Cuento ilustrado por Jorge Rosensvaig. Obra: Annunakis. http://jorgerosensvaig.blogspot.com
El detective Landino se levanta muy temprano, desayuna cereales, un vaso de zumo exprimido y café descafeinado. Se viste con pantalón corto y holgado, se pone los zapatos de deportes. Sale en dirección al parque, se detiene en el quiosco de la esquina donde compra el periódico. Continua el resto del camino haciendo estiramientos suaves para evitar calambres. Llega hasta la entrada. Aún debe esperar 5 minutos hasta que abran el parque. El acceso principal se compone de dos portones de hierro forjado, son grandes y pesados, los barrotes son en forma de espiral, tienen elefantes de cobre intercalados, sujetos por un punto de soldadura en la trompa y otro en la cola.
El doctor Luis Santorini amigo y médico personal de Landino desde hace más de treinta años fue quien le recomendó el paseo matutino por el parque. Hacía tiempo le había dicho “ Coño mi hermano, óyeme una cosa que te voy a decir, los análisis te salieron por las nubes, chico. Bueno más altos que el telescopio jupel ese, pa’ que me entiendas. Tienes que cuidar la dieta, comer bien, chico. Y los whiskys , bueno, deberías limitarte a tomar uno al día, y lo de fumar se va a tener que acabar.” Con la palma de la mano se dio unos golpecitos en el pecho, justo delante del corazón. “Si no la máquina se te va a reventar y sale pa’ fuera chico que si te da un soponcio con quién voy a jugar a las cartas, ¿Con Perozo? ¿Con Brito? No chico, no chico.”
Ese día Landino asintió con la cabeza pero olvidó enseguida el sermón de Santorini y siguió dándole al Cutty y fumando su paquetico diario. Cómo iba a dejar uno de los pocos placeres que se daba.
Sentir el aroma del tabaco mezclándose en su paladar con el sabor a madera ahumada del whisky, el ambiente del club atenuado por el humo gris y denso. El olor a perfume barato y jabón antiséptico.
Una noche de lluvia Landino terminó un informe pendiente, guardó los papeles en el escritorio y salió de la comisaría rumbo al club. Después de un privado con la Cuchi dejó el cuarto atrás con la botella de Champagne en una mano y el cinturón en la otra. Se acercó hasta una mesa donde se encontraba sentado Brito con otros dos hombres que se reían a carcajada limpia y que Landino no conocía. Brito contaba un chiste tras otro, los iba enlazando por temas, era muy bueno. Se estaban desarmando de la risa. Ninguno podía parar de reír. Era contagiosa. Landino sintió que le faltaba el aire pero era inútil luchar, entre más lo intentaba peor se ponía. Presintió que le iba a caer algo gordo como una plaga de dioses vengativos acechando en la oscuridad. Vio alternativamente en cámara lenta y rápida como todo el humo del local pasaba del gris al negro y las caras de sus compañeros se disolvían en el aire. Intentó agitar los brazos en señal de socorro pero le resultó imposible le pesaban tanto como una piscina olímpica. Sintió la nalga derecha arder, sintió como se le acumulaba todo ahí en un punto minúsculo. Un destello. La plaga de dioses vengativos arrasando con todo a su paso, partiéndolo por la mitad. Cayó al suelo duro como un palo de escoba. En su mente reinó el blanco, un blanco que jamás había visto en su vida.
Landino hace la rutina de ejercicios. A continuación da tres vueltas al parque caminando rápido. Se sienta en el mismo banco de madera como cada mañana. El camino principal del parque es de tierra, la tierra está rodeada de árboles, los árboles están rodeados de asfalto. Mantenimiento riega la tierra estéril para que no levante el polvo. Una fila de farolas a espaldas de Landino se apagan en un sincronizado silencio.
Abre el periódico siempre por la misma página:
InvestigacionesLandino.com. Confidencialidad más que garantizada. Luego procede a hojear las noticias aleatoriamente, se detiene en las que le interesan las demás las desecha leyendo el titular con indiferencia. El vagabundo que está acostado en el banco de al lado intenta despertarse. Torpemente dobla la manta que lo cubría. la guarda dentro del saco que cumple las veces de almohada. Con el ceño fruncido, las cejas arqueadas y los ojos vidriosos busca por el suelo el cartón de vino hasta que lo localiza. Toma un sorbo. Una mujer joven viene trotando, lleva unos cables que le cuelgan de las orejas, bajan por sus pechos grandes y firmes gracias al top de licra negro, continúan hasta la cintura y describen una curva cerrada para seguir hasta el brazalete que lleva en el brazo derecho. Es rubia y tiene el pelo recogido con una cola en la base del cráneo. Al pasar delante de los dos espectadores, el vagabundo escupe al tiempo que sigue a la rubia con la mirada, Landino sonríe, el vagabundo vuelve a escupir y se va a mear detrás de un árbol sacudiéndose el pelo frenéticamente. El detective dobla el periódico y lo deja sobre el banco.
Después del ataque vino la recuperación. Le enviaron una carta del ministerio diciendo que aunque se sentían honrados por su servicio no podía seguir en el cuerpo y que le otorgaban una pensión vitalicia.
Los compañeros le hicieron una despedida por todo lo alto, en el club.
“Landino se jubila, después de treinta y cinco años, un buen funcionario, un buen hombre”
Alquiló un despacho y montó la agencia de investigación privada. No necesitaba mucho. Un escritorio, una línea de teléfono, cámara de video, micrograbadora y un vehículo discreto. Tenía contactos. Le iban saliendo trabajos, en su mayoría hacía investigaciones para empresas o investigaba a personas que intentaban defraudar al seguro fingiendo bajas laborales y cosas por el estilo. Con la pensión y lo poco que hacía en la agencia le daba para seguir yendo a ver a la Cuchi en el club y para unas partidas de cartas también.
Días atrás había recibido una llamada. Una voz suave y ronca lo había citado a las nueve en el despacho diciendo que tenía un trabajito para él.
Mientras camina hacia el despacho, visualiza todo el proceso de cambios que ha sufrido en el último año y ve el final del túnel.
Ella toma el ascensor, presiona el botón del séptimo piso, las puertas se cierran a su espalda. Uno de los tubos fluorescentes del techo titila en repeticiones de siete. Ella silba una melodía indistinguible al tiempo que se arregla un mechón que le sale del peinado.
La puerta del despacho está abierta, aún así la mujer da tres golpes en el marco con el puño a modo de aviso, Landino se asoma está detrás de la puerta archivando unos papeles. El perfume de la mujer inunda toda la habitación es fuerte, dulce y le deja un ligero sabor amargo entre la úvula y la laringe. Ella permanece de pie en la puerta.
- No imaginé que la voz que llamó pudiera pertenecer a una mujer tan…- Dijo. - Pero pasa, siéntate por amor de Dios.
Landino hace un gesto con la mano indicando una de las sillas que tienen delante, rodea el escritorio y se sienta en la silla de cuero al otro lado.
- Me han hablado bien de ti. Brito dice que tienes suerte con las cartas.
- Eso está bien, rica. Pero hay una gran diferencia entre suerte y habilidad.
- Entiendo.
- ¿En qué te puedo ayudar?
- Puedes llamarme Ruth
Landino se abalanza ligeramente sobre el escritorio.
Con la mirada clavada en los ojos de Ruth, toma una multa que está al lado de la impresora, la arruga para después lanzarla a la papelera. El brillo amarillento de sus ojos dice que tiene más edad de lo que la cirugía la hace aparentar. El dorado de cabina que luce la piel resalta aún más con el traje blanco a dos piezas que mantiene ceñida su figura. Es posible que lleve una talla menos de la que le corresponde. Da la impresión que debajo de la falda en vez de culo lleva dos globos inflados con una gracia deliciosa
- Bueno ¿En qué te puedo ayudar. Ruth?
- Quiero que consigas algo para mí.
- Conseguir se consiguen monedas en la calle o vales de descuento en el supermercado.
- Alguien está en posesión de un objeto. necesito que lo localices y me lo traigas. Así de sencillo.
-Ya veo. Rica, no se que te diría Brito pero no soy un ladrón de pacotilla. Pásate por el puerto seguro encuentras a alguien que te haga el trabajito.
Ruth se levanta y rodea el escritorio, pasa por detrás de Landino dejándole el aroma del perfume pegado en el bigote. Al llegar al otro lado se inclina, toma un bloc de notas, un bolígrafo y anota una cifra que le extiende al detective. El traje se le abomba, no lleva sostén los senos siguen firmes apuntando al frente, la gravedad no parece afectarlos.
-El veinte por ciento ahora, el resto cuando me hagas la entrega.
Mira la nota, vuelve a los senos, de nuevo a la nota. Finalmente dice sonriendo:
- Bueno rica, soy todo oídos.


Me ha gustado mucho la historia de este detective descafeinado. ¿Será la mujer una verdadera femme fatale o baja en calorías como su desyuno? Un saludo
Gracias Ana, nuestro detective decadente llega ya con la segunda parte.
Saludos.