El último que prenda la luz

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Una vez por semana, el hincha huye de su casa y asiste al estadio. En este espacio sagrado flamean las banderas, suenan los bombos, llueve papel picado y la rutina se olvida. Bien sabe el jugador número doce que en este templo manda la pasión. Y las pasiones son como los humanos; las hay parecidas, pero nunca iguales. Claro está, todo tiene su límite. Y el hincha lo sabe. Ustedes no. El hincha.
 
La pasión canta su penúltima retirada, el sol se va, y el hincha se va. Y es ahí, cuando se baja el telón, que la metáfora de las tribunas vacías se presenta con nombre y apellido.
 
-¡Matálo, matálo!
 
Dos barras pateaban por turnos al rival, como si se pasaran la guinda; una guinda pesada, a la que había que darle con fuerza para que circule como pedía el técnico. Era una picadito improvisado, con un claro favorito (por superioridad numérica) que se lanzaba decidido a la carga. Las reglas, merecedoras de las más altas condecoraciones, eran muy claras. Básicamente, si uno decidía sumarse al combate, debía elegir, entre dos colores, el que más le gustara. En tal caso, pateaba para el otro lado. Ese día más que nunca, se agradecían los grandes avances del futbol y el apoyo incondicional de quienes lejos están de ser su público objetivo.
 
Más que toqueteo intelectual, era una lucha frenética, típica de partido trabado, donde los dos buscaban la pelota pero ninguno buscaba el gol. Ésta, quejumbrosa y caprichosa, empezaba a rodar por cuenta propia y eran ahora los jugadores quienes la perseguían y no viceversa. El público era como cualquier otro: silbaba y pedía justicia a un árbitro ausente.
 
Los reclamos no hacían más que enardecer a los jugadores, que a esta altura utilizaban diversos artilugios: piedras, palos; todos contra la guinda.
 
Pronto se captó la intención del ritual. Había un buen motivo por el cual no era necesario el gol. Las intenciones eran más arcaicas. Era el juego más viejo del mundo.
 
Las trifulcas en el estadio terminan por dos motivos: porque los jugadores se cansan o porque la pelota se pincha. En este caso fue el segundo: una costilla perforó su pulmón y terminó por desinflarla. Los barras se fueron, dejando la basura en el piso, preocupados esta vez, porque el nombre no rimaba.
 
Que el letrista no se olvide que la violencia es juego sucio, y el juego sucio no es fútbol. Y el hincha lo sabe. Ustedes no. El hincha.

Comentarios

  1. GermánLage

    26 octubre, 2016

    «Las pasiones son como los humanos; las hay parecidas, pero nunca iguales». Para enmarcar, Polo.
    Un bello relato sobre el fútbol y las pasiones que le rodean.
    Un cordial saludo, y un voto.

  2. Mabel

    26 octubre, 2016

    ¡Una pasión desorbitada! Un abrazo Rodrigo y mi voto desde Andalucía.

  3. gonzalez

    1 noviembre, 2016

    Excelente, amigo Lolo. Me gustó mucho, te felicito. Mi voto y un fuerte abrazo!

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