Creando monstruos

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Fui un niño promedio, que iba a la escuela por las mañanas. Me gustaba estudiar y era el primero en mi clase. Mi maestra me decía que era su favorito y siempre me usaba de ejemplo ante los demás. Ella era muy bonita y muy joven. Había cautivado a mis padres. A mí me gustaba ella. Tenía un cabello rizado, que caía como los toboganes del parque acuático, hasta las vértebras torácicas.

Esa mañana, al terminar las clases, mi mamá me recogió del colegio. En el momento en que me vio, se puso de rodillas; me dio un abrazo muy fuerte y me besó en los cachetes con demasiado frenesí. El olor de su perfume a rosas es lo que más recuerdo de ella. Después, se irguió un poco y me premia con otro beso, ahora en la frente. Mi mamá también era joven y tan bonita como mi maestra.

-¿Cómo te fue, mi niño? –preguntó ella con mucha alegría.

-Bien. Sigo sacando dieces mami –le había dicho, con ese gesto infantil de alegría y triunfo.

-Estoy orgullosa de ti.

-Gracias. –luego, en esa cara regordeta, mi semblante demuestra tristeza y añado:- pero extraño a la maestra **** en clases.

Mi mamá me volvió a rodear entre sus brazos, con aun más fuerza que antes, después me dice con voz compasiva. Con ese tono…, que las mamás tienen: -¡Mi amor! No te preocupes, ya la verás de nuevo. En la noche.

Como fui su mejor alumno, mi profesora se había hecho amiga de mis padres. Con frecuencia me visitaba. Sea para comer o para cenar. Luego, hablaba de mi futuro con ellos, como tema predilecto.

Había llegado con mi mamá a esa casa. Mi mamá acostumbraba a tenerla siempre limpia. Ella es muy buena limpiando, porque decía que así los gérmenes, no nos hacían daño.

Mi casa era de un piso, pero era muy grande. Al entrar, encontrabas con un pasillo largo, que terminaba en una puerta: la de la recámara de mis padres. A mano derecha; había primero una enorme entrada a la sala. Ahí es donde solía jugar al turista con mis padres. En aquellos días en que no tenía escuela. Veía muy poca televisión. Decía mi papá que me pudría el cerebro. Luego, seguía mi recámara. En ella tenía muchos juguetes. La mayoría eran figuritas de mis personajes favoritos, de aquellos libros que me encantaba leer; y otros, eran carritos a escala a control remoto. Luego, el baño; y al final, donde dormían mis papás. Del otro lado estaba el comedor. Una gran mesa rectangular de color café oscuro, se extendía sobre aquella área. Le seguía, la cocina. En sus ventanas colgaban cortinas amarillas, decoradas con flores color naranja. Veían al patio. Este era un lugar enorme, cubierto por un verde prado. En ocasiones, salía a jugar soccer con mi padre y mi mamá nos regañaba por ensuciar la ropa recién tendida. En fondo, mi papá había construido una pequeña cabañita, donde decía guardar toda su herramienta. Siempre estaba cerrada con candado. Siempre había sido un misterio para mí y para ese día, él me había prometió enseñarme lo que guardaba.

Mi papá era un gran doctor. Su especialidad, forensia. A pesar de semejante carrera, era un hombre muy cálido y alegre. El esperaba que yo fuera médico, aunque no necesariamente en la misma rama. Me enseñaba, cómo se llamaba cada órgano, cada hueso, cada músculo; cómo funcionaban y colaboraban para el funcionamiento de cada sistema y, a su vez, como colaboraba cada sistema para que un ser humano viviera. Recuerdo aquellas maquetas, láminas y películas, que me ayudaban a entender mejor el tema. Incluso, me permitía ver vídeos de sus autopsias. Sus cortes eran limpios y bien medidos. Un gran forense.

La noche había llegado y mi papá había terminado su largo turno de 24 horas. Desde el día anterior que no lo veía. Mi mamá lo recibe con un beso en la boca. Su actuar es como de recién casados, pero llevaban diez juntos. Recuerdo que me causaba un ligero desagrado, el que los adultos les gustara pasarse sus babas con la boca. “Cuando seas grande entenderás” me decían al ver mis muecas. Cuando mi papi me vio, con ese traje de marinerito blanco e impecable, me abrazó como si hubieran sido años los que se había ausentado. Me da besos en toda la cara y me llena de babas también.

-Prepárense, que vamos a cenar –nos dijo mi madre, con ternura en su voz. Su voz era una melodía que me parecía angelical.

Ambos nos sentados en la mesa mientras mi mamá va por la cena. Recuerdo la promesa que me dijo ella al salir de la escuela. La de que mi maestra vendría a cenar hoy. Al principio me parece raro, porque la policía no había dado con ella desde hace tres días. Pero no tenía motivos para dudar de la palabra de mi madre. Siempre la cumplía. Más no puedo evitar preguntar: -¿En qué momento vendrá la maestra ****?

El rostro de mi madre cambia. De alegre, pasa a un gesto fúnebre y melancólico. Mi padre, en cambio, sonríe; pero me da un poco de miedo su sonrisa.

-Ya está aquí –dijo él.

-¿Dónde? Que no la veo –le respondí.

Él se levanta de su asiento y saca de sus bolsillos, su juego de llaves.

-Ven. Iremos a la cabaña de afuera. Como te prometí, te enseñaré adentro.

Sin preguntar, lo seguí con pasos tímidos y la espalda encorvada. Los suyos, son tranquilos, naturales y pacientes con los míos. Desde que pregunte  por la maestra, su rostro no había dejado esa macabra sonrisa. Mi papá encontró la llave del candado a la primera. Era dorada y muy pequeña. Abrió la puerta y el crujir de la madera se expandió por todo el patio.

-Entra mi vida –dijo mi papi, con voz maliciosa. Lo miré, reflejando en mis ojos, temor e incertidumbre. Hesité en obedecerlo.– No te pasará nada. Sólo entra –tenaceó.

Le obedecí, confiando en sus palabras. Después de todo, era mi papi. Encendió una bombilla y la luz es roja. Iluminaba poco, pero pude verla.  Ahí estaba mi maestra, atada de pies y manos en una biga de madera. No parecía responder ni a la luz, ni al ruido. >>Está dormida… o tal vez muerta<< pensaba. Estaba  demasiado asustado que me temblaba el cuerpo y sentía un frio en la espalda y el pecho. Quería irme; pero mis pies no respondían.

-Mira a nuestra invitada –dice mi papi, con esa voz de presentador de T.V. Yo no deseaba verla, pero él me obligó controlando con suavidad mi cabeza.

-¿Po… por… por qué? –pregunté tembloroso y quebrando en llanto.

-Ella siempre te ha apoyado. ¿No es verdad? –Respondió, susurrándome al oído.- Dice que tendrás un futuro grandioso. Yo también lo creo. Pero ella ahora te puede ayudar a ti, con ese futuro. ¿Tú quieres ser un doctor como yo no es verdad? Tendrás que practicar desde niño. Y ella será tu primera autopsia.

No supe que responder. No quería hacerlo, pero no sabía que decirle.

Él caminó hasta mi maestra inconsciente. La agarró de esa abundante cabellera que tanto amaba; y con un jalón, le alzó la cara.

-Despierta –dice el cantando. Ella responde, pero se le nota muy torpe. Parecía como borracha. Gime, ruega un poco, pero no parece las tener fuerzas para hacerse escuchar, ni mucho menos, luchar. En un costado de la cabaña, estaba una mesa vieja y con astillas. Mi papá la carga y la acuesta en ella. Mi maestra se movía torpemente. Era posible que intentaba huir, pero su cuerpo no le hacía caso. Saca mi papi de una alacena, una cierra de círculo y la coloca a un lado de ella. Con unas tijeras de jardín, le corta la ropa y termina desnuda.

-¡Auxilio! –trata de gritar ella, pero apenas es un murmullo.

-Bien hijo –dice mi padre encendiendo el aparato –es tu turno.

Me la puso en las manos. La siento vibrante, pesada y ruda.

En lo más profundo de mi corazón, no deseaba hacer semejante barbaridad, pero me dejé guiar por mi padre. Siento como el aparato corta la piel, el músculo, el hueso. Ella ahora sí logra lanzar un grito fuerte, inspirado por el terrible dolor del corte. Mi papá le tapa la boca con los harapos de sus ropas. La sangre corría a borbotones. Era cálida y espesa. Su tórax quedó abierto y pude ver sus pulmones, su aun palpitante corazón y sus demás entrañas funcionando. Mis lágrimas salen como la sangre de ella. Sin inmutarse ni un poco, mi padre me enseñaba cada nombre, lugar y función de cada cosa que tocaba. Ella no tardó en ahogarse en su sangre y morir. Nunca había matado, ni siquiera a un animalito. Pero desde ese día en adelante, todo había cambiado. Las prácticas siguieron y empecé a familiarizarme con este sentimiento de culpa. Yo mismo maté a mis padres, de la misma manera que a mi maestra. Y ahora me toca a mí. Espero paciente a que cumplan mi sentencia y pagar todos esos crímenes cometidos. No puedo a estas alturas, decir que me he arrepentido; pero por fin se le hará justicia… a esa sangre derramada y a mis lágrimas contenidas.

Comentarios

  1. Celeste

    25 junio, 2017

    ¡Qué atroz relato, Dios mío! Pero muy bien planteado, con mucha imaginación. Un abrazo, amigo. Y mi voto.

  2. Mabel

    25 junio, 2017

    ¡Qué escalofriante y aterrador! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  3. Esruza

    25 junio, 2017

    ¡Espléndido relato, amigo Albatros! me atrapó desde el principio tu forma de describir los entornos, pero nunca me imaginé el desarrollo del mismo, ¡es espeluznante!

    Felicitaciones y mi voto. ¡Ah qué imaginación!

  4. GermánLage

    25 junio, 2017

    ¡Vaya, Albatros! ¿Quién diría al principio que ese iba a ser el finalfinal? ¡Como que el hijo superó al padre! Muy bien escrito.
    Mi cordial saludo y mi voto.

  5. eleachege

    26 junio, 2017

    Escalofriante los párrafos finales de la historia. Pero bien concebida la narrativa. Un saludo Albatros y recibe mi voto

  6. Fiz Portugal

    4 julio, 2017

    Me gusta ese cambio, la historia pasa del cariño a la crueldad sin solución de continuidad, al modo en que percibe el mundo el psicópata. Saludos cordiales, tienes mi voto y te sigo.

  7. enriccarles

    7 julio, 2017

    excelente, lleva la trama a un final de terror bien conducido.
    en un comienzo noté algunas flats de coherencia, pero luego, comprendí el significado encontrando al personaje, por simple lógica no puedo pedir que él sea coherente en la descipción y eso ayuda a que se le entienda el mundo interno.
    un abrazo de ave a ave

  8. Ed Lobato

    30 noviembre, 2017

    Me fascinó….todo…y el título..más que perfecto.

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