Krishna en la capital

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El reloj de la catedral marca las 5:50 de una tarde gris en la capital. En tan solo 10 minutos las antiguas campanas de metal repiquetearan vivamente buscando entre los transeúntes algún fiel, si es que aún queda alguno en medio del ajetreo de la gran ciudad.

En otras épocas fuese aquel templo el mayor recinto de la vida social y espiritual capitalina, era inconcebible en ese entonces que criollos y mestizos alabaran otro nombre que no fuera el de Dios, el cristiano, que años atrás habría arribado en barco de España armado hasta los dientes. Hoy es solo un edificio más, o el en el mejor de los casos una atracción turística, y sin embargo las campanas no descansan, todos los días en el mismo horario, al ritmo de la oración y la fe bailan las campanas advirtiendo el inicio de la incansable alabanza.

A pocas cuadras de la plaza principal, en medio de la frialdad capitalina, esa que invade no solo el aire sino también las gentes que llegan a ser algunas veces incluso más frías e inclementes que el clima, se escucha acercarse una fiesta, pero no cualquier fiesta, vienen entre tambores y mantras  los devotos de Krishna, bailan al ritmo del aire, parecieran mecerse con los árboles y con cada paso sacudir la tierra, pero no violentamente sino en armonía, como si fueran fruto y semilla que crece a través del pavimento. Poco a poco la multitud va creciendo, y atentos a los mantras indescifrables para muchos la peregrinación avanza hacia el centro de la caótica ciudad.

Justo ahí en la Plaza Central se empieza a escuchar el Salve, tocado por la campanas de la Catedral, cuyo sonido invade todo cuanto hay a su alrededor en contemplación, y en ese mismo instante los devotos hacen su entrada triunfal. Un instante coreografiado. Bailan los árboles que se sacuden con el viento y la palomas que se elevan de la tierra, bailan los devotos de Krishna y la campanas de la Iglesia, bailan los fieles y los infieles sin saber en qué categoría encajan, bailan el cielo y la tierra en perfecta sincronía, baila todo cuanto existe.

El ritmo que los guía se confunde entre mantras y salves que alaban a Dios, o a Krishna, o quizás al Universo o a la nada. Por un instante el frio se detiene y del pecho brota calor de fe, no fe de las religiones, sino fe verdadera, de la humana que es capaz de crear y creer en tal armonía hasta convertirla en alabanza.

Comentarios

  1. Luis

    10 julio, 2017

    Bello mensaje, un saludo y mi voto-.

  2. Mabel

    10 julio, 2017

    Muy bueno. Un abrazo Juana y mi voto desde Andalucía

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