Puntos suspensivos

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Esa noche se sumergieron como si se tratara de una lucha de apareamiento, en la que ambos necesitaban dominar, y ninguno de ellos quería quedarse anclado en la sumisión. En la misma cama donde tantas otras veces habían hecho el amor, la distancia se les triplicó de manera inquietante. Fue como si un iceberg cayera en picado entre los dos, y ambos separaron sus cuerpos inquietos e inconscientes de su causa, promovidos por la inercia.

Un te quiero, dos simples palabras de ocho letras, transformaron recuerdos, anhelos, experiencias, lienzos, ensayos, noches, deseo, lágrimas, confesiones y futuros, nunca dichos en voz alta, en simple madera aserruchada, reconvertida a serrín bajo ese desquiciante chirrido que rompía todo en mil pedazos y transformaba lo vivido, que era bueno y bello, en simples virutas pisoteadas. La desnudez dejó de importar y el pudor cesó de existir, y la separación también adquirió motivos físicos. Marine se quedó de pie, delante de la puerta, sonrojada con bragas rojas y piernas temblorosas; en realidad ella creía que todo su cuerpo, y sus cuatro extremidades, eran como un flan, y que no podía controlar sus movimientos, pero se equivocaba. Su interior era el que tiritaba, incontrolable, pero la templanza entrenada a base de situaciones extremas ya vividas, que envolvían todo su cuerpo, proporcionaba señales equívocas a Mick, que no pudo llegar a su alma y se quedó con esa capa externa de frialdad, confundiéndola incluso con la indiferencia. De haberlo sabido quizá se hubiese mostrado un poco más. A Michael nunca se le dio bien escarbar en el interior de las personas, ni leer indicios sutiles que proporcionaban valiosa información, que en ocasiones como ésta podían salvarlo de una catástrofe emocional.

Mick se quedó sentado en el borde de la cama, con las espaldas tensas y juntando las cinco yemas de sus cinco dedos, y sus ojos hacían ya un recorrido de seis idas y siete vueltas entre el suelo y la mujer a la que acababa de declararse sin escudo de por medio, desplomada su entereza sobre un guión borrado más de veinte veces. Marine, instalada hacía ya tiempo en su cotidianidad, con la que llevaba obsesionado días y noches, que tanto le conocía -y eso dolía todavía más, porque ¿cómo iba a reiniciar otra vez todo ese camino con alguna otra?-, y que aun sin pronunciar una palabra sabía que ya le había rechazado. Sin siquiera escuchar su discurso, sin oportunidad que valiera, sin últimos cartuchos aprovechables, él no era el escogido.

Ella miraba el suelo porque no se atrevía a alzar la barbilla, y en sus sienes palpitaba redundante una hermosa y escueta declaración, expuesta con los sentimientos gritados a pleno pulmón y sin tapujos sobre el tablero. En un momento mal elegido, con palabras demasiado leales. Le juró un amor sincero, incondicional y libre de barreras de cualquier clase.

Sin embargo, no era recíproco, nunca lo fue. Le necesitaba, pero no le quería. Le deseaba, pero no era esa clase de deseo abrasador, incesante ni latente, que arrasaba todo cuanto encontraba a su paso y se adueñaba de una persona entera y de todo su mundo, con consecuencias devastadoras. Ella quería maremotos inestables, y no simplemente navegar en velero y con el mar en calma. Su deseo hacia Mick era intermitente. Marine rehusaba unirse a alguien por el que no sintiera un deseo enfermizo, cercano al desvanecimiento, con esa ansia por convertirse en posesión, de ser suya durante todas las horas de todos los días que tuvieran todos los años que le quedaban por vivir. Detestaba la idea de atarse a alguien ciegamente, por el mero hecho de conformarse con la cotidianidad de dar y recibir en compensación, terrenal y ordinario; le daba terror dar un paso erróneo e hipotecar su vida junto a alguien al que no estuviera segura de amar con la misma intensidad tanto con el viento a favor como con toda la marea contracorriente. Alguien al que jamás se cansara de desear un ápice. Y jamás es mucho tiempo.

Pero ahora se veía allí, desnuda y delante de una puerta de habitación ajena, con un te quiero atorándose en su garganta, y también se dio cuenta de que a Mick no quería perderle. Que la ausencia de Michael sería como muchas punzadas en el vientre, y que éstas iban a doler mucho. No quería perderle: ni a él, ni a sus noches, ni a su voz, ni a sus conversaciones, ni a sus confidencias, ni a sus pequeñas discusiones, ni a sus bocetos, ni a su sonrisa, ni a su manera de alzar el mentón y fruncir los labios cuando algo le molestaba, ni a sus detalles, ni a sus manos, ni a sus charlas a la luz de unas velas y dando sorbos a ron añejo, ni a sus caricias, ni a todos sus besos, que eran cien diferentes y sin embargo no eran suficientes. Ella sacó ese falso amor suyo a pasear, a actuar, frente a Mick, sin pactarlo ni saber que podría herirle, y prorrogó todas las funciones demasiado tiempo sin pensar en ningún momento que él nunca interpretó nada. Y además, algunas veces él se entrevió y lo insinuó, pero en ese momento ella se volvió sorda y sólo sabía asentir y sonreír como una autómata. Se odiaba, en esos instantes, por esas repetidas reacciones dando la espalda a la realidad por mera conveniencia.

Los minutos después de que él dejara traslúcido a su yo más íntimo, expuesto y cruelmente vilipendiado, parecieron siglos. Michael se volvió más maduro de golpe, él siempre se crecía ante la adversidad y en cuestiones de amor nunca dejaba adivinar lo que transcurría por su mente. De eso ya se encargaban luego sus adicciones y recaídas. Sucedió un interrogatorio sin preaviso, y ella fue consciente de su aletargada posición, y él, pudiendo volverse déspota, resistió el hacerlo, aunque la rabia le embargaba, porque aunque el dolor era inmenso seguía queriéndola, con las dos palabras de ocho letras incluidas.

-¿Me quieres?

-Sí

-¿Has sentido algo por mí?

-Sí

-¿Me has querido alguna vez?

-Sí

-¿Qué me falta?

-Nada

-¿Qué me sobra?

-Nada

-¿Cómo puedo llegar a ti?

-No puedes.

-Te quiero.

Insistió, y se hizo el silencio. Se la quedó mirando con cuencas vidriosas y postura tensa, y le delató un gesto de exasperación, poniéndose de pie con lentitud y dándole la espalda con las manos abrazadas a su nuca, y así dio por zanjado ese extraño turno de ruegos, de preguntas y respuestas sin respuestas propiamente dichas, con palabras que resultaron menos que nada, y se evaporó poniendo más distancia física, aún más moral cada vez, y luchando contra la aparente frialdad estática de ella. Se puso los calzoncillos, no dio rienda suelta a la ira y nada inanimado pagó sus circunstancias, pero sí que se fue de su propia habitación porque no podía respirar en ese aire que le atosigaba y nadaba en la toxicidad, reprimiendo las lágrimas y con el orgullo mermado, herido de muerte sin siquiera un portazo, convertido su corazón en un puño más envuelto en sangre que nunca.

Y luego pasaron tres o cuatro horas. Mick se preguntaba si en cada uno de esos segundos se guardaba el frasco secreto de la eternidad, porque el minutero del reloj sólo le marcaba un para siempre. Preparó témperas, pinceles, brochas, lienzo y caballete, pero de nada sirvieron. Preparó comida pero acabó en la basura. Preparó números para citas nocturnas pero su intacto sentido de la justicia le paró antes de teclear, con el fin de engañar a una pobre tercera persona que pagara su infortunio de forma aleatoria. Preparó un libro y se lió un cigarro, pero no pudo concentrarse y la marihuana no le consolaba, y se sorprendió por primera vez no teniéndole ganas. Preparó luego una película, pero su falta de decisión acabó con su paciencia, porque eso nunca le pasaba, y llegó a la conclusión de que a los diez minutos se cansaría de mirar pero no ver, de oír pero no escuchar. Michael también quiso prepararse una copa de Jack Daniel´s pero cuando vio la vitrina rota los recuerdos volvieron a ella y rechazó el hacerlo, no por sumergirse de nuevo en el problema -eso le daba igual- sino porque todo giraba en torno a esa mujer de la que intentaba huir con desesperación. No había ni rastro de ella pero seguía allí porque la olía y adivinaba sus pisadas, de repente poseía un sentido auditivo tan agudo que incluso podía notar su respiración tras tres puertas cerradas. Un sentimiento herido podía más que todas los obstáculos físicos que se terciaran.

Entonces pensó que el agua lo curaba todo, y funcionaría como un bálsamo para no pensar. Porque en esos momentos su cabeza era un hervidero de ideas y múltiples sensaciones, y albergaba decepción, y enfado, y rabia, y ansiedad con amargura, y celos por los que de ahora en adelante pudieran tocarla, y orgullo porque él no se permitiría tocarla una vez más.

La puerta del cuarto de baño seguía con el pestillo roto y con el viejo cartel plastificado “libre y ocupado” colocado en la puerta y emperchado por un cordel. Nunca se molestó en darle la vuelta. El chorro salió con una fuerza apabullante y deseaba sumergirse en algo helado para que las ideas se le enfriaran.

Como estuvo largo rato bajo el mismo, entumecido y ya casi ensordecido sin enjabonarse ni hacer nada, solo con las manos apoyadas en la pared, no percibió sonido alguno. No vio que Marine había entrado, se había desnudado y que se disponía a compartir con él ese momento eterno dedicado a su olvido. Cuando la tuvo enfrente ya no tenía fuerzas para apartarla y se dejó llevar. A ella no le importó la extrema frialdad, tanto de la cascada como de quien se hallaba resguardado bajo ella, ni siquiera lo mencionó; se le acercó, le abrazó y agarrándole por el pelo casi le obligó a besarla. Al principió costó, pero luego él sucumbió sin más, roto de deseo, a tientas entre amor y dolor. Entre medias, tras la sorpresa y el vencimiento, con las lágrimas que no se veían porque se mezclaban con el resto de agua -como todo en ese momento, revuelto caótico de mezclas, incluso lo que no era visible- le susurró, apaciguado pero tajante, mientras besaba su cuello:

-Me estás destrozando.

Y Marine, mientras se frotaba aún más contra su cuerpo, excitándolo, le dijo:

-Pues entonces ya recogeré yo los pedazos.

Y luego follaron tres veces el resto de la noche, pero no pudieron dar la espalda a una fisura tan grande, aunque no hablaron de ello e hicieron ver que lo guardaban bajo la alfombra.

Lo cierto es que Marine no le quiso bien; no le dejó un punto y final digno ni legítimo, y eso es tremendo. Lo peor que se puede hacer por alguien que realmente te importa es darle unos suspensivos. Porque, ¿Qué significan puntos suspensivos? Un pero, un quizás, un ojalá, un qué hacemos, un ya veremos…lo significan todo, a la vez nada. Significan incertidumbre. Y eso es lo peor que puedes hacer por alguien que te ha entregado su corazón sin florituras ni abalorios.

Comentarios

  1. GermánLage

    7 agosto, 2017

    Feliz retorno, Estef, tanto en lo que a ti se refiere como a Marine. Un placer leerte de nuevo.
    Aún no he comentado con Mary este capítulo, pero sé que ya lo ha leído. Un fuerte abrazo de los dos.

    • Estefania

      8 agosto, 2017

      @germanlr es un placer tenerte siempre ahí. Dale recuerdos a Mary, y también su opinión.
      Un grandísimo abrazo para ambos

  2. Mabel

    7 agosto, 2017

    Una historia verdaderamente hermosa. Un abrazo Estefanía y mi voto desde ANDALUCÍA

  3. Esruza

    7 agosto, 2017

    Qué te puedo decir, Estef, un historia tremenda de desamor y a la vez pasión imposible de frenar. No se sabe,
    a veces, cuánto daño podemos hacer o, nos pueden hacer.

    Contesté tu correo.

    Saludos afectuosos y mi voto

  4. Siby

    8 agosto, 2017

    Wowww grandiosa historia, me encanto, tienes mi voto.

    besitos dulces
    Siby

  5. veteporlasombra

    8 agosto, 2017

    Me pirro por los puntos suspensivos, pero claro… en el amor… nunca había pensado que pueden ser tremendos. Bien escrito, un saludo…

  6. Pitus

    8 agosto, 2017

    Los … no tienen sentido en el amor.
    Muy buen relato, con ritmo y abriendo el alma.

  7. Rocío Tame

    11 agosto, 2017

    Fantástica historia, con un final muy certero, los personajes se sienten vivos… Me gusta tu manejo del lenguaje. Un abrazo!

  8. Patry

    18 agosto, 2017

    ¡Me encanta este capítulo! Unos puntos suspensivos… es lo peor que puedes hacer por alguien y lo peor que puedes recibir de alguien. Llevas toda la razón; es un pero, un quizás, un puede que te quiera pero puede que nunca llegue a hacerlo… Es la esperanza sabiendo a la vez que no hay esperanza. En fin, me encanta. Aunque ya sabes que, por algún motivo, no es con Michael con el que quiero que esté Marine, me da mucha ternura la forma que tiene él de quererla. ¡Sigo leyendo!

  9. Akare

    19 agosto, 2017

    Es la primera vez que te leo Stef, esta historia me hizo recordar a alguien cercano

    • Estefania

      21 agosto, 2017

      @alesanarroba muchas gracias, todos alguna vez hemos vivido algo así. Espero que te siga gustando lo que escribo, y yo leerte.
      Nos leemos!

  10. Adeodatus

    29 septiembre, 2017

    Excelente texto, destaca el tema, la forma narrativa, muestra un estilo forjado en el pensamiento, dominio del lenguaje y el empleo de la palabra con gran tino para describir emociones, sentimientos de los personajes. Pienso que puede ser tambièn un guiòn para un film. Felicitaciones

  11. OHC

    7 enero, 2018

    un texto que resalta sentimiento y sinceridad, muy interesante.

  12. The geezer

    6 mayo, 2018

    Ufff, es la primera historia que te leo y la he seguido con un tremendo nudo en la garganta…¡genial!

  13. José Calderón

    4 junio, 2018

    Hasta ahora he leído dos de tus historias y ambas son muy entretenidas, en cuanto tenga más tiempo libre iré leyendo el resto. Te mando un saludo.

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