La cuerda de humo

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Llegué a la ciudad número veinte con la esperanza, casi muerta ya, de volver a verla. Hice lo mismo que solía hacer en cada ciudad; Recorrer los hoteles céntricos preguntando si una mujer con los datos de Verónica se alojaba allí; Si no tenía suerte -de hecho, nunca la tenía- iba a los hoteles más alejados y hacía lo mismo. Hacía diecinueve años que no la veía.

La ciudad número veinte -y la última de la lista- era Puerto Elizabeth, en Sudáfrica. Una ciudad muy cálida, con hermosas playas… y sin nada interesante para mí. Había viajado por todo el mundo (Nueve países en América, cinco en Europa, tres en Asia, uno en Oceanía y dos en África), había visto lugares hermosos, conocido gente increíble, y nunca me había sentido feliz. No desde aquel día.

¿Me vas a estar esperando?”

— Supongo que te mentí, Vero. — Le susurré a Verónica. Daba lo mismo que susurrara o gritara; Ella no estaba ahí.

No hubo suerte en la búsqueda, y me dirigí a un hotel para alojarme. Iba a pasar un año entero en Puerto Elizabeth, pero en el fondo sabía que ya daba igual. No iba a encontrarla. Iba a volver a Buenos Aires solo, a vivir la vida que ella jamás hubiese querido vivir conmigo.

«No es un hilo. Es una cuerda»

Esa noche, cené temprano y me acosté mirando hacia el techo. Saqué la lista con las veintes ciudades que llevaba siempre conmigo (al pedo, igual, porque me las había aprendido de memoria el primer día) y la leí, con los ojos húmedos por las lágrimas que hacían fuerza para salir.

 

 

 

— ¿Creés que vamos a ser felices así… Siempre? — Me había preguntado ese día, mientras me pasaba el último mate e iba a la cocina a recargar el termo.

Recuerdo que me dije a mí mismo “Genial… Se viene otra pelea”.

— ¿A qué te referís? Somos felices. Bueno, yo lo soy, al menos… ¿Me estás diciendo que vos no?

— No, no te estoy diciendo eso. Me refiero… Lo que quiero decir es que… ¿Es esta la vida que querés tener? ¿Estudiar hasta que te recibas y puedas trabajar, trabajar hasta que puedas jubilarte, jubilarte y no hacer nada porque la plata no te alcanza?

— Es la vida que mucha gente vive, y hay varios que ni siquiera tienen esa suerte. Sobre nosotros están los que tienen la suerte de estar bañados en plata, pero vos y yo, y toda la gente que conocemos tiene que ganarse lo suyo; Ninguno nació en una familia rica. ¿Cuál es el problema?

Ella había tomado el mate para continuar cebando.

— No sé, es que creo que hay algo que se nos está escapando… Quiero disfrutar la vida, no pasar cincuenta horas a la semana haciendo plata para alguien más, y cobrando las migajas… E incluso para llegar a eso, ¡todavía me faltan cuatro años de estudio! No me podés negar que hay algo en todo eso que está mal.

— No lo sé. Pero las cosas siempre fueron así. ¿Qué, ahora vas a buscar la forma de vivir sin trabajar?

— No. No me molesta trabajar. Me molesta la vida después del trabajo. Llegar a tu casa, cansada, sobreviviendo hasta el próximo día de laburo, viendo si la plata te alcanza para llegar a fin de mes, con quince míseros días de vacaciones al año… Los mejores años de nuestra vida se nos están yendo, Esteban, y los estamos gastando de la manera equivocada. No vamos a ser jóvenes por siempre.

El termo estaba casi lleno, pero ella había parado de cebar. Me estaba hablando en voz baja, como si me estuviera contando un secreto.

— Tenés razón. Pero hay que pensar en el futuro. ¿O qué es lo que pretendés hacer?

— Me gustaría viajar. Dejar de estudiar, dejar de preocuparme. ¡El mundo es tan grande! Hay tantos lugares… Y quiero conocerlos todos. No me va a alcanzar la vida para eso si la mitad la gasto encerrada en cuatro paredes, estudiando o trabajando.

Verónica había escrito, sobre una hoja que había en la mesa, esa maldita lista de ciudades. Yo la había tomado para leerla en voz alta.

— Valparaíso, Potosí, Punta del Este, Sao Paulo, Lima, Cusco, Cancún, Chicago, Toronto, Londres, Dublín, Praga… — La lista seguía hasta terminar en Puerto Elizabeth — ¿Todos estos lugares querés conocer?

— Si. Lo pensé bien. Quiero vivir un año en cada ciudad, para conocerlas bien; Cada rincón, cada persona que pueda, las comidas y bebidas de cada lugar… No voy a pasar ni más ni menos de un año en cada una de estas ciudades. Y dentro de veinte años, voy a volver a Buenos Aires.

— No te entiendo. ¿Ya lo planeaste? ¿O sea… te vas? ¿Y yo dónde entro en esto?

— Sos bienvenido a acompañarme. Pero quiero decirte… Y no sé cómo decir esto… Que voy a irme, vengas conmigo o no.

— No puedo irme. Sabés bien que no puedo. Tengo que ayudar a mi familia con lo que gano en el laburo, estoy estudiando la carrera… ¡Tengo una vida acá! Y vos también… ¿Por qué esto, de repente?

Ella me había mirado, con una expresión firme.

— No es de repente. Hace rato que lo vengo pensando. Quiero conocer el mundo. Y te amo, no pienses que no, pero no quiero esa vida. No es que no la quiera con vos; No la quiero con nadie.

Yo había pasado esa tarde intentando convencerla de que no cometa tal locura. Pero ella estaba decidido. Hasta había averiguado qué trabajos podía hacer en cada ciudad para subsistir y mantenerse… Había planeado todo. Y yo me había enterado de golpe.

Esa fue el último día en el que la vi, y el anteúltimo día en el que supe algo de ella. Antes de irse, con lágrimas en los ojos (supongo que de verdad me amaba, a pesar de lo que estaba haciendo) me abrazó y me dijo al oído: “¿Me vas a estar esperando? No te olvides, Esteban. Estamos unidos por una cuerda”

Le contesté que sí, que la iba a estar esperando. Que la iba a esperar veinte años, porque mi amor por ella era así de grande.

Por supuesto, le mentí. Tardé sólo dos días en salir a buscarla.

 

 

 

Supe algo de ella sólo en Punta del Este, en Uruguay. En uno de los hoteles en los que pregunté por ella, me dijeron que de hecho había estado alojada ahí durante algunos meses. Le pregunté si por casualidad sabía a dónde se había dirigido, si había dicho algo, cualquier cosa. El recepcionista no quiso decirme nada, por supuesto, ya era suficiente haber confesado que ella estuvo ahí, y dar información a extraños sobre antiguos clientes no era la mejor idea. Al menos, no era algo moral, me dijo. Tras mostrarle una foto en la que aparecíamos Verónica y yo, y decirle que era una antigua amiga (además de dejarle unos cuentos billetes para que se le aflojase la lengua) me contó que había escuchado algo de alguna ciudad brasileña. Que hasta la escuchó practicando portugués en el recibidor. Le agradecí y me fui silbando, contento por primera vez en tres años, mientras pensaba en lo endeble que puede ser la moralidad de un hombre ante una determinada cantidad de dinero.

Asi que Brasil… Seguro era Sao Paulo. Verónica estaba cumpliendo la lista al pie de la letra, pasando un año exacto en cada ciudad. Era cuestión de tiempo para encontrarla, ¿verdad?

Pero no. Fui a Sao Paulo… Y al resto de las ciudades. Ni siquiera acá, en Puerto Elizabeth, la encontré. Me di cuenta de que era hora de volver a casa.

 

 

 

— Te voy a extrañar — me había dicho mientras esperaba a que llegase el micro que la iba a llevar hacia la costa, sin mí. Era la primera vez que tomábamos vacaciones separados. Fue un año antes de que tomásemos las vacaciones definitivamente separados el uno del otro.

— Yo también. Pero no me preocupa tenerte lejos. Estamos unidos, y siempre lo vamos a estar.

— ¿A qué te referís? ¿Eso del hilo? ¿Estamos unidos por un hilo invisible?

— Supongo que sí. Siempre vamos a estar conectados, pase lo que pase. El hilo será invisible, pero resiste cualquier esfuerzo, cualquier distancia.

Ella me había abrazado, y me dio el mejor beso que jamás me habían dado: Un beso simple, puro. Cargado de amor.

— No es un hilo. Es una cuerda. — Me había susurrado al oído —  Eso es mucho más resistente, ¿No? Y es para siempre.

 

 

 

Recordaba esa charla mientras manejaba de regreso a Buenos Aires, de regreso a casa, en un auto alquilado. Pensaba en los veinte años que había gastado buscando a una persona que me juró amor eterno en más de una ocasión, y que se había ido en busca de aventuras que no iba a conseguir conmigo.

Me había dado por vencido en Sudáfrica y decidí volver, para intentar empezar una vida. Supongo que la esperanza nunca vive lo suficiente, o quizás la resignación es su enemigo principal. En cualquier caso, yo ya había decidido empezar de cero.

Había algo gracioso en todo esto, y es que yo había vivido, durante las últimas dos décadas, la vida que ella quería vivir… Sin ella. Y la razón por la cual me había abandonado -temporalmente, quería creer; definitivamente, aprendí- era justamente porque no la quise acompañar. Si le hubiese dicho que sí ese día…

Esa noche, acostado en la cama del departamento que le alquilé a mi tío, miré la foto que le mostré a aquel recepcionista uruguayo. Estábamos los dos sonriendo, felices de la vida. Yo ya ni siquiera me parecía a aquel tipo. ¿Y ella? ¿Seguiría siendo hermosa? ¿Seguiría poniendo esa mueca de asco cuando olía el café que tanto odiaba? ¿Seguiría gustándole Queen y los Beatles, o ya no? ¿Seguiría siendo ella?

Esa fue la noche que más dolor sentí en mi vida, porque fue la noche en la que le dije adiós. Esa fue la noche en la que entendí que veinte años atrás, estaba unido a Verónica por una cuerda, pero que esa cuerda era de humo. Tenían la misma forma, al fin y al cabo, pero al más mínimo esfuerzo, su forma se había evaporado en el aire como una promesa rota, y yo había dedicado casi la mitad de mi vida a intentar seguir su rastro desvanecido.

Esa fue la peor noche de mi vida… Hasta que volví a saber de ella.

 

 

 

Durante mis años de búsqueda, no existía tal cosa como las «redes sociales», las cuales me hubieran facilitado mucho la tarea. Pero, estando acá en Buenos Aires, decidí probar suerte e intentar contactarla, para saber si ya había vuelto o si seguía viajando. El corazón me dio un vuelco cuando la encontré… Seguía siendo hermosa. Los años parecían no haber pasado para ella. Y lo mejor era que… ¡Estaba en Buenos Aires! En ningún lado decía la dirección de su casa, así que fui hasta la casa de su madre, para preguntarle. Al tocar el timbre, me atendió un hombre de mi misma edad, y le pregunté por la señora Mirta. Me dijo que su suegra había fallecido el año anterior, a causa de un derrame.

Su suegra.

— Lo siento mucho. Hace mucho que no la veía. Disculpame, ¿Vos sos… El esposo de Verónica?

Se me cayó el alma a los pies al ver que asentía.

— Sí. Luis. Un gusto. — le estreché la mano — Nos casamos en Punta del Este, de ahí viajamos a Sao Paulo, ella quería recorrer el mundo… Pero volvimos acá cuando nació el pibe, porque ella quería criarlo en Argentina.  ¿Vos trabajás con ella?

— No, yo… — balbuceé. Las palabras ni siquiera intentaban salir de mi boca. Tuve que hacer un esfuerzo — Soy un viejo amigo. Perdí contacto con los años. Quería pasar a saludar… No sabía que Mirta había fallecido. Ni que Verónica se había casado. Ni que tenía un hijo.

— Están en camino. ¿Querés pasar a esperar? Estoy seguro que se alegrará de verte, y así de paso conocés a Esteban.

— ¿Esteban? — no lo podía creer.

— Si, el pibe.

— Se llama como yo. — susurré, más para mí que para él.

— ¿Cómo?

— Se llama como yo. Yo me llamo Esteban Diaz.

El tipo, Luis, me miró.

— Sos vos. El mejor amigo de Vero.

¿Mejor amigo?

— ¿Mejor amigo? — le formulé la misma pregunta que mi mente me había formulado a mí. Aunque al expresarla en palabras, intenté borrarle el tono de sorpresa.

— Sí, ella siempre se la pasaba hablando de vos, y de que te extrañaba acá en Argentina. Que sentía que estaban unidos por una cuerda, o algo así. No sé, siempre pensé que era una clase de anécdota entre ustedes. Cuando vinimos acá, ella fue a buscarte, pero tu familia le dijo que te habías ido del país. Me acuerdo que ese día la vi llorar; Se nota que te quería mucho. Nuestro hijo te debe a vos su nombre.

El tipo -un buen tipo, sin duda alguna, pero yo no podía evitar odiarlo- me invitó a tomar algo. Decliné su oferta, y decidí irme de ahí antes de que llegue Verónica. Le dije que estaba apurado y que iba a pasar otro día.

De modo que eso había pasado. Había conocido un tipo en Uruguay, había ido a Brasil, y hasta ahí había llegado su sed de aventura. Se había casado, y había tenido un hijo. Y había vuelto a vivir en Argentina.

Se me hizo imposible enojarme con ella, porque a pesar de todo, la seguía amando. Tenía que comenzar una vida de nuevo, pero veía poco probable la posibilidad de algún día dejar de pensar en ella. Y supongo que ella tampoco dejó de pensar en mí del todo, porque si bien fue capaz de enamorarse de otro hombre, al menos siguió pensando en mí, lo suficiente como para nombrar así a su hijo.

Ese día confirmé que la cuerda que nos unía se había esfumado en el viento el mismo día en el que ella se fue del país. Quedaban algunos retazos, algunas cenizas perdidas en el tiempo, pero nada más; Ella era la luz, pero en mi vida solo quedaba oscuridad.

Volví a sentirme un idiota por haber vivido la vida que ella quería vivir, aunque sin ella, mientras que Verónica vivió la vida que yo toda mi vida quise vivir con ella… Sin mí.

 

Comentarios

  1. Lauper

    10 enero, 2017

    Juli, no te lo tomes como un cumplido si te digo que es sólo cuestión de tiempo que te hagas un hueco en la historia de la literatura, tus textos son maravillosos. Saludos y mi voto, claro.

    • Juli

      11 enero, 2017

      Querida Lauper, imposible no tomarlo como un cumplido (y uno muy halagador, por cierto, espero que algún día sea verdad, jaja). Muchas gracias por tus palabras de ánimo.
      Saludos !

  2. GermánLage

    10 enero, 2017

    Hola, Juli. Acabo de leer tu relato conteniendo la respiración. Uno de los textos más hermosos que he leído nunca. Entiendo que Lauper acabe de escribir que la futura historia de la literatura ya tiene un lugar reservado para ti. Después de haber leído este relato y algunos otros tuyos, no me cabe la menor duda.
    Un furte abrazo, Juli. Leerte es un inmenso placer.

    • Juli

      11 enero, 2017

      Muchas gracias por tus palabras, Germán. Los comentarios como el tuyo son bastante motivadores. El placer al leernos es mutuo, por supuesto.
      Un gran abrazo !

  3. Aaron Suspense

    10 enero, 2017

    Un cuento triste. Me identifico con él porque tuve una historia similar (y creo que no solo una). Pero así es la vida, las oportunidades y las experiencias son las que nos enriquecen cuando vamos a buscar lo que queremos, aún cuando no lo conseguimos.

    Y sí, sigo pensando en que las personas, aún las que dicen que te aman, son grandes hipócritas.

    Mi voto. Saludos.

    • Juli

      11 enero, 2017

      En mi caso, nunca viví una historia similar a la que escribí acá, pero supongo que es algo común, algo que suele suceder. Y lamento disentir, Aaron, quizás haya mucha gente hipócrita ahí suelta, pero no es la regla. Generalizar es malo, la clave es rodearte de gente honesta (que la hay, y a montones).
      Un saludo !

  4. Mabel

    10 enero, 2017

    Muy buena historia. Un abrazo Julián y mi voto desde Andalucía

    • Juli

      11 enero, 2017

      Muchas gracias, Mabel.
      Un abrazo !

  5. Vladodivac

    10 enero, 2017

    Precioso texto Julián, no voy a repetir elogios que ya te dieron Germán y Lauper, concuerdo totalmente con ellos. Mi más sincera enhorabuena, mi voto y un poderoso abrazo.

    • Juli

      11 enero, 2017

      Muchas gracias por tus palabras, Joaquín. Y gracias también por el apoyo.
      Un gran abrazo !

  6. gonzalez

    11 enero, 2017

    Me gustó mucho, amigo Juli. Coincido totalmente con los comentarios de Lauper y Germán, te felicito. Mi voto y un fuerte abrazo!

    • Juli

      11 enero, 2017

      Muchas gracias, amigo. Me dan mucho ánimo esas palabras, viniendo de vos.
      Un fuerte abrazo !

  7. LluviaAzul

    11 enero, 2017

    Querido Juli, siempre suelen cautivarme tus historias y esta no es la excepción. ¡Me encanto! sólo eso. Un abrazo, fuerte.

    • Juli

      11 enero, 2017

      Muchas gracias, Jessica.
      Un gran abrazo !

  8. veteporlasombra

    11 enero, 2017

    Interesante trama. Me gustó mucho la idea de las vidas invertidas, cada cual viviendo la que quería para sí el otro. Un saludo…

    • Juli

      11 enero, 2017

      Muchas gracias. Ésa fue la idea original, sobre eso quería escribir… La historia en sí surgió después. Vivir otra vida a la planeada, o vivir la vida de otro, son cosas mucho más comunes en la vida de las personas que lo que debería ser.
      Un saludo !

  9. Anakin85

    11 enero, 2017

    Curioso destino a veces… las personas somos capaces de cambiar de parecer de la noche a la mañana, ni nosotros mismos sabemos que es lo que queremos en realidad, es la pregunta más difícil que se le puede hacer a alguien.
    Una historia preciosa, Juli. Realmente espectacular.
    Un saludo y mi voto!!

    • Juli

      11 enero, 2017

      Tenés razón, es muy difícil saber qué es lo que queremos… Es más, si de hecho estamos haciendo lo que queremos, hasta es difícil darse cuenta, y quizás no nos percatamos de lo felices que somos haciendo algo o estando con alguien… Hasta que lo perdemos. Las vueltas de la vida.
      Muchas gracias por tus palabras, Ana.
      Un saludo !

    • Juli

      14 enero, 2017

      Muchas gracias, Lorena.
      PD: Ya lo había leído. Muy bello, por cierto.
      Saludos !

  10. Lourdes

    13 enero, 2017

    Hola Juli. He leído tu relato y me ha parecido una historia increíble, muy bien escrita, bien estructurada…genial!.
    La vida es caprichosa y nos pone retos y trabas y en caminos que nunca pensamos que recorreríamos. Nos pasamos la vida buscando y cuando encontramos lo que buscábamos o es demasiado tarde o y hemos perdido el interés.
    Un beso y mi voto

    • Juli

      14 enero, 2017

      Muchas gracias por el comentario, Lourdes.
      Lo único que quiero agregar a lo que dijiste es que a veces, es tarde o perdimos el interés, como bien dijiste, pero también puede pasar que en el fondo, al encontrar eso que andábamos buscando, en realidad no sea lo que queremos. Supongo que esas son las tres opciones posibles.
      Un saludo !

  11. Dehesa

    17 enero, 2017

    Vaya, Juli. Otro escrito sobresaliente…excelente. Menuda historia y menuda trama -y digo ‘menuda’ queriendo decir ‘mayúscula’-. Me ha encantado. Leía sobre él y me daban ganas de gritarle «¡déjate de cuerdas y de tonterías, zagal, que la mancha de mora con otra verde se quita; así que anda rápido a buscar una verde! -que esto son dos días y ya has gastado uno». Hay una frase que, en realidad, es una necesidad material que delimita las posibilidades humanas: ‘qué trabajos podía hacer en cada ciudad para subsistir y mantenerse’, Subsistir…mantenerse…, en esencia, lo mismo que planeaba hacer él.

    Un fuerte abrazo, con toda mi admiración sincera.

    • Juli

      18 enero, 2017

      Hola Elías, en principio quiero agradecerte por haber leído este relato y por el comentario. Me llama la atención la primer frase entre comillas, supongo que será un dicho o refrán -nunca lo escuché, jaja- y, para ser sincero, es algo que se me cruzó por la cabeza mientras escribía esto; ¿Hasta dónde podía llegar la obsesión de un tipo por una mujer? Y digo obsesión en el buen sentido, no en el malo; simples y puras ganas de estar con esa persona y nadie más. Esa clase de amor, de hecho, existe, y es de la que te lleva a recorrer el mundo si es necesario para corresponderlo. Sobre eso, en parte, quise escribir.
      Y en cuanto a la segunda frase que enmarcaste, quise darle un poco de realismo a lo que estaba escribiendo. ¿Irse a recorrer el mundo viviendo de la luz y el aire? No. Por supuesto que no. Y tenés razón, son «necesidades materiales que delimitan las posibilidades humanas»: Pero el viaje que realizó este tipo fue por las otras necesidades; Las espirituales. Se comió veinte años de viajes solamente para volver a ver a la que fue el amor de su vida.
      Un gran abrazo, amigo !

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