Consulta en el doctor

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La voz sintética indicó que pasara el siguiente paciente de la lista. Era el tercero del día y el primero después del receso del médico para almorzar. A diferencia de la gran mayoría de los días de los últimos años, desde que se masificaron los hospitales automatizados, este había sido un día más bien ajetreado. Claro, cabía destacar que nada comparado con la época pre automatización, cuando atender 20 pacientes antes de mediodía era algo por lo que ningún médico con consulta particular se sorprendería.

La hoja metálica con revestimiento de madera se deslizó hacia un lado sin emitir sonido alguno y se asomó una mujer de unos 40 años de edad, pero que definitivamente representaba menos.

-Buenas tardes–saludó cordialmente, pero no demasiado.

El doctor la saludó de vuelta tras apurar el café que ya estaba enfriándose de todas maneras. Se paró de su asiento y le extendió la mano con efusividad, pero desviando su mirada. Aun después de 30 años en la profesión, todavía tenía problemas para mirar a la gente a los ojos.

-Dígame, ¿qué la trae por aquí? –preguntó el médico, tras invitarla a sentarse y hacer lo mismo.

-Bueno, doctor. Este… verá, hace ya un mes que debiese haberme llegado el periodo, y yo soy muy regular…

-Entiendo, ¿teme usted estar embarazada?

-Tanto como temer no –dijo, sonrojándose -. Hace ya 3 años que con mi marido intentamos tener un hijo y no lo habíamos logrado. Pensaba tomarme la prueba casera pero ya me ha fallado antes y yo… yo no soportaría otra falsa ilusión.

-Entiendo –el doctor bajó aún más la mirada, clavándola en su traslúcido escritorio. Luego esbozó su mejor sonrisa y, por fin, miró a la mujer a los ojos. No había notado hasta ese momento lo hermosa que era -. No perdamos más tiempo, recuéstese en la camilla mientras preparo el escáner.

La mujer hizo lo que se le ordenó con rapidez, como si no hallara el tiempo para que el doctor se lo ordenara. Se sacó el suéter y la polera, se recostó boca arriba y se quedó contemplando el techo mientras jugaba con sus pulgares, manos entrelazadas encima de su pecho.

El doctor sacó una pequeña máquina que hace no más de 10 años cualquiera hubiera confundido con un escáner de códigos de barra y lo repasó por no más de 3 minutos por el vientre de la mujer, asegurándose de cubrir cada rincón. Tras esto, la máquina emitió un pitido y, acto seguido, el computador adosado al escritorio del doctor emitió otro, en un tono más grave.

-Vístase –le ordenó el médico a la nerviosa mujer. Tras esto, se sentó en su escritorio y se dispuso a leer el informe.

La paciente terminaba de vestirse cuando miró al doctor y lo vio mirándola con un gesto que no podía sino interpretar como desdén, pero no podría asegurar nada, ya que éste desvió la mirada en seguida.

-¿Qué sucede doctor? Son malas noticias, ¿verdad?

No sabía que decir, ni que pensar. ¿Se estaría ella burlando de él acaso? ¿O de verdad ignoraba su propia condición? ¿Acaso eso era posible? ¿Podían los de su tipo no estar conscientes de lo que eran? Sería muy cruel si así fuera, así que tendría que tratar el tema con tacto; a pesar de todo lo que habían perjudicado su carrera, con los hospitales automatizados llevándose su clientela año tras año cada vez más, si esa mujer no estaba al tanto de su propia condición… aun con el riesgo de quedar en ridículo, debía darlo por hecho.

-Bueno, señora… verá –comenzó a hablar, tras lo que pareció una eternidad de sepulcral silencio.

 

La mujer salió de la consulta del doctor con una expresión neutra, pero que ocultaba una angustia sobrecogedora. Le costaba caminar como si nada hubiese pasado y no correr para alejarse de todo aquello. Un niño de no más de 7 años, sentado en la sala de espera mientras jugaba con su consola portátil, se dio cuenta de su presencia y se paró de inmediato y corrió hacia ella.

-¿Cómo te fue, mamá? –preguntó él, aún con su consola colgándole de sus pequeños dedos.

Ella se limitó a sonreírle, ya no sabía quién era él. Lo conocía, pero sabía que su hijo no era. ¿Será hijo de mi esposo, al menos? Pensó. Mierda, como le gustaría tener la respuesta. ¿Será mi esposo realmente? Continuó su mente; sobrecargada de emociones.

-Vamos a casa, ¿sí? –respondió, por fin.

-¿No pasaremos por helado? Lo prometiste –el niño hizo puchero.

-No, hijo –esas cuatro sencillas letras se le clavaron cuales agujas en el corazón -. Otro día sin falta.

Caminaron juntos hacia la salida. El niño le buscó la mano y ella se la tomó, sólo por costumbre. Cuando hubieron cruzado el umbral de la puerta principal, una frase, la última frase que le escuchó decir al doctor, retumbaba en su mente, con ecos cada vez más estruendosos: usted es un robot.

Comentarios

  1. Mabel

    20 julio, 2017

    Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  2. Carlos Calleja

    26 septiembre, 2018

    Muy bueno, je, je, je. Qué sorpresas te da la vida.

    El relato rezuma un aroma a ciencia ficción muy bueno, y creo que tienes buenos detalles. Si puedes échale un vistazo al concepto de «show, don’t tell» que enriquecerá mucho más tus textos.

    Un saludo,
    Carlos

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