Vecinos. El desenlace. Fin del capítulo
12 de Enero, 2013 1
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El elegante esbozó una sonrisa, turbada, se excusó por la omisión.

-Son muchos detalles a tener en cuenta y para la legislación actual son hechos irrelevantes. Y en cuanto dije que era compañero, bajó la guardia hasta el apuntador –por toda respuesta me sonrió y golpeó afectuosamente en el antebrazo dándome a entender que debía luchar contra la desidia imperante. Me comprendía pero no había nada que hacer, él intentaba realizar su trabajo de la mejor manera posible. Y, justamente, eso era lo que más me molestaba. Una improbable buena persona, dedicando su tiempo a cumplir trámites carentes de sentido, en una lógica de prisas y de rentabilidad política y de venta de eficiencia sin reparar en resultados –Porque ¿tendría lógica haber matado al vecino y permanecer viviendo bajo el mismo techo? No, pero las instituciones debían cumplir con su obligación de escupir, pisar, humillar y reglamentar, aunque quedaran en ridículo. Trabajando de ese modo y bajo esa presión, se clavan todas las miradas en el vivo y se olvida al muerto. La gente, el populacho quiere eficacia y eso le dan nuestros dioses.

Regresé a la calle y anduve como sonámbulo. Tenía miedo a regresar al piso, aunque sólo iba a recoger mis cosas, no ha convivir con un muerto. Después de todo había convivido con un fiambre y, olores a parte, son ideales como vecinos, no molestan, ni incordian ni a horas ni a deshoras. Tenía sobradas pruebas de su inocuidad, pero mi estómago no parecía dispuesto a soportar más impertinencias de las estrictamente imprescindibles e inevitables de una vieja maniática y amargada. Aún quedaba noche por andar y por pensar y decidí ser pasajero de mis piernas. Iría donde buenamente quisieran llevarme. No me veía con fuerzas para entrar en el piso y ver la escena del crimen nunca cometido.

Alcancé la Gran Vía y pensé que los periodistas tenían razón llamando a las grandes avenidas “arterias”. Los coches pasaban en grupos como impulsados por latidos de un corazón imaginario. La transformación que sufría de la noche al día era mínima. Los comercios cerrados parecían dispuestos a abrir de un momento a otro. Escuchaba alternativamente música y ruidos por doquier que al llegar a mi cerebro se transformaba en el Requiem de Mozart, la Agenda Defuntorum de Juan Vásquez, la Misa del Papa Marcelo de Palestrina y sin saber por qué aparecían y desaparecían según el lugar hacía donde dirigiera mi atención. Pronto emergió de mi memoria la Pasión Según San Mateo de Juan Sebastián Bach. A pesar de no poseer la gracia de la fe en dioses de religión alguna, ésa música me aportaba consuelo, sensación de seguridad, calor del regazo de un Dios padre que perdonaba mis faltas, no me juzgaba, me quería y comprendía mis miserias. Escuchaba los treinta compases de redonda, las treinta monedas de plata y veía a Judas Iscariote balanceándose como un saco repleto de remordimientos. La música siempre ha acudido en mi socorro para ilustrarme, secarme y enjuagarme las lágrimas de los momentos más duros. Ha sido la almohada sobre la piedra, el vaso de agua fresca en el sofoco, de refugio en la huida y el abrazo soñado nunca recibido. La música me representaba la vida como el sueño de un espíritu eterno del que cada muerte era un terrible despertar a la nada. Las melodías con sus ropajes armónicos, eran todos los idiomas desconocidos traducidos al lenguaje universal de los sentimientos y de la sensibilidad. Eran los gritos de protesta y dolor de los oprimidos y los latigazos de los opresores.

Al llegar a la intersección con Alcalá, crucé la calle y creí que pisoteaba el cuadro de Antonio López. Madrid se me antojaba obra de arte, cine, pintura, música, poesía y novela viviente ensuciada, por mendrugos como yo, con cáscaras de pipas y restos de bocadillos. Lamentaba no disponer de talento alguno para eternizar las sensaciones que me aportaba, bien en una redacción que mereciera tal nombre, en música, en cine o en pintura. Era una noche de una oscuridad arrebolada con aureola de humedad de primavera envolviendo los edificios, los coches y a las personas, era música y silencio, algarabía y armonía, fatalismo y esperanza. Anduve con la mirada perdida en la Puerta de Alcalá durante un buen trecho sin saber por donde iba. Los soldados que hacían guardia en el ministerio se me presentaban como soldaditos de plomo, como autómatas a los que hubieran dado cuerda. No puedo precisar el tiempo que tardé en andar tan pocos metros. Paraba y miraba absorto como pasaba el tiempo cambiando el color de los edificios y de los árboles a través de mis venas y de mi cansancio. Crucé la Castellana como quien cruza una frontera, quizás la última frontera de la noche y escuché como los acelerones y bocinas de los coches que iban a trabajar tenían un eco de sumisión y resignación diferente a la arrogancia de los noctámbulos.

Fue mi noche más larga. Hasta el día de hoy no he vivido otra más intensa. Repasé la gente a quien podía llamar para decirle que no había matado a nadie y sólo se me ocurría la inválida. La pija, por trabajar en el mismo gremio, tenía más miedo que vergüenza y no sabía como respondería, conocía que la retirada no suponía el abandono de las pesquisas. Pero de momento, hasta tanto se conocieran los resultados de la autopsia, me dejarían en paz.

Llamar a la inválida era gastar una llamada inútil. Había sido ella quien, antes que nadie, incluido yo, había proclamado mi inocencia. No necesita que se lo dijera. Me había convencido ella a mí. Le debía un favor inmenso. Se me ocurría que la mejor manera de pagárselo era invitarla a un viaje con sus padres a Menorca y a Ciudadela. Debía costarme un dineral, pero no me importaba. Quería verla feliz, reír cachondearse de mis tonterías, aunque fuera un único día en su vida, quería conservar en la memoria su cara sonriente.

La luz del día me bañó por las inmediaciones del Retiro, apoyado en su verja, mirando hacia la Glorieta de Atocha. No podía andar ni un paso más. Me senté a los pies de la estatua de Pío Baroja y creo que algo me dormí. No entiendo por qué regresó la música sacra a mi cabeza, invadiéndome, como si ocupara mi cuerpo, a través de mis poros. Ahora sonaba el “Lamentabatur Jacob” de Morales que me provocaba ganas de llorar, de gritar y escupir a cualquiera. No era capaz de racionalizarla, porque la música, como los dulces, no puede explicarse, sus efectos sólo pueden alcanzarse saboreándola, sintiéndola, disfrutándola y sufriéndola. Por más que escriba no puedo pretender transmitir tan hermosos sentimientos como las notas de esa música me permitían contemplar. Miré la suave cimbra de la vegetación cautiva del jardín y creí escuchar los motetes de Tomás Luis de Victoria “O quam gloriosum” y el “Requiem” y el “Trahe me post te”, la “Missa pro defuntis” y fragmentos del “Officium defuntorum ad matutinum”. Música capaz de elevar el alma del mayor apóstata hasta la duda y de consolar a un corazón solitario y asqueado del genero humano. La visión de la torre del Retiro me recordó al viejo. Tenía que contarle el final de la novela de intrigas que había fabricado en su imaginación el contratista incapacitado.

Bajé hasta la Glorieta de Carlos quinto, cuando el Madrid trabajador se despertaba a golpe de café y porras en los diversos garitos, a contrapié del Madrid golfo y juerguista que se retiraba a sus guaridas apurando las últimas copas. Una vez más me descolocaba. No sabía cuál era mi sitio. Era espectador de la vida que me sobrepasaba. No quería pasar de ese modo por ella, como un cotilla, asomado a una ventana. Debía comprometerme con algo y con alguien. Era la oportunidad, la lección o como quisiera llamarlo. No podía dejar escapar la ocasión de aferrarme a la vida. Corría el peligro de convertirme en uno de tantos personajes que sobran a todo el mundo y a quienes les sobra el mundo. Debía enterrar el pasado y no llevarlo como una pesada carga de sabiduría reducida a desengaños y desconfianzas. El presente más inmediato, el día, la hora, el minuto y el segundo que vivía, debía ser lo mejor que me quedaba de vida. Miraba a una muchacha vestida con traje de noche, zapatos de tacón imposible, apoyada sobre la barra del bar, sonriendo con los ojos pintados como una bruja y me pregunté si el objeto de mi vida era vivir o pasar días sin más objeto ni sentido que acumular chismes y experiencias no siempre gratas. Su risa frívola me hería, tanto como la carga de llevar el cadáver del vecino a las espaldas. Sí, porque lo llevaba; queriendo o sin querer lo llevaba y entonces lo portaba con la seguridad de que no sería capaz de quitármelo jamás de encima.

Subí por la calle Atocha, me adentré por Magdalena y terminé echando de comer a las palomas en la plaza de Tirso de Molina. Desde una cabina llamé al viejo contratista para darle la noticia. Me lo cogió su señora con esforzada y vigilante educación y cuando le expliqué quien era y por qué llamaba tan temprano, lo llamó y le conté lo ocurrido. Insistió en que me mudara cuanto antes a un piso que tenía vacío. Después de negarme durante un buen rato terminé por aceptar. Era un piso deshabitado desde hacía muchos años y que me reportaría la tranquilidad que necesitaba.

Temblaba de pensar en acercarme a mi habitación. Anduve con paso decidido; llegué al viejo portalón, que aquella mañana tenía aspecto más lúgubre que de costumbre y subí en el ascensor. Abrí la puerta. Recogí mis cosas en los bolsos que habían dejado tirados por el suelo del salón y guardé lo mejor que pude mis escasos enseres y mis queridos libros. Mientras preparaba el equipaje me repetía que no podía continuar con aquella vida. Cada cierto tiempo de mudanzas como el “romero solo” de León Felipe, “ligero, siempre ligero. Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo, ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos, para que nunca recemos como el sacristán los rezos, ni como el cómico viejo digamos los versos…” Inexplicablemente recité el poema entero que no leía hacía mucho tiempo.

Saqué mis bártulos al rellano de la escalera y cuando me cercioré de no olvidar nada ni en frigorífico ni en tendedero, cerré la puerta del piso y llamé a la casera quien, como de costumbre, me contestó con la puerta cerrada a cal y canto.

-¡Quédese con la fianza! Con no verla me paga más que de sobra. ¡Bruja! No salga si no quiere, le dejo la llave debajo del felpudo -dicho esto llamé a la puerta de mi amiga que me abrió rápidamente.

-Pase, pase -me dijo su madre que fue quien abrió.

-Sólo quería despedirme de ustedes y de Azucena, para darle las gracias.

-Está dormida. Le tuvimos que dar un tranquilizante para durmiera y hasta la madrugada no lo ha conseguido.

-No la moleste. Dígale que mi oferta sigue en pie. Ella sabe a qué me refiero.

-¿Tiene usted vivienda?

-Sí, un amigo, el señor de la torre del retiro, me ha buscado un alojamiento provisional.

-Deje, si quiere, su equipaje aquí y cuando quiera viene por él -rechacé la ayuda y me hospedé en el piso del viejo durante dos semanas, hasta que encontré la habitación en la que aún permanezco.

1 Comentarios
  1. Muchas gracias por permitirme publicar mi novela en su página. Espero que haya gustado a los 7 seguidores. Intentaré leer todo lo que pueda de lo mucho y bueno que escriben y publican en esta red social literaria.
    Muy agradecido.

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