Capítulo V de Las garras del tiempo

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Acabo de despertarme con la sensación de haber dormido durante varios días completos, con sus veinticuatro horas cada uno, y el convencimiento de que este lugar no sólo me ha desubicado en el espacio sino también en el tiempo. No sabría emplazarlo en el mapa ni aunque me fuera la vida en ello. Sólo sé que se encuentra a una distancia considerable de aquella que fue mi casa durante toda mi vida. También sé que todo aquí es extraño. Es extraña la opresiva calma que reina dentro de esta casa y también fuera de ella. No se escuchan sirenas de ambulancias, tampoco de la policía, apenas hay tráfico en la calle que pasa frente a las ventanas y también escasean los viandantes. Es como si fuera este un pueblo fantasma, en comparación con el amplio surtido de ruidos a los que la ciudad me tenía acostumbrada. Este pueblo es una vieja cansada, amiga de acostarse temprano y enemiga del jolgorio.

También es extraño el lenguaje que habla esta gente, un enrevesado galimatías que, afortunadamente, incluye las suficientes palabras del castellano para resultar medianamente comprensible.

Normalmente, también tengo problemas para saber en qué hora del día me encuentro, y es frecuente que me sorprenda la llegada del almuerzo cuando yo creía que lo que tocaba era el desayuno.

Ando más desorientada que una brújula en una lavadora, por decirlo de alguna manera.

Ahora mismo, recién despertada, noto mi cuerpo muy descansado, cierto; pero también es verdad que siento la cabeza completamente embotada, saturada de pensamientos embarullados, de recuerdos borrosos y de sensaciones esquivas.

Las cortinas están apartadas, el sol ha conseguido esquivar los muchos nubarrones que pueblan el cielo y ahora mismo está entrando por la ventana a raudales. Por su posición, tan alta en el cielo, creo que hoy también me he saltado el desayuno. Lo raro es que nadie me haya despertado, más aún teniendo en cuenta que hay una mujer aquí en la habitación, desmantelando la cama de mi compañera.

¿Tocará hoy el cambio de sábanas? De ser así, me obligará a levantarme para mudar también la mía, y se está tan a gusto aquí, calentita. ¿Será hoy domingo, entonces? La bruja cambiaba las sábanas todos los domingos. ¿Qué tendrá eso que ver? Nada, pensamientos míos. Los recuerdos son tramposos y hacen que uno acabe mezclando las diferentes situaciones y confundiendo unos lugares con otros.

Esta mujer ha retirado las sábanas y las ha metido dentro de un cesto grande de mimbre que tiene a los pies de la cama. Ahora está desenfundando también el colchón. Quiero preguntarle si va a hacer lo mismo con mi cama, si es preciso que me levante para permitirle hacer, pero las palabras no me salen porque tengo la lengua tan pastosa como la de un borracho. Creo que esta vez se les ha ido la mano con el tranquilizante. Aún así, debo enterarme de qué va todo esto, si es necesario que me levantante ya o si puedo quedarme en la cama un poco más.

— ¿Dónde está mi compañera, la que… ? ¿Ha ido ya a…? — rompo a hablar, pero lo hago como una máquina averiada, tonta, capaz de empezar las frases pero no de terminarlas.

A esta mujer no la había visto yo antes. Es muy joven, menos de veinte años calculo yo. Ha escuchado mis preguntas perfectamente y, sin embargo, no le ha dado la gana de responderme. O puede que sea sorda. Todo es posible.

Repito la pregunta, por si acaso, pero ella no reacciona. Sigue a lo suyo, ajena a mi presencia en esta habitación y, por descontado, a mis preguntas.

Decido toser varias veces, fuerte y escandalosamente, pero el resultado sigue siendo el mismo y ella, sin prestarme atención alguna, se dispone a pasar la aspiradora sobre el colchón desnudo. Trabaja con mucha determinación e imprime energía a cada uno de sus movimientos con la aspiradora. Ahora si que ya no me molesto en intentar entablar conversación porque el ruido aquí es atronador. Me tapo los oídos, me acurruco bajo las sábanas y espero. Ya alguien me dirá algo si es que quieren que salga de aquí para retirar la ropa de mi cama.

Tan pronto enmudece ese aparato del demonio, saco la cabeza de debajo de las sábanas, momento en el que la joven se marcha pasillo adelante, arrastrando la aspiradora y dejándome aquí sola, con la incertidumbre rondando.

Acto seguido entra otra mujer, también de bata blanca, otra que yo tampoco he visto nunca y que es tan joven y tan guapa como la anterior, pero pelirroja. Creo que esta también es mucho más amable, a juzgar por la expresión sonriente de su cara cuando entra y me ve aquí acostada.

— ¡Vamos Marina, que son casi las doce!

¡¿Las doce?! Me he saltado el desayuno, es cierto, pero tampoco es tan tarde. Recuerdo que solía levantarme a las doce cuanto estaba en mi casa y que eso era algo que a la bruja la traía de cabeza. “¡Vaya ‘vidorra’ que se pegan algunas!, así cualquiera…” solía ser su recurrente comentario.

Me incorporo lentamente. La otra cama está despojada de su vestimenta habitual pero nadie hace amago de hacer lo propio con la mía. Esta chica está ahora mismo revolviendo en el armario y no muestra la menor intención de apartarme para cambiar las sábanas de mi cama.

Sin consideración alguna hacia las prendas que tan bien colocadas estaban dentro del armario, las va sacando y luego las mete en bolsas grandes de basura, sin reparar en que puedan arrugarse o no. Creo que ninguna de esas prendas me pertenece, pues no me suenan de nada, aunque no puedo estar segura al cien por cien.

Entonces, a la mente, como una ráfaga, me llega la idea de aquí está ocurriendo algo extraño. Y más aún cuando veo la “mañanita” que anoche vestía mi compañera, ahí en el suelo, tirada de cualquier manera, sin que nadie repare en ella. Imagino que se les habrá quedado ahí, completamente olvidada.

— ¿Dónde está mi compañera de habitación, la que dormía en esa cama? — pregunto, señalando hacia el colchón desnudo.

La cuidadora —o lo que sea, cualquiera que sea el puesto que aquí ocupa— mira el reloj como si tuviera prisa y después se encoge de hombros como si no supiera de qué le estoy hablando. A todas luces se ha puesto nerviosa y no sabe qué responderme.

— Ahora mismo no recuerdo su nombre, pero sé que ella dormía ahí. ¿Dónde está?, ¿está en el jardín? ¿por qué estáis desmontado su cama? ¿por qué os lleváis esa ropa del armario? ¿por qué la metéis en bolsas de basura?

— No lo sé a ciencia cierta, pero creo que ha venido su familia a buscarla. Algo he escuchado por ahí al respecto. A mí sólo me dijeron que dejase la cama preparada para cuando la ocupe otra persona. Y el armario también, por supuesto.

Lo verdaderamente raro es que esta chica ejecute tantos aspavientos con las manos para darme tan simple respuesta. No sé por qué, pero tengo la sensación de que intenta disolver la mentira en el aire. Pero también creo que preguntándole otra vez no llegaré a ninguna parte y que será mejor que intente indagar en otro lado, pescar en otros caladeros más productivos. Quizá Gabriel quiera ayudarme pero, para eso, tendré que vestirme y salir en su busca. Y me siento tan débil, tan descoyuntada como si todos los huesos de mi cuerpo se hubieran disuelto para abandonarme a la suerte de una muñeca de trapo.

Pido asistencia a esta chica pelirroja y ella, de no muy buena gana porque se ve que le han encargado otros cometidos y además le han concedido el tiempo imprescindible para llevarlos a cabo, me ayuda a vestir este horrible chándal que ya me puse ayer. Ahí, en el armario, supongo que habrá más ropa que me pertenezca pero, de momento, no me he molestado en comprobarlo. Desde que llegué aquí, los acontecimientos han ido encadenándose unos a otros de tal forma que acapararon toda mi atención y mi atuendo se ha convertido en un problema secundario.

— Dado que ya pasa un poco de las doce y que a la una en punto servimos el almuerzo, será mejor que no tomes nada ahora porque podría quitarte el apetito. — me recomienda la pelirroja, agachando la cabeza, frunciendo el entrecejo y mirándome como si fuera una tortuga gigante.

Le doy la razón, como a los locos. No me interesa adentrarme ahora en discusiones irrelevantes, pues no es precisamente el hambre lo que me inquieta en este momento.

— Podrías ir al comedor y esperar allí hasta que sirvan la comida — me sugiere ella.

Vuelvo a asentir, pero no me pongo en marcha sino que me quedo sentada al borde de la cama. Mi intención es esperar hasta que ella se marche y, después, ir en busca de Gabriel.

Podría salir ahora al pasillo e ir a buscarle, pues esta chica no tiene por qué saber si yo me dirijo al comedor o a otro lugar, pero prefiero esperar un poco más para ver qué hace con la cama, si la deja como está o si la prepara para la siguiente ocupante. Temo que, si me marcho ahora, me traigan una nueva compañera y, si no estoy yo para proteger mi terreno, quizá esa nueva desplace mis ropas en el armario, toque alguna de mis cosas o incluso ocupe mi cama dejándome a mi la que está vacía. Debo permanecer aquí hasta ver qué pasa.

Yo se que a ella no le hace ninguna gracia que yo me quede aquí. No me ha dicho nada pero siento su mirada incómoda clavarse en mi espalda. Seguramente, ella trabajaría más a gusto estando sola. Y yo también estaría mucho mejor si ella se marchara cuanto antes.

Unos diez minutos más tarde, justo cuando esta chica abandona mi habitación cargada con varias bolsas a punto de reventar, aparece Gabriel bajo el umbral de la puerta.

— Buenos días, Marina.

— No sabría decirte si son buenos o no.

A pesar de mi respuesta, se me ilumina el alma al ver que trae la sonrisa puesta. Pero hoy se trata de una sonrisa escarchada; no es la de ayer, tan franca y tan alegre como era. Percibo una sombra borrosa entorno a él e intuyo que hay algo que no va del todo bien, pero ahora mismo ignoro de qué puede tratarse.

También es verdad que hace muy poco tiempo que le conozco, aunque yo tenga la rara sensación de que nos conocemos de toda la vida, y con tan poco rodaje sería imposible adivinar por dónde se mueven sus pensamientos e inquietudes; salvo que yo hubiera desarrollado capacidades proféticas, que no es el caso.

Aún así, en apenas tres o cuatro segundos, logro construir múltiples conjeturas. Quizá él haya visto a mi compañera esta mañana. Puede que incluso haya podido despedirse de ella y hablar con los familiares que han venido a buscarla. Seguramente es la pena la causante de que él esté así, tan mohíno. Probablemente, entre él y Pilar había algo más que amistad y ya la está echando de menos…

Inmediatamente después, una bocanada de recuerdos se adueña de mi mente de forma inesperada y, sobre las conjeturas anteriores, prevalecen las palabras de mi compañera: si algo me llegara a suceder…

Si algo me llegara a suceder…

Confío en que ella tampoco haya desarrollado capacidades proféticas y que ahora mismo se encuentre sentada en algún banco del jardín mientras las trabajadoras se dedican a asear su cama concienzudamente. De vez en cuando hay que hacer este tipo de limpiezas, creo yo. Lo de que han venido los familiares a buscarla…, eso no creo yo que sea cierto. Nunca nadie viene a buscar a los que terminamos en este tipo de lugares. Es posible, por supuesto, que sus familiares hayan decidido llevarla de vuelta a casa. Pero no es probable.

— ¿La viste a ella, a la que duerme aquí? — le pregunto a Gabriel, señalando la cama desnuda.

— ¿A Pilar?

Asiento.

— No, hoy no — responde él, aturdido.

— Tienes que ayudarme a encontrarla. Le pregunté a esa chica pelirroja que estaba ahora mismo aquí conmigo y ella me dijo que había venido su familia para llevarla de vuelta a casa, pero yo creo que no es así porque la chica se puso muy nerviosa y casi no acertaba a responder mis preguntas..

— Pues no le des más vueltas al asunto. Habrán venido a buscarla y ya está.

Gabriel procura zanjar la cuestión cuanto antes y acto seguido propone un paseo por el jardín.

— ¡No estoy para paseos! Lo único que quiero ahora mismo es saber dónde está mi compañera de habitación.

Salgo al pasillo. Gabriel me sigue. Un hombre que viste bata azul, no blanca, y cuya cara me suena de algo viene caminando hacia nosotros. Decido que, tan pronto se encuentre a nuestro lado, le abordaré en busca de información.

Ya está aquí, a dos pasos.

— Perdone… — el hombre se inquieta, parece que venía pensando en sus asuntos y mi repentina acometida le ha descolocado —, es que no encuentro a mi compañera de habitación. No sé dónde está. Han desmontado su cama y me han dicho que se ha ido con su familia, pero yo no lo creo porque ayer mismo ella me dijo que no tiene familia.

Miento un poquito. Ella no me dijo nada acerca de su familia, ni que la tuviera ni que careciera de ella, al menos que yo recuerde ahora mismo, pero todo sea por aclarar este entuerto.

El hombre — doctor Tudela, leo en un pequeño letrero cosido a su bata — echa un rápido vistazo al número que hay sobre el alféizar de nuestra puerta, luego despliega cuidadosamente una carpeta que lleva en la mano, desliza lentamente el dedo índice, de arriba hacia abajo en una larga lista de yo no sé qué y, finalmente, habla con palabras firmes:

— Le han informado bien, Marina. Su compañera Pilar García Rodríguez ha regresado con su familia a primera hora de esta mañana.

Una vez dicho esto, sigue su camino sin tan siquiera mirarme a los ojos ni, por supuesto, despedirse debidamente o, al menos, desearnos que tengamos un buen día.

Entro de nuevo en la habitación y Gabriel me sigue con una cautela que no consigo entender. Es como si temiera que, de un momento a otro, yo me fuera a tropezar con algo invisible pero él no pudiera evitar ese traspié y, simplemente, quisiera estar ahí para presenciarlo en primera fila.

No entiendo nada. Absolutamente nada.

Ahí está el colchón, desnudo, estrecho, modesto, exhibiendo un blanco destacado en las orillas pero también evidenciando el resobado color parduzco del centro, producto de una mezcla de fluidos corporales que esbozan la forma del cuerpo que habitualmente albergaba; un cuerpo muy menudo que dejaba mucho espacio vacante. Ausencia y tragedia son los sentimientos que me sobrevienen mientras miro fijamente el lugar vacío. Y pena, muchísima pena, sin conseguir atisbar aún el motivo de esta desazón que me invade como un virus a una célula, sigiloso e implacable.

Este colchón desnudo representa mucho mejor que cualquier otra cosa la fugacidad de la vida y lo poco que aquí dejamos tras nuestra marcha: huellas, tan sólo huellas que el paso del tiempo y los productos de limpieza se encargarán de borrar inevitablemente.

— Deberíamos tratar de averiguar qué es lo que realmente le ha ocurrido a mi compañera de habitación. No me creo para nada esa historia de familiares que han venido a buscarla — le comento a Gabriel.

Él asiente.

— Pero ahora deberíamos irnos de aquí —me sugiere a continuación.

— ¿Por qué deberíamos irnos de aquí?

La idea de posible peligro vuelve a asaltarme y por más que intente refugiarme en la calma y el orden que impera en este lugar, no consigo sosegarme. Estamos envueltos por un silencio ensordecedor y una quietud alarmante, semejante a aquella que precede a un tsunami, cuando todo queda en calma en el cielo y en la tierra porque los animales han huido olfateando el peligro y, sin embargo, los seres humanos, los más inteligentes de la creación, no somos capaces ni siquiera de intuirlo.

— Para estar a solas, por poner un ejemplo.

Y sonríe con picardía. Cuando sonríe así se la forman dos hoyuelos justo al lado de las comisuras de la boca y yo me derrito como un helado al sol.

Salimos al pasillo y compruebo que está más transitado que nunca a estas horas de la mañana. “Batas blancas” que maniobran para moverse a toda prisa entre los que van y vienen, vienen y van, aparentemente sin saber muy bien a dónde, lenta y torpemente, en su mayoría ataviados con pijamas y chándales que acaparan toda la gama de colores oscuros.

Escucho el sonido de los carros de las limpiadoras, de las conversaciones a media voz, las risas y los saludos, y no logro entender cómo es posible que hace tan sólo unos segundos, dentro de la habitación, yo no era capaz de escuchar ninguno de los ruidos que hace esta gente en su incesante deambular por el pasillo y, además, percibía un silencio tan atronador que tenía la sensación de encontrarme en medio de la nada, rodeada de vacío.

— Es mejor esperar hasta la noche para tratar de averiguar a dónde ha ido Pilar. — sugiere Gabriel cuando estamos ya en el jardín, después de la comida de mediodía.

— ¿Por qué esperar hasta la noche? ¿Qué podremos encontrar de noche que no encontremos de día?

Desde que le vi esta mañana, tengo la extraña sensación de que me está ocultando algo. Esas frases a medio terminar, esa mirada esquiva, esa cabeza gacha…, me tienen más mosqueada que un pavo en Navidad.

— Debes confiar en mi, ¿vale?

— Debes darme al menos un par de razones para que lo haga.

Él eleva la mirada al cielo, como buscando inspiración.

— La primera de ellas es que soy el único en quien puedes confiar.

No me aclara mucho, así que decido seguir preguntando.

— ¿Y por qué debería confiar solamente en ti? Aquí hay mucha más gente, quizá cualquiera de ellos sea más de fiar que tú.

— Ciertamente, Marina, todo puede ser, la vida está llena de oportunidades y de difíciles decisiones pero, de hecho, creo que soy el único que conoce tu inquietud, la que tienes ahora mismo porque falta tu compañera. Algo debe haber para que hayas decidido confiar en mi antes que en cualquier otra persona.

— Eres el único con quien hablo, de momento.

— Soy el único que te ha hablado, de momento. Por eso soy también el único con quien tú hablas.

— ¿Y la segunda razón? — pregunto, intrigada.

Me mira directamente a los ojos, sonríe con la mirada, sus ojos brillan como cuentas de cristal y yo deseo que se me trague la tierra antes de que se me ocurra decir cualquier tontería que reviente la magia de este momento como quien revienta una pompa de jabón.

— La segunda razón te la diré esta noche.

Muestro mi acuerdo con un simple cabezazo. No tengo otra alternativa aunque la intriga me corroe por dentro lo mismo que si hubiera echado un trago de sosa cáustica.

Continuamos caminando hacia el último banco, el que hay justo antes de la tapia que acota el jardín.

En un momento dado, ya muy cerca de nuestro destino, él ciñe mi cintura con su brazo y, suavemente, me atrae hacia sí.

El gesto me coge por sorpresa. Cabe decir que no esperaba que las cosas avanzasen tan rápidamente. Yo contaba con que llegaríamos hasta el banco y, una vez allí, nos sentaríamos muy juntos, pierna con pierna, como ayer. Por eso ahora me estoy preguntando qué será lo siguiente mientras, calculadamente, me voy dejando llevar. No opondré resistencia alguna al achuchón pero tampoco me lanzaré a sus brazos como si fuera una desheredada del amor.

En realidad, me apetecería pasar también mi brazo por su cintura, pero no me atrevo. Quizá estamos yendo demasiado lejos y demasiado deprisa. Tal vez retirarme a tiempo sería lo más apropiado, piensa esa parte subversiva de mi cerebro, esa que iza la bandera del decoro en su balcón.

Pero a menudo la prohibición es la mejor propaganda, y una vez más impera el reino de los sentidos, que gana la batalla en colaboración con ese agradable calor que emana de su cuerpo y que traspasa varias capas de ropa para llegar intacto hasta mi y reconfortarme como nada lo había hecho en los últimos tiempos.

Alcanzamos el banco y nos sentamos, procurando no perder ni un ápice del contacto corporal que traíamos. Él sube el brazo para posarlo sobre mi hombro y, con la mano, masajea suavemente mi espalda. En este punto temo que él continúe avanzando porque creo que no es ni el momento ni el lugar apropiado. Es pleno día y, aunque ahora mismo yo no pueda verlos porque sólo tengo ojos para lo que está ocurriendo en este banco y tengo la vista y la mente tan nublada que no distingo un burro a un metro de distancia, bien sé yo que hay muchos ojos clavados en nosotros. Ojos que nos observan desde las ventanas, desde las puertas, desde este mismo jardín, puede que incluso desde la calle que hay aquí delante. Ojos que pertenecen al personal que aquí trabaja, pero también a compañeros de reclusión, a las ex de Gabriel, a gente ajena a todo esto… Ojos que a buen seguro nos están mirando con incomprensión, o con desdén, o con desprecio, o con celos, o con sorna, o con todo ello a la vez.

No deseo convertirme en diana para comentarios y burlas ajenas pero, arrastrada por una fuerza interior que todo lo puede, termino apoyando mi cabeza sobre su pecho.

Él se ve sorprendido por mi gesto.

Yo también.

Ambos guardamos silencio, quizá para que las palabras no entorpezcan el deleite de los sentidos, esa sensación de compañía, de amor, ese sentimiento tan necesario para el ser humano y que, sin embargo, los continuados meses y años de soledad se encargan de expulsar de nuestra vida llegando incluso a conseguir convencernos de que el amor es una fruslería que sólo nos aporta problemas, tristeza y desengaños. Y nosotros, como obedientes que somos cuando no debiéramos, acatamos ciegamente, caemos atrapados en las garras del tiempo y convertimos nuestra vida en un campo yermo para los sentimientos.

— Cuando sea de noche, te iré a buscar a tu habitación y juntos trataremos de averiguar qué ha sido de Pilar. — dice él al cabo de un buen rato.

Tardo unos segundos en descifrar sus palabras y, cuando al fin lo hago, es para plantearle una lista de problemas e inconvenientes más larga que el número Pi.

¿Dónde buscaremos?

¿Y si nos pillan?

¿Qué ocurrirá si nos pillan?

No creo que yo me atreva a…

Inconvenientes que él solventa con una sola frase:

— Durante la noche todos duermen y podremos movernos sin problema. No nos descubrirán, ya lo verás.

— Está bien. Lo haremos esta noche — concluyo, amparada en que nada nos puede salir mal dado que contamos con la inquebrantable determinación que Gabriel me está mostrando. Tal firmeza necesariamente ha de tener su origen en el perfecto conocimiento de este lugar, de las costumbres de los que aquí viven y de las posibilidades que este sitio ofrece.

 

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