El regreso

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Antes de que el volcán de aquella casa entrara en erupción y la lava salpicara -aun sin quemar- a Mick, Marine había estado ausente durante una semana y pocos días más. Fue el vikingo quien le obsequió con un regalo destinado a invadir su alma, sabiendo bien y de antemano lo que hacía, logrando inmiscuirse en ella y haciendo enloquecer a sus pensamientos durante todos los días de ausencia. Ya que había perdido aliados, tenía que trabar un nuevo valor seguro para no ceder a la maldita soledad, y así de esta manera recobrar estatus, acercar posiciones, retomar confianzas; en realidad, para Curt suponía una estrategia más, pero esta vez con tintes sentimentales. Pero Marine sólo vio buenas intenciones en sus acciones, y en su interior quiso notar algo fraguándose; aun pensaba que algunas personas podían cambiar.

Lo cierto es que mientras Curt andaba experimentando nuevas sensaciones y reviviendo fantasmas del pasado, y tocando otros cuerpos, y corrompiendo el suyo propio, Marine le pensó con unas virtudes que difícilmente existían realmente en su persona. La distancia ayudó a desechar lo malo y ensalzar apenas unos minutos aislados, idealizándolo; como estandarte, esa vieja conocida característica de Curt, con cierta ralea, que muchos llamaban carisma. Un carisma envenenado que se aproximaba a Marine con paso lento, seguro e inexorable.

Cuando hacemos regalos, estos detalles dicen más de nuestras intenciones y nuestros sentimientos de lo que parece a un simple primer vistazo. No se trata del dinero gastado, de la opulencia del mismo, sino del significado que entraña, del tiempo invertido, de cómo pensamos en la impresión que causaremos a la otra persona, y como la deseamos, si llegaremos a tocarle la fibra sensible, y si ese detalle, entre otros muchos recibidos, subirá a categoría de inolvidable para siempre, destacando del resto, brillando con luz propia. Al fin y al cabo, todo tiene un propósito, todo es intencional.

Marine pensó eso durante la breve estancia junto a su madre en Francia, y en el poco tiempo libre que tuvo aprovechó para recorrer callejones parisinos, zonas bohemias con anticuarios casi clandestinos, ocultos entre pintores ambulantes y numerosos puentes con nombre propio custodiando el río Sena, teniendo tan sólo una persona y un regalo en cuestión hondeando su mente y desplazando a cualquier otro, evadiéndose de la realidad vivida y enfocándose tan sólo en los últimos instantes. Ni siquiera ella podía domar sus ideas, aunque a veces le hubiese gustado aportar más raciocinio a la situación y dejar de hacer castillos en el aire, pero ya era tarde. No podía dominar lo que sentía, era algo inevitable.

Para Alain pensó en un álbum fotográfico de la ciudad, dónde tenía sus orígenes y la cual hacía años que no visitaba -algo que nació de una mera deducción-, y una cajita de música artesanal, típica reliquia francesa que le costó horrores hallar, ya que estaban obsoletas y casi no se comercializaban en toda la ciudad.

Para Mick quiso comprar una lámina enorme, dónde ella misma podría envolverse a modo de vestido, imperando el juego del morbo. Lucía la estampa toda la zona de Montmartre pintada a mano alzada, y se enamoró de esta obra de un pintor autóctono que exponía en un café de la zona, que vestía una túnica, peinaba melena ondulada y canosa, y llevaba largos bigotes retorcidos y una barba que le llegaba hasta el pecho. Le hizo precio, porque pensó que ella era muy guapa y que su obra haría las veces de perfecta intermediaria para dos enamorados, y lo consideró todo un halago. No sabía hasta qué punto se equivocaba, porque la mente de Marine sólo albergaba a otra persona diferente del destinatario de esa bella pintura.

Marine se pasó días y días empeñada en encontrar para Curt un viejo plato de discos de vinilo, porque sabía que tenía una buena colección de música bien resguardada, y que una noche, en un ataque de iracundia, arrasó con el viejo equipo de sonido que situó en el salón, de manera que sus discos ya no giraban bien y era imposible escuchar una canción entera de forma decente. Gastó buena parte de sus escasos ahorros, y decidió sacrificar algunas cenas en restaurantes y visitas a obras de teatro por algo que pensaba le haría a él una ilusión inmensa. Pensaba que con ello podría llegar más profundo, ahora que ya había comenzado a retirar las piedras que levantaban esas murallas que lo separaban del resto del mundo. Nunca creyó que posiblemente la verdadera ilusa en todo este ejercicio de fantasiosa imaginación era ella. Y mira que se lo advirtieron por todos lados.

Su madre había empeorado pero el viaje cumplió las expectativas de ambas y les ayudó a respirar con más calma. Se fue más serena y aplacó sus miedos, no tan infundados, pero sí algo desmesurados por la incertidumbre. Y así, con las mismas maletas con las que había venido y con tres regalos discordantes, partió rumbo a Londres en un avión.

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Ella insistió en que nadie fuera a recogerla. Llegaría al aeropuerto, haría varios transbordos de autobuses hasta llegar al metro, y éste finalmente le dejaría en plena nocturnidad cerca de su casa, entonces arrastraría las maletas por ese barrio de dudosa reputación hasta llegar al portal desvencijado donde residían. Ella sola se valía.

Cuando lo explicó antes de marchar, a todos les pareció bien excepto a Alain. Alain, en su quietud silente, aparentaba indiferencia, pero con Marine le invadía un instinto protector pocas veces experimentado, y éste azuzaba su fuero interno. Se sentía en la obligación de cuidar de ella. No estaba enamorado, posiblemente ni siquiera fuera cariño, lo más seguro es que no supiera discernir entre esos sentimientos tan poco percibidos a lo largo de su vida, pero algo le impulsaba a ello. Hombre de costumbres, a Alain le costaría horrores en esos momentos prescindir de la figura femenina que habían acogido en el hogar, a riesgo de hacer peligrar un temple y un carácter fuerte pero apacible, necesitados de rutina pura y dura para subsistir y mantener estables. Sin avisar a nadie, averiguó los horarios, cogió el coche y allí se plantó tres horas antes a la llegada del avión, en la puerta de recogida de pasajeros, con toda la paciencia del mundo, a esperarla. No pretendía siquiera que fuese una sorpresa, o una muestra de algún tipo de afecto que diera lugar a la confusión, sino simplemente una guarda y custodia. Velar por ella, vigilar que no le pasara nada, cuidar hasta el último de sus huesos. Eso era justamente lo que él pensaba: cuidar hasta el último trozo de piel y el más minúsculo de sus huesos. Si la perdía a ella, se le desmontaba la vida.

¿Qué era eso? Quién sabe. Alain lo llamaba apego a los hábitos. Realmente, no mantuvieron más de tres conversaciones y se cruzaban miradas más que palabras, pero él sí sabía de encuentros distanciados en la misma playa, aunque nunca hubieran sacado el tema a colación. En octubre, en diciembre, en abril o en febrero. Los dos únicos locos en un lugar inmenso viendo revolverse al mar y mostrar sus fauces salinas, muertos de frío y con la brisa azotándoles el cuerpo. Lo cierto es que Alain nunca había estado más cerca de nadie, porque todos sabemos que los mejores acercamientos son aquellos que prescinden de lo físico. Hay cosas de las que no se podía despegar, y su presencia marcando un alejamiento basado en unidades de medición universales, prudencial y para él muy necesario, le ayudaba a dormir por las noches. Ella lentamente fue estando sin estar, difícil premisa. La soledad no era tan vil cuando había alguien a lo lejos pendiente de uno. A Alain había que tratarlo con sumo cuidado, porque si invadías su espacio personal le ahuyentabas, y podía nunca regresar. Al fin y al cabo, sin saberlo, sin conocer nada de toda su historia rocambolesca de afrentas, pérdidas y dolor pasado, pero sin embargo demasiado presente, Marine había encontrado la manera de llegar a él. Además sin darse cuenta. Si le pasaba algo a Marine, a Alain se le derrumbaba el mundo; y eso era algo que él, que casi estaba hecho de escombros, no podía permitirse.

Por eso cogió sus cosas, las llaves del coche y la esperó con paciencia, y cuando la vio cargada con las maletas y se plantó sin pronunciar una sola palabra ante ella, sorprendiéndola, le pareció que el pulmón se le volvía a henchir tras un largo período de letargo funcionando a medio gas. Advirtió una sensación de tranquilidad y sosiego, y alegría y placer al abrazarla, y eso que él en sí no era mucho de contactos físicos. Luego la invitó a una cafetería, donde ella pidió un chocolate caliente y él una cerveza helada. Entonces, tras silencios no tan incómodos, la chica le vino con un regalo envuelto en papel satinado sólo para él. Se quedó anonadado y sin saber cómo reaccionar o qué decir. No pudo dar las gracias ni mostrar afecto porque se vio inmerso en un extraño estado de shock. Marine le apremiaba a abrirlo de cualquier manera, destrozando el empaque por los nervios y las ganas, pero él no quería malbaratar el envoltorio. Lo abrió con tanta delicadeza que no le hizo un sólo rasguño, quedó prácticamente perfecto, lo dobló con parsimonia y lo guardó en uno de sus bolsillos. Lo primero fueron todas aquellas fotografías. Cuando volvió a ver París, la sombra de su ciudad que tanto había cambiado, las calles por las que él merodeaba, las zonas tan vividas y los rincones perdidos de las afueras que tanto pernoctó, el corazón le dio un vuelco. Cuando tuvo entre sus manos una pequeña caja transparente, desde donde se veía toda la maquinaria que le daba melodía, empezó a dar vueltas a la pequeña manivela, y el cilindro agujereado comenzaba a moverse, y “sous le ciel de Paris” dejó sus primeras notas en el aire británico, paró de repente y tragó saliva. La guardó en la palma de su mano y apretó contra su pecho el álbum de imágenes de sus raíces. Se volvió serio, y observó a Marine sin decir nada. No sabía qué decirle, y las palabras de agradecimiento no le salían: se encontraba paralizado. Apretó aún más sus regalos contra sí y apuró la cerveza. A ella no le hicieron falta más palabras o el menor gesto, y ya se dio por satisfecha; todos sus pensamientos volvieron al regalo de Curt, y a su reacción, y en cómo la miraría y en qué le diría, y en si la sonreiría.

Luego volvieron en coche. Sparring partner sonaba en la radio, y ninguno de los dos habló. Fue el primer regalo personal que Alain recibió en su vida. Estaba más seguro que nunca de que si Marine no llegaba sana y salva alguna vez, el mundo se le caería definitivamente. Escombros sobre escombros, que resultarían polvo tras colisionar. Por eso nunca debía permitirlo, y seguiría cuidando de ella hasta sus restos. Pero jurándose que los suyos propios irían siempre antes.

Comentarios

  1. Pitus

    14 agosto, 2017

    Vaya, el mismo día que publico Retorno tú lo haces con El regreso…
    Felicidades, es un buen relato, aunque lo catalogues en el aparatdo de Novela.
    Solo una cosa, repites «zona» en escasas dos lineas, cuando va por Montmartre.
    Y me gustan expresiones como «le hizo precio» y «le pensó»

    • Estefania

      19 agosto, 2017

      @joseps y me encantó tu retorno, de veras. Cierto lo de la repetición, a veces no me repaso lo suficiente lo escrito. Espero que sigamos leyéndonos, y gracias por dedicarme tu tiempo!
      Abrazos!

  2. Mabel

    14 agosto, 2017

    ¡Excelente historia! Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía

  3. Luis

    14 agosto, 2017

    Muy bien escrito, como habitúas Estefanía; muy detallista y con muchas aristas literarias. Un saludo y mi voto!

    • Estefania

      19 agosto, 2017

      @temor gracias por tus palabras, nunca me fallas. Nos seguimos leyendo sin falta. Un beso grande

  4. GermánLage

    15 agosto, 2017

    Hermoso, Esteff. Mary ya me lo había contado durante nuestro paseo vespertino; ya es la costumbre: ella siempre te lee antes y me lo cuenta; así yo puedo recrearme del todo en mi lectura.
    Este regreso me suena a verdadero regreso. ¿Verdad que no me equivoco? Bienvenida.
    Un fuerte abrazo.

    • Estefania

      19 agosto, 2017

      @germanlr gracias por tu apoyo continuo, sabes que lo valoro en la distancia….
      Sí, spero que sea regreso definitivo, la gran terapia de escribir (sabes de que hablo seguro, verdad?).
      Me encantaría saber la opinión de Mary, siempre la he tenido presenta aun de manera indirecta.
      Un gran abrazo, seguimos leyéndonos, y gracias por todo nuevamente

  5. Patry

    18 agosto, 2017

    ¡Marine ha regresado! Yupiii… jajaja En serio, me ha hecho mucha ilusión volver a verla (o leerla). Bueno, en realidad es como si la viera. Puedo imaginarla casi a la perfección, así como puedo vivir ese reencuentro con Alain como si yo misma estuviera ahí. La verdad es que, aunque Alain aún no lo sepa, creo que está enamorado de ella (o por lo menos algo muy parecido). ¡Sigo con muchísimas ganas de leer el reencuentro con Curt! Aunque me da a mí que la pobre se va a llevar más que una decepción… y con ella, yo también.

    Me gusta mucho cómo escribes, Esteff, y lo sabes. ¡No dejes de hacerlo! Y, por favor, ¡sube rápido el siguiente! Y que salga Curt jajajajajjaa.

    • Estefania

      19 agosto, 2017

      @patryzairamishel hola mi niña!!!! jeje muchísimas gracias, ya sabes lo que aprecio tus comentarios
      Alain, ya sabes, pasados complicados hacen hombres difíciles (que te voy a contar yo a ti), y Curt….aún estoy metiéndome en su cabeza. Nos leemos corazón, espero alguna entrega de algo tuyo yaaa

  6. Esruza

    20 agosto, 2017

    Me alegra mucho tu regreso, escribir ayuda mucho. Yo ya me fui por razones que conoces y no deseo, no puedo escribir por el momento, aunque lo que yo escribo no se equipara con lo tuyo, eres buena. Los seguiré leyendo.

    Un abrazo con cariño y mi voto.

  7. viky

    22 agosto, 2017

    Me gustó . Mi voto para ti, felicidades

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