¿Quién lo diría?

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Aunque estaba llegando ya después de la hora acordada, sabía que iba a tener que esperar; media hora por lo menos; el otro venía desde más lejos, y el atasco era grande. “Suponiendo que llegue, claro”. Se sentó en la barra y, con un gesto maquinal, atrajo la atención del camarero:

Una fría, por favor”.

A su izquierda dos jóvenes conversaban con viveza y desenfado; de mujeres, naturalmente; contándose uno al otro sus mutuas conquistas. No obstante, a pesar del tono elevado en que hablaban, logró mantenerlos al margen de sus cavilaciones. “Si el tipo ese no me saca el cheque en esta semana estoy jodido. No sé cómo voy a hacer para conseguir que el otro me espere una semana más”. “¡No veas qué tetas tiene la gachí!”, se le intercaló como una cuña en sus pensamientos. Miró el reloj con impaciencia. “¡Como éste tarde mucho…!” Apuró la cerveza de un trago, llamó al camarero y, mostrando la botella vacía, pidió otra; “pero que esté bien fría, por favor”. Quizá más que el aire de la calle, lo que se hacía sentir donde él estaba sentado era el calor de la cafetera. “A él le interesa tanto como a mí; no creo que vaya a fallarme; aún es pronto”. Y de nuevo miró al reloj. Los dos jóvenes mantenían idéntica postura, inclinados hacia adelante, con los codos apoyados en el mostrador y el vaso entre las manos.

Yo estoy saliendo con una casada, oyó decir al que estaba más cerca. ¡Chamo, qué hembra! ¡Está de buena!” Esta afirmación despertó en él cierta curiosidad, quizá porque nunca hubiera esperado oírla de un muchacho como aquel. Sus pensamientos le hicieron perder algunas frases, pero de nuevo el joven retuvo su atención. “Se encaprichó de mí, y yo no voy a decir que no”.

Llegó el camarero con la nueva cerveza; la tomó en su mano y comenzó a jugar con la botella, en parte para descargar su hastío y en parte para disimular la curiosidad que las palabras del joven, inesperadamente, le estaban despertando. “Tiene una tienda en el Sambil, ¿sabes?; de ropa de señoras; una tienda pequeña, pero vende unos vestidos muy bonitos”.

Lentamente, y con la mirada perdida, comenzó a verter el líquido en el vaso procurando no hacer espuma; su curiosidad se había transformado en intriga. “La conocí en el estacionamiento, seguía contando el joven; yo salía con un amigo e iba a buscar mi carro. Casualmente pasaba al lado del suyo cuando me sorprendieron dos pitidos, los caracteresticos de cuando la puerta se desbloquea. Me volteé hacia atrás y la vi como a unos tres metros, acercándose con el mando en la mano. ¡Chamo, estaba hermosa! Con un pantalón azul claro, ceñido en el cuerpo y abierto de media pierna hacia abajo y una blusa también azul, pero más clarita, con los dos botones de arriba desabrochados por los que se entreveían unas tetas suaves, voluminosas. Y con aquellos ojos azules clavados en mí. Me quedé deslumbrado. De pronto se me prendió el bombillo: le abrí la puerta del carro y me aparté para facilitarle que entrase. Gracias, dijo ella; ¿y tú eres siempre tan amable con las mujeres?, preguntó. Solo con algunas, le dije; con las que son tan hermosas como usted” “¿Eso le dijiste?, inquirió el otro joven; ¿así, sin más, sin conocerla siquiera?” “Bueno, yo sé que a las mujeres les gusta que sean amables con ellas”.

Había dejado la botella y ahora apretaba el vaso entre los dedos con evidente inquietud. Ya no pensaba en su cliente. Era la historia que contaba el joven la que retenía toda su atención.

Se sentó en el carro; bajó el vidrio, y me preguntó: ¿estás libre? Bueno, sí, le dije; iba con mi amigo; pero él puede irse solo; tiene su carro. ¿Y tú?, preguntó ella. También, dije. Mi amigo ya había llegado a su carro y, con un gesto le indiqué que podía irse. Mientras tanto ella me echó una mirada de arriba abajo que me hizo sentir un escalofrío en todo el cuerpo. ¡No veas qué mirada! Y, de pronto, dijo: te invito a cenar”. “¿Así? ¿Sin más? Chamo, ¡qué papita!” “¡Bueno, uno qué puede hacer! ¡Si le invitan…!” “¿Y qué dijiste?” “Que sí; ¡a ver!”

¡Tiene fantasía el carajito!, pensó. ¡Claro, soñar cuesta poco! ¡Y el otro se lo está creyendo!” Se acercó el vaso a los labios, y, mientras lo levantaba, en el vacío vio la imagen de su esposa con el pantalón azul que él le había comprado en Maracaibo por Navidades y la blusa que ella misma había elegido en su tienda para que hiciese juego.

¿Y te fuiste con ella?”, preguntó el otro muchacho. “Claro. Dejé mi carro allí y nos fuimos a la Castellana en el suyo”. “¿En su carro?’” “¡A ver!; no fuera a arrepentirse por el camino si yo la seguía en el mío. No te preocupes, me dijo; yo vivo en Cumbres de Curumo y, al regreso, te traigo hasta aquí otra vez”.

Al oír Cumbres de Curumo su mano se quedó paralizada como si otra mano invisible la retuviese, y sus ojos se perdieron en el vacío. Por dentro una fuerte agitación comenzó a subirle desde la espalda hasta las sienes.

Bueno; cenamos y luego me llevó a su casa, y pasé con ella la noche. Al día siguiente me llevó a recoger mi carro cuando iba para su tienda”. “Esa lo que es es una gran puta”, dijo el otro joven. “No lo creas. Hay casadas que son así; necesitan un complemento extra y se lo proporcionan. Su marido viaja casi todas las semanas; tiene negocios, y viaja; a Valencia, a Maracaibo, a Margarita; por todo el país. Y ella, pues aprovecha sus ausencias, ¿qué va a hacer? Tiene cuarenta y tres años; su hija se fue a los Estados Unidos a estudiar, y dice que de vez en cuando le apetece cambiar; que su marido ya flaquea, ¿sabes?, y que un huevo fresco de vez en cuando… Bueno, pues si lo quiere fresco, yo se lo doy. Casi todas las semanas me llama una o dos veces; generalmente el Miércoles o el Jueves, que es cuando su marido está de viaje. Me invita a su casa a cenar; vemos una película completa o hasta donde se pueda y, bueno, ahí vamos”.

Esta última parte la oyó solo entrecortada porque mientras tanto llegó Wilson. Y, por más atención que intentó prestar, el saludo, las excusas de Wilson por el retraso y el levantarse del asiento y volverse a sentar le hicieron perder algunas palabras, mas no las suficientes como para que la impresión que dejaron en su ánimo no fuese contundente. “¿Nos sentamos en una mesa?”, preguntó Wilson; pero él se negó. “Aquí mismo”, dijo y, a modo de disculpa, añadió: “no puedo quedarme mucho tiempo; ya llevo más de media hora esperándote”.

No lograba centrarse en la conversación, y Wilson lo advirtió. “Pero, ¿qué te pasa? Te encuentro raro. ¿No te sientes bien? No te de apuro. A mí puedes decirme lo que sea”. “No, no; no es nada”; y de soslayo sus ojos se iban tras los dos jóvenes tratando de no perderse más palabras. “Las preocupaciones, ¿sabes?, acertó a decir. Esos coñomadre de la alcaldía que siguen sin sacarme el cheque y temo que el de Maracaibo se me eche para atrás. Los maracuchos son nerviosos; no saben comprender. Bueno, a lo nuestro; ¿cuándo me vas a entregar los equipos? No me jodas tú también con que en la Guaira se retrasan y no te los dejan subir”.

En aquel momento los dos jóvenes se pusieron en pie y salieron juntos, dejándole a él con el diablo metido entre ceja y ceja. ¿Quién era aquel carajo? ¿De quién hablaba? ¿De su esposa? “Un pantalón azul, ceñido en el cuerpo y abierto en la parte inferior de la pierna cualquier mujer puede tenerlo; y una blusa como la descrita, también. Tiendas de ropa en el Sambil, ¿cuantas hay?; por coñazos”. Wilson hablaba, mas él ni siquiera le oía. “Le abrió la puerta del carro y ella se lo llevó a cenar, pero, ¿qué carro?; no lo dijo. ¿Por qué había de ser ella? ¿Ah? ¿Cuanta gente vive en Cumbres de Curumo? Un bojote”. Pero, al mismo tiempo, otra voz preguntaba: “¿y que además tengan una tienda en el Sambil y una hija estudiando en los Estados Unidos? ¿Ah?”

Pero, ¿qué te pasa, joder?, le increpó Wilson. Si de veras te sientes mal, dilo”. “La verdad es que me duele un poco la cabeza”, dijo intentando justificarse, y mientras se pasaba la mano por la frente. “Jamás me había dolido a mí la cabeza, pero hoy…”. Y, armándose súbitamente de energía, preguntó: “¡Bueno! ¿Te han llegado ya los equipos, sí o no? Aclárate. A mí no me vengas con pendejadas”. “Llegar, llegar, sí han llegado, pero, claro, una cosa es que lleguen y otra sacarlos de allí, ¿comprendes? Tal como hoy están las cosa, sin bajarse de la mula, ni modo”. “¡Qué dolor de cabeza, carajo!” “Si me pudieras adelantar, al menos cinco palos…”. “No me hagas esto, coño; ya sabes que a mí la Alcaldía me paga la próxima semana; ahora va en serio; yo entrego los equipos al maracucho; me paga cash, porque sabes que ese siempre paga cash; tú recibes tu plata, y todos contentos”.

Tienes mala cara; hasta mal color se te ve”. “Es la cabeza, ya te dije; el dolor de cabeza. Nunca me había dolido la cabeza, pero hoy…”. Calló para dejar hablar solo a su pensamiento: “¡Y con ese carajito me la va a estar pegando!; ¡no me jodas!; ¡la mato! ¡Si es un carajito de mierda!”

Un profundo sentimiento de frustración, incredulidad e ira se había enquistado en sus huesos a partir de aquella conversación indiscreta, supurando ansias de venganza. “No vayamos a hacer alguna locura, alcanzó a decirse; primero habrá que comprobarlo”. Y, de pronto, sintió verguenza por haber dudado de la fidelidad de su esposa. “¡Y solo por un cuento que he oído a un carajito en un bar, y ni siquiera entero! Suponiendo que él no me conociera y estuviese echándome una vaina adrede. ¿Por qué no había de conocerme? No voy mucho por la tienda, pero voy; y en esta ciudad todo el mundo conoce a todo el mundo; bueno, o puede conocerle”.

Poco a poco logró calmarse. “Lo primero es comprobarlo; eso es lo que una persona como yo debe hacer. Preguntar en la tasca quién es el carajito ese, seguirlo; frecuentar la tienda y simular un viaje para sorprenderlos”.

Miércoles o jueves. Miércoles en Valencia, con la catira; jueves, en Maracaibo, con la guajira; y, si no, en Margarita con… ¡Mierda! A este jodido, si no le suelto plata no me va a despachar nada. ¡Que tiene el container en la Guaira! Ese lo ha subido hace un mes, pero ya no se fía; quiere plata por delante”.

Salió hacia Valencia con el firme propósito de regresar por sorpresa y sorprenderlos. “¡Carajito de mierda!” Tan pronto lo veía desnudo encima de su esposa como lo imaginaba con la mierda pata abajo al saberse sorprendido. “¡Qué dolor de cabeza, carajo! ¡Si nunca me había dolido! En este viaje no quiero saber nada de la catira; nada. A la noche; a las ocho; no, mejor, a las nueve, ¡zas!; abro la puerta, y al carajito ese le corto las bolas. Por mi madre que se las corto”.

Pero cuando aún no había llegado ni a Maracay, se le fue la mano al celular, y marcó: “Hola, mi amor; ¿esperándome para desayunar con ese cafecito tan sabrosón que tú me preparas? ¡Huyyy!, si hasta huele desde aquí a través del teléfono. Claro, mi amor; yo pongo la leche. Tú espérame no más”. Y cortó. “Hoy lo haremos después del desayuno y, a la noche, la sorpresa y ¡zas!, ¡zas!; el carajito sin bolas. ¡Por mi madre!”

Pero aquella mañana ni siquiera visitó a los clientes cuya visita llevaba concertada. “¿Y esta noche me vas a dejar solita, mi amor?”

¡Bueno, carajito! Por esta vez has salvado las bolas, pero espera a otro día! ¡Carajito de mierda! ¡Y con esa carita de sifrino bolsa que tiene! ¿Qué habrá encontrado en él mi esposa que no tenga yo? Dice que a su marido ya no se le levanta. Que le pregunte a la catira si se me levanta o no; ¡te digo! Y mañana, la guajira. ¡Sabrosona! Que le pregunte a la guajira también. ¡Que quiere huevo fresco! ¡Fresco! ¿De ese…?”

Y sus ojos saltaban del cuerpo desnudo de su esposa al cuerpo desnudo de la catira, y, sobre ellos, superpuesta a los dos, la piel morena, tersa, de la guajira. “¡Y el marico ese que no me entrega los equipos si no le adelanto la plata! ¡Y el huevón del ayuntamiento haciéndose el loco! ¡Y mañana la guajira todo el día dándome otra vez el coñazo con el reproductor digital! ¡Digital! Voy a tener que decirle que se lo compre su papito. ¿Comprendes, guajira linda?; ¡tu papito! Eso es, si el huevón ese sigue sin sacarme mi cheque”.

Durante dos kilómetros guardó un silencio reflexivo y, de pronto, gritó dentro del auto: “¡Y la huevona de mi esposa invitando al carajito ese a cenar! Sin contar los regalos que seguro le está haciendo ella. ¡Las bolas le corto al carjito! ¡Por mi madre! Y el celular de la catira que aún tengo que pagar. ¿Y para qué? ¡Para satisfacer su capricho de fotografiarme en pelotas! ¡Ya ves! ¡En pelotas! ¡Pero ella no se dejó! ¿Y qué va a hacer luego con mis fotos? ¡Ah! ¡Ah! ¿Qué va a hacer la muy…? ¿Publicarlas por internet? ¿Ah?”

Fue el momento en que se le ocurrió la idea. A su esposa le había regalado otro igual unos meses antes. “¿Y si me encontrase en él las fotos del carajito? Eso es. Seguro que en el celular está la prueba. Por mi madre. Y enseñando las bolas ha de estar el muy huevón. Así se las podré cortar sin remordimientos. Y luego publico sus fotos en internet. ¡Marico de mierda!”

¡La de mariqueras que uno llega a pensar mientras maneja desde Valencia a Maracaibo cruzando los llanos venezolanos!”

Regresó el viernes a la hora de costumbre. Su esposa no estaba. Llamó a la tienda, y allí, tampoco. “Salió”, le dijeron. “¿Sola?”, preguntó. “De aquí, sí”. “¡De aquí, sí! ¿De dónde, si no? ¿Qué querían decir con eso? ¿Ah? ¡Qué dolor de cabeza, carajo! Uno es siempre el último en enterarse”.

Acababa de subir en el ascensor con el vecino del cuarto cuando el bombillo se le prendió de nuevo. “¡Rosi, la de Libertador. Eso es!”, se dijo dándose una palmada en la frente que le causó un dolor horrible. Él mismo había estado a punto de caer. Solo faltaba coordinar un buen plan.

Lo primero, localizar al carajito. Sin duda, a través de los meseros de la tasca.

No es de los habituales, pero cae por aquí de vez en cuando; los fines de semana, más que nada. Casi nunca viene solo; a veces se trae una chica; su novia, supongo. Toman unas cervezas y se van”.

El segundo paso, conseguir a Rosi.

No tiene días fijos pero, si no está en este hotel está en el Hotel del Norte. No falla; siempre que no esté con algún cliente, claro”.

Y el tercero, hablar con el carajito. A partir del momento en que había concebido el plan, volver a encontrarle había alcanzado para él la condición de idea obsesiva. Pensaba en ello de día, de noche, manejando a ciento cincuenta kilómetros por hora por los llanos venezolanos; a veces con desprecio, a veces con ansiedad; saboreando siempre por anticipado el placer de su venganza.

Al tercer intento le halló en la tasca, sentado en la barra, esperando a un amigo que, al fin, no llegaría. “¡Hola!, dijo tendiendo hacia él su mano en actitud de saludo; yo a ti te conozco” El joven respondió con un gesto dubitativo, y él continuó: “te conozco, pero, ¿de qué?” Y, haciendo un gesto ampuloso como si acabase de recibir una gran revelación, exclamó: “¡yo a tí te conozco de aquí! ¡Claro! Tú sueles venir con tu novia, una muchacha bajita, pero muy hermosa, y otras veces con un joven alto, bien plantado. ¡Sí, hombre!, continuó. ¿Me permites que te invite a una cerveza?” Y, haciendo una señal al camarero, dijo: “¡dos frías, por favor!”

Se sentó a su derecha y siguió hablando con el propósito de ganarse su confianza. Detrás de aquellas cervezas llegaron otras. El joven bajó la guardia y la conversación continuó con tintes amables hasta derivar hacia el inevitable mundo de las mujeres: “ya sé que a ti te gustan; me di cuenta el otro día”. “¡Y a quién no!” “Claro, a mí también, pero no soy con ellas tan afortunado como tú”.

El joven se despidió con un cordial “seguiremos hablando”, al que él contestó con un ominoso “seguro”, para añadir: “a propósito; ya que tanto te gustan las mujeres, te voy a presentar una que te va a volver loco. Está como hecha para ti, te lo aseguro”. “Bueno, dijo el joven; si es mujer, y además está buena…”. Le hizo un guiño cómplice y, mientras le tendía la mano, confirmó: “nos hablamos; ¿okey?” Y salió.

Después de la fiesta Rosi no le había llamado ni tampoco al día siguiente, y eso comenzaba a inquietarle. No se atrevía ni a pensar que aquella mujer, o como hubiese que llamarla, pudiera haber desbaratado un plan que tanto le había costado armar. Repasó en su mente uno por uno todos los detalles, las instrucciones y las promesas. No podía haber fallado. Rosi no era persona de comprometerse y luego no cumplir. “Será travesti o lo que sea, pero estafadora, no. Y yo le pagué”.

Como al otro día tampoco llamó fue él a visitarla. La halló en el Hotel del Norte, en el bar, sentada en la barra, con su hermosura a flor de piel y su encanto a flor de labios. No es mujer de grandes hoteles, pero sí de las que levantan el ánimo simplemente con su presencia.

¡Mi amor! ¡Qué sorpresa más grande!, dijo girándose en el taburete y tendiendo hacia él las manos acogedoras. ¿No se suponía que hoy estarías de viaje?”

Después de tomar sus manos entre las suyas se detuvo ante ella y la contempló con avidez de arriba abajo.

¡Espléndida, como siempre! ¡Qué lástima que no hayas nacido como eres!”

¡Huy! Calla, loco, que me vas a ofender. ¿Dónde hay más mérito, dime, en ser como a una la han parido o como una ha querido ser?”

Tienes razón, querida; tú siempre la tienes”.

Rosi apuró su vaso de whisky y él pidió otros dos.

Me tenías en ascuas, Rosi querida; no me llamaste para contarme el final de la fiesta. Eres cruel”.

¡Huy! ¿Cruel yo? ¡Pobrecita de mí! ¡Si soy más mansita que un corderito!”

Anda, cuéntame; no me tengas así por más tiempo”

Y tú no seas morboso. ¿Qué quieres que te cuente?”

Si le llevaste a la fiesta”.

¡Lo dudas!”

¿Y?”

Rosi le miró con desdén al tiempo que remedaba su expresión:

¿Y? ¿Y qué? ¡Hay que ver cómo sois los hombres! ¡Y después decís que las mujeres nos morimos de curiosidad! ¿Qué he de contarte, a ver?; ¿los detalles?”

Se resistía con la expresión de quien se ve forzado a revelar una maldad que prefería echar al olvido. Él la presionaba con su silencio y, al fin, comenzó a hablar.

Por un momento pensé que iba a fallarte, ¿sabes?, porque él se dio cuenta enseguida del ambiente e intentó escabullirse. ¡Comprenderás que en una fiesta de maricones, éstos no se dedican precisamente a disimular su condición! ¡Claro que, un bomboncito como aquel tampoco les iba a pasar desapercibido!”

Bajó la mirada hacia el vaso en el que removía el hielo con el dedo mientras pensaba qué detalles podía contar y cuales debería omitir.

Pero, cuando quiso reaccionar, ya le tenían atrapado. Se lo cogieron solo tres; tampoco creas que fue demasiado. Uno, bastante bruto, pero los otros dos, un cielo de cariñosos. Al final lloraba, el pobre; y yo tuve que consolarle. Le limpié el culito; le apliqué una pomada para que no le escocieran las heridas y, en compensación, le hice una pajita para que se fuera contento”.

Su rostro se esponjó de alegría y, por unos segundos eternos, se quedó mirándola con ojos de satisfacción y de gratitud.

¿Quieres saber algo más?”, preguntó Rosi.

¡Qué grande eres, querida!” Y, tomando su cara entre sus manos, depositó un sonoro beso en su frente. “¡Eres la más grande!” Y se fue.

Una hora más tarde ponía rumbo a Valencia. “Hola, mi amor. Pues, claro; mismito llegando; tú espérame, no más”. “Y mañana, la guajira y luego… ¡Que mi esposa siga llamando al carajito ese de mierda si le place! ¡Que no se me levanta, dice! ¡Que no se me levanta! ¡Que le pregunte a la catira, o a la maracucha, o a…! ¡Te digo!”.

A partir de aquel día tomó por costumbre llevar a su esposa todos los sábados por la noche a aquella tasca, hasta que, en uno de ellos, le volvió a encontrar, solo, sentado en la barra, con aire de estar esperando a alguien. Al verle, como si su presencia le produjese una gran alegría, se dirigió a él con la mejor de las sonrisas pintada en los labios.

¡Hola! ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Es que ya no vienes por aquí?”

No mucho”, contestó el joven estrechando su mano con desgana.

Mira, te presento a mi esposa”, dijo él como eufórico; y, mientras ambos se saludaban azorados, continuó: “este es el joven de quien te hablé, ¿recuerdas?; al que presenté a nuestra amiga Rosi. Creo que lo trata con mucho cariño”.

Y, volviéndose hacia el joven, dijo: “Es una mujer espléndida, ¿verdad?” Y con sarcasmo añadió: “¿Y sus amigos? ¿Qué te parecieron sus amigos?”

En aquel momento asomaba a la puerta una joven menuda, proporcionada de cuerpo y de rostro muy agraciado. El joven se levantó y, señalándola con los ojos, dijo:

Tengo que irme; disculpen”.

Mientras salía, ambos le siguieron con la mirada; poco después se fueron ellos también y nunca volvieron a aquella tasca.

Caracas, 4 de Septiembre de 2007

 

Comentarios

  1. Charlotte

    16 febrero, 2017

    ¡Puff! Ni respirar he podido hasta que no he llegado al final.Pero qué bien escribes y cómo sabes mantener la intriga y el interés desde la primera palabra. He vivido la transformación del protagonista como si fuese yo quien la vivía. Cómo va creciendo el interés por la conversación oída al azar hasta sentirse implicado, los celos, el plan y un final que me deja aún más intrigada. ¿Y si…? Un gran relato. Mis felicitaciones y un abrazo muy fuerte

    • GermánLage

      16 febrero, 2017

      Gracias, Charlotte, por leerme una vez más y por tu comentario pormenorizado y tan condescendiente.
      Un fuerte abrazo.

  2. veteporlasombra

    16 febrero, 2017

    Me ha gustado sobre todo lo bien que has pintado el estrés vital del personaje, esa jugada a múltiples bandas que se trae, por todos lados. Y también, la voz venezolana; siempre disfruto cuando hay voces de por aquí y de por allá. Buena historia, Germán. Un saludo…

    • GermánLage

      16 febrero, 2017

      ¡Oh, Veteporlasombra! Tan original hasta en los comentarios. Gracias por leerme y por tus palabras.
      Un cordial saludo.

  3. Ela_Adal

    16 febrero, 2017

    Una historia de las que se leen sin respirar Germán!! Mi enhorabuena maestro. y mi voto con un abrazo

    • GermánLage

      16 febrero, 2017

      Hola, Ela gracias por leerme y por tus palabras tan condescendientes.
      Un afectuoso saludo.

  4. Luis

    16 febrero, 2017

    Un texto fenomenal, Germán! Me mantuvo pendiente todo el tiempo e interesado en el desenlace que luego supuso un mazazo craneal imprevisto, como todo buen relato, altas dosis de intriga y suspense. Un abrazo y mi voto!

    • GermánLage

      16 febrero, 2017

      Hola, Temor. Espero que el inesperado «mazazo craneal» no te haya hecho mucho daño. Bromas aparte, gracias por leerme y por tu amable comentario.
      Un cordial saludo.

    • GermánLage

      16 febrero, 2017

      Hola, Planeta; superagradecido yo por tu comentario. Un cordial saludo.

  5. Estefania

    16 febrero, 2017

    Impresionante. Me has mantenido en vilo hasta el último minuto.
    Hay una película inglesa, se llama Locke, en la que todo pasa en un coche, y sólo es un personaje. Iván Locke va desquiciándose y su mente se va estresando por momentos -película altamente recomendable, por cierto-; pues tu relato es Locke, pero escrito; la misma genial sensación, la misma conexión con el personaje, como a medida que pasa el tiempo su mente es un hervidero de ideas, sensaciones, historias, mujeres.
    Me ha encantado; felicidades, mi voto y un gran abrazo

    • GermánLage

      16 febrero, 2017

      Hola, Ésteff. No sabes cuánto me alegra el que te haya gustado este relato. Los tuyos sí ponen los pelos de punta. Un afectuoso saludo.

    • GermánLage

      16 febrero, 2017

      Hola, Iván. Gracias por todo el tiempo que dedicas a leer mis relatos y por tu comentario.
      Un gran abrazo.

  6. gines

    16 febrero, 2017

    bueno este es de los de volver a leer y saborear… fantástica narración Germán, mi voto !!

    • GermánLage

      17 febrero, 2017

      Hola, Ginés; gracias por leer el relato y por tu amable comentario.
      Un fuerte abrazo.

  7. Mabel

    16 febrero, 2017

    Una historia excelente. Un abrazo Germán y mi voto desde Andalucía

    • GermánLage

      16 febrero, 2017

      Hola, Mabel; gracias por tu tiempo y por tu comentario.
      Un fuerte abrazo.

  8. Sirio

    16 febrero, 2017

    Genial German, mi voto es tuyo.

    • GermánLage

      16 febrero, 2017

      Hola, Sirio. Gracias por tu tiempo y por tu generoso comentero.
      Un cordial saludo.

  9. LluviaAzul

    16 febrero, 2017

    Querido Germán, maravilloso y tan lleno de vida. ¡Me encanto! Un abrazo, fuerte.

    • GermánLage

      17 febrero, 2017

      Gracias, Lluvia Azul, por leer mi relato y por tu comentario tan condescendiente.
      Un abrazo.

  10. Lourdes

    17 febrero, 2017

    Querido Germán, como siempre nada que reprochar a tu redacción, es simplemente perfecta.
    El relato atrapa desde el primer momento y el personaje consigue hacerse odiar. Se va «retratando» a medida que va avanzando el relato. Un ser machista, egoísta y bastante repulsivo.
    Enhorabuena.
    Un abrazo acompañado de mi voto.

  11. GermánLage

    17 febrero, 2017

    Hola, Lourdes; gracias por todo; por tu lectura, por tu comentario y por tu comprensión.
    Cierto que el protagonista de la historia se merece los calificativos que tú le aplicas. De todos modos, si hubieras vivido en Venezuela, tal vez hubieras sido un poco más indulgente, pues cuanto él hace en el relato no pasa de ser lo que allá llaman «viveza criolla». De hecho, ninguno de los demás personajes le queda muy a la zaga, ¿no crees?
    Un fuerte abrazo, Lourdes.

  12. DavidGMescritor

    17 febrero, 2017

    A veces el comentario debe referirse solo al contenido de lo que se escribe, pero en este quiero mencionar también la evidente experiencia literaria. Me ha gustado mucho y me ha mantenido intrigado, pero además es uno de esos relatos que te ayudan para tu propia forma de escribir. Toda una inspiración desde luego. Enhorabuena y mi voto. Un saludo

    • GermánLage

      18 febrero, 2017

      Gracias, David, por leer mi artículo y por tu amable comentario.
      Un corría saludo.

  13. gonzalez

    18 febrero, 2017

    Es un lujo poder leerte, Germán, te felicito. Mi voto y un fuerte abrazo.

    • GermánLage

      18 febrero, 2017

      Gracias, González, por tu tiempo y tu comentario.
      Un cordial saludo.

  14. Manger

    20 febrero, 2017

    Muy trabajado y con arte. Mis felicitaciones. Un abrazo, estimado tocayo.

    • GermánLage

      21 febrero, 2017

      Hola, tocayo; gracias por leer mi artículo y por tu amable comentario. Se hace lo que se puede.
      Un cordial saludo.

  15. jpulido

    25 febrero, 2017

    Saludos Germán Excelente relato. Me gusta mucho la calidad del recorrido psicológico del personaje principal. Es un aspecto muy bien plasmado, y excelentemente entretejido en las diferentes circunstancias con las que interactúa el personaje en la trama mientras espera y se entera del asunto. Aprendo mucho al leer tus escritos. Mi voto para ti.

    • GermánLage

      25 febrero, 2017

      Gracias, José Alfredo, por haber dedicado tu tiempo a leer mi relato y por tu comentario tan benévolo.
      Mi cordial saludo.

  16. jon

    25 febrero, 2017

    ¡Cuánto desasosiego!
    Bien escrito y descrito y en un ambiente que propicia singulares y perplejas situaciones que se acomodan en ese nivel que se pretende y logra.
    No exento de rigor prevalece con sensible notoriedad la opinión machista y atolondrada de quien se cree superior.
    Has dejado una prueba de tu talento, Germán.
    Enhorabuena.

    • GermánLage

      25 febrero, 2017

      Gracias, Jon, por dedicar tu tiempo a leer mi relato y por tu amable comentario. Aprecio tus elogios en todo lo que valen, precisamente por venir de un maestro como tú.
      Mi afectuoso saludo.

  17. Ratón

    17 marzo, 2017

    Una venganza al estilo del marqués de Sade.

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