El Taller de Escritura Creativa

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Cuando vi que uno de los cursos de invierno del ayuntamiento era un taller de escritura creativa y que la profesora, además, era una escritora famosa, no lo pensé dos veces. El hecho de ser una figura pública nubló lo que me revelaba su foto en la página web. Fumaba un cigarro que no se dejaba ver, tal vez porque cumplía una función ante todo estética. Un fondo oscuro y una elegante chaqueta negra enmarcaban su rostro, difuminado por el humo gris y rebelde como su pelo. O quizá también impredecible, igual que sus novelas.

Como un anticipo de lo que iba a ocurrir, miraba algo que estaba fuera de plano, a su derecha. La ceja vagamente arqueada y los labios estirados en una perezosa mueca, como si algo la hubiera distraído, acusaban cierta indulgente incomodidad. Sentí que aquello que miraba fuera de plano podía ser yo, en clase. Aún así, me matriculé en el taller. El carácter de una persona no tenía por qué interferir en su forma de enseñar, y 200 euros no parecía un precio excesivo por un curso de seis meses, tres horas de clase, dos días a la semana. Asimismo, la casa de cultura en la que se iba a impartir estaba a sólo diez minutos de donde yo vivía.

El primer día me llamó la atención que para 41 personas, hacinadas como sardinas en lata, hubiera una televisión de 40 pulgadas. En otros centros se solía usar una pantalla de proyección plegable con su correspondiente proyector, y así se adaptaba a la cantidad de alumnos que fuera. Las dos cosas, si se iba a lo funcional, salían más baratas que una rígida televisión de pantalla plana.

Nada más empezar, la profesora nombró a una de las alumnas más veteranas como su secretaria, y a otra su ayudante para que recogiera todas las direcciones de correo electrónico.

Dado que la matrícula no era reembolsable y yo no tenía 200 euros para tirar a la basura, hice acopio de paciencia y asistí a la siguiente clase, dos días después. Una vez estuvimos todos presentes, me mandó educadamente a recepción a por el folio con los correos, que luego no quiso coger. En vez de eso, me remitió a su secretaria, que me tomó el papel con seriedad profesional, muy en su papel. Después, la profesora se dispuso a poner un DVD, pero no acertaba a hacerlo. De todos los alumnos que éramos, a mí me costaba trabajo creer que fuera el único que sabía lo que había que hacer, por eso esperé. Entonces, la alumna de al lado (una señora mayor) me dijo que si sabía solucionarlo, tenía la obligación de hacerlo. Yo le contesté que no tenía por qué, que no era culpa mía que a la profesora no se le ocurriera, o mejor, no le diera la real gana de pedir ayuda a los empleados de la casa de cultura, que para eso estaban. No obstante, como la señora ya estaba levantando la mano mientras me señalaba con la otra, no pude negarme.

Tras haber puesto el DVD de “El Padrino”, pues también hacíamos críticas de escenas de películas, volvía a mi sitio cuando un alumno mayor me dijo “muy bien”, como si ayudarles hubiera sido un honor. Tal vez un “gracias” habría sido lo más acertado.

Si pagar para convertirse en el criado o la secretaria personal de una profesora narcisista y engreída no fuera bastante degradante, deduje por el curso de los acontecimientos que las fotocopias de los textos que íbamos a trabajar en clase las teníamos que poner de nuestro bolsillo. Algunos eran relatos de más de 50 páginas. Si era una ingenuidad pretender lo contrario, es decir, que estuvieran incluidas en el precio (al fin y al cabo, no era un curso subvencionado del INEM), la profesora se equivocó y riñó cariñosamente a su secretaria por no haber hecho los deberes sobre “Entierro en el Hogar”, de Robert Frost, cuando en realidad el análisis lo había mandado sobre “Nochevieja”, de Mavis Galant. Al menos se acordó de ambos textos, ya que en otra ocasión, más adelante, mandó el estudio de “Los Muertos”, de James Joyce, de 29 páginas, y luego no lo volvió a mencionar. Yo sí me acordé, pero no fui capaz de protestar, puesto que por menos ya había recibido reprimendas. Todos somos humanos y cometemos errores, me dijeron.

Dejé el taller con un amargo sabor de derrota. Sin embargo, no dejé que una mala experiencia me alejara de mi pasión por la literatura; ese sí habría sido un gran error, o quizá al menos innecesario.

Un año después, seis meses desde que terminó el curso, la volví a ver. Estaba enfrente de la biblioteca municipal, posando para fotógrafos de la prensa rodeada de la flor y nata del periodismo y la intelectualidad. Bromeaban sobre a quién le tocaba ponerse delante y a quién detrás.

Como caminando entre bambalinas, busqué una mesa libre en la terraza de la cafetería donde fui a tomar mi dosis de cafeína, detrás de los fotógrafos. Mientras me lo tomaba, pensé que a pesar de todo quizá no había hecho del todo mal en abandonar el taller, puesto que si el despotismo puede ser una meta, la satisfacción es ser víctima y verdugo al mismo tiempo.

 

Comentarios

  1. Mabel

    21 octubre, 2016

    Muy buen Cuento. Un abrazo Julen y mi voto desde Andalucía.

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