Apagón

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-Lo sentimos mucho, pero él murió-. Nos dijo con una voz penosa y acongojada por nuestro dolor ajeno.

El llanto desgarrador de mi mamá se escuchó por todo el lugar. No encontraba consuelo, en ninguna parte; ni en el hombro de mi abuelo, ni tampoco en el de su hermana; mientras la contenían, se estaba desmoronando en pleno pasillo. En casa luego de una dura jornada, nos encontrábamos, mi tía Mirta; el abuelo Augusto; y yo; sentados los tres en la mesa del comedor. Ninguno abría la boca, ninguno se movía, parecíamos títeres sin titiritero; cenizas consumidas por el fuego.

En el momento en que mi mamá entró a casa, se desvaneció en el piso; se desmayó por el constante agotamiento de sus energías, y por el estrés que sufría en esos momentos. Mi abuelo la alzó, y la acostó en su cama para que descansara.

Nos sentamos en el comedor, los tres a la vez y callamos; cerramos nuestras bocas con un pegamento invisible, pero poderoso, que se llama perdida. Todos sentíamos el amargo trago que la muerte deja a su paso, era evidente como recordábamos cada suceso anterior al accidente; pero ninguno compartía el mismo recuerdo, claro que no. Mientras mi abuelo recordaba su día en el puesto de diarios, totalmente despreocupado y sin ataduras angustiosas, la tía Mirta estaba pensando en su turno con el dentista, que había sido muy doloroso e interrumpido por el apagón. Mas tarde se dio cuenta de que ese corte de luz, era la señal de que una muerte se estaba consumando; la muerte que nos destrozó a todos. Pero no tiene la culpa de haber sido indiferente a este suceso, yo también considere algo normal el apagón en mi escuela. Cuando se produjo el corte de luz, yo estaba en la clase de matemática, como siempre holgazaneando con un libro que me habían prestado; “After Dark” se titulaba el libro del autor Japonés Haruki Murakami. Siempre fuí bastante perro en las matemáticas, así que prefería pasar mi tiempo leyendo algún libro recomendado, antes de prestar atención a la clase.

En el salón todo estaba en orden, hasta que la profesora tomó la tiza de su escritorio, en ese momento el apagón sucedió. Todavía se podía ver en el salón, los débiles rayos de sol ahogados por las nubes, iluminaban tenuemente las imágenes, para que nuestras mentes pudieran captar cada objeto; cada banco y cada persona. La profesora salió del salón para hablar con algún profesor o directivo, sobre la razón del repentino apagón. Yo por mi parte le mandé un mensaje a mi padre, para saber si el corte de luz había llegado a su oficina en capital (ya que la escuela no estaba tan lejos de ahí), pero no hubo respuesta; pensé en su atareado trabajo como administrador, así que no me preocupe.

La profesora entró al salón, y nos informó sobre la suspensión de las clases; así que contento por mi salida temprana, decidí pasear por las calles peatonales de capital, como lo son la bella calle Florida y Lavalle, por el resto de la mañana. Miré la hora en mi celular, eran las diez y cuarto de la mañana, tenía tiempo hasta la una para volver a casa; así que me relaje por el horario, y empecé a ver vidrieras.

-Pensar que yo estaba por cerrar cuando se murió,- dijo mi abuelo Augusto en un tono lloroso, lleno de incertidumbre;- pensar que yo tenía un día espléndido mientras él se moría solo…. Pobre…- El silencio volvió a caer sobre nosotros, como una manta calida impregnada de culpa; y los recuerdos volvieron a invadir mi cerebro, como el agua de lluvia al cactus.

En la calle Florida veía como la confusión por la falta de luz, invadía a la gente que salía de los negocios y detenía su hambre de consumir, dispersándose por la peatonal hacía sus respectivos destinos finales. El mensaje que me transmitía la multitud era claro, “volvé a tu casa”. Sin ganas de obedecer a las masas, con indiferencia y desobediencia, me quedé leyendo “After Dark”, en uno de los bancos de la plaza San Martín. Todavía me quedaban dos horas para la una, y de alguna manera tenía que aprovecharlas; leyendo parecía una sabía manera de hacerlo. A las once media de la mañana, terminé el libro; en total tarde treinta minutos o más en terminar de leerlo; como los libros que normalmente me recomiendan, me encantó. Ahora que mi libro estaba finalizado, podía irme a casa tranquilo sin ningún remordimiento o problema; o eso pensaba hasta que empezó a llover de una forma brutal. En medio de la poderosa tormenta, corría con la mochila en mi cabeza, buscando algún refugió en donde resguardarme hasta que cesase el llanto del cielo. Me resguardé…- Es increíble,- dijo mi tía interrumpiendo la línea de mis recuerdos;- como castiga Dios a alguien tan buena como mi pobre hermana,- afirmó reprochadora y protestante la hermana de mi madre-; simplemente no se merece tal castigo. Maldito sea Dios.- Dijo furiosa contra el Todo poderoso.

- ¡No digas eso Mirta!,- exclamo mi abuelo reprochándole su actitud;- sabés muy bien como trabaja Dios, se lleva tanto a los buenos como a los malos. No se le puede hacer nada contra el poder del señor.- Con una mirada triste y efímera, mi tía agachó la cabeza, y comenzó a llorar, su llanto era acallado con sus propias fuerzas. Con su cabeza apoyada sobre los brazos, lloraba como sólo ella llora, en silencio. Cuando mi abuelo se levantó para calmarla, mi psiquis volvió a encontrar el hilo de mis recuerdos, y los fuí rememorando, a medida de que el llanto de la tía Mirta se hacía cada vez más suave.

Recuerdo haberme resguardado debajo del techo, de uno de los edificios que rodeaban la plaza. Era bastante grande, y con un aspecto moderno de oficina gubernamental; parecía el lugar de trabajo dela CIAo alguna organización parecida, como el FBI.

Debajo del techo no había nadie, tampoco había gente alrededor, sólo estaba yo. Por la culpa del apagón, todo estaba deshabitado; me sentía el último humano en la tierra pensando así; lo cual era muy divertido, porque sentía una libertad que en la vida había sentido antes: la libertad de pensar que soy el único en el mundo. Dejé de pensar en mi existencia como el único ser viviente, y revisé la hora en mi celular; eran las doce y punto, o sea la hora de tomar mi tren de la línea Belgrano, para volver a mi casa en Florida. Era la hora de volver a tomar contacto con el mundo real, y dejar de creer que el mundo se había terminado. Tomé la mochila, y corrí lo más rápido que pude, hacia la estación de tren. Las palabras de mi abuelo se cruzaron entre mis recuerdos y yo.

- Voy a preparar té de tilo, ¿querés?-. Se dirigió a mi tía con una voz agrietada.

- Sí por favor, haceme uno Pá.- Respondió la tía levantando la cabeza y secando sus lágrimas.

- Yo quiero un café con leche abuelo-. Le pedí a mi abuelo para calentar mi cuerpo, que estaba frío por culpa de la ropa mojada que todavía llevaba puesta; por culpa de la terrible emergencia.

Entré en la estación de Retiro, y fuí a sacar mi boleto; en la boletería, una fila de gente se amontonaba en la única ventanilla que estaba disponible, yo preparaba la plata necesaria para pagar el boleto, pero el empleado que estaba atendiendo nos dejó pasar sin necesidad de pagar nada; no sabía porqué, pero me vino como anillo al dedo. Así que afortunado y sonriente, pasé junto con las personas que volvían de sus trabajos. El tren iba a partir desde el ánden número tres, a las doce y veintiseis minutos. Para ser hora pico, no se encontraba muy lleno, diría que desde que llegué, hasta que el tren partió, el número de pasajeros no había aumentado de una manera que se pudiera subrayar; estaba más bien tranquilo. Había muchos asientos libres, así que pude permanecer sentado todo el viaje de Retiro hasta Florida.

Llegué a mi casa a la una y cuarto. Abrí la puerta que me conectaba con el pasillo, lo crucé para luego adentrarme en el patio, y finalmente poder llegar a mi hogar. Cuando ví a mi madre llorar, con el tubo del teléfono en la mano. Comprendí que había algo malo en ese mensaje no respondido; luego lo deduje con certeza. Mi padre había tenido un terrible accidente, lo sabía por el rostro de mi mamá; me di cuenta por el rostro de mi abuelo Agusto y mi tía Mirta.

Instantáneamente partimos para el Hospital en donde tenían internado a mi padre. Cuando llegamos escuchamos las palabras del doctor.

- Lo sentimos mucho, pero él murió-. En mis recuerdos todavía guardo su expresión de pena y comprensión.

La puerta del comedor se abrió irrumpiendo mis pensamientos, el té de la tía mirta y el del abuelo. Mi padre entró llorando; neurótico por la preocupación que le provocaba la muerte de su hijo. Por una simple interrupción, había olvidado al Alfa Romeo, que me había matado en la calle Juncal cerca de la plaza San Martín.

 

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