a los puentes de la izquierda desde el colegio había que caminar unos 400 metros por una carretera por la que casi no pasaban coches o por un pinar que trataba de amortiguar el ruido de la carretera de Valencia.
El pabellón de los alumnos de 3º de EGB y su pequeño patio delantero quedaban a los pies del cerro mientras que el otro patio, mucho más grande, trepaba hacia la parte de atrás por la árida falda pajiza, lo que hacía que este quedase elevado por encima de las aulas dejando entre ambos un ancho pasillo encajonado como una hendidura. En concreto, ese callejón discurría entre las ventanas que daban al comedor y un muro de hormigón de unos seis metros de altura sobre el que estaba el patio de los de 5º. Pocos alumnos se aventuraban a jugar allí. Era un lugar siniestro, lleno de piedras, al que la luz del sol no llegaba. Y, sobre todo, ningún niño iba allí porque los alumnos de cursos más avanzados se dedicaban a arrojar piedras desde arriba, hasta el día en que un niño de 2º resultó herido de gravedad por una roca enorme. Jamás se encontró al culpable pese a la labor de investigación que los padres exigieron al colegio. Incluso quisieron llamar a la policía. El asunto quedó zanjado cuando los padres cambiaron de centro a su hijo y la promesa de la dirección de cerrar la entrada al callejón, cosa que aún no habían hecho por falta de presupuesto.
Aunque los verdaderos peligros de los que África no sabía escapar eran aquellos que no se localizaban en lugares concretos, sino que podían aparecer en cualquier momento, sin avisar. Antes, cuando su hermano mayor la acompañaba al colegio, ella no corría ningún peligro. Pero su hermano ya no iba casi nunca y cuando lo hacía no dejaba que se le acercase. Con su hermano o sin él, se veía expuesta a la furia de cualquiera.
Sentada en el sofá con la gran caja del televisor delante, África pensaba que había una cosa que los dibujos animados no tenían en cuenta. Los conejos siempre debían tener cuidado con el lobo, pero nunca se les advertía del peligro que podrían representar otros conejos. Al lobo era fácil identificarlo. Si se le veía de lejos no había más que correr y correr lo más rápido posible para ponerse a cubierto. Eso sí, con mucho cuidado de no enseñarle dónde estaba el hogar de uno. Pero si resultaba que el peligroso era otro conejo ¿cómo ponerse a salvo de un enemigo al que no se le podía identificar a simple vista, sino cuando ya era demasiado tarde? Cuando África se cruzaba con Raúl, el niño loco del colegio, le resultaba muy difícil verlo como un lobo o como un conejo. Ella lo veía como un niño al que, si no se le provocaba, podía pasar inadvertido.
La madre de Raúl siempre lo recibía a la puerta del colegio con un beso y un abrazo, y él se mostraba muy cariñoso recibiendo los juguetes que le llevaba. Pero en la cola que había que formar todas las mañanas antes de entrar al pabellón de 3º de EGB, a quien le tocase cerca de Raúl podía emborronársele el día completo.
Los niños debían colocarse en una fila única y poner las manos sobre los hombros del niño que tenía delante y recibir sobre los suyos las manos del que tenía detrás, formando una cadena, unidos como eslabones. En cuanto un niño le ponía una mano en los hombros, Raúl se revolvía, daba un empujón y gritaba «¡no me toques!», enseñando los puños cerrados, dispuesto a pegar al que se atreviese a contestar. El pobre niño estaba jodido. Si tocaba a Raúl, recibiría un puñetazo. Y si le veía alguna profesora fuera de la fila, le obligaría a sujetar a Raúl de los hombros. Entonces Raúl, delante de la profesora, se quedaría quieto y preferiría esperarse a la hora del recreo donde lo buscaría con detenimiento para tirarle al suelo y patearle el culo hasta que sus pequeñas piernecitas se cansasen.



Este relato explica bien por que la expresion “alma de niño” es poco adecuada para describir la inocencia.
Jajaja, sí, es verdad. Aquí estos niños no tienen nada de inocentes… ¡gracias por leer y comentar!
Excelente, muy bien logrado, una gran virtud contar mucho más de lo que está escrito. Saludos.
¡Muchas gracias nanky por dedicarle tiempo y por tu comentario tan potente!
Un gran recorrido por la vida de esa niña de nombre Africa, una radiografía precisa de unos años muy duros.
Felicitaciones!
¡Gracias por tu comentario! Pues aún faltan unas cuantas aventuras-desgracias en la vida de estos chavalines!!
Paloma Benavente: para mí, siempre es un gusto leer lo que publicas, porque, en primer lugar, está muy bien redactado, y es muy atractivo; revela experiencias infantiles, en este caso que marcan de fea manera a la pequeña Africa.
Atentamente
Un admirador de tu narrativa, estimada Paloma: Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)
Muchas gracias, volivar. África quedará marcada para siempre por esta infancia, te lo aseguro… y podrás verlo en sucesivas entregas!
¡Gracias por leer y comentar!
Este capítulo trata sobre los peligros que la pequeña niña debe enfrentar. Leyendo este capítulo (que en cuanto a estructura narrativa es diferente a los dos anteriores) pienso en lo difícil que es escribir un relato infantil: uno debe hablar como niño para dar crédito al relato. Y eso me parece una tarea ardua. Y es lo que intuyo en él: la inocencia de estas líneas me recuerda a Heidi, cuando uno de niño la veía en comic al tanto que una narradora nos decía todo sobre ella, hace mucho tiempo. Esperaba saber algo más de César, el niño que me cautivó de la segunda parte y de la giganta con la que la niña se tropieza en la primera parte. Un saludo, Paloma, y esperaremos las demás entregas.
Ja,ja,ja,ja, gracias por tus palabras, Gabriel. No es un relato infantil, sino que sus protagonistas son niños en este primer capítulo y el narrador se basa en los recuerdos de la propia África, por eso no es del todo omnisciente. Y, en cuanto a saber más de César, no todo va a ser tan inmediato, jajajaja, haré sufrir un poquito más antes de dar la información. Pero muchas gracias por tu tiempo y por tus palabras. En cuanto al parecido con Heidi, jajajaja, ¡si supieses lo alejadísima que está África de sus montañitas, sus cabras, su amiguita Clara, Pedro y Niebla!!! Pero eso, en las próximas entregas. ¡Nos leemos!
¡Qué alegría ver de nuevo otro trocito de historia por aquí!
África se va definiendo, y cada vez me atrae más este relato que, en lugar de ensalzar en la inocencia y pureza a los niños, como suele hacerse, los muestra tal y como son verdaderamente.
“pero nunca se les advertía del peligro que podrían representar otros conejos”
¡Un abrazo fuerte, Paloma!
Luna de lobos
¡Muchas gracias por tu tiempo para leer y por dedicar unas palabras tan alentadoras. ¡Eres un sol!
Un relato bellísimo me ha gustado mucho
Gracias hessellius por leerlo!
Excelente!!!
Hola Paloma. Me encantó veros ayer en la presentación. He entrado a todo correr en falsaria, he visto este fragmento y me he puesto a leerlo. Es fantástico. Quítate de encima las inseguridades. Es como un pequeño cuento. Me gusta la historia de los dibujos animados, y como ella saca sus conclusiones. Me gusta la descripción del camino al colegio, tan real y tan alejada de los idílicos paseos hacia el cole a los que estamos acostumbrados: puentes, carreteras, túneles, todo lo que significa una ciudad que no está pensada para las personas (y menos aún para los niños). Me gusta el personaje y la voz narrativa es perfecta. Lo ves todo desde fuera y desde dentro. Es tremendamente ameno, además, y eso dice mucho, porque en los textos de aficionados suele haber mucha palabrería vacía, mucha reiteración, mucho mirarse el ombligo, nada que ver con lo que tú haces. En cuanto vuelva a tener un rato, me miro los otros fragmentos.
¡Jo, Maite! Con comentarios así, lo dejo todo si tú me dices ven. Un placer tener a alguien como tú cerca. Me sonrojo de solo leer tu comentario y tus apreciaciones. Muchas gracias y tenemos que vernos otra vez.
Un beso
El era tan triste como su ropa… que bien escribes Paloma, de verdad que si. Me encanta. Saludos.