Los encuentros en una comunidad de vecinos como aquella, son desde luego difíciles de programar y sin embargo, durante unos días me fui encontrando con vecinos con cierto orden por pisos y plantas. Después del fortuito encuentro con el señor Pérez, el bendecido, por bendecirme con verdadera devoción cada vez que me lo encontraba y yo agachaba la cabeza haciendo como que la recibía con el respeto y seriedad requerida, me encontré otros dos vecinos del primer piso. Eran de ese tipo de gente, no sé como calificarlos; rara, amable pero insoportable, con conversación sacada del telediario o de las revistas del corazón. No sé si aspiran a salir en alguno de esos medios, pero me causan risa y procuro evitarlos para no reírme de ellos en sus narices.
El vecino del primero A trabajaba de camarero en las proximidades de la antigua plaza de las Salesas, actual sede del Supremo Limbo de la Palabra y de la Conciencia, superior jerárquico del Limbo de las resoluciones de conflictividad. Mi vecino, aunque presumía del nuevo nombre de su actividad “técnico de ingestas ociosas” de vez en cuando daba a entender que muy bien podría trabajar en la administración o limbo de los sofistas, o dicho a la antigua de abogado, juez, fiscal o procurador. Tal era su poder de síntesis que se constituía en consejero de los más altos próceres, considerando una injusticia la omisión de su nombre en las declaraciones de principios y en las resoluciones de conflictos. Medía poco más de metro y medio, delgado, fibroso y con los tic nerviosos de los enterados, subía y bajaba cejas, condenaba, absolvía y recomendaba con un simple estiramiento de labios o frunciendo levemente el entrecejo. Lo que él no sabía no existía. Tendría mi edad aproximadamente.
-¡Vecino! ¿Cómo te va? –me saludó unos días después de la reunión en la que resulté aclamado. –Si llegas a hablar conmigo, te ahorras el circo que te han montado y sales recompensado como un caballero.
-Muchas gracias.
-Es que hay que tener mano en todas partes.
Miré el orondo culo de su señora y no me vi con ánimo de discutírselo.
-Este puto país siempre igual. Aquí todo funciona por conocidos, recomendados y no cambia en la vida.
-Ya he podido comprobarlo.
-Aquí mi señora, en su momento se presentó a varias entrevistas de trabajo y nada, no la cogieron. Como todavía no trabajaba yo en el Limbo de la Palabra.
-Ah ¿es usted, lo que antiguamente se conocía por abogado?
-No, ni mucho menos, soy técnico superior en ingestas ociosas.
-¿Así llaman ahora a los camareros?
-Sí, ese era mi antiguo título, pero ya nos llamamos así.
-Pues el mío es vigilante de virtud. Aunque yo no poseo virtudes ni mucho menos las vigilo. Que cada uno se la pele donde pueda. Me importa un carajo la virtud propia y extraña.
-Señor, habla usted como un inadaptado. Como un ultra.
-No había reparado en ello, pero es posible que no me adapte a tanta soplapollez.
-Tenga usted mucho cuidado que de inmediato lo denuncian los adictos y, si lo sabré yo, que de una minucia han organizado procesos a personas eminentes y los han recluido en los centro de reeducación. Hay que ser disciplinado socialmente.
-La nueva urbanidad –apostillé.
-No, los nuevos tiempos, la nueva realidad social. Se impone la nueva reglamentación y quienes nos debemos a una familia no tenemos más remedio que acatarla. Son las circunstancias concurrentes en el caso las que determinan la nueva realidad social.
-Perdone, ¿está seguro de no ser abogado? Perdón, actuales sofistas.
-No, sólo técnico superior de ingestas ociosas, pero, además de años escuchando a gente que sabe, tengo un master por correspondencia en “resolución de conflictos” y tras la barra lo tengo enmarcado. Me faculta para ejercer el arbitraje y mediación en conflictos de menor enjundia.
-Pues no me explico como puede dominar usted la prosa administrativa judicial testamentaria de conflictos de ese modo. A mí, que debo usarla por trabajo, me repugna tanto circunloquio para intentar mentir, buscando no pillarse los dedos los sumos pontífices de la palabra y la conciencia.
-Ya sabe, uno en el trabajo tiene que escuchar a todo el mundo y si se anda fino, al final se aprende. Todos los días le pongo el café al Sumo Pontífice del Limbo de la Palabra de la sección de la Conciencia.
-Con maestros así, aprende cualquiera. –objeté a su entusiasmo baboso de pelota inmejorable, de rastrero sin dignidad, de esclavo vocacional.
-No, es que yo, no es por presumir, pero de haberme cogido en otros tiempo, no es por nada, pero soy inteligente, lo que mi padre decía, un espabilado.
-No se resigne, no se abandone. El futuro empieza hoy. Cualquier día, con un poco de esfuerzo y mucho, pero mucho, de trepar, adular, comerle la polla a quien le pongan por delante, se levanta con el coche oficial esperándolo a la puerta rodeado de machacas y siervos.
-¿Te das cuenta lo que dice este hombre? –Se dirigió a su esposa- Todo es ponerse.
Observé de nuevo con estupefacción que al igual que “el sonrisas” al escucharme había cambiado del tú al usted. Viendo que yo no saboreaba la popularidad y no entraba al trapo de la adulación ni le imploraba recomendaciones pasó a marcarme las distancias.
Su señora era un culo gordo adornado con pintura en las cejas, el pelo tintado de diversos colores y dispuesto con arte por un jardinero de floresta fina, vestido ajustado, zapatos pedestal y uñas de los pies pintadas de rojo semáforo. Movía las piernas, juntando las rodillas y cambiando de pierna de apoyo, en gesto de coquetería, sincronizados con la pompa de chicle que inflaba y desinflaba de forma maquinal e inconsciente. Insinuaba con las cejas que sus medias eran de cuello alto y que el bobo de su marido no era precisamente un lince para captar su disponibilidad. Arrugó el hocico, cuando se percató de mi hostilidad y se vio en la obligación de intervenir, explotando la pompa de chicle que acariciaba con sus gruesos labios.
-Por si le interesa la ayuda de mi marido, a mí no me cogieron de higiénica en el Limbo de la palabra y he entrado de jefa de las técnicas de superficie, gracias a las influencias de mi esposo.
-Perdón, me pierdo con tanto nombre nuevo. ¿Qué es eso de técnico de superficie?
-La misma palabra lo dice.
-Todo lo que se expresa lo dicen palabras, pero ¿en qué consiste su trabajo?
-Nos encargamos de la salubridad ambiental.
-Ya, los antiguos barrenderos y hasta para eso ha necesitado recomendación y quedar agradecida de por vida. ¡¡Vamos mejorando!! No obstante, muchas gracias por su ofrecimiento. No les falta razón. Para que nos den lo justo necesitamos siempre algún conocido en puestos estratégicos. Señora, cuando mi caso llegue al Limbo de los conflictos recurriré a cualquier igual dispuesto a ejercer su poca o mucha influencia sobre los órganos con capacidad de decisión.
La señora para hablar movía todos los músculos faciales, arrugaba los morros, cerraba los ojos, abría la boca y sacaba media lengua. Sus gestos eran la caligrafía de su verborrea de tal forma que alguno se estiraba más allá de la palabra a modo de garabato rubricante. Sin pronunciarlo le apliqué desde aquel instante el apodo de “la mohines”. Con el paso del tiempo observé que le importaba poco rozar sus senos con mi pechera en el ascensor y no entendía como utilizaba el elevador para una planta. Me molestaba la insinuación evidente, su perfume y modales empalagosos; me recordaba a Anne Bancroff en “El graduado” rebosando seguridad y sensualidad ante un jovenzuelo, impresionado ante el primer cuerpo de mujer en paños menores. Aunque yo no era tan timorato como el personaje del joven. Tuve tentaciones muchas veces de agarrarle el culo e invitarla a darnos un revolcón, eso sí, con su anuencia. Era algo más alta que yo, y en caso de recorrer una cama a culazos podría taparme con su cuerpo. Tenía ese punto de coquetería y experiencia que irradiaba sensualidad en cada movimiento de su cuerpo. Me ponía muy cachondo. Más caliente que la barriga de una sartén, que los palos de un churrero, que el carburador de una moto, que el tubo de escape de un seiscientos y que el horno de una tahona.
De modo casi simultáneo se me presentó el vecino del primero be de forma, sorpresivamente efusiva, un señor algo mayor que yo, más calvo, dicharachero, capaz de contar su vida y milagros en poco más de veinte minutos, de forma telegráfica, separado cuatro veces en diez años y actual esposo de una señorita que pudo haber sido azafata del “Un, dos, tres” pero que por ser decente no lo fue. Vendedor de bragas en su pueblo, de coches de segunda mano cuando apenas había de primera, de preservativos clandestinos, cuando follar tenía doble regusto, de enciclopedias a domicilio y de jamones y charcuterías varias hasta encontrar trabajo no comisionista en el sector de la locomoción. Se presenta como artesano del volante en medios de locomoción social, anterior conductor de autobuses, campeón de futbolín en su pueblo, de petanca en su primer barrio en Alegría, de mús, de brisca y de tute en el bar y no se cuantos campeonatos más. Desde aquel día presumo de vecino campeón de lo que le pongan por delante. Su currículo se expandía a las más variopintas especialidades, primer liberado sindical clandestino de vendedores de bragas, primer presidente de la asociación de vendedores de coches de segunda mano. Siempre primer y efímero presidente de cualquier asociación de la que esperaba sacar un sobresueldo y lo más que coleccionó fueron insultos de compañeros a cual más soez y chabacano por su incapacidad para la oratoria. En sus intervenciones, era tanto el ímpetus que ponía, que se emocionaba, y no había quien lo sacara de su “Compañeros, lo que os tengo que decir…” y las lágrimas le anudaban la garganta y le impedían hablar; cuando me lo narraba, se me venía a la memoria Pepe Isbert en su personaje del alcalde de Bienvenido Mister Marshall. Este hombre vivía perpetuamente enamorado de si mismo.
-Hombre, lo que hiciste fue una hombrada, pero no es mi estilo; no merece la pena, la gente no piensa en nadie. Estas viendo los problemas que has tenido y las secuelas para tu salud sin que nadie se acuerde de ti. Ahora, si te queda una enfermedad pulmonar ¿Quién te compensa? No merece la pena.
-A mí si me merece la pena. No puedo evitarlo me gusta meterme en líos sin que me importen y tratar de ayudar a quien considero la parte débil; seré un tonto, pero a mis años me he resignado a convivir conmigo mismo y no creo que cambie. Mas de una vez veo un follón y me repito ¿a ti qué te importa?, pero la curiosidad me puede y me arrastra. Cuando llego y escucho y me hago una pequeña idea de la situación, no puedo sujetarme y enfrascarme en la trifulca. Cada uno somos como somos. No hay más cera que la que arde.
Intervino su señora, más alta que él y de cuerpo escultural a pesar de sus años.
-No es prudente ni fino.
No soporto a quienes separan cuanto les rodea entre fino, elegante, distinguido y basto, vulgar y ordinario, me parecen de una simplicidad insultante. Los utilizan igual para criticar comportamientos, lencería, gastronomía que moda, pintura, arquitectura, escultura o cine. Fabrican un gazpacho de palabras, ideas y conceptos aplicables por igual a las más variadas situaciones.
-No es nuestro estilo. Mezclarse con viejos es de gente rara y solitaria. Nosotros tenemos vida social. –Insistió la señora orgullosa de sus costumbres- Acudimos a bailes de salón, asociaciones culturales y etcétera, etcétera.
- Etcétera, descanso del listo y salvación del tonto. Yo acudo cada fin de semana a orilla del Manzanares y me relaciono con patos y gansos. Soy un poco misántropo, pero la rareza es el traje con que se viste lo cotidiano; para mí lo raro es ir a bailar y reír las gracias a personas desconocidas y con quienes no me une ninguna complicidad; me molesta el critiqueo que montan, hombres y mujeres, que en cuanto se dan la vuelta despellejan vivos a esos amables desconocidos y miden sus actitudes, ropas y cuanto han visto y oído, con la tabla rasa de sus prejuicios. Prefiero la soledad a la compañía interesada y aburrida.




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