Morrison II
30 de Mayo, 2012 3
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Curro Michelena era el benjamín de una rancia familia de ricos de Madrid de toda la vida. Burgueses. Su padre había heredado del abuelo parte de un amplio patrimonio inmobiliario y un negocio farmacéutico al que acudió cada día hasta su muerte. Curro era de la familia del tuvo… mi abuelo tuvo… mi padre tuvo… Curro no tenía nada. A duras penas terminó el bachillerato en un colegio de dominicos. Su padre hizo importantes contribuciones a la fe dominica para conseguirlo. Le matricularon en Derecho aunque no llegó a pisar la Complutense ni un día… Salía cada noche y dormía cada mañana… Alcohol y coca era su alimentación, casi, exclusiva. Alto, pálido, demacrado y melenudo a la moda Beatles, desde que asistió a uno de sus conciertos en la Monumental de las Ventas, en el verano del 65; hacía ya, cinco años de eso. Así vivía su vida a los treinta y cinco años. Cada mañana caminaba desde la Cuesta de Santo Domingo hasta la cafetería California en la Gran Vía para iniciar otro día de crápula.

 

Rosa y Paloma volvían de sus clases de Secretariado caminando de Sol a Plaza de España. Vestían a la moda, maxi abrigos y mini faldas. Las adolescentes bajaban la Gran Vía como majorettes esa mañana de abril en la que vieron entrar a Curro en la Cafetería. A Rosa, de inmediato, se le encendió una luz: ¡es igual que Alain Delon! Cachondas, aventureras… decidieron comprobar el parecido y se adentraron en el local. Se acercaron a él con descaro y ambas estuvieron de acuerdo ¡¡Ayyyy, qué guapoooo!!… y venga de reír… Armaron tal escándalo que, incluso, el crápula salió de su confuso mundo y se enteró de lo que pasaba… Aquellas jovencitas llamaban su atención y él no entendía nada. No trataba con jóvenes. Las mujeres con las que compartía noches y juergas pasaban, todas, de los veintiocho. Algunas pasaban de los treinta. Mujeres que vivían de él y de hombres como él. Las muchachas decidieron irse a casa a comer… mañana intentarían verle de nuevo… ¡qué hombre más interesante!

 

Le pillaron la hora. A la mañana siguiente. Y muchas mañanas siguientes. Le esperaban, caminaban detrás de él entre risotadas y piropos hasta verle entrar en la California. Al principio le molestaba la algarabía que siempre les acompañaba. Día a día fue fijándose a hurtadillas en las chicas y terminó por reconocer que aquellas jovencitas tenían un atractivo tan vital como la energía que derrochaban con sus gestos, sus risas y su griterío. El mundo de Curro Michelena iba del fracaso al vacío, de la borrachera al trapicheo de la droga, rodeado de golfos y maleantes en discotecas y salas de fiestas. En sus noches, las risas, las voces no sonaban parecido. Además… ¡estaban buenas, las condenadas! ¡y qué morro le echaban! ¿qué harían si se encaraba con ellas y las invitaba a tomar algo? Sólo pensarlo le agotó. A esas horas no estaba para tales esfuerzos. Además, veía un claro peligro en ellas. Más, en la de los grandes ojos negros… Cruzar su mirada con esa morenita le calentaba el pecho… Había vivido mucho y malo… podía enredarla y disfrutar de ella… de las dos… No sabía por qué pero contra ese pensamiento se levantaba una necesidad de cuidar de las jóvenes, de protegerlas. Y luego se cabreaba consigo si mismo. Se esforzaba por no ocuparse de las muchachas, se había hecho a la idea de encontrarlas y las pocas mañanas que no las veía, las echaba de menos. Eran la única alegría en su día a día. El resto le revolvía el cuerpo y le daba ganas de beber…

 

A los diez días las chicas decidieron dar un paso más… le seguirían durante horas para saber dónde vivía, a qué se dedicaba y en qué otros sitios podían verle. Aquella aventura ya la habían corrido con alguno de sus más de cien amores… Cada una tenía su lista de los chicos que les gustaban. Ciento catorce a Rosa, Ciento cuatro a Paloma. Cada semana subían o bajaban el escalafón de sus enamoramientos. Curro era el número uno en las dos listas desde que le conocieron. Le compartían con gusto. Entre ellas no había celos… todo era fantasía, romanticismo, aventura y mucha risa.

 

Cada tarde, sobre las ocho, volvía a hacer el camino desde su casa a la Gran vía. Era el principio de cada una de sus noches. Entraba en Morrison, al fondo de la segunda planta y se encontraba, allí, con una pandilla de iguales. Maduros, noctámbulos, bebedores, adictos… compradores y vendedores de drogas: morfina, cocaína, heroína. Sustancias hacia arriba y hacia abajo. Igual que Curro, Granvía arriba y abajo…

 

Le pusieron paciencia. Paradas en la esquina de Santo Domingo esperaban cada atardecer. Pocos días. Al cuarto, le vieron subir algo antes de las ocho. Se miraron satisfechas y esperaron con sus risas nerviosas y sus saltitos. Curro no podía creérselo. ¡Allí estaban… también por la tarde! Sexys, modernas, guapas y descaradas… No se molestaban en disimular la atención sobre él. Él sí se esforzaba por mirarlas poco, no quería motivarlas más de lo que estaban pero ya había visto la guisa que se traían. La alta, bajo su maxi abrigo de buena lana negra, vestía minifalda-pantalón príncipe de Gales en Gris y ajustado jersey negro de cuello redondo. La morenita, su morenita, iba hecha una colegiala; maxi abrigo en pana azul marino, mini faldita tableada, azul marino y mini pull de lana azul marino sobre camisa blanca que asomaba por debajo del jersey… toda de azul marino… como para hacerse marinero e invitarla a las barcas del Retiro el domingo por la mañana. ¡Cielos, todo no era azul marino! En ese momento se doblaba sobre si misma para estirar sus medias largas, de lana beige, por encima de la rodilla… a mitad del muslo… un muslo que doblaba como una starlette mientras, suave, colocaba sus medias bien puestecitas, sin arrugas, en sus maravillosas y bronceadas piernas ¿cuándo tomaba el sol esa chica si pasaban el tiempo tras de él?

Curro estaba motivado, cada día más motivado. Cuanto más le motivaba la morenita, más seguro estaba de que nunca se dirigiría a ellas. Él no era trigo limpio. Había decidido no ensuciarlas. Le gustaban; al principio por su aspecto exterior pero con el paso del tiempo aprendió a escuchar sus conversaciones. Entre ellas mantenían un diálogo a un volumen distinto de los grititos y frases que le dirigían:

-¡Vaya ojazos de avellana! -le dijeron un día en un medio volumen, cuando él pasaba a su altura… poco después, caminando, ya, a dos metros tras él les escuchó decir como parte de su conversación

- Está triste, siempre triste,

- Sus ojos son como de avellana… triste… hay que hacerle reír.

- En eso estamos… pero no ríe. No ríe… porque siente dolor… algo le duele… muy profundo…

- Elegante, guapo, serio… ¡tío bueno, eso es lo que es! – volvieron a medio gritarle. Y de nuevo las risas.

- ¡Unas niñas y podían ver su dolor! Su familia, su reducido entorno nunca lo veían; todo hacia él era enfado y menosprecio ¡Tanta frustración, tanta culpa, tanto deseo de que ocurriese un milagro! ¡Reír, sí que le gustaría reír!

Aquella tarde, tras encontrarlas, con la impresión de sus muslos en su retina, deseó remar en El Retiro junto a la chica. Deseó mirarse en sus ojos negros… que le acariciase la cara con sus pestañas mientras le besaba la frente… una sonrisa entreabrió su labios al tiempo que dirigía a “su chica” una mirada oblicua. Fugaz.

3 Comentarios
  1. Muy bien escrito Shu, no pasa nada y sin embargo hay tantos sentimientos…Voto

  2. Gracias, Territorio… La literatura no requiere acción, opino.

  3. ¿Más acción? ¿Hay algo que mueva más el mundo, el de verdad, que conseguir una sonrisa?
    Precioso Shu
    Te veo en el retiro. Pago yo el café.
    Abrazos

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