Tal vez en algún momento de su vida que ahora no recordaba, le habían contado o había leído que los buenos asesinos hacen vida normal después de su crimen, y tal vez fue debido a esa silenciosa voz dentro de su mente por lo que Julián se acercó al puesto de periódicos que estaba a la entrada de la estación de Atocha.
- Un ABC, por favor.
- Cójalo, ahí, a la derecha, en el montón.
Julián tomó el ejemplar y sin mirar a la cara al quiosquero le tendió un billete de 5 euros. Durante un instante le observó de soslayo mientras buscaba el cambio en el cajón. Su rostro le pareció pétreo y de expresión indefinida. Quizá años de efímeras y superficiales transacciones habían esculpido en él ese aire de resignada indiferencia. Cuando le devolvió las monedas Julián le rehuyó la mirada con un gesto de relleno, haciendo como que las contaba. Dobló el ejemplar por la mitad, se lo colocó bajo la axila y con paso apresurado se dirigió de nuevo al interior del intercambiador de la estación, con la intención de coger el Metro. El nombre de la estación a la que se dirigía, Nueva Numancia, le pareció una señal de afinidad con su propia situación, ya que desde aquella primera mirada intercambiada con Sonia casi un año atrás, y hasta ese momento, él se había sentido también como un último resistente, el último habitante de un último bastión inexpugnable, con el arma de su amor por ella como único alimento.
Cerca de la boca de Metro estaba el piso. La única vez que había estado en él había sido también la única que se habían acostado. Y fue también entonces la única que había sentido algo por alguien; por alguien que no fuera él mismo.
Se recostó en el ángulo del extremo del vagón y abrió el diario al azar. Una fotografía en color de dos mujeres ocupaba casi media página. Sus gestos y el entorno que las rodeaba indicaba que eran políticas. Le sonaba las caras, pero no pudo ponerles nombre, aunque no se molestó en leer el pie de página. Le dio otro zarpazo al periódico hasta alcanzar la sección de deportes, y en ella se quedó un buen rato. Copas alzadas al vuelo y datos de clasificaciones. En su juventud había sido seguidor del Atlético de Madrid, pero de eso hacía ya mucho tiempo.
Cuando llegó a la calle donde estaba el piso de Sonia miró instintivamente hacia la ventana del cuarto piso. Las persianas de una de las habitaciones y del comedor estaban cerradas a cal y canto. No recordaba haberlas visto así antes, pero no supo precisar si era porque no se había fijado bien. Cuando apretó el botón del portero por segunda vez supo que nadie contestaría, a pesar de que era bastante tarde, y que lo normal, por lo que sabía de sus costumbres, era que ella estuviera ya en casa. No era muy de salir, y desde su separación, menos aún. Se había refugiado mucho en su amistad con Carmelo, y él, desde la distancia, observaba con dolor que era un mero comparsa. Era tan buena, ingenua e inocente que sintió con cruda certeza la posibilidad de que lo suyo con ella no hubiera sido sino una simple obra de caridad.
No sabía qué hacer. Se quedó unos instantes observando el espaciado ir y venir de la gente, camino de sus casas. No era un barrio muy animado, pero había un par de bares por las inmediaciones. Caminó un poco y eligió el primero que encontró. Pidió una cerveza, sacó el móvil del bolsillo y marcó el número de Sonia.



Oporto, tú siempre dejándonos en suspenso… esa Sonia, por Dios… cómo logra que Julián haga tanto por ella…
Volivar
Hola Volívar,
Bueno, en este caso, cuánto menos haga él, mejor para ella,
pero ya sabes el refrán, ¿no?, el amor e ciego …
Y como debe ser, Sonia jamás le contestó la llamada… y bueno, la vida es así.
Buen relato, gracias por compartirlo.