No me lo trago,
había insistido ella,
así que me giré hacia un lado y
me desparramé sobre el colchón.
Se acurrucó junto a mi costado.
Dijo algo que no entendí muy bien y
se pegó un poco más a mí.
Supuse que esperaba algún gesto,
alguna declaración de intenciones
por mi parte.
En fin, opté por callar y
acariciarle el pelo.
Estaba encrespado y sudado.
Retiré la mano despacio
y me la sequé
en las sábanas.
Me sorprendió que la tela
se hubiera enfriado
con tanto rapidez.
Me quedé allí,
mirando el techo,
esperando que la borrachera la durmiera.
Me pregunté si tampoco se tragaría
lo demás.
Si también se cuestionaría
lo que le habían enseñado
desde pequeña.
Las normas del mundo, sus instrucciones
para el éxito y sus advertencias
sobre el fracaso.
Sus señales, sus fronteras,
su categorización taxativa
de lo que está bien y lo que está mal.
Pero sus pendientes de perla
brillaban en la oscuridad
como dos ojos dóciles, conformes con la vida.
No había duda sobre la respuesta.



malditos pendientes de perla!
Malditos
Grande
¿Tanto?
toma ya! genial. mi voto
¡Jaja! Gracias
Dime que penedientes usas, y encontraré mis respuestas. Muy bueno.
Un abrazo y mi voto
Me alegro. Gracias.