Una fiesta brava
2 de Septiembre, 2012 1
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PRIMERA PARTE:

Estamos en un país de voces necias para oídos sordos. ¿Cuántas manifestaciones se necesitan para cambiarlo realmente, carnal? Infinidad de ellas, y quién sabe si pueda suceder algo, con las armas de esta revolución, computadoras, cámaras, altoparlantes, no se espera llegar a la silla presidencial como lo hizo Zapata y Villa con un montón de muertos y trenes explotados. Hace falta que el movimiento le haga temblar las chichis al gobierno. Sí, pero nadie quiere hacerlo, los jóvenes se jactan de ser la revolución pero la marihuana los trae más apaciguados de lo que creen, por ejemplo tú, dices que todos tus amigos fuman, todos, y ayer fuiste a una fiesta muy brava, ¿qué tan cierto es esto? Muy cierto, carnal, tan cierto que sigo mareado. Dejemos de hablar sobre política y dizques movimientos sociales, cuéntame cómo es una fiesta en el siglo 21, según tú, fue una fiesta que dura un fin de semana.

Ayer estuvo brava la fiesta, carnal. A la llegada de la madrugada mi banda decidió tocar algunas canciones, y en medio del silencio de los vecinos, hicimos corear a todos algunas melodías en inglés. Serían las dos de la mañana. El tiempo pasa volando cuando uno se divierte. La anfitriona ya nos había advertido: “quiero ver a todos podrirse”, y sí, finalmente todos acabamos podridos. Primeramente, compró marihuana, era parte de la canasta básica, al igual que esos seis litros de tequila y ron, unos éxtasis y anfetaminas. Ella deseaba con vehemencia ponerse hasta atrás pero lo que más deseaba era estar en una gran fiesta y no acordarse de nada. Ya alguna vez hablé de ella, su nombre es Alexia. Me preguntó: ¿puedo hacer la fiesta de mi cumpleaños en la casa de Villas? Esa casa es de la banda. Un amigo, que es amigo de todos los que asistieron a la fiesta brava, se fue a Veracruz a vivir y dejó su casa para que ensayara el grupo. Entonces las fiestas se hacen allí, en una casa de Infonavit con un gran portón en la entrada que nos impide ver a la calle y tampoco podemos ver quién tocaba a la puerta, nos gustaba que tapase todo lo que hay dentro: una cochera con grava y maleza cortada en donde se divertían, drogados, mis amigos.

Ahí andábamos todos con nuestros vasos de tequila, ron, con un cigarro de marihuana en los labios, pasándolo de mano en mano. Se escuchaban las voces: hazte otro, carnal, sírveme un vaso, por favor, ¿Dónde está el baño? Ella quiere vomitar. Sí, ahorita vamos a tocar, ya que nos pongamos más pedos. ¡Fumen como si la marihuana se fuera acabar!

La casa estuvo abierta desde la hora en que ensayaríamos, a partir de las cuatro. A las ocho de la noche participaríamos en una tocada. A las seis de la tarde llegó la primera persona, Pericles, deseoso de fumar un poco de lo que el guitarrista tenía en la boca mientras estábamos ensayando. Saludó a la banda, le quitó el cigarro, se terminó la canción y platicamos sobre la eminente fiesta degenerada. Dicen que quieren traer una puta, hacer una coopera, rifarla y quien gane la va a subir a la batería y se la va a coger a veinte uñas. Al final no se hizo porque Alexia quería un hombre y no íbamos a cooperar para traer a un padrote. Y sí que había mujeres, poco a poco fueron llegando. Nosotros, los de la banda, nos fuimos del lugar a las ocho, íbamos irritables en el camión, el calor estaba denso, nos bajamos y un niño nos dio las indicaciones de llegar al tokín. Al principio no sabíamos cómo explicarle a dónde queríamos llegar, pero luego alguien dijo que estaba enfrente de un panteón, entonces el niño reaccionó inmediato: ¡ah, es donde ensayan música! Sí. Dan vuelta aquí a la derecha, izquierda, derecha, derecha y a la izquierda. Gracias. Caminamos sobre la calle de terracería, con pequeños agujeros llenos de agua en medio de la oscuridad que ocasionaban unas lámparas descompuestas. Por esa zona había ido a comprar yerba alguna vez, casi me disparan, llegué en el carro de mi jefa y el que vende estaba al pendiente de quien llegaba porque anda fichado. Para acabarla de chingar no había yerba pero sí estaban fumando allí, en el zaguán de la casa; fumé un poco mientras una mujer decía: nos van a matar a todos aquí, fumando. De inmediato me fui y ya no he vuelto a ese lugar. Total, llegamos a la tocada. Era una casa normal, con cochera y cancel. Había una batería con doble pedal, unas bocinas de tres metros, de fondo había colgada una alfombra con el calendario azteca y a los lados unas cabezas de venado y jaguar. La música que tocaban era ruidosa en donde los cantantes hacen jadeos con la boca y estertores guturales. No tocaron pero había un aparato reproduciendo tales canciones. Yo advertí que no tenía muchas ganas de tocar para la tierra, porque el lugar estaba vacío, ni bandas, ni público, ni ganas, fuimos en balde, nos hubiéramos quedado a ver el nacimiento de la fiesta brava. Decidimos largarnos, paramos un taxi colectivo y ahí vamos, junto con algunas seguidoras de la banda, a la casa donde ensayamos, donde tendríamos sin duda más público.

Cuando llegamos también iba llegando Alexia, en su mochila traía los litros de alcohol, algunas pastillas y marihuana. Adentro ya habían llegado varias personas. Éramos la banda, la novia de algunos, seguidoras, Pericles, Alexia, Alejandra y Kikín. Nos servimos tequila y sentados en amplificadores, batería, un sillón viejo o cubetas, charlamos de muchos temas que resultan en estos momentos irrelevantes. Tocan la puerta y entonces aparece Fofo, camarada de todos, chaparro y moreno. Seguimos igual: vaso tras vaso, cigarro tras cigarro, poco a poco aumentaba el fervor del vicio. Volvieron a tocar la puerta, era Gabriel y una adolescente muy seria que nadie conocía. Seguimos tomando, fumando, hablando de Alexia. Hacía una semana había decidido dejar de fumar porque su madre le iba hacer un antidoping. Sin embargo, esa prueba de sangre cuesta dos mil pesos: pagaré para que me digan que mi hija se droga, pero si ya lo sé. Reaccionó: quiero la felicidad de mi hija. Entonces Alexia tuvo de regalo dinero suficiente para comprar alcohol y hacer una fiesta brava. Su madre la premió.

¡Tras! Se acabó el primer botellón de dos litros de tequila. Ya había borrachera en el viento. Serían las once de la noche. Veinte cigarros de marihuana fumados como mínimo. Sentado frente a la ventana veo que Alexia se toma unas pingas. Pinchi cochi, le dijo alguien. Todos fumaban mota como cerdos, pocos los que no se atascaban. Tiempo después llegaron tres personas más, incluyendo una morena sensacional con el nombre de Mónica, la conozco desde la secundaria pero nunca fuimos amigos íntimos, la saludé y platiqué levemente con ella de algo que, a causa del alcohol y algunos mareos osciladores, no recuerdo. Luego llegó Tony y su novia y otro gañán más. La música de los Doors sonaba en un amplificador conectado a un reproductor. Una chica muy gorda, pero muy agradable, decía, un poco ebria, que Jim Morrison la había dejado viuda antes de nacer. Sí, yo aun no nacía tampoco y él también ya me había dejado huérfano.

Me serví más vasos de ron. Fumé varios cigarrillos más. Tocan de nuevo y cuando abrieron pude ver que enfrente habían dos mujeres solitarias sobre la banqueta como esperando ser invitadas. Eran Mario, Luis y Mariana, llegaron en bicicleta. ¡Pero si ellos estaban en Guadalajara! Habían recién llegado, nos contaron que el segundo raite que tomaron, de Tepic a Mazatlán, era un señor que manejaba en friega, en el pavimento mojado, hasta que Luis le dijo que le bajara porque era peligroso y tenían miedo. Les invitamos drogas. Saludaron a todos con un abrazo, un cuanto tiempo tenía sin verte y un es más, sigues tú de fumar. El ochenta por ciento del núcleo de amigos se estaba reuniendo, faltaban algunos que estaban regados en México. Serían las diez de la noche y que vuelven a tocar el portón, abro y es Cristian, el bajista. ¡Ahora sí podemos tocar!

Armé rápidamente la batería. Conectaron sus guitarras, el bajo, el micrófono y taz! Una de Pink Floyd, todos bailando lánguidamente, cantando, dejándose llevar al ritmo lento de la batería. Había cinco cigarros prendidos. En medio de la canción, que vuelven a tocar la puerta, abren y son compas del barrio de Fofo, metieron la moto en la que llegaron, uno tenía el cabello hasta los hombros y era muy serio, decían que le debía dinero a los narcos y que estos estaban a punto de matarlo. El otro hablaba un poco más pero también era serio, se aposentaron afuera a escuchar la música y a fumar sus grandes cigarros de mota, unos churrazos de doce centímetros, aguados y caídos pero muy fumables. Seguimos tocando, hubo un ambientazo, la gente cantando, bailando ska, reggae, lanzando groserías contra el gobierno, contra el sistema, contra la vida misma. Alexia ya estaba fuera de sí.

En los ojos de Alexia, a pesar de caminar con tambaleos, chocar con las esquinas, hablando medio cortada, con las piernas amoratadas y las rodillas con raspones por las caídas, se notaba un brillo intenso de felicidad, siempre con una bebida en la mano, como casi todos, disfrutaba de la fiesta patrocinada por su madre. ¡Qué pinche calor! -gritaba desesperada, no sabía si quitarse la blusa o darse un manguerazo. Se despojó la blusa, sus senos eran pequeños y morenos, quedó en corpiño y abrió la puerta con la esperanza de que entrara un poco de aire. Dijo que saldría a la esquina a buscar aire. Kikín la acompañó. Yo ya no quería tocar la batería, mis pies me dolían, estaba aturdido, entonces di la señal de que era la última canción, una de guns and roses, parade city, y la canción se adaptaba muy bien a nosotros, nos sentíamos en la ciudad paraíso, nuestro hogar, donde la hierba es verde y las mujeres bellas.

Estuvimos tocando casi tres horas entre vasos de cerveza, tequila, ron, marihuana, olor a tabaco, sudor de madrugada. El cincuenta por ciento de los hombres presentes nos quitamos la camisa. Mi pantalón estaba mojado como si me hubiera orinado a causa del sudor. Yo siempre toqué la batería con excepción de algunas canciones de reggae en donde las tocó Gabriel y cantó Adolfo, alias Fofo.

Se acaba la música señores. Serían las 3 de la mañana, quizá. ¿Quién forja el próximo? Ánimo. La algarabía de todos había pasado ya, era el punto de descansar y platicar en la intemperie. Yo estaba empapado, me quería secar el sudor. Algunos salieron a la calle para que les diera el aire. Kikín decidió quitarse su bermuda, haciéndole segunda a Alexia, con el pretexto del calor, se quedó en bóxers, descalzo, con los ojos pequeños y rojos, con un botellón de tequila en la mano, poniendo su escuálido cuerpo frente al micrófono, decía: “El gobierno vale verga, quiere que seamos conformistas. ¡Las drogas son la salida! ¡Los Doors son las puertas del LSD! A la vez, Mariana comenzó a vomitar afuera. Salí y estaba agachada, casi dormida, miré hacia lo profundo de la calle y allá iban Alexia, vestida, y Kikín, semidesnudo, corriendo hacia la soledad del barrio.

Esta fiesta se está saliendo de control, pensé, pero entré de nuevo a la casa y me serví otro vaso, otra calada, otra risa que saqué y me sacaron. El greñudo y el otro morro, compas del barrio del Fofo, decidieron irse, se despidieron mansamente y pegaron fuga en su moto. Cuando pregunté por qué había tan poca gente, resultaba que ya se habían ido Alejandra, Tony, su novia, y no sé quién más, porque al día siguiente irían a la isla; igual que Mónica y su pareja, Pakú, el guitarrista de la banda (único varón que no fumó porque está loco naturalmente) y su novia también se fueron. Erick regresó con Alexia en los hombros, dijo que estaba tirada en un camellón, mientras Kikín estaba en una banqueta riéndose de ella. Entraron tambaleándose, Alexia se recostó en el sillón viejo de la cochera y Erick se fue.

Ahí estábamos, Mario, yo, Luis, Pericles, varios más, charlando sobre las mujeres. ¿Máquinas de quejarse? Realmente, no sé si hablamos de mujeres, me puse muy borracho como para recordarlo, sin embargo en todas las fiestas hablamos de mujeres. Me levanté del asiento y fui a orinar al baño, toco la puerta y no abre nadie, intenté abrir pero tenía seguro por dentro, no pregunté nada, sólo escuché los balbuceos de una fémina y un varón provenientes de la oscuridad de ese cuarto pestilente que era el baño. Regresé y no dije nada. Alexia ya no estaba, tampoco Mario. Hablaban de la marihuana. ¿Cuántos gallos se prendieron ayer? Nunca lo sabremos. Lo que sí sabíamos es que nadie ha dejado de fumar por más de tres días, ni dos, fumamos diario sin consuelo, fielmente, como si la yerba se fuera acabar. Todos los días el extracto del cannabis debe pasar por los pulmones de uno, diario, si no nos desesperamos, nos sentimos irritados, deseosos de que alguna droga suavice esa realidad que los jóvenes consideramos jodida.

Mario, de Guadalajara, había cotorreado a Alexia desde el internet. Le advertía: “algún día te voy a coger, vas a ver, te voy a coger, tú quieres que te coja”. Y dicho y hecho, esa noche en la fiesta se encontraron, ¿te acuerdas de mi advertencia? Le preguntó. Alexia le dijo con los ojos casi caídos y la voz floja: Sí, sí me acuerdo. Se fueron al baño y se encerraron. Se tocaron ferozmente. Alexia quería que su pene estuviera dentro, pero Mario no estaba dispuesto a penetrarla sin condón. Ándale, hazlo. Alexia ya se había hecho el calzón a un lado. Mario sólo la tocaba con vehemencia. Espera, quiero orinar, dijo Alexia, entonces Mario salió del baño y la dejó orinando.

Seguíamos escuchando a los Doors. La gorda sexy seguía también hablando de su difunto e imaginario esposo Jim Morrison, y quejándose del calor que tenía. Sus grandes chichis se tornaban luminosas, sudorosas. Mario salió del baño y con el pene recién agachado después del acto con alexia, preguntó: ¿puedo echarte aire en las tetas? La gorda le dijo que sí, y felizmente la aireó con un abanico de mano, mientras sonreíamos todos.

Alexia salió del baño diez minutos después, alarmada de los exámenes que tenia reprobados, debía decirle a su madre que estaba obligada a pagar extraordinarios. Tengo que hablarle a mi mamá, plebes. No, no le hables, mira cómo andas. Sí, le voy hablar. ¿Bueno, mamá? Sí. Alrato voy. Buenas noches. No me anime. Pendeja, pensamos, y seguimos riendo, fumando, bebiendo.

Tocan el portón. ¿Serían las cuatro de la mañana? Era alexia y Kikín, agitados. No nos dimos cuenta cuando salieron. Ella llegó sin blusa y Kikín con lo único que se había llevado encima: un pequeño bóxer azul. Se sentaron, tomaron cerveza, fumaron del cigarro que teníamos prendido y dijeron que andaban corriendo para sacar la malilla, la ansia, la regocijada por dentro. Las canciones de los Doors aun influían en nosotros: ¡love street! Mucha felicidad. Hasta que de pronto, llegó afuera de la casa un carro blanco, de lujo, con vidrios negros, lo vimos por el resquicio del portón. No bajó nadie. Inmediatamente se estacionó más adelante en la acera de enfrente y se quedó ahí un buen rato con las luces prendidas. Nos volvimos a sentar, tranquilos de que de ningún carro iban a bajar a matarnos o algo así en plena madrugada. Estábamos haciendo chistes de nuevo cuando taz, taz, taz, tocan el portón. Mierda, ¿quién chingados podría ser a las cuatro de la mañana? ¿Alguien regresó? Kikín se paró y abrió la puerta, y en cuanto vio al policía que lo interceptaba, se regresó directo al cuarto de fondo a dormir porque, coincidentamente, le dio sueño al ver las dos patrullas frente a la casa y diez policías rodeando el área como si nosotros fuésemos unos matones a sueldo.

 

Rápido salgo. ¿Qué pasa oficial? Mi voz sonó clara y concisa a pesar de mi ebriedad, de mis efectos cannábicos, con mi nerviosismo disfrazo de un hablado sutil y meramente sobreactuado. Nos llegó un reporte de unos morros que andaban desnudos corriendo por la calle. ¿Desnudos? Yo andaba sin camisa, al igual que Mario y seguramente alguien más. Le expliqué que tocamos música, yo la batería, por eso mi pantalón estaba semi orinado, porque los bateristas sudan más. Él toca la guitarra, y señalé a Mario. Pues nos dijeron que aquí se metieron. En la radio de la patrulla sonó una voz femenina: unos chavos que andan corriendo desnudos en la calle, en Villas del Rey. No oficial, nosotros ni hemos salido, estamos bebiendo, fumando, pero hasta ahí, no hemos salido de la casa, así como nos ve hemos estado toda la noche. La voz en la radio seguía diciendo los reportes: le pegaron a un carro blanco. Que le pegaron a un carro, una pareja que andaban desnudos. Pues aquí nadie se ha desnudado, sí escuchamos ruidos en la avenida pero nosotros aquí adentro estamos seguros, de hecho cuando escuchamos que tocaron el portón nos asustamos porque había un carro sospechoso, ese mero, ya tiene rato ahí parado y nos pusimos nerviosos, pero después vimos que eran ustedes. Ahí vive el vato, se quedó dormido. Ah, bueno, sí, ya nos estábamos alarmando porque está muy solo por acá. Una señora policía, chaparra, rubia, con una metralleta en sus brazos, se quedaba mirando mi rostro, sabían que yo estaba ebrio, ¿sabrían que estaba fingiendo una amistosa charla con ellos los puercos? Jamás lo sabremos. Ahí se metió, es un Armando Tirado Villaseñor, dijo una mujer desde un carro en la esquina, que no supe de donde salió o cuánto tiempo estaban ahí. Se miraban hostiles, deseosas de meternos en problemas con la policía. Puta madre, el Kikín se llama así. ¿Se le habrá caído la billetera? No creo ¿lo conocerán del facebook? Sabe, pero le dije: No oficial, aquí no conocemos ningún Armando, ¿verdad plebes? Abrí el portón y mis amigos, sentados y callados negaron con los dedos hechos changuitos.

Las tensiones estaban en el aire pero descendieron de un tajo cuando los oficiales se fueron. Entré victorioso, cerré la puerta y les platiqué lo cometido, busqué a Kikín y lo encontré en el cuarto, simulando dormir. Todos nos reímos, y nos enojamos por arriesgar de esa manera nuestra tranquilidad. Resultaba que los policías ya conocían a Kikín, de nombre original Armando, lo tenían fichado como alguien que siempre se droga, anda para allá, para acá, comprando yerba, coca, pingas, etc. Una vez se peleó con uno. Y todo por tonto. Andaba en el Skatepark. Los policías llegaron por otro tipo que estaba fumando mota debajo de un edificio, que se metió por un resquicio de cuarenta por cuarenta. Los policías lo sacaron a la fuerza, torciéndole el brazo y haciéndole daño. Al salir del resquicio, al tipo se les cayeron una cadena y un collar de Malverde, fue cuando Kikín se entrometió: “Polis, no sean gachos, déjenles recoger sus cosas”. ¿Qué? –gritó enfurecido el policía, mirando hacia el monton de espectadores, donde Kikín se encontraba- ¡Morro, ven! Sí, tú, el que me está viendo. Kikín no hizo caso. El policía se dirige a él. Morro, acompáñame. Kikín lo sigue ignorando. El policía saca las esposas y se las aprieta. Kikín grita desaforado. Aguanten polis, no sean gachos, yo no hice nada. Súbete a la verga, morro, vámonos. Lo untaron en el piso de la camioneta, lo metieron debajo del asiento con los brazos abiertos de modo que no puede salir ni saltar. Lo llevaron al cerro donde venden yerba, el famoso 08, el policía le quitó las esposas y le declaró un tiro. Se pelearon, con policías y gente que vende drogas de espectadores. Daban puñetazos al aire, a los brazos, nada serio. Kikín logró tumbarlo pero no lo golpeó por el temor que le sentía. El policía, enardecido, se levantó y ordenó a sus compinches que lo esposaran. Pusieron a Kikín en la posición que Jesucristo murió, pero de espaldas, y entre todos lo golpearon. Él lloraba del coraje e impotencia que sentía. Yo que sé lo que se siente evadir policías, no puedo imaginar lo que Kikín sentía al tener de espaldas una paliza con macanas. Poco tiempo después, únicamente lo golpeó el policía que había tumbado. Le dejaron un ojo morado, sangre, mallugado. Lo subieron a la camioneta y se lo llevaron a la correccional. Le dieron treinta y dos horas, lo metieron a una celda entre ladrones. Cuando su madre fue a visitarlo, presentaron una queja en derechos humanos. Regañaron a los policías, lo sancionaron, o quién sabe lo que habrá pasado. Lo sacaron de la celda en la madrugada, lo llevaron a un cuarto oscuro y le proporcionaron una segunda horrible paliza, por hocicón. Kikín comprendió dónde vivía y esperó 32 horas para salir.

1 Comentarios
  1. Julioko, está interesante tu cuento, sobre todo lo bien narrado que está. Logras transmitir el olor a bacanal (drogas y alcohol) y parece que uno estuviera ahí entre la locura juvenil. Seguiré pendiente de la segunda parte. Saludos!

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