CAPÍTULO 10 – Impresiones equivocadas

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A Curt no lo pudo ver hasta el día siguiente. Quiso ir a buscarlo en cuanto se deshizo del equipaje a altas horas de la madrugada, hasta el pub donde ambos trabajaban, pero descartó la idea porque Mick quiso acapararla. En cierta manera y habiéndolo pensado más fríamente, quizá se sentiría ridícula haciéndolo, casi como si le persiguiese. Se decía que tal cosa andaría rozando la humillación, y cierta vanidad era un rasgo demasiado arraigado en su carácter.

El encuentro con Curt sucedió, paradójicamente, tras la violenta ruptura con Mick de algo que se había comenzado a desarrollar a medias, sin reglas ni normativa previa; cuando el caos les estalló en la cara y varias partes del pecho a duras penas se sostenían, a riesgo de explotar por exceso de sensibilidad. Se encontró con el vikingo tras una ducha con el amante involuntario hecha de resacas, a base de reconciliación teatral con sexo, dependencia, sentimientos no entendidos, una mezcla de traición, algo de cobardía, y mucha amargura por ambas partes. Los tres eran amigos comunes aunque cada vez la amistad les distanciaba más.

Esto sucedía en la mañana siguiente a su vuelta, cuando Curt leía un periódico en la mesa del salón con las piernas cruzadas. Mal sentado y recostado en la pared, despreocupadamente varonil, con su característica forma de fumar manteniendo el cigarro manualmente liado entre el índice y el medio, la mano plana y el dorso cubriéndole la cara, los dedos curtidos de yemas ásperas y los ojos turbados por el humo, todo animal salvaje aunque apaciguado por el momento. Él observaba sobre el papel, aunque nadie se diera cuenta y le creyeran enfrascado en las noticias internacionales. Jamás se le escapaba nada.

-Te he echado de menos.

Dijo en voz alta de repente mientras extinguía la colilla en el cenicero, autoritario pero con deje tierno como sólo él podía emitir, obviamente preconcebido, y sin alzar la vista. Por el tono de su voz podría decirse que sonreía. Estaba contento…no; la palabra más fidedigna sería satisfecho. Dobló el periódico por la mitad y la miró con gesto algo condescendiente, siempre dominante. Y Marine cayó en su red sin salvavidas: a ella sus palabras la cogieron desprevenida, pues creía que no se había percatado de su presencia. Se sintió honrada y gratamente sorprendida.

Curt era astuto, se dio cuenta enseguida de lo que había sucedido durante ese tiempo de separación a nivel emocional, y también de lo que el último encuentro que ambos compartieron, repleto de una intimidad calculada de antemano, había mellado en ella. No en vano, ese era el propósito. De alguna manera, era un hombre que podía presumir de poseer un basto conocimiento de la mente femenina, y sabía manipular la de los dos sexos.

Con todo esto, el orgullo se le hizo más grande, abrasando su pecho. Le costaba encontrar una sensación que le enardeciera más que esa. No imaginaba que las cosas le salieran tan bien. Lo que percibió fue que ella había pensado en él más de la cuenta, y se cercioró de que, como siempre, el último en llegar era el que se establecía como único vencedor, quedando por encima del resto. Su camino se hacía a tramos varios y cortos, en cada conquista ponía una bandera, y el colofón en la cima sería de órdago y hondearía a millas vista. En poco la tendría comiendo de su mano, dentro de un tiempo también de sus pies, y sus deseos se convertirían en hechos.

Pero sus planes se desbarataron y algo le falló: Curt no esperaba un regalo. A Curt no le gustaban los regalos ni las sorpresas. El concepto sorpresa para Curt tenía su propia definición en un diccionario tergiversado y propio, hecho a base de recuerdos incrustados y ciertos traumas.

Regalo era un viejo sinónimo de “te debo algo”, o “quedamos en deuda, de manera implícita y elegante”, o “algún día saldaremos cuentas, y hasta que ese día llegue yo estaré por debajo; me has creado una obligación, impuesto un deber”. La sorpresa, para él, equivalía a una incertidumbre. Curt no asumía bien aquello que no podía controlar, y eso le inquietaba enormemente. Le suponía un peso insoportable.

En resumidas cuentas, para Curt un regalo y una sorpresa equivalían a obstaculizar el ritmo estable de su vida, a alterar su independencia, pero él jamás lo reconocería y aún menos lo exteriorizaría. Tratándose de un hombre con rasgos de carácter más propios de un jaguar solitario y rapaz, tal cosa resultaba un sinvivir.

Marine, sin decir nada y con mucha ilusión en su hazaña, colocó su obsequio sobre la mesa, frente a sus ojos, expectante como una niña en la mañana de Navidad. No sabía cómo envolver un plato de discos de vinilo, ya que se trataba casi una pieza de coleccionista y en la tienda de antigüedades obviamente no guardaron la caja conveniente para guardarlo, así que lo colocó en el centro sin más, con un lazo rojo sujetado con adhesivo y sin artificios de ningún tipo. Había viajado con el enorme artefacto a todos lados, envolviéndolo entre sus ropas más suaves para inmovilizarlo e impedir cualquier golpe brusco, aunque tal cosa le supusiera dejar algunos pares de zapatos en casa de su madre y algunas prendas (que más adelante echaría mucho de menos).

Ella llevaba ya semanas imaginando cuál sería su reacción, cayendo en un romanticismo algo ficticio, preparó de mil maneras cómo dárselo y se previó de alguna mueca delatora en la dureza perpetua del vikingo, fantaseando conque él por fin bajaría la guardia en algún momento íntimo sólo revivido otra vez por ambos; pero la realidad no fue benevolente con ella. Evidentemente Curt admiró el presente, y pasó sus dedos recorriendo cada centímetro, más que mirarlo lo investigó, lo indagó, pero su postura corporal mientras tanto no sufrió ni el más mínimo cambio. Ni su rictus, ni su gesto. Ni atisbo de agradecimiento, carente por completo de reacción. Continuó sentado con las piernas cruzadas y mal recostado en la pared, con una mano acariciando la barbilla, cuatro dedos en el mentón y el pulgar sobre los labios, una sonrisa insolente sin dientes, como para adentro. La verdad es que la crueldad de este asunto fue completamente unilateral: él era plenamente consciente, y ella sintió una punzada en medio del pecho al no entender qué estaba ocurriendo con exactitud. En un principio intentó entender sus impresiones y el fuego que ardía en su interior, y le pareció que se trataba de decepción, o de rabia, o de desengaño, pero luego sintió la equívoca sensación de haber fallado. De que eso no era suficiente, y que quizá había de haberse esforzado más. Se autoreprendió, y seguiría haciéndolo tiempo después, dañándose muchísimo.

Si entráramos en la mente de Curt, sentiríamos que el verdadero problema no tenía aspecto material. El conflicto era la incomodidad que le producía que alguien comenzara a conocerlo más allá de su apariencia proyectada al mundo y de que intentaran estrechar caminos con él, crear un vínculo afectivo al que solía resistirse. La chica le estaba haciendo un regalo, sin más. Para el resto del mundo era algo dulce, bonito, amistoso, quizá simple. Pero para él era algo que implicaba la irrebatible contraprestación, para colmo uno al que no se podía negar, atacando sus puntos más débiles. Así dedujo que ella -que en realidad se trataba de una observadora nata, y era más lista que el hambre pero, en su contra, estaba más prendada que nunca, con los obstáculos sensoriales que ello suponía- podría significar más de lo que le había insinuado esos meses, y que quizá la había infravalorado. Quería el regalo, pero no cómo había llegado hasta sus manos. Deseaba el objeto, detestaba dejar una arista al descubierto. Pero sabía perfectamente que en esos momentos debía controlar su temperamento, regular sus prontos de carácter, porque la necesitaba como aliada dentro de aquella casa. El escocés estaba en horas muy bajas, y se sentía tremendamente solo ante una tormenta de desdenes y reproches. Demasiados errores estaban pasando la factura, demasiados recuerdos iban saliendo a la luz. Curt conocía a la perfección cómo una mujer seducida y enamorada podría comportarse, y sabía de memoria el camino a trazar para conseguirlo. Aunque algo como lo que estaba viviendo en esos instantes hubiera interrumpido el devenir de sus planes.

Curt era un hombre de precisas y prácticas soluciones, así que con agilidad mental cambió de estrategia. Se medio incorporó en la silla y se sacó algo del bolsillo, a la vez que miraba a Marine de abajo arriba con determinación, muchísima seguridad, y Marine se sintió presa a su vez de esa seguridad apabullante y comenzó a parlotear sin ton ni son, de cosas banales y con poco significado. Él esperó que ese discurso sinsentido llegara a su fin pacientemente y sin demostrar ningún tipo de disconformidad o confusión, y cuando ella dejó de hablar con tanta ansiedad y pisando las palabras unas con otras, Curt abrió su cartera de piel marrón -que anteriormente se había sacado del bolsillo del pantalón- y retiró un buen fajo de billetes doblados por la mitad. Se mojó el índice con la lengua y, con dotes de experto, fue deslizando y contando el dinero con avidez.

Marine observaba sus dedos cuadrados y anchos, las perlas de sudor de su sien -porque hacía un calor de mil demonios, pero él continuaba vistiendo manga larga-, y cómo se le marcaba la mandíbula dibujando una atractiva arruga en su rostro, que a veces se desvanecía. Le pareció casi perfecto, tal y como había alimentado sus fantasías estos días en la distancia. Sin alzar la vista, Curt le preguntó tajante cuánto le había costado el plato de discos de vinilo, cuánto dinero le pedía a cambio.

Marine quedó paralizada y perpleja, también dolida. No contaba Curt conque todavía conservaba orgullo -un orgullo que se hacía más grande cuánto más enorme era la supremacía de quien la rivalizaba, o intentaba desafiarla-, entonces se hizo altiva por momentos y, cómo quitando importancia al asunto, le dijo con desgana y con una pizca de arrogancia (pero sin osar mirarle a la cara):

-Yo no quiero el dinero. Era un simple detalle, algo que me sobraba. Lo compré y de repente me dije: <¡Oh, Marine, esto no es más que un capricho superfluo!>. Yo escucho música en formatos más modernos y tecnológicos, y no tengo la paciencia ni el tiempo necesarios para utilizar un aparato tan obsoleto. Sofisticado pero obsoleto, no nos engañemos. Pensé que como coleccionas varios discos de vinilo y el aparato se rompió hace poco, tú le darías mejor uso que yo. Si quisiera hacerte algún regalo, quizá me hubiera decantado por algo más convencional o un recuerdo turístico, aunque no creo que tuviese la necesidad.

Curt buscó sus ojos, pero la mirada no se le devolvió. Ésa era una respuesta que no había contemplado, pero la vida ya le había demostrado varias veces que el envanecimiento se daba la mano con la lealtad, así que se mantuvo tranquilo y sonriente. El ámbar de sus iris destellaba, pero sería incorrecto afirmar que sentía compasión por la verdad que acababa de escuchar disfrazada. Sin quererlo, traicionado por esas expresiones faciales que propinan tantísima información sobre nosotros mismos porque son completamente irracionales, se le apareció un amago de sonrisa en la cara, más de terneza que de galantería, y su gesto, sobre todo en los ojos, se debatía entre la severidad y el instinto protector. Marine, de soslayo, también lo notó, a la vez que él pretendía diluirlo.

-Si es así, me lo quedo. Igualmente, por las molestias del traslado, acepta esta simbólica cantidad.

Dijo mientras la observaba, y la mitad de ese fajo de billetes ocupó su lugar en el centro de la mesa. Marine miraba su línea de la mandíbula con el rabillo del ojo. Él sabía el precio de estos cacharros, porque se había pasado meses navegando por el ciberespacio en busca de uno muy parecido al que tenía en cuerpo presente, sin hallarlo. El dinero que había en la mesa quizá doblaba la cantidad del más caro.

Sabía del esfuerzo que representaba, del tiempo sacrificado y lo que suponía económicamente para ella, y si alguna virtud podría enaltecer sin duda al escocés era su sentido de la justicia. Podría haber experimentado pena por Marine, o regodearse ante el comportamiento inquino que sabía estaba llevando a cabo, pero lo que sentía se acercaba más a la atracción. Puede que con atisbo de admiración. La docilidad era un rasgo demasiado común, el ego y la elegancia difíciles de encontrar -casi imposible-, pero ahí estaban. No era ningún secreto que a Curt le excitaba que le plantasen cara. Cogió el plato de discos de vinilo, ahora de su propiedad, y se marchó a su habitación, dejando un “bienvenida a casa” flotando en el aire, esperando connotaciones.

A Marine ese “bienvenida a casa” le compensó el rato eterno interpretando templanza e impasibilidad, mientras por dentro era un manojo de nervios. Cuando Curt cerró la puerta de su habitación, ella volvió a respirar a ritmo regular y entornó los ojos, humedecidos. Todo lo que durante semanas había imaginado y escenificado con la fantasía de un enamoramiento en ciernes, se había ido derrumbado a medida que lo que sucedía en la realidad era todo lo contrario a lo esperado, y conforme los gestos y las palabras de Curt tomaban otros derroteros radicalmente diferentes, ella se sentía desvanecer. Nada hay más doloroso que la rotura de esperanzas y el sentimiento de frustración. Pero fugazmente, y en lugar de intentar desgranar los acontecimientos de manera imparcial y con perspectiva, Marine compensó todo el menosprecio salvaje con una mera frase de bienvenida. Por alguna razón, en la última mirada compasiva de Curt, -la cual cazó de soslayo-, advirtió una entereza con brazos de experto dónde poder refugiarse. No hay más ciego que el que se coloca él mismo una venda ante los ojos y cada vez se la anuda más y más fuerte a la nuca, ensombreciendo toda rendija de claridad.

Sin embargo, Curt pretendía eso desde el inicio, ya hacía semanas. Tenía trazados diversos factores para finalmente llegar a ese producto. Era su mecanismo de actuación: conocía el tipo de carisma que poseía, había aprendido a utilizarlo en propio beneficio; éste se traducía en: “mi propósito es que me necesites, como quien necesita el agua”. Mostrarse inalcanzable, aunque por instantes cercano, era una de sus mejores bazas. Cuando alguien te necesita, cuando consigues ser el dueño de la cotidianidad del otro, puedes mover todos los hilos a tu antojo. No había nada en el mundo que le provocara más placer y le hiciera sentirse más vivo, y cuán más arduo el camino, mayor era su disfrute. Una vez lo conseguía, el placer se evadía y todo caía en la nada.

Extracto del diario de Marine, esa misma noche:

En un primer momento me sentí destrozada. No me sobra el dinero, ni la ropa que he dejado en el camino, ni el tiempo sacrificado, ni los lugares que no visité por pensar en su ilusión. En un primer momento me sentí menospreciada.

Pero luego pensé: “Marine, el problema es tuyo. Lo tratas como al resto del mundo, y él es diferente. Su presencia, sin hablar y aún antes de conocerlo, ya fue diferente. Él camina envuelto en un armazón de latón donde todo rebota, recluido en una burbuja irrompible y hermética, hiperprotectora, que domina sus pasos. Necesita quien le cuide, quien le ayude, aunque se resista a ello. Fue banal intentar hacerle semejante regalo, intentar tratarlo como a los demás. Es demasiado inteligente para eso. He quedado como una necia. Tomando ese camino, definitivamente, no conseguiré nada.

Tiene algo único, tiene algo especial. Curt es especial moviéndose, hablando, trabajando, viviendo, y a mí también me hace sentir así. Debe de existir alguna manera, la más enrevesada quizá, de ir llegando hasta él. Desearía tanto encontrar la fórmula; deseo tanto sentirme atrapada por él. Cuando le siento cerca, me invade la ansiedad y el deseo: son completamente irrefrenables. He vuelto a fumar para poder sobrellevar este cúmulo de sensaciones al tenerlo a tan pocos metros. Nuestro reencuentro me ha resultado encantador pero devastador.

Me gustan sus ojos color ámbar y recuerdo nítida en la memoria la arruga que se le marca en la mandíbula cuando sonríe o la tensa. Llevo tanto tiempo pensando en lo más elemental que se me olvidó rebuscar entre sus capas. Yo una vez le sentí al descubierto, y fue maravilloso. Fue el momento más especial de toda mi vida. Como si a su lado, equivocándome o no, fuera la única mujer viva en el planeta tierra.”

Comentarios

  1. Mabel

    24 septiembre, 2017

    Muy buena historia. Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía

  2. Esruza

    25 septiembre, 2017

    Qué placer leerte Estef, saludos y mi voto

  3. Pitus

    26 septiembre, 2017

    Vamos a ver… Escribes muy bien, colega, eso de antemano. Luego, alguna pregunta:

    ¿Por qué nombras al tipo como vikingo o escocés?
    ¿Este relato forma parte de una novela?
    ¿O es un asunto personal que te incomodaba y sacaste fuera?

    Puedes o no contestar.

    Ah, lo de «muy parecido al que tenía en cuerpo presente» suena muy, muy raro…

    • Estefania

      26 septiembre, 2017

      jaja,@joseps colega, gracias por el cumplido!
      sí, forma parte de una novela. Sí, vikingo escocés es el apodo por el que se conoce a ese colega de este capítulo. Antes colgaba y escribía con más asiduidad, pero por x motivos ahora tardo muuuucho, y el hilo lógicamente se ha perdido (yo espero volver a recuperarlo jeje)
      Asunto personal….aunque escriba ficción siempre hay asuntos personales hondeando la bandera.

      Sé que suena muy, muy raro….trabajando en ello jajaja
      Abrazo!!!

      • Pitus

        28 septiembre, 2017

        No hace falta que cuelgues. Simplemente, escribe, que lo haces muy bien.
        De acuerdo en la parte vivida de la ficción, pero por favor, no «hondees» banderas!!
        Saludos

  4. Vladodivac

    27 septiembre, 2017

    @estef314 Hola Esteff, ya sabes que me encanta como escribes, y este fragmento de tu novela me ratifica en ello, me gusta, un abrazo y mi voto.

  5. Emma Black

    2 octubre, 2017

    Espléndida narración, muy locuaz; diría detallista sin ser latoso. He estado leyendo los fragmentos de tu novela y me han parecido muy apacibles, con una grata familiaridad en sus escenas que hace la lectura más humana; sin mucha censura pero tampoco vulgar.

    Quizás se le puede mejorar —si me permite el señalamiento— algunos aspectos formales, tales como el uso del guión largo (—) para los diálogos y acotaciones, así como también el uso de las comillas españolas («») para la citas o frases con ambigua connotación. Cosillas que harán la lectura más agradable y su escritura más profesional, como podrá ver.

    Ahora, también aprovecharé esta oportunidad para agradecer su interés por mis escritos, eso siempre alegra el ánima de cualquier escritor novato.

    Saludos.

  6. GermánLage

    5 octubre, 2017

    ¿Del 24 de Septiembre es ya ésto, y yo sin enterarme? Evidentemente mis sensores han fallado. No importa. Nunca es tarde para leerte y dusfrutar de tu maravillosa prosa; y de las peripecias de tus «muchachos». Como siempre, magnífico.
    Un fuerte abrazo.

  7. Bren

    8 noviembre, 2017

    Muy buena historia, tienes mi voto, Saludos!

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