Con el tiempo y coincidencias, que no confianzas, me explicaron que la señora trabajaba bailando en una discoteca de esas a las que acuden a celebrar despedidas de solteros y solteras donde alguna decente termina probando técnicas amatorias inexploradas y siguiendo los consejos publicitarios del “busque, compare y si encuentra algo mejor, cómaselo”. Ella a lo más que había llegado era a recibir regalos en el bullarengue. Algún gracioso pretendía guardarle tan recónditamente los billetes, que sacaba la mano húmeda. La señora contaba con pelos, muchos pelos y pocas señales, en qué consistían las pruebas para azafatas de programas televisivos Para ellos no era trabajo, eran sesiones, actuaciones y conciertos. Pasado mucho tiempo, una vez que me habló de los salidos que acudían a la discoteca a ver la actuación de su esposa, le pregunté como no le rompía las narices a quienes se propasaban y me contestó como lo más normal del mundo.
-No es mi estilo.
Iba a preguntarle cual era su estilo, porque sólo sabía cual era en negativo. Lo que no era, pero no lo definía. Tuve dos décimas de segundo de lucidez y no pregunté nada. Su estilo es el de enterarse de vidas ajenas y sólo publicar aquello de lo que presumen, opinar de lo que nadie le pregunta ni le importa y mantener la actitud de superioridad e indiferencia por quienes los rodean pero con falsa amabilidad que los autoriza a preguntar, incordiar y molestar a cualquiera, pero ni entreabren la puerta de la confianza. Después de observarlos con detenimiento le dije con falsa amabilidad:
-Es que no es fino. Mejor dicho, no soy fino, soy más basto que el papel higiénico de hormigón.
Como me resulta difícil callar, la única forma de no meter la pata con ese matrimonio es evitarlo acelerando el paso cuando me los encuentro y si la situación es muy violenta, me declaro incontinente urinario para alejarme tan aprisa como me permitan mis pulmones y piernas raquíticas de niños naturales de países en guerra.
Con el paso del tiempo pude ver como me saludaban por el barrio gente a quien no conocía y me hablaban como si me conocieran de toda la vida, con familiaridad, cierto choteo y confianza. Eso llamado vulgar y cotidianamente “la gente”, en Alegría no ha cambiado nunca, yo al menos no sé de donde se sacan los chistes, las gansadas y ni mucho menos quien las difunde y terminan contándose y popularizándose con mil testigos surgidos de la nada. Uno escucha una historia, de la que ha escuchado algo no muy concreto, añade su opinión y las propias presunciones con arreglo a sus escasas luces y mala leche; otro añade un chiste fácil; deforman un hecho, crean un héroe o un miserable con idéntico fundamento ni les importa, para ellos son temas de conversación sin ninguna implicación emocional. Unos atribuyéndose el mérito y otros desconfiando de la heroicidad o poniendo en tela de juicio cualquier decisión por nimia e insignificante.
Por acudir con regularidad al centro médico de zona a solicitar el parte de baja coincidí con un señor mayor a quien no recordaba como vecino, pero nada más llegar me saludó afectuosamente. Notó mi desconcierto y me dijo quien era.
-No me conoces ¿Verdad?
-No. No sé quien es.
-Son el vecino del Primero de, de su portal. Estamos orgullosos de usted, joven. Yo también soy vigilante de virtud. Ya sé que usted lo es del Limbo del Odio. Yo trabajo en las funciones secundarias, subalternas de control de accesos, en el Limbo de lazos de hermandad y comunicabilidad. Entre usted y yo, antiguo ministerio de obras públicas, que por más años que pasan no consigo aprender los nombres que cada dos por tres le ponen al Limbo y por aquello de la enfermedad incurable de comer tres veces diarias, pluriempleado en el transporte autónomo financiado artesano (taxista). Mi hijo se prepara para pasar hambre, es decir para vigilante de virtud, como usted. Lo recomienda mi jefe.
-¿Eso le ha dicho?
-Sí, me tiene en mucha estima. Pero mi hijo debe ver su nombramiento en el diario oficial y una vez aprobado conseguir un puesto alejado de la morralla, de la mierda de la calle.
-Si lo tuviera en estima lo aconsejaría y recomendaría para cualquier limbo alejado del odio. Lo único que pretende es conseguir su fidelidad de forma incuestionable.
-Ya lo sé, pero yo tampoco le he dicho que voy a pedir el pase a clase pasiva financiada, anticipada y dedicarme a trabajar el transporte autónomo. Cada uno jugamos nuestras cartas como podemos. Ellos son un atajo de hijos de puta porque nosotros se lo damos en bandeja, pero yo no peleo contra el jefe, porque no puedo, peleo contra un ejército de camaradas, compañeros y coincidentes, dispuestos a poner el culo y lo que haga falta para colocar a su hijos, esposas, amigos, parientes y conocidos.
-Esa es la ventaja que tengo de ser soltero y sin hijos. No me humillo más que por mí.
-Si tienes hijos, te humillas lo que necesites por cada uno.
Mientras hablaba el viejo, se presento un señor de unos cuarenta años, de talla próxima a enanos de circo, vestido con traje cruzado y botones dorados y con el tic nervioso de elevarse sobre sus talones mientras se ajustaba unas gafas neutras con un índice cualquiera, pretendiendo conseguir una pose de intelectual.
-Buenos días, caballeros. El mundo es muy pequeño. Somos una pequeña reunión de nuestra comunidad.
-Buenos días –contestamos casi al unísono.
-¿Qué le trae por aquí vecino?
-Pequeñas indisposiciones “fusiológicas”.
-No conoces a Herrador, el vecino del segundo a. –me informó el viejo taxista con una sonrisa entonces enigmática, hoy digo irónica- Es una persona muy preparada. Un pozo de ciencia y conocimientos diversos. Muy leído.
Negué y el aludido me extendió la mano con indiferencia a modo de presentación y con leve gesto de repugnancia y, sin dar ocasión a hablar a nadie, inició una matraca insulsa, incomprensible de eses y jotas pronunciadas con tal violencia y rigor que resultaba molesto y grosero de escuchar. Si aguanté la risa fue haciéndome daño con la uña del pulgar de la mano derecha sobre la escasa carne de la cadera del mismo lado. Escuchando a un mequetrefe, analfabeto, presumiendo de conocimientos y de desconocimientos. Pretendiendo hablar un lenguaje rebuscado para referirse a las cosas más sencillas. Durante un breve, pero muy breve instante, lo imaginé trabajador en alguna universidad, actuales centros de sabiduría superior sectorizada y especializada. Pero a medida que se prolongaban la espera y la cháchara, desechaba el más leve barniz cultural en el personaje por someterse libre y voluntariamente a referir hechos históricos, indiferentes a los concurrentes, pero intentando quedar a la altura de la descripción del viejo irónico y cachondo mental. Las originales ganas de reír se fueron transformando en molestia y pasaron a leve enojo con las esperanza de una rápida finalización. Pero se creyó en la obligación de impartir una clase magistral de estupidez y arrogancia y entonces germinó en mi un sordo malhumor, pequeño pero creciente por minutos y segundos. Hubo momentos en los que pensé que explotaría y lo mandaría a la mierda o a la escuela a leer la cartilla de párvulos, pero callé. Llegó al extremo de contar profusamente la genealogía de cualquier personaje histórico, sin venir a cuento, y sin resistir el más leve cotejo. Sin saber cómo ni por qué contó la vida y milagros de la mayor parte de la tripulación de Colón en sus cuatro viajes a América, y lo gracioso era el modo de narrarlo. Parecía haber sido reclutado en el puerto de Palos. Lo miraba y hacía verdaderos esfuerzos por mantener la calma. Me daban ganas de agarrarlo de cuello hasta conseguir que se callara. En su interminable verborrea, pasó a vanagloriarse de ser padre de nueve hijos de menos de veinte kilos y con menos de un año de diferencia de edad entre sí a quienes sometía a disciplina cuartelera organizando su minúsculo piso a toque de silbato, mientras su señora encontraba tiempo para salir a limpiar en casas de relumbrón. Fumaba en pipa, imitando al señor Pérez, con desconsideración hacia el resto de pacientes, manoseándola como quien porta un trofeo. Iba a pedirle el favor de que apagara la pipa, pero me contuve por no estar seguro del manejo de mi lenguaje. Los insultos se agolpaban en mi lengua como sacos en granero, y la deshuesada respingaba cual potro indómito, en mi boca, pidiendo a gritos campo abierto y libertad para salir e irrumpir en territorio enemigo.
Escucharlo me resultó instructivo para aprender a administrarme el sueldo. Alardeaba de repartir un yogur entre dos niños y convencerlos de la exquisitez y copioso de la comida. No era un hombre, era un manual de supervivencia. Narraba con morbosa exactitud el reparto de un guiso de garbanzos o de una sopa de fideos, entre los muchachos contando los garbanzos y fideos vertidos en cada plato.
-Dieciochos garbanzos aportan los nutrientes necesarios para el desarrollo huesístico de los impúberes, sin excesos ni carencias de ningún tipo. ¿Vale? Un desarrollo equilibrado debe cuidar la “frutrición” de los jóvenes ¿vale? El olor a jamón sube el colesterol. ¿Vale? Los muchachos comen muchas porquerías, grasas suturadas, bollería industrial. Mis hijos comen lo correcto. Disponen del aporte calórico necesario a su edad y movilidad. Para pasar un domingo mirando el televisor, no es necesario comer tres veces. Los ignorantes comen sin sentido, gastan por gastar. Esto es el irracional consumismo.
Y explicaba con todo lujo de detalles la hambruna de su casa, la geometría necesaria para sacar un sinnúmero de lonchas de un salchichón, de grosor inferior al milímetro, el modo de repartir lonchas y lametazos al cuchillo entre los niños y deduje por qué desaparecían las bolsas de comida al mínimo descuido en la puerta de los ascensores, mientras los vecinos revisaban los buzones del correo. No tenía dudas, el hambre agudiza el ingenio. Nueve niños en una casa con hambre, eran capaces de las mayores fechorías. Cada noche bajaba a la cafetería a recoger una voluminosa bolsa de pan duro.
-La sociedad opulenta genera vicio, los grandes problemas de la humanidad son el control de natalidad y los bollos al alcance de los niños, los envenenan llenándole la tripa de aire.
Como durante la hora de espera nos abandonó no menos de tres o cuatro veces para dirigirse al cuarto de baño a “miccionar”, dándonos un respiro en su interminable perorata. Le comenté al viejo.
-¿Este hombre no se cansa de hablar ni de fantasear?
-Habla como persona sabida. Tiene mucho carácter. Ha organizado monumentales trifulcas en la escalera, cuando han acusado a sus hijos de robar alguna bolsa con comida. Parecía capaz de matar a cualquiera. Un auténtico energúmeno.
-Con esa talla y esa lengua impresionaría verlo enfadado –comenté por decir algo.
-Es un tipo peculiar.
Al escuchar al viejo pensé que me había leído el pensamiento. Regresó del retrete otra vez el metro y medio de hombre, de apellido Herrador, e iba a reiniciar su perorata en el punto y coma donde la había abandonado y no pude aguantarme, cansado ya de tanta estupidez e impertinencia. Solté el freno a mi lengua, cada vez más respingosa en la cavidad bucal, por imitar al enano redicho. Sé que no estuvo bien, me pasé un montón con el repelente.
-Decía que esta sociedad….
-¿Qué, tenemos la próstata como un moniato? –le interrumpí su pretendido discurso.
-Son cosas de la edad –contestó ruborizado.
-No se preocupe, ahora los médicos sólo meten el pulgar por el culito y más de uno cambia de trabajo y gustos después de la prospección.
-¿Lo ha probado usted?
-Sí, he probado y no me gusta. Me han tocado el culo por hemorroides y por la próstata y puedo asegurar que no soy maricón. No me gusta que me den por culo. Me jode casi tanto como la estupidez de los ignorantes engreídos.
-Yo soy padre de nueve hijos.
-Eso no estorba para encontrar nuevos deleites en que le rompan el ojal con mucha carne magra y se lo dejen como el de una gabardina.
-Es usted un grosero.
-Muchas gracias por darte cuenta de mi interés en parecerlo y tú un payaso. Un payaso sin circo, imbécil, un payaso sin saber que lo es. Muchas gracias por captar mi hostilidad. Creí que no te darías cuenta en toda la mañana. Lo más que pretendo ser es buen alumno. Con tan egregio egresado de las instituciones de sabiduría, desparramando sapiencia por doquier, no es difícil aprender. Cállese y deje de hacer el ridículo. Mequetrefe.
-No hemos comido nunca juntos, para tutearme.
-Tú no has comido ni junto ni separado ni a solas. Eres un experimento del doctor Mengele, gilipollas. Quien estudie la dieta de tus hijos averigua el hambre que es capaz de soportar un niño. ¡Vete a cagar!¡Vas a levantar dolor de cabeza a medio ambulatorio!
-Usted, joven, no sabe con quien está hablando.
-Si lo sé. Con un analfabeto engreído, gilipollas, hambrentón, con complejo de superioridad porque ha olido el pan caliente. Haz el análisis de adeene a tus hijos, porque tu mujer ha debido prostituirse para llevar dinero a casa. Subnormal. ¿O también sabías eso? ¿Dónde trabajas? Yo ni lo sé ni me importa, pero tú si lo sabes. Tus manos lo gritan a callo pelado. Peón de albañil reciclado en puesto de superviviente. Ahora llevas tiempo sin agarrar el badilejo y el palustre. Eres un pobre desgraciado a quien están volviendo locos los nuevos nombres. No te enteras de lo que te rodea, subnormal, cretino, eral de alta frente adornada con más leña que el horno de una tahona. Lárgate y cállate, enterado de pacotilla y deja de hacer el ridículo. ¡No te das cuenta! ¡Patético, resultas patético!
-Oiga, me está usted faltando, me está usted faltando.
-No, le estoy sobrando.
-Me está usted faltando, me está usted faltando.
-¿Y? ¿Piensa pegarme? Adelante. Atrévase, retrasado mental. Me tiene hasta los huevos –apreté el puño derecho y lo alcé con infinitas ganas de soltarlo, pero por fortuna me aguanté, me habría manchado de aquella porquería disfrazada de hombre.
-Me está faltando, usted me está faltando –y elevaba el índice de su mano derecha sujetando la pipa con el pulgar y los dedos restantes de la mano y en un arranque de folclórica se subió a una silla para gritar a pleno pulmón- ¡¡Me está faltando!! ¡¡Usted no sabe con quien está hablando!!
-Con un cretino, un imbécil y un gilipollas –grité para hacerme oír.



