Esperábamos, los tres, bajo la marquesina,
como los residuos del siglo XXI, fumando
y en silencio. Los peregrinos que iban
hacia Santiago nos decían continuamente:
“buen camino”, como si también nosotros
fuésemos de los suyos- algo que puede dar
cierta idea sobre el aspecto que teníamos-.
Llegó el bus, pausado, y nos rescató de aquello,
del incidir de la luz del sol, nos subimos,
estaba lleno de gente.
Casi todos dormían.
Chino y yo nos sentamos al fondo, y
junto a nosotros un señor de unos
sesenta años empezó a hacerse un porro.
Nos reímos, pero estábamos demasiado
cansados como para que nos resultara
chocante. Al poco nos pusimos justo
detrás de Claudia, apoyé mi cabeza contra
la ventana, templó mi frente. Estábamos
como muertos.
Llegamos a Santiago y bajamos hasta
nuestros respectivos pisos, cada uno
más cansado que el anterior. Me quité
los pantalones y pensé en Cristina.
Mierda.
Estuve en el sofá horas enteras, cuando
la resaca empezaba a paliarse me
empecé a encontrar algo mejor, así
que cogí de la nevera las cervezas que
todavía me quedaban y me las bebí
mientras fumaba. Ni siquiera había
desayunado. Me pareció evidente
el hecho de que en algún momento todo
eso me mataría. Todos íbamos a morir.
En fin , me dije, la nuestra era,
sin duda, una buena forma de hacerlo.
Me sentía bien.
Realmente estábamos en el buen camino.




Eloy; muy hermoso poema, yo, el que se admira gratamente de tu amplia inspiraciòn, te envÌA una felicitaciòn
Volivar Mi voto
Muy bueno.