La barda

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La culpa, ¿de quién fue? Cielo nublado, aire frío, noche cerrada. La miré y le dije: «Me toca ir», y ella se opuso; me convenció que conocía el atajo, y yo asentí.

El angosto callejón, formado por las largas paredes de dos casas que parecían mirarse enemistadas, yacía siempre tapiada por una pequeña pared de adobe, nada difícil de sortear en la oscuridad. De hecho, todas las veces anteriores, incluso las noches de lluvia, me había tocado a mí deslizarme por las trémulas paredes de aquel laberinto. Pero esta vez, más por su terquedad que por mi negligencia, la dejé treparse, al tiempo que le decía: «Mejor, voy yo», mientras alardeaba osadía, sentenciando: «Estaré bien, amorcito». Todo lo que haría era bajarse despacio, apoyarse a la pared, caminar con pies de plomo, para no aguzar los oídos de ningún perro ni de algún viejo sinsueños, entrar en la casa nueva y abrir la puerta aldabada por dentro. Yo sólo rodearía la calle y esperaría. Esa era nuestra premura de todas las noches. Y fui y me aposté fuera, sin presagiar nada. Me retorcí, más que de frío, de ansiedad, y ella nunca llegó. Alguien la había descubierto o bien me había mentido. Entonces, lleno de coraje, me fui a dormir.

Más tarde pensé en mil cosas. Y después, una mañana, sucedió lo inesperado: la vi apoyada en un par de muletas. No sentí nada, pero sí guardé distancia, apenas si la observé de reojo. Luego, como no iba al colegio y porque casi nadie mencionaba el asunto, la fui borrando del mapa.

Días después, una amiga suya me dijo: «Quiere que le lleves tus cuadernos». No respondí. Tampoco di la cara. Antes bien, sollocé en silencio, y, deseando que ardiera mi habitación, vislumbré su caída de esa noche: un pie resbaló, traicionó al equilibrio, y toda la fragilidad de su bello cuerpo se cimbró, pesadamente, sobre sus caderas y tobillos en aquella infortunada barda de ramas y abrojos, que alguien, quizá con saña, había colocado justo debajo de la pequeña pared de adobe. Así fue como terminó lo nuestro.

Comentarios

  1. Mabel

    14 septiembre, 2016

    Muy buen relato. Un abrazo Leo y mi voto desde Andalucía

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