Jirafa enjaulada

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Hay mañanas en que me levanto sintiéndome más alto de lo que realmente soy, es en esas mañanas en las que apenas quepo en el vagón. Me inclino para entrar, me despeino siempre, pero si tengo suerte puedo acomodarme en un asiento. Cuando no se puede, y la lata de sardinas obliga a ser un obelisco sudoroso, mato el tiempo revisando las conversaciones ajenas. Es fácil hacerlo, mi ventajosa posición en las alturas me permite una vista privilegiada, y la atención absorta de las personas hacia las pantallas no reviste ninguna sospecha, probablemente aunque me estuvieran apuñalando a su lado, no lo notarían. Lo mejor es cuando comentan una conversación paralelamente con otra persona, desencadenando a veces incluso en una tercera conversación, que a su vez se ramifica en otra conversación sobre la antigua conversación, hasta el punto que todo se convierte en un círculo donde el tema de la conversación, son las conversaciones. Pero hoy no puedo darme esos gustos, estoy sentado y lejos de mi torre de vigilancia, pero me entretengo en otras cosas. Por ejemplo, con el tipo gordo en la esquina del vagón. Hace ya un par de minutos que intenta sacarse su chaleco, pero sus intentos fallidos lo hacen suspender la faena, sabe que lo observan en silencio. Cada tanto vuelve a retomar con algún sutil amago de desprendimiento, pero vuelve a cohibirse al subírsele la polera y mostrar el ombligo.

El viaje transcurre con la indiferencia que lo caracteriza, y mi vecina del frente se para, pero no se baja, probablemente lo hará en la combinación siguiente, como casi todos. Deja su asiento libre y nadie la reemplaza, a pesar de que ya casi no quedan asientos. El tren sigue en marcha, se aproxima a la combinación, y mi vecino de al lado y su par del frente se levantan en perfecta sincronía, y tampoco nadie los reemplaza, dejándome solo, aunque no por mucho tiempo estimo. En la combinación, el vagón vomita en un embudo colocado en cada puerta, y para mi sorpresa mi vecina no se integra a la corriente y sólo se queda cerca de la puerta, mirándome con extrañeza. El vagón se llena a tope, y para mi mayor asombro me hallo solo, nadie ocupa los asientos que me encierran. Comienzo a mirar alrededor y están todos los asientos ocupados, menos los de mis ex vecinos, no entiendo lo que pasa, el vagón lleno, la gente de pie, los asientos libres y yo solo. Alcanzo a divisar una cabellera canosa, y le digo que aquí hay un asiento, señalándole a mi lado, pero me dice educadamente que no, que se bajará pronto. De modo que aquí estoy, en esta incómoda soledad. Una señora me mira molesta y no entiendo por qué, si hay tres asientos libres junto a mí, quizás he malentendido las miradas todo este tiempo. Me mira fijo, y creo percibir cierta repugnancia en su mirar, pero tal vez sólo sean inseguridades propias de estas circunstancias. Creo percibir que los asientos también me miran, pero con tristeza, esos cuatro asientos dispuestos como para poner una mesa en medio, y servir una parrillada para tres, conmigo de plato de fondo. Vuelvo a ver al gordo de la esquina, que ahora boxea como canguro, en una eterna lucha contra el espacio estrecho, intenta la maniobra clásica nuevamente, pero retrocede al instante, repiensa su táctica y de a poco comienza a construir otra cadena, eslabón por eslabón. Primero un brazo, bien, sí, así. Un brazo menos, y creo verlo sonrojado al exhibir su manga suelta, como dislocada por una caída que jamás en su vida tendrá. Ahora el otro, casi, casi. Listo. Sólo el último paso, el más difícil, a pesar de que es el agujero más grande de los tres en el chaleco. Comienza a subir el chaleco por dentro, con las dos manos, hasta que finalmente le queda en el cuello, como ahogándolo con un peso inexistente. Es entonces cuando se prepara para su paso final, y en un movimiento de halterofilia, extiende sus dos brazos hasta levantar el chaleco por encima de su cabeza, que está roja de la adrenalina, y sonríe ahora, como buscando aprobación ajena por tan magna hazaña, pero nada, los ojos en las pantallas. Me entra entonces una risita burlona, no es que sea malo, sólo que como reza el aforismo, necesito reírme del prójimo, si no me río de alguien, ando de malas pulgas todo el día. Y en ocasiones, no sólo siento la risa escalando por la garganta, de pronto también siento un incontenible deseo por fastidiar a los demás; por patear la pelota de esos niños que juegan en el andén tras el vidrio, por patearla a los rieles y esperar su reacción. O quitar el pendrive del músico que sube siempre, y salir corriendo hacia el final del tren, dejándolo sin la base que sustenta su memorizada improvisación. Pero son sólo ideas que nunca concretaré, ambos sabemos que la cordura descansa en el quehacer limitado, y a veces creo perderla, como ahora. ¿No es absurdo que estén vacíos todos los asientos alrededor mío?  Me siento como una plaga, y comienzo a pensar que mis ex vecinos se fueron por mí. En el reflejo de la ventana parezco normal, no entiendo por qué se alejan, y no entiendo por qué me preocupa tanto tampoco. Cualquiera en mi lugar estiraría las piernas, las apoyaría en los asientos del frente, y gozaría de ese oasis subterráneo, pero yo no puedo, la presión me mata, y debo pararme, alejarme, me paro y me alejo entonces. Me abro paso en la multitud, machete en mano, y desde mi torre de vigilancia logro ver por sobre las cabezas el oasis ahora ocupado, unos segundos nada más, eso tardó en ocuparse de nuevo. Siento mi espíritu encogerse, y mi cuerpo alargarse más aún, y separarse la cabeza del corazón, más y más, hasta sentir el techo nuevamente despeinándome, y soy una jirafa entonces, sí, eso soy, o al menos eso me gustaría ser, y barrerlos a todos con mis pestañas colosales, borrarlos de aquí, eso haría, pero no se puede, y lo único que tengo de jirafa, son las piernas temblorosas de una cría recién nacida, que sólo quiere sacar el cuello, tenderlo en la guillotina, y esperar que el filo de ventana la despierte en la selva.

Comentarios

  1. Mabel

    21 octubre, 2016

    Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

  2. Fabitosss

    22 octubre, 2016

    Ay Ilian… Qué identificado me he sentido, con dos cosas: Tu forma de escribir, las elegantes redundancias (la de las conversaciones ajenas, por ejemplo), la inversión de los verbos, la magia de las imágenes. Lo otro que me identifica con vos es una melancolía disfrazada de inocencia… Tan bien lograda.
    Rápido me di cuenta que me gustaría tu texto. Con dos líneas. Una.
    Te felicito y va mi voto.

    • Ilian

      22 octubre, 2016

      Muchas gracias! Saludos, y nos estamos leyendo 🙂

  3. Lourdes

    21 noviembre, 2016

    Hola Iliam. He comenzado a leer tu textos y he decidido empezar por el primero que publicaste. Iré poco a poco porque hay tanto por leer!!!, pero los leeré todos ya que este primero me ha gustado muchísimo. Me gusta tu prosa, tu forma de escribir y describir estados de ánimo, sensaciones. Tu escritura atrapa y no puedes dejar de leer hasta llegar al final, preguntándote qué vendrá después. Te dejo mi voto.

    • Ilian

      21 noviembre, 2016

      Muchas gracias! Nos estamos leyendo 🙂

  4. VIMON

    22 noviembre, 2016

    Un texto excelente. Felicitaciones con mi voto.

  5. GermánLage

    23 noviembre, 2016

    Maravillosa tu prosa, Ilian, sazonada con ese gracejo que recorre te relato desde el principio hasta el final.
    Un cordial saludo, y mi voto.

  6. Qwertytantos

    26 noviembre, 2016

    Genial, Ilian, sigo leyéndote. Saludos.

    • Ilian

      27 noviembre, 2016

      Gracias, nos estamos leyendo. Saludos

  7. Naufragoenlaluna

    1 febrero, 2018

    Muy buen texto Ilian. En realidad acabo de leer unos cuantos relatos tuyos y me han parecido todos muy interesantes, me gusta tu forma de escribir. Un saludo y te sigo leyendo.

    • Ilian

      1 marzo, 2018

      Muchas gracias y lo mismo digo! Saludos

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