Tú serás la única (3)
15 de Febrero, 2012 3
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Abandonó el confesionario con movimientos lentos y pesados, producto más de la pesadumbre que de la precaución porque no le descubrieran.

 

Al entrar en la sacristía, cuya puerta había dejado entreabierta, miró el cadáver de su amigo, que yacía en el suelo, desnudo. Su expresión de perplejo espanto no le produjo ningún remordimiento y eso le consoló, porque no era momento para debilidades. Le quemaba la idea de que Elena fuera a confesar su encuentro con él, pero supo también que de alguna forma ya se lo imaginaba, y que esa era una de las razones de que hubiera decidido terminar con todo.

 

Necesitaba encontrar a Sonia y explicarle la razón de todo, y los planes que había imaginado para los dos. Recogió la bolsa de deportes donde había metido su ropa y guardó en ella también el arma que había dejado escondido en la hornacina, después de limpiarla. Luego escrutó detenidamente todas las superficies y objetos buscando un posible fleco suelto y al no advertir nada abandonó la estancia, camino de la calle.

 

Atravesó la iglesia por el lateral contrario a la dirección por la que iban entrando los fieles y, una vez en el exterior, un golpe de luz le hizo mirar hacia abajo. Echó de menos unas gafas de sol, echó de menos ser invisible.

 

Al cruzar la calle vio acercarse un autobús que iba a la estación de Atocha. Alcanzó casi corriendo la marquesina y lo detuvo con un gesto de la mano. La sotana le impedía moverse con soltura. Subió sin mirar a nadie, aunque de refilón se llevó una impresión rápida de las personas que estaban esperando; no creyó reconocer a nadie en ellas. No era muy conocido en el barrio, desde luego mucho menos que Carmelo; si lo era, era precisamente por su amistad con él. Para casi nadie era Julián; solo el amigo de Carmelo, o el amigo del cura.

 

El autobús iba casi vacío y se sentó en el primer asiento que encontró, a su derecha, justo detrás del conductor. El reflejo de la mampara que le separaba de él le permitía observar al resto de viajeros sin levantar sospechas.

 

La ropa que llevaba le parecía la menos indicada para pasar desapercibido, así que al llegar a Atocha lo primero que hizo fue bajar al centro comercial de la estación, donde entró en una anodina tienda de ropa para comprar unos pantalones, una camisa y un jersey. La dependienta no parecía prestarle mucha atención. Luego entro los baños públicos y se cambió, encerrándose en un retrete. No había mucho ajetreo. Al salir del baño un guardia jurado se le quedó mirando y creyó que iba a decirle algo, pero luego sonó un móvil y su figura uniformada se esfumó.

 

Subió de nuevo a la explanada exterior de la estación donde le sonaba que había contenedores de la basura todo el día y buscó uno donde poder deshacerse del cargamento de pruebas. No era el sitio ideal para dejarlas, ya que la policía terminaría por encontrarlas más tarde o más temprano, pero calculó que el tiempo que necesitaba él para encontrar a Sonia era menos todavía, y que cuando ellos ya estuvieran lejos nada de eso importaría ya.

3 Comentarios
  1. Muy bueno, mantiene la tensión, cosa que no es fácil. Saludos y gracias por compartir.

  2. Oportp: un relato lleno de misterio… que atrae, que no deja hacer otra cosa hasta que llegas al final.
    Felicidades.
    Volivar

  3. Gracias, como veo que os ha gustado, podéis seguir la historia en nuevas entregas mías y de Sanyuro

    un saludo,

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