La Isla (Capítulos 10 y 11 de 14)

Escrito por
| 50 | 2 Comentarios

Capítulo 10  

Me desperté en cuanto la luz del sol cayó sobre mi rostro, y me incorporé, asustado. Miré alrededor en busca de alguna amenaza, pero no había nada ni nadie cerca de nuestro grupo.

Sonreí, tranquilo. Al menos el día había comenzado bien.

Toda la tranquilidad se fue en cuanto vi que no había nadie más despierto. Se suponía que alguien estaría vigilando. Si hubiera venido una de las personas de la cabaña mientras todos dormíamos…

Miré al grupo. Y entonces me asusté de verdad. Desperté a todos rápidamente, y todos me miraron, asustados, preguntándome qué pasaba.

— Mateo y Luca. No están.

Todos se miraron entre sí, y vieron lo mismo que yo: Éramos siete personas, y faltaban los dos más pequeños. Laura se puso a llorar.

— Yo estaba de guardia—dijo, mirando al suelo. —me dijo Juan que despertara a Leti en cuanto me agarre sueño… Y me quedé dormida. No me di cuenta. Perdón.

Su mirada no se despegó del piso. No quiso mirarnos. Pero nadie se sentía en condiciones de enojarse con ella. Todos estuvimos cansados esa noche.

— No pasa nada, Lau…—Leticia la abrazó. —Seguro los chicos están por acá cerca. Vamos a buscarlos.

— Si, vamos. —dijo Pedro. — ¿Hacia dónde pudieron haber…—se calló de repente. Estaba mirando hacia las montañas. Su semblante se ensombreció.

— ¿Qué pasa? —le pregunté, tratando de ver hacia donde estaba mirando él. Y entonces, lo vi.

Bajando por la colina, a varios metros de donde estábamos, había un cuerpo. Y más abajo, otro más. Los reconocí al instante. Eran ellos.

— Ay, no…

— Mierda…

— ¡Vamos!

Todos hablamos a la vez, y salimos corriendo hacia donde estaban los cuerpos. Yo llegué primero, y lo que vi me dio náuseas. Me di vuelta en ese instante, buscando a Sofía, que venía corriendo delante de las gemelas. La frené justo a tiempo.

— No lo veas. No hace falta. —la abracé, poniendo su cara en mi pecho, para que no viese nada.

Menos mal que llegué a tiempo. Jamás voy a ser capaz de olvidar el aspecto de los cadáveres de Mateo y Luca, y agradezco que Sofía nunca haya llegado a verlos. El primer cuerpo era el de Luca, y más allá se veía el de su hermano. Los reconocimos por la ropa, ya que no quedaba mucho más que ver. Solo algunos huesos y algo de tejido; el resto había sido arrancado, como si una manada de animales salvajes se hubiese dado un banquete con sus cuerpos. Laura, Leticia y Juan vomitaron sobre la hierba al verlos. Martín y Pedro se mantuvieron enteros, pero estaban claramente afectados. Al igual que yo.

— ¿Están… Muertos? —preguntó. Su boca, apretada contra mi pecho, emitió una voz ahogada, tranquila.

— Sí. Los dos. —no sabía qué más decir. Sentí que nada sería suficiente.

Sofía comenzó a sollozar. Laura le siguió. Llamé a Leticia, y le pedí que se quede con Sofía. No dije nada, pero le indiqué con señas que bajo ningún punto de vista le permita a la chica ver los cadáveres. Luego, me dirigí hacia Laura.

— Escuchame… No es tu culpa. No sabemos qué pasó, pero nadie te va a culpar por haberte quedado dormida. Los chicos se alejaron solos del grupo…

— ¿Cómo sabés eso? —me preguntó, enojada. Supongo que el enojo no era hacia mí, sino hacia ella.

— Anoche hablé con Martín… Él cree que no nos atacarán a menos que estemos solos. Tiene sentido. Quiero decir… No estamos tan lejos de donde estuvimos durmiendo. Y no nos pasó nada. Ellos corrieron esta suerte… Porque se alejaron. Y es una gran mierda, y nos afecta a todos, pero no es tu culpa. No podés vivir culpándote por eso.

Intenté calmarla con esas palabras, pero en el fondo sabía que ella de todos modos iba a culparse a sí misma. Lo que dijo a continuación heló la sangre que corría por mis venas. Porque tenía razón:

— Si puedo. Y de todas formas, tal como están las cosas, no va a ser mucho tiempo. Tenemos las horas contadas.

Suspiré, y me alejé. No podía ayudarla. No podía ayudar a nadie. El grupo había confiado en el sentido de orientación de Pedro, y en mis planes, y ahora ya habían muerto cuatro personas. Cinco, contando al muchacho rubio del cual no sabíamos ni el nombre. ¿Cuántos más iban a morir?

Me puse en cuclillas, junto a lo que quedaba de Luca. Algunas lágrimas se me comenzaron a escapar. Martín se agachó a mi lado.

— ¿Por qué? —le dije. ¿Por qué tanta injusticia? ¿Por qué nos pasaba esto a nosotros?

— No lo sé… Nadie lo sabe. Pero tenemos que seguir.

Lo miré con cara de “me estás cargando”. Él captó mi expresión con facilidad.

— No podemos hacer nada por Luca. Ni por Mateo. Pero todavía podemos sobrevivir nosotros. Todavía podemos salvar al resto. Y salvarnos nosotros.

— Si… Tenés razón. Mierda, me da bronca no poder ni enterrarlos. No tenemos herramientas para eso. Es como lo que pasó con el chico rubio. No quería que vuelva a pasar.

Martín me miró, en silencio. A ambos se nos cruzó por la cabeza el mismo pensamiento: Que probablemente ésta no era la última vez que pasaríamos por una situación así.

 

 

 

Capítulo 11

De modo que, tras tranquilizar a Sofía y a Laura, y tapar los cuerpos de los chicos con las camperas de Pedro y Leticia (que de todos modos ya ninguno llevaba puesta, debido al calor),  junto a Martín le contamos al resto del grupo el plan que habíamos ideado la noche anterior. Nadie se quejó, ni se puso a favor. Nadie emitió opinión alguna. Estábamos todos desanimados. Pero nos dirigimos hacia el noroeste. Era nuestra última oportunidad de escapar de esa maldita isla.

Actuábamos casi de manera automática, conscientes de que habíamos sido testigos de sucesos horribles, pero intentando seguir adelante. No es que no pensásemos en ello, no es que no nos entristeciera eso, pero simplemente queríamos alejarnos de ese lugar. No me arrepiento de nada de lo que hice, pero admito que me sentí una mierda al dejar los cuerpos de esos pobres chicos a la intemperie.

A la hora de caminata llegamos al comienzo de otro bosque. Paramos para comer algunas frutas de las que nos habíamos llevado, y nos adentramos en él. Caminamos bajo la guía de Pedro durante unos minutos, hasta que nos indicó que nos detuviésemos.

— Escuchen. —nos susurró.

Una vez que todos nos detuvimos, escuchamos unas pisadas, provenientes de alguien a nuestra izquierda. Los árboles nos bloqueaban la visión, pero no el oído.

Pedro hizo señas para que sigamos avanzando, con cautela, tratando de no hacer ruido. Lo bueno era que nadie había estado hablando, y por supuesto nadie iba a hablar en ese momento, así que era probable que sea quien sea el dueño de esas pisadas, probablemente no nos había oído.

Caminamos uso minutos más. Nos detuvimos a la señal de Pedro, y no escuchamos nada. Volvimos a respirar tranquilos, aunque seguimos en silencio, por las dudas.

El bosque parecía no tener fin. Sorteábamos árbol tras árbol, y seguían apareciendo. Los desniveles del suelo nos hacían más dificultoso el camino, y el miedo creciente de que alguien nos encontrase sólo empeoraba las cosas.

Yo estaba detrás de todos. Observé que a Sofía cada vez le costaba más seguir el ritmo del grupo, de modo que me adelanté para avisarle a Pedro que convenía descansar, al menos por un momento, mientras recuperábamos las fuerzas. Fue entonces cuando vislumbré, por el rabillo del ojo, una figura que se movió a mi izquierda. Si no lo hubiera visto justo a tiempo, todos habríamos muerto en ese instante.

— ¡Corran! —les grité a mis compañeros.

Ellos se dieron vuelta, y vieron también las siluetas entre los árboles. Comenzaron a correr. Yo me lancé tras ellos, pensando en cómo carajo habían hecho esas personas para acercarse hasta nosotros sin hacer ningún ruido.

A pesar de ser más rápido que las chicas, me quedé detrás de ella, para que ninguna se quede atrás. Sofía sacó fuerzas para alcanzar a Pedro, Juan y Martín, producto de la adrenalina, supongo. Las gemelas eran lentas de por sí, y pronto se comenzó a extender la distancia entre nosotros tres y el resto del grupo.

Giré la cabeza para ver a nuestros perseguidores. Lo que vi todavía hoy en día me impide dormir por las noches.

Parecían humanos, pero no lo eran. Eran, sin duda alguna, los dueños de las siluetas que habían ingresado a la cabaña la noche anterior, y probablemente los que habían matado a Luca y a Mateo; Eran demasiado altos, y sus brazos y piernas eran muy largos, demasiado desproporcionados con el resto del cuerpo. Y estaban vestidos, con ropas normales. No nos perseguían corriendo, sino que parecían estar caminando, y sin embargo no se quedaban atrás. Eran veloces. Pero lo que más me asustó fue los rostros de esos seres. Me di vuelta varias veces, mientras corría, para asegurarme de que lo que veía era real. Tenían rostros humanos. Carentes de expresión, ni siquiera jadeaban o mostraban cansancio, pero eran, indudablemente, humanos.

Ésa fue la peor parte. Si hubiesen sido bestias, o incluso alguna mutación, hubiese sido menos chocante. Pero el hecho de ver sus rostros carentes de expresión me hizo darme cuenta de que eran, sin duda alguna, humanos. O, al menos, algo parecido a eso. Y entonces pensé… ¿Por qué eran tan altos y veloces? ¿Y por qué no emitían ruido alguno?

Miré hacia el frente y sacudí la cabeza para despejarla. No había tiempo para ponerse a pensar.

Alenté a las gemelas para que corriesen más rápido, y por un momento lo hicieron. Ajusté mi paso al de ellas y volteé la cabeza una vez más. De las tres… Personas… Que nos seguían en un principio, sólo nos seguía una. Y se estaba quedando atrás.

Corrimos durante varios minutos. Sentía que el corazón me iba a estallar, producto tanto de los nervios como del esfuerzo físico. Las piernas comenzaban a dolerme, y sabía que si llegaba a darme un calambre, ése sería el fin. Ya no veíamos a los chicos. Por lo menos ellos se habían salvado.

Más adelante, vislumbramos la costa; Era el final del bosque. Apretamos el paso, y dejamos detrás la tierra para pisar la arena.

Pedro, Juan, Martín y Sofía estaban en la arena, cerca del mar. Esperándonos.

— ¿Siguen ahí? —preguntó Sofía, entre jadeos, refiriéndose a nuestros perseguidores.

— Solo uno. —jadeé yo. —Martín, pásame el puñal.

— ¿Qué…?— me miró sin entenderme.

— ¡El puñal! Lo tenés en el pantalón. ¡Dámelo!

Martín reaccionó y me lo dio. Era nuestra última oportunidad. Si no lograba defendernos de la cosa que nos estaba siguiendo, no teníamos esperanza.

— No escucho nada —dijo Leticia— ¿Se habrá ido?

— Sh… ¡Ahí está! —gritó Laura.

Y salió de entre los pinos. Por suerte, era uno solo. Sofía y Lauro gritaron al unísono. El resto de los chicos también se asustó. Agradecí haberlo visto antes. De otro modo, quizá me hubiese quedado congelado, tal como le pasó al resto del grupo, y todos habríamos muerto.

Sacando valor de no sé dónde, me impulsé hacia adelante, con el brazo izquierdo adelante, con el puño cerrado, y empuñando en mi mano derecha el puñal. Cuando chocamos, golpeé el rostro de esa cosa con mi brazo izquierdo, y él tomó mi brazo y lo giró hacia un costado. Tenía una fuerza increíble. Estando cara a cara, me sonrió, y pude ver que todos sus dientes estaban afilados, como si fueran varias cuchillas puestas una sobre otra. Con su brazo izquierdo, me tomó por la espalda, y apretó. Yo pegué un alarido, producto del dolor que sentí cuando mis huesos crujieron, pero pude reaccionar y deslicé mi brazo derecho de atrás hacia adelante, dirigiendo el puñal hacia sus ojos. De no haber acertado, habría muerto en esa lucha.

Pero acerté. La persona, o la bestia, o lo que fuese, emitió un alarido similar al que habíamos oído en el bosque antes de ir hacia la cabaña, y yo, que no había soltado el mango del puñal, me apresuré a quitarlo. Empujé con fuerza, pero no era tan fácil. Finalmente, pude, y tan rápido como lo saqué, se lo clavé en el otro ojo. Entonces me alejé, con pasos tambaleantes, y me caí rendido en el suelo. La espalda me dolía considerablemente, aunque no tenía ningún hueso roto.

Aquella cosa comenzó a revolcarse en el suelo, intentando quitarse el puñal. En cuanto lo hizo, se incorporó, y se acercó dando tumbos hacia nosotros. El grupo se dispersó, pero de todos modos

no hacía falta; apenas unos pasos después, la criatura con rostro humano estaba desplomada en el suelo, muerta.

Cuando al fin todo terminó, y pasó el momento de adrenalina, vomité sobre el suelo todo lo que había comido ese día. Miré hacia el grupo, y vi que no había sido el único.

Comentarios

  1. GermánLage

    3 noviembre, 2017

    Magnífico, Juli. Es tal la tensión que no deja a uno ni respirar. A la espera de los tres capítulos que faltan.
    Un fuerte abrazo.

  2. Mabel

    4 noviembre, 2017

    ¡Excelente historia! Un abrazo Julián y mi voto desde Andalucía

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas