Priskal Az Jabel Shidé D’ja era la primera hija de su madre, la primera nieta de su abuela, la primera bisnieta de la tata y descendiente primigenio de toda su demás parentela. Como primera estaba destinada a ser la futura Rajayá, por lo que mientras sus hermanas xoxijás se iniciaban en el noble arte de la danza, la lucha y la caza, ella fue sometida desde la más tierna infancia a una férrea disciplina, entrenada con mano firme para en el futuro dirigir las vidas de las rajiyás.
Priskal sentía cierta envidia de sus hermanas por los juegos que practicaban, pero enseguida descubrió que disfrutaba más estudiando la flora y la fauna de aquella naturaleza rodeada de la gran masa de agua salada. El conocimiento de las plantas y sus propiedades pronto dejó de ser un misterio para ella por lo que pronto se ganó el respeto de sus hermanas, aunque lo que realmente le hizo gana la admiración de todas fue sus inusuales dotes para comunicarse con los animales. Por ese hecho, y a pesar de su corta edad, se le permitió celebrar uno de los rituales más importantes de la tribu como era el que se realizaba previo al salir de caza.
Con el transcurrir de las lunas, Priskal pasó de ser xoxijá a rajiyá, y con su desarrollo también fueron en aumento sus conocimientos. Pero a medida que lo hacía su pequeño mundo se iba llenando de incógnitas para las que ni su madre, la actual Rajayá, ni las Igopasajás del Sabio Consejo tenían respuestas lógicas que satisficieran plenamente su mente inquisitiva.
Priskal practicaba con asiduidad la meditación, algo que era absolutamente necesario para desarrollar una mente ágil y actuar con responsabilidad y buen criterio cuando fuera elegida la nueva Rajayá. Para entrenar su mente, las Igopasajás del Sabio Consejo le proponían como ejercicio complicados acertijos que tendría que desentrañar. Cuando esto ocurría solía aislarse subiendo hasta la cima del Altozano Sagrado del Osario Norte y no bajaba de allí hasta hallar la respuesta que creyese más adecuada. Durante esos días practicaba el ayuno, subsistiendo solo a base del jugo que obtenía de algunas raíces, o por decantación de otras aguas si es que los tiempos que corrían eran muy secos, e inhalando el olor acre de la dimetiltriptamina que ella misma se preparaba y que siempre llevaba consigo en una saquita atada a la cintura junto con otras hierbas igualmente necesarias.
Pero pronto ella misma empezó a aislarse en aquel lugar sagrado tratando de hallar respuesta a sus propios dilemas. Le inquietaba especialmente una pregunta para la que no hallaba respuesta: “Y si aquella gran masa de agua no fuera infinita. Y si existiera otra orilla… ¿Estaría habitada? ¿Cómo serían quienes allí vivían?”
Conocía la existencia de otras islas como la suya. Incluso navegaban con frecuencia hasta ellas con sus kayaks para cazar o celebrar algunos de sus ritos sagrados, como era el de la purificación de la sangre cuando las xoxijás perdían las redondeles propias de la infancia y se convertían en rajiyás. Algunas de aquellas islas eran muy pequeñas y carecían del cristalino líquido desaborido que sin embargo purificaba y daba vida. Otras, las menos, eran tan extensas como la suya y entre estas se encontraban la de los Pennetóns, tan brutos y peludos ellos como necesarios por aquella simiente que hacían crecer sus vientres con nuevas vidas.
Pero después de esas islas no había nada más que aquella extensa masa de agua salada que se extendía en la lejanía hasta juntarse con el cielo. Tanto las Igopasajás del Sabio Consejo como su propia madre le habían asegurado que tras el horizonte se encontraba el abismo en el que moraba el gran Salik Nanuc Ob Jital Kalef. Durante las largas noches de invierno, sentadas al calor de las hogueras, tanto ella como sus hermanas había escuchado con atención a las igopasajás más ancianas relatar antiguas historias de jóvenes exploradoras que provistas con los kayaks más ligeros habían partido hacia aquel lugar, y de cómo tras pasadas varias lunas fueron muy pocas las que regresaron sin hallar otra cosa más que agua y cielo.
Una mañana de brillante sol, aburrida a más no poder, Priskal se alejó de la playa en donde sus hermanas confeccionaban guirnaldas con pequeñas caracolas que después usarían para adornar sus ropajes y cabellos. Tras pararse a hablar un momento con su madre, abandonó el poblado encaminándose hacia la Sagrada Loma sin más compañía que la de Bojj, su pequeño guardián que siempre la seguía a donde fuera.
Los días cada vez eran más cortos y no tan calurosos. Pronto llegarían los tiempos de encender los fuegos y con ellos celebrar los sagrados ritos de invierno. Como el de la fertilidad, durante el cual las igopasajás se llenarían de toda clase de dolencias y suspirarían por tiempos que ya no volverían mientras veían a las rajiyás competir con los pennetóns en sus juegos de danza y caza que se celebraban previo al apareamiento.
A Priskal Az Jabel Shidé D’ja no le gustaban los pennetóns y menos sus miembros más jóvenes, los príjodas. Eran muy diferentes a ellas…, demasiado cerdosos y grandes, que a pesar de su fuerza no eran más que unos vagos que rendían culto al Padre Cielo. La harmonía entre ellos nunca había sido posible y por eso vivían separados aunque condenados a entenderse. Se reunían durante una luna en los equinoccios y solsticios, y era en esos días cuando se celebraban los sagrados ritos de la fertilidad. Era también cuando se les hacía entrega de los púberos machos a sus padres. A veces el rito de la entrega era doloroso, pues siempre había alguna rajiyá a la que le costaba desprenderse del pequeño que durante lunas estuvo amamantando. Pero esa siempre había sido La Ley de la Madre Tierra y todos estaban obligados a aceptarla.
Aunque no siempre se acataba. A veces, sobre todo tras el apareamiento, algunos príjodas incursionaban en la isla, desafiando incluso a los temidos guardianes que la custodiaban, para retozar con las rajiyás más atrevidas y descaradas. La ley de la Madre era estricta al respecto y se infligían castigos muy severos a aquellos que la infringiesen. Los emparejamientos debían contar con la aprobación de las Igopasajás del Sabio Consejo porque si la unión no contaba con su asentimiento podría ser considerada abominación que se pagaba con el destierro de los infractores a la isla de los Colmillos Afilados donde sus posibilidades de vida eran remotas.
Priskal no entendía como algunas de sus hermanas se atrevían a romper el tabú. Ella se había apareado por primera vez durante el último equinoccio y la experiencia le había resultado poco gratificante. Su madre le aseguró que eso cambiaría y que con el tiempo y la práctica llegara a apreciar aquel rito. Priskal lo dudó, pero tenía la obligación de engendrar a la futura Rajayá y transmitirle sus conocimientos como su madre estaba haciendo con ella. Llevándose la mano hasta su plano vientre, pensó que el pennetón no había sabido plantar bien su semilla. Deseaba mucho tener una hija. Había pensado tanto en ello que incluso se había olvidado de alguno de sus deberes para con la Madre y quizás por ese deseo egoísta, no fue el pennetón, sino la Madre quien no la había querido bendecir con el fruto de la semilla.
Continuará.
Claudia (Diadenes)
Que bueno Mariav, y los nombres muy imaginativos y algunos muy acertados jajaja
Espero la segunda parte.
Una brazo