Hoy murió Isabel García.
Es un 29 de noviembre, aunque el día da lo mismo. Ha habido muchos 29 de noviembres y habrá todavía muchos más. Es sólo una fecha como cualquier otra, un día como todos los demás. Desde que desperté lo sentí un poco más frío de lo normal pero es muy probable que la inusual baja temperatura sólo sea un producto de mi imaginación. No importa el frío o no frío, no importa el día. Me fui a dormir ayer como cualquier otro lunes, pensando como siempre que hoy me iba a despertar en un martes y que este martes iba a ser idéntico a todos los otros cincuenta y uno que tiene el año. Pero no, no lo es, hoy te moriste Isabel.
Me desperté a las cinco de la mañana como todos los días, la costumbre haciendo que el uso de cualquier tipo de despertador sea innecesario, abro los ojos automáticamente a las cinco de la mañana todos los días de la semana, del año, sin importar si es lunes, jueves o domingo. Me recargué en la cabecera de mi cama y, después de batallar un poco para encontrar los lentes que uso en las noches para leer en el buró, logré ponérmelos. Prendí la televisión para que algún ruido cortara el duro y frío silencio de la madrugada. Es un reflejo casi mecánico. No busco información, cultura o entretenimiento, simplemente ruido. De todas formas, como te podrás imaginar, a esa hora todavía no hay programación, sólo puedes encontrar gente vendiendo porquerías o viejas repeticiones de insalvables programas que desde su primera vez al aire eran insulsos e idiotas. Como todas las mañanas, la dejé encendida en el canal 2.
Con mis ojos en su lugar, y después de algunos minutos viendo a una señora con cara de falsa amabilidad y a su colega con cara de idiota tratar de venderme una pomada mágica que te ayuda a bajar hasta treinta kilos en menos de un mes, me levanté de la cama dispuesto a cumplir con mi rutina de todos los martes, de todos los días. La rutina es muy simple y la inventé yo mismo cuando decidí que tenía que hacer algo de ejercicio y que ir a un gimnasio era imposible por dos razones: la primera y la más obvia… bueno tal vez obvia no, supongo que para el observador casual no tiene nada de obvia. Más bien incuestionable. Eso, incuestionable. La primera y completamente incuestionable razón es que no tengo tiempo para ir al gimnasio. El único momento del día en que podría ir sería en la madrugada y ni siquiera sé si a esas horas ya esté abierto. No quiero ni intentar averiguarlo. Y la segunda razón y con la que podría haber algún tipo de discusión, no que yo acepte discusiones ya que al fin y al cabo son mis razones y mis acciones, es que en un gimnasio tendría que convivir con el resto de deportistas madrugadores que anden a esas horas por ahí, lo cual tendría la inevitable y sumamente desagradable consecuencia de tener que agregarle a mi día al menos cinco o seis sonrisas falsas y varias, o algunas al menos, palabras vacías que me vería obligado a intercambiar con gente que no tengo el más mínimo interés de conocer.
Sorprendido por un segundo ante la aparente baja temperatura al no corresponder con la extraña onda calurosa en la que hemos estado inmersos las últimas semanas, el calentamiento global dirían los iluminados, buen clima contestaría yo, este martes negro cumplí con mis repeticiones como siempre. Me tendí en el piso alfombrado para hacer cinco sets de veinte abdominales y cinco sets de diez lagartijas para después finalizar mi rutina con veinte minutos en la bicicleta estática. Sólo veinte minutos, lo justo para que cuando mi cuerpo esté empezando a sudar, pueda terminar mis ejercicios y dirigirme al baño para ducharme. Me metí a la regadera y mecánicamente abrí la llave del agua fría. Un regaderazo de agua helada, un baño de diez o quince minutos de agua caliente y al final otro regaderazo de agua fría para arrancar el día. Es una gran sensación el choque con el agua gélida por la mañana. No hay nada mejor que sentir el golpe helado que de tajo corta la respiración, forzando al cuerpo a pelear por volver a sentir aire en los pulmones. Diario este instante de debilidad premeditada me hace experimentar una fugaz, aunque siempre falsa y por eso tanto mejor, incertidumbre por mi vida que consigue recordarme que es sangre lo que recorre cada una de mis venas y arterias.
Al salir de la regadera, tomé una toalla y después de secarme y enredármela en la cintura, me paré delante del espejo dispuesto a continuar con los mismos pasos que doy todos los días. En su momento no me hubiera parecido ni remotamente curioso, pero el día de hoy me detuve un poco más de lo habitual al observar al mismo desconocido de todos las mañanas que, haciendo gala de su aburrida naturaleza, me devolvió la mirada con sus ojos cafés tristones. Los mismos ojos de siempre Isabel, tal vez un poco más cansados, pero todavía debajo de las mismas cejas pobladas que, contrario a lo dictado por la moda actual, siguen encontrándose en el centro de mi cara para abrir un largo y horizontal paréntesis facial que no encuentra la manera de ser propiamente cerrado porque mis labios, duros y fríos, sólo parecen estar ahí para subrayar a la nariz. Mi nariz, que como recordarás, siempre ha sido mi orgullo, una nariz que nació para ser recta pero que una vieja rotura la condenó a inclinarse levemente hacia el lado derecho de la cara. Más abajo un cuerpo delgado, sin ser nada especial, el cuerpo de un señor de cuarenta y dos años que lo ha cuidado concienzudamente. La misma cara y el mismo cuerpo con los que me encuentro a diario y que sin embargo el día de hoy no reconocí del todo, sin embargo no le di mayor importancia.
Me rasuré con mucho cuidado, el lado izquierdo de la cara primero, luego el derecho, para terminar con el bigote y la zona debajo de la boca. Con la cara lisa y fresca, tomé un peine y trazando una derechísima línea sobre el lado izquierdo de mi cabeza, dividí de manera perfecta mi pelo grueso, que hace tiempo fue castaño y que ahora está fuertemente adornado de blanco. Se supone que los hombres con canas nos vemos interesantes Isabel, yo nada más me siento viejo.
Saliendo del baño, abrí el clóset para seleccionar el atuendo del día: uno de los muchos trajes oscuros que se repiten ahí acompañado de una camisa blanca perfectamente planchada y de su correspondiente corbata color pasteloso. Esa moda de los colores pasteles no me encanta pero es muy importante mantener la apariencia de juventud para el trabajo, no puedo empezar a verme viejo en las juntas y con los clientes. Las apariencias, el “cómo te ven” es vital y no hay nada peor que un businessman que se ve anticuado, siempre hay que estar “a la moda”. Finalmente el look lo completé, como siempre, con unos zapatos lustrados al punto de reflejar mi cara cuando volteo hacia abajo. Ya vestido salí al comedor donde sin falta todos los días me espera dispuesto mi desayuno, que generalmente… ¿A quién engaño?, siempre, son unos huevos revueltos con un jugo recién exprimido, un café negro y el periódico listo.
Hasta este punto seguía conduciéndome con la actitud y el aire de quién vive en la seguridad, falsa desde luego, que no le sucederá nada malo en ese día. Vaya, la certeza del idiota que no espera malas noticias en un día cualquiera, y como ya te dije, hasta este momento, este martes no era otra cosa más que un día cualquiera. ¿Cómo iba a saber que me esperaba ese terrible monstruo a la vuelta de la esquina? No creas que me he vuelto un inocente simplón que cree que las malas noticias siempre vienen acompañadas de algún tipo de señal o presentimiento, para nada. Reconozco, afirmo, que la experiencia de ya muchos años habitando este mundo me debería tener constantemente preparado para lo peor, pero creo que esa es otra de las maravillosas y crueles vueltas de tuerca de la vida, no importa qué tan trágico, tortuoso y francamente horrendo suceso te imagines que te puede suceder, e incluso llegues al extremo de vivir con miedo constante de que suceda, la vida siempre se encarga de sorprendernos. Hija de puta. Nos manda las desgracias en la forma en la que nunca nos las imaginamos. ¿Cuál sería la diversión si no fuera así? El caso Isabel, es que no estaba preparado para encontrarme entre sorbo y sorbo de mi matutino café, con ese tamaño de asesino sorpresa, el puto Jack el Destripador para que me entiendas y por lo tanto me senté como todos los días, con toda la tranquilidad que puede llegar a tener un hombre de cuarenta y dos años en su departamento en un martes cualquiera, a leer el periódico.
Siempre empiezo la lectura matinal de la misma manera, haciendo a un lado el resto del periódico para irme directo a las esquelas, las veo una por una y cuento cuántas diferentes son cada día. Me divierte hacer esto para poder decirme aunque sea por un segundo que la gente se sigue muriendo al mismo ritmo, con esto obtengo la serenidad impresa de que cada vez somos menos. No creas que con los años me he ido volviendo tarado o más lento, para nada, obviamente entiendo perfectamente bien que no hay manera de que las muertes logren superar a los nacimientos. No existe la posibilidad de que efectivamente nos vayamos haciendo menos como especie, pero como todavía no existen letreros de que la gente sigue naciendo y naciendo, me gusta quedarme con la idea de que más y más gente muere y el mundo se va poco a poco descongestionando.
Mi cuenta del día iba en nueve esquelas diferentes cuando sucedió. Hoy, martes 29 de noviembre de 2011, un día que dejó de ser como cualquier otro en un trágico instante. Estaba ahí tu nombre. Me estaba esperando escondido en la página seis, un maldito asesino en la oscuridad de un callejón, sin manera de verlo venir y sin forma de evitarlo. Me atacó violentamente, ¿un ataque puede no ser violento?, primero dándome una fuerte bofetada que me provocó náuseas para después encajarme su helada navaja en el estómago mientras leía y releía lo que me gritaba ese matutino homicida.
En medio de todos esos anuncios de seres a los que tanto iban a extrañar sus familiares, amigos y compañeros de trabajo, ahí estaba tu nombre. Isabel García de Luévano. Me tomó algunos segundos pasar del nombre. Tu nombre. Esas palabras que juntas me son tan familiares como las que forman el mío. Un nombre que siempre me ha producido emoción, felicidad, deseo. Pero verlo en ese lúgubre aviso de ocasión, lo único que me hizo sentir fue confusión. Porque ahí Isabel, en la esquela que no quería desaparecer de la página seis de mi periódico, además de cambiarte el nombre, ¿dónde quedó el Fernández?, ¿qué es eso de “de Luévano”?, me decían que te sobrevivían tu amado esposo Julián y tus dos hijos queridos Juliancito y Ana. Un anuncio muy formal, muy explicativo, con un sólo error. Tal vez no error, más bien omisión. El pequeño detalle de que te sobrevivo yo Isabel. Te sobrevivo yo, carajo. Esto no puede estar pasando.
Con el golpe todavía en el estómago, la garganta, maldita sea, en el cuerpo entero, consigo levantarme de la mesa del comedor y estiro los brazos. Me hace falta sangre en las extremidades del cuerpo. Las piernas también me protestan y la espalda lenta pero segura las imita. Me hace falta sangre. Lentamente me acerco a uno de los ventanales de mi departamento. El Bosque de Chapultepec, la única mancha verde en la cual perderse dentro de la Ciudad de México. Mi vista recorre el amplio mar de arboles que tengo enfrente hasta que se detiene en el poste de los Voladores de Papantla del Museo de Antropología. Mi mente está haciendo todo lo posible por alejarse de ti Isabel. Desesperadamente busca en dónde posarse, le da miedo perderse mientras flota a la deriva en el tenebroso mar de los recuerdos y necesita un ancla inmediata. El enorme mástil con los cinco hombres escalándolo lentamente, es perfecto. Qué ingrato trabajo. Cualquier domingo tienen un nutrido grupo de personas alrededor de ellos, completamente expectante, aplaudiendo y temiendo algún accidente, ¿pero en martes? ¿y a esta hora? Me imagino que salvo algún turista madrugador y perdido, no deben tener mucho público. Seguramente sólo están practicando. Los veo subir poco a poco a ese clavo de madera y no puedo dejar de preguntarme cómo es posible que no se muera al menos uno de ellos diario. Igual y sí sucede, tal vez diario uno de ellos deja escapar la vida en el espectáculo familiar, pero nadie se entera porque a nadie le importa. No, no, no es que a nadie le importa, seguramente a alguien le importa, el problema es que nadie les puede poner una esquela. Nadie le puede informar masivamente al resto de la humanidad, o bueno, al menos al resto de la ciudad, que uno de ellos ha dejado de ser. Si algún volador muere, se entera su círculo más cercano, sus amigos voladores y su familia, punto. No hay letrero en el periódico para que Tomás Fierro, desde su departamento minimalista en Polanco, desayunando sus huevos revueltos lea que el señor Volador de apellido Papantla murió el día de ayer y que lo sobreviven sus tres compañeros voladores, el tamborilero y su familia. Muertes anónimas. Como tal vez debieran ser todas. No cambia nada. Todo continúa moviéndose. Algún otro miembro de la familia se integra al espectáculo y éste, tal como lo indican los cánones, continúa.
Pensando en la mortalidad de los voladores que empiezan su primer show del día, descubro que mi mano derecha ya tomó el teléfono y le marcó a Estelita, leal secretaria que tiene la sana costumbre de diario llegar a la oficina a las seis cuarenta y cinco, quince minutos antes de que lo haga yo. Ya cuando puedo escuchar los tonos de la llamada realizándose, caigo en cuenta que le estoy marcando con toda la intención de avisarle que este día no voy a ir a trabajar.
-¿Se siente bien licenciado?- ¿Es preocupación lo que oigo en la voz de Estela o un extraño alivio? Supongo que preocupación pero no me atrevería a descartar lo segundo. De todas formas la llamada que está recibiendo es muy extraña, cualquiera de las dos reacciones sería entendible.
-Sí Estelita, surgió un inconveniente.- Todavía no me creo que de verdad esté llamando para faltar al trabajo. ¿Hace cuánto no hacía una de estas llamadas?
-¿Lo puedo ayudar en algo Licenciado?, ¿Sucedió algo?, ¿Hay algo en lo que lo pueda ayudar?-
-No Estelita, sólo no estoy disponible para nadie el día de hoy- No puedo decir la verdad. No quiero propagar la noticia. Aunque no te conozca Isabel. No quiero. No puedo.
-¿Pero lo puedo ayudar en algo licenciado? ¿Se encuentra usted bien?- Ya es desesperación lo que oigo en la voz de la leal Estela. No preocupación, desesperación. No se puede quedar con tan poco, tiene que saber exactamente porque no voy a ir a trabajar. Es loable su obstinación, pero tanta pregunta me empieza a irritar.
-Que sí Estela, deje de preocuparse. Ya le dije que surgió algo, no voy a ir el día de hoy y ya está.- Mi voz busca ser fuerte, seria, pero no lo consigo del todo. Me doy cuenta que empieza a fallar, esta llamada la tengo que terminar.
Ya está. Así nada más. Así de fácil. No voy a ir el día de hoy y ya está. Las siete y media. Carajo. Isabel García de Luévano. Ni madres. Isabel García. Mi Isabel. ¿Ahora qué? ¿A qué hora el espectáculo empieza a continuar?




Esto pinta muy bien, capta perfectamente la atención del lector, tienes descripciones que son una maravilla. Me ha gustado y mucho, tengo curiosidad de lo que puede pasar en el siguiente capítulo. Mi voto.
Muy padre. Hay aciertos notables.
El párrafo de porqué lee las esquelas es soberbio.
Muy ingeniosa la parodia de la esquela del volador.
Gran alusión a “the show must go on”.
Quiero leer el resto.
me lo devore> abrazote