Cap 14 – Regrets

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“Una M como dos montañas, la N es una colina solitaria. Si te das cuenta, la A parece un camaleón, puede escribirse de tres formas diferentes, pero siempre suena igual. En realidad, la A es un puente que une dos ciudades. Piensa en tu A principal, mi A secundaria, las aes de nuestros nombres. Observa: no confundas la D con la B, son muy parecidas, una con su gran barriga a un lado, la otra dándole la espalda. Ambas parecen un espejo: recuerda cómo suena la palabra vida, tan diferente a diva. Siempre intenta entenderlas, piensa en qué significa cada una de ellas, revístelas de pequeños mundos. No subestimes todo su poder, el de las palabras es inmenso. Tranquilo, no te pongas nervioso…no hay prisa. La L con la A. La M con la A. La F con la E. La D con la I. La T con la U. La L con la U y la Z, la última, forman luz. No hace falta correr, tómate tu tiempo. Síguelas, guíalas con el dedo, aunque cueste al principio. No ocurre nada malo si te equivocas, cada vez lo haces mejor. Yo estaré a tu lado los días que hagan falta, estaré esperando sin ninguna prisa, y poco a poco lo harás sin vacilar. Con el tiempo leeremos novelas enteras y hasta escribiremos enciclopedias. Los principios no cuestan tanto cuando se hacen entre dos. La M con la A y la R que envuelve la lengua…comienza mi nombre. Escribe el tuyo. Así…escribe un puente entre dos ciudades…”

 

 

Cuando pienso en Alain es como si me corriera un amor furioso por la médula espinal, como si todos mis nervios se pusieran alerta y aguardaran expectantes el simple roce de su mano, anhelando con un fervor enfermizo un abrazo suyo. Hay muchas clases de amor, y el suyo era de aquellos que calan los huesos, porque se adhería tanto al cuerpo que era imposible dejarlo marchar.

 

Cuando pienso en él, siempre acude a mi mente la idea –y la certeza— de que no supe leerle entre líneas, que no le esperé lo suficiente. Me comió la impaciencia, no supe desentrañarle en el momento adecuado, se vio eclipsado y asediado de repente, ninguno de los dos hicimos nada por evitarlo, ni por retroceder o cambiar las maneras. No entendíamos entonces la vida sin seguir dando pasos hacia delante, enfrascados en nunca mirar atrás, siquiera para impulsarnos o reflexionar, aun estando a tiempo de cambiar el curso de los acontecimientos. Qué ciega estuve… a veces pienso en cómo habría cambiado todo si yo hubiera puesto más atención a sus rutinas –de alguna forma me incluía en muchas de ellas, y sé que integrarme en su vida le costaba el esfuerzo de trastocar todo su mundo, pero lo intentaba, y yo apenas hice caso–. Fantaseo imaginando qué hubiera sido de nosotros si hubiese pactado una tregua con el tiempo a fin de conseguir entender sus delicadas muestras de cariño, y sus casi imperceptibles maneras de llamar mi atención y de cuidarme; qué habría ocurrido si me hubiese centrado más en sus miradas furtivas antes que en su parquedad en palabras o en sus huidas y desaires involuntarios, en sus detalles constantes en lugar de reprochar su falta de caricias o de cualquier contacto físico. Ojalá lo hubiera sabido entonces, ojalá hubiera esperado. Ya de nada sirve lamentarse: así no sucedieron las cosas, y ya no se pueden cambiar.

 

Pero comencemos por el principio.

 

 

La nostalgia por una razón común une: eso es un hecho. Dos melancólicos se encuentran y aúnan sus recuerdos, y de repente la vida funciona como una clase de álgebra elemental.  Es la paradójica matemática universal de la multiplicación de dos signos: aun siendo ambos negativos dan un resultado positivo, (-1) * (-1) = +1. Y eso es lo que nos sucedió a Alain y a mí.

 

Al principio, nuestras escuetas conversaciones giraban en torno a París. La amábamos con el fervor de los recuerdos idealizados,  a fuerza de resistirse a ser comidos por el pasado y por su falta de tacto y de memoria. Resulta curioso, porque frecuentábamos diferentes puntos de la ciudad, y una vez pensé que dentro de ella nunca hubiéramos coincidido. Era más probable conocernos con nuestro peculiar acento en otro país de idioma diferente que en el que vivíamos. Yo caminaba casi de memoria cercando los alrededores de la torre Eiffel, la avenida de los Campos Elíseos, el 16º distrito, me perdía en la Place des Victoires y en Le Quartier des Enfants Rouges, o me contoneaba por las calles de Saint-Denis. Alain, sin embargo, adoraba rondar todas las mañanas el Barrio Latino, era un asiduo  huésped de la zona de Montmartre, recorría les Tuileries, deambulaba por el boulevard de Montparnasse o se pasaba horas custodiando el río Sena, escogiendo un día para cada puente, dependiendo del estado de ánimo en el cual se hallara. Si no hubiese sido por nuestras respectivas fugas, jamás nos hubiéramos encontrado.

 

Parecíamos dos afortunados errantes en un microcosmos que sólo conocíamos nosotros, dónde los demás no tenían cabida, como si nos hubiéramos confeccionado a medida una burbuja de plexiglás impenetrable a la que nadie tenía acceso. Nuestras conversaciones, sin quererlo, eran tan discriminatorias que al final sólo nos incumbían a Alain y a mí, nos llamábamos a nosotros mismos los extranjeros, y en nuestros cuerpos parecía vivir la diferencia que el mundo siempre exponía cuando se refería al abismo europeo, e irreal, marcado entre París y Londres: la despreocupación bohemia frente a la seriedad y la compostura. Los dos añorábamos nuestra ciudad, que no entendía de noches ni de días porque toda ella estaba hecha de luz y vida constantes, pero a él le dolía más porque tenía la ardua tarea diaria de refrescar lo vivido, agarrarlo con mucha fuerza para que no se le escapase de las manos. Alain hacía más de una década que no pisaba sus raíces, y cuando las evocaba yo podía sentir su añoranza al asomarme en sus ojos.

 

Había días que se hacían eternos e insoportables. Mi nostalgia no era la causa, pero sí el detonante. Siempre lo era. Me recordaba la soledad de tener que existir en un lugar desconocido, y esa soledad, como un animal voraz, iba abriendo más y más sus fauces pretendiendo engullirme. Alain me rescataba siempre que los colmillos se acercaban demasiado.

 

Recuerdo muchos momentos compartidos, muchas conversaciones no extensas pero sí reveladoras, y muchas noches en vela haciéndonos compañía; a veces sin hacer nada especial, navegando en la placidez más absoluta. Recuerdo todas y cada una de ellas, pero conservo en especial días muy concretos.

 

 

En ese entonces, Curt huía de la intimidad más que nunca. Para Curt la vida era una fiesta, o al menos se empeñaba en que así fuera, puesto que en mis momentos de melancolía hacía mutis por el foro y prefería salir de la escena, para regresar cuando las aguas se calmasen y reinaran más risas y jolgorio. Nuestra incipiente relación, tras aquella lujosa comida y aquel beso en el ascensor, había quedado suspendida en el tiempo. No avanzaba ni retrocedía, seguíamos inmersos en el mismo juego de conquista y retirada, anclados en un eterno tira y afloja. Lo único que había variado era su premura por escabullirse cuando se avecinaba algún sentimiento profundo, algún grado de confesión en horas intempestivas. Que el dejarse llevar volviera a suceder le ahuyentaba, ahora más que nunca. Por suerte consiguió controlar su temperamento la mayor parte del tiempo, al menos en lo que a mí se refería, y aunque seguía siendo inestable parecía más manso. Seguía trayendo mujeres a casa por las noches, seguía despidiéndolas por la mañana, tan sólo unas horas después. Viendo la mínima alteración en sus costumbres, yo intenté aceptar que aquello que vivimos no tuvo el mismo significado para él que para mí, y ahora me doy cuenta de que ese convencimiento no fue más que un autoengaño. Al creerlo asumido no comprendía que era precisamente aquello lo que alimentaba mi ansiedad, y cuando él se evadía de mi lado al avistar algún requiebro o al tener yo uno de mis  días malos, pensaba irremediablemente una y otra vez en todo lo que hacía con su colección variopinta de mujeres.

 

Curt en los brazos lujuriosos de otras, Curt hablando de sus pasiones a otros ojos, Curt explicando un mundo nuevo a otros oídos, Curt dando a probar bocados de platos deliciosos en otras bocas, Curt agarrando otras cinturas o besando otros labios. Y ya no sabía si lloraba por la nostalgia, o por todo lo rota, celosa y defraudada que me sentía por dentro.

 

 

Mick se había enfriado con el mundo que lo rodeaba, no sólo conmigo. Era cordial, políticamente correcto, aunque en el fondo siempre estaba como ausente. Su cambio fue más notorio desde que un día crucé la puerta de casa seguida por Alain, a la carrera; lo supe enseguida. Tras un par de días, decidió conceder una especie de beneplácito, dejar el terreno libre a alguien que no quería participar en él. En el fondo lo hacía porque sabía de los problemas de Alain con la intimidad; así pensaba asegurarse su salvaguarda frente a un daño mayor. Actuó como un necio.

 

A  veces hacíamos el amor, pero se volvió desapasionado, y acabó convirtiéndose en un mero intercambio de fluidos, un desahogo placentero de minutos, mecánico. De repente Mick me parecía insondable, y cuando aumentaba el ritmo al penetrarme, más de una vez le golpeé en los hombros, en el pecho y en la espalda, porque parecía de latón. Le pegaba con éxtasis e ira, solicitando un ultimátum, pidiendo que no se fuera tan lejos de mi lado, que no me apartara. Sentía que se perdía cuando estaba dentro de mí, y yo gritaba su nombre para que regresara. Fui yo la que abolló su carcasa, tanto tiempo descargando contra ella, por eso mis súplicas ahora ya no tenían apenas efecto. Ya no la deformaba, ni siquiera podía agrietarla, se había vuelto resistente e inmutable para mí. Mick se estaba yendo de mi lado: por agravios, por celos y por la toxicidad de nuestra relación, y yo no podía hacer nada para retenerlo, tan sólo agarrarle con fiereza, abrazar su espalda entre mis piernas y así implorarle que volviera a mí en su momento más masculino y vulnerable. Pero Mick había cambiado, y ya no regresaría; no porque no supiera, sino porque le había herido tanto que ya no lo deseaba.

 

 

Alain se había ausentado tres días de casa, y cuando ese día abrió la puerta me encontró desmoronada. Estaba encadenando un fracaso académico con otro, me ahogaban los problemas económicos, la salud de mi madre había empeorado, me sentía frustrada, perdida e inadaptada. Ese fue el día que Alain se me metió dentro por primera vez, ya nunca pude expulsarlo aunque lo hubiese pretendido, todo un logro dado que apenas me tocó el dedo meñique de la mano.

 

Le expliqué todo aquello que provocaba mi ansiedad, y a medida que pronunciaba mis temores las lágrimas se extinguían. Su mera presencia me tranquilizaba, y empecé a descubrir la gran falta que me hacía. Se quedó callado y a mi lado, incitándome a que siguiera, respetando mis silencios. Pero no se fue. Luego me dijo:

 

—¿Extrañas París? Pues esta tarde te llevaré a verla (nosotros siempre nos referíamos a París en femenino, por la ciudad. En cambio, siempre que hablábamos de Londres, lo hacíamos en masculino, más despersonalizado, como el país).

 

—Aquí no hay rastro de ella.

 

—Eso es que no has investigado suficiente, te faltan muchos lugares por recorrer.

 

Nos fuimos. Condujo en motocicleta, y dejábamos atrás lo que yo conocía, lo más emblemático y lo más popular, fue cuando caí en la cuenta de que durante todos aquellos meses no hacía más que pasear y recorrer los mismos rincones una y otra vez, sin adentrarme en nada nuevo, aferrándome a la comodidad de lo que ya dominaba. Para mí Londres eran unas pocas avenidas y algunas calles muy transitadas, conocidos museos, emplazamientos célebres y sitios famosos: la belleza de Trafalgar Square, las reliquias de Candem Town, los alrededores del Támesis y la preciosa y enorme noria  London Eye, la majestuosidad de Westminster, los colores cegadores en las pantallas de Piccadilly Circus, la impactante torre de reloj gótica: el Big Ben. Dejamos atrás todos aquellos puntos, que eran los que yo me había hartado de visitar, pensando que eso era lo único que dicha ciudad podía ofrecerme, y se abrió ante mí  una nueva zona apartada, que se alzaba en las alturas, desde las colinas menos pensadas y más camufladas, de tránsito moderado y transmitiendo cada vez un aire más y más distendido, despreocupado, bohemio. Era territorio inexplorado, por suerte nada explotado, exento de toda guía de viajes que se preciara. Olía a arte y a liberación, emanaba frescura y una encantadora diferencia. Confío en que aún hoy mi pequeño paraíso inglés se mantenga intacto en el tiempo; yo no he podido volver a visitarlo. Quizá algún día consiga hacerlo.

 

En realidad no era más que una calle larga, unos metros que representaban un país entero: el mío, el nuestro.

 

—No es nuestra París, es la París que había en los felices años 20. Pero, aun así, sigue siendo ella —musitó Alain, un susurro grave y quedo directo a mis oídos.

 

Había una librería para coleccionistas, de anticuadas ediciones con páginas amarillentas, libros icónicos y algunos firmados por los mismos autores. Conservaba el encanto de las mayúsculas clásicas en el letrero, el fondo amarillo, la S de Shakespeare and Company se imponía en rojo. El empedrado del suelo sin uniformidad con un toque de imperfección pensada, en el centro dos mesas diminutas con dos o tres libros expuestos y abiertos, sillas para sentarse —la librería Shakespeare también era cuna de ilustres y biblioteca para curiosos escritores, y más ávidos lectores—, y apenas se veía el material de las estanterías porque todas ellas estaban repletas de decenas de libros. Conservaba el encanto de la original, fue como si una mano bajada del cielo la hubiera sustraído de Francia y vuelto a colocar en ese lugar, pensando en mi regocijo. Había un mostrador afuera, en la entrada, y el dependiente de la librería (un señor con camisa y chaleco de color morado, calva en la cabeza y una gran melena plateada cayendo sobre sus espaldas) debatía con azoro sobre Trópico de cáncer, la novela autobiográfica y trasgresora de Henry Miller, con un hombre con gafas negras, boina ladeada y camisa blanca, físicamente idéntico al propio Miller. Más tarde, Alain me regaló una reliquia de T.S.Eliot, de cartas publicadas en 1921, una colección en la que no pude evitar fijarme pero que no me podía permitir.

 

Recuerdo que muchas noches, en casa, le leía el fragmento de una carta que T.S. envió a su esposa. Él se encontraba lejos, de distancia y corazón, y deseaba escapar de un matrimonio que le ahogaba, pero ella no le dejaba marchar de su vida, inseparables para siempre con calzador y contra una voluntad: “he matado deliberadamente mis sentidos, me he matado deliberadamente, para poder seguir con esta vida que es sólo externa”.

 

Podía sentir la angustia de T.S.Eliot y cómo se deslizaba por la piel de Alain, también por la mía, al pronunciarla en voz alta. Podía sentir su impotencia y la necesidad de insultar al mundo exigiendo su libertad. Llevaba sobre sus espaldas una carga insoportable. No en vano, había perdido sus sentidos, se estaba matando por un amor al que no amaba; creo que no puede existir nada más cruel.

 

Comentarios

  1. GermánLage

    16 julio, 2018

    Magistral cambio, Esteff, no sólo de narrador, sino también de momento: el presente visto desde el futuro; o dicho de otro modo, un salto al futuro para volver desde él la mirada y enfocar el presente con nostalgia. Magistral. Quedamos a la espera de nuevas sorpresas.
    Para ti nuestro abrazo cada vez más cargado de admiración.

  2. GermánLage

    16 julio, 2018

    Eso sí; un pequeño detalle. (-1) +( -1) = -2. Para que sea +2 tienes que cambiar de signo operativo: (-1) x (-1) = +2. Así, sí. Multiplicando -1 por -1; no sumando.
    De nada.

  3. Klodo

    16 julio, 2018

    En este relato, y era que no, brilla Paris con sus lugares más famosos y
    familiares para algunos. Luego Londres un poco más impersonal.
    Es decir, mueves a tus personajes en espectaculares escenografías.
    Narras tu historia con marcada melancolía y nostalgia por lo que ya fue
    para los protagonistas.
    Germán te recuerda el misterio de las matemáticas.
    Mi saludo y mi voto
    Sergio

  4. Mabel

    16 julio, 2018

    ¡Impresionante! Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía

  5. Tancor Cial

    16 julio, 2018

    Me ha parecido sencillamente espectacular. Mi voto y mi aprecio. Saludos cordiales

  6. GermánLage

    16 julio, 2018

    A vueltas con las matemáticas. Resulta que también yo me he liado. Tampoco (-1) x (-1) = +2, sino que (-1) x (-1) = +1; pues 1 x 1, independientemente del signo, es siempre 1; sólo cambiará el signo. En ningún caso, ni sumando ni multiplicando, (-1) y (-1) pueden dar como resultado +2.
    Disculpas por mi confusión anterior.

  7. LluviaAzul

    16 julio, 2018

    Querida Estefanía, simplemente fascinante. Por favor, más capítulos…

    Un abrazo, inmenso.

  8. Esruza

    17 julio, 2018

    ¡Ay Estef, cómo quisiera escribir como tú, ¿de dónde sacas tanto?
    Estoy de acuerdo con Germán en lo de las matemáticas, bueno,
    algún error debías tener que se perdona.

    Un abrazo

    Estela

  9. JR

    17 julio, 2018

    Eetefania, me hago eco de Esruza, ¿de dónde sacas tanto? Tus escenarios son fantásticos. Es impresionante leer como hilvanas esas histórias!
    De nuevo me hiciste usar el diccionario, esta vez fue «parquedad.» («su parquedad en palabras»).
    Tu matemática esta correcta: (-1) * (-1) = +1
    Saludos y un abrazo fuerte!

  10. Vladodivac

    19 julio, 2018

    Me gusta amiga @estef314 , soy más de letras que de números, pero siempre que te leo y recorro tus pensamientos, mis ecuaciones siempre suman positivo. Un gran abrazo.

    Semper Fidelis.
    Joaquin.

  11. Santiago Etcheverry

    20 julio, 2018

    Este es tercer articulo tuyo qué leo (Por falta de tiempo) y me encanta, me encanta, me encanta… la manera en que juegas con las palabras.

    Quise comenzar a leer tu historia desde el principio pero solo vi en tu perfil, desde el capitulo 6 en adelante. Si después me quieres mostrar donde leer el principio, te lo agradecería mucho.

    Un abrazo

  12. Leonel Insfrán

    24 julio, 2018

    Lo tienes todo. Leerte es inevitablemente viajar a lugares y detalles que me hubiesen sido imposible imaginar. Es imposible no disfrutar tu estilo. Mi sincera admiración.

  13. Estefania

    24 julio, 2018

    @lauper
    @joaquin-pintanel
    @tancorcial
    @mabel
    @germanlr
    @estelarz39hotmail-com
    muchas gracias a todos, sé que me repito, pero sin vosotros me faltarían fuerzas para proseguir! Amo escribir, pero el apoyo es necesario! Queda claro que siempre fui de letras, no de ecuaciones ni de matemáticas jaja Un placer leeros y que me leáis, que no decaiga!!
    Sigo sin saber como agradecer tus palabras, enhorabuena por tus nuevas empresas, te deseo mucha suerte estoy al tanto de ellas y cuenta con una seguidora desde ya, espero seguir leyéndote y que puedas hacerlo tú conmigo en tus ratos libres @elleondavid
    @santiago_etcheverry muchas gracias por embarcarte a leerme, me gustaría que lo siguieras haciendo!! Debo decir, por mi parte, que embaucas mucho con tu escritura concisa y directa, ojalá yo pudiera escribir así! (Creo que te lo puse en algún comentario) Respecto al resto de capítulos ordenados, retiré algunos que no tenía registrados por x motivos, aunque si quisieras podría hablar de cómo facilitarte lo anterior si estuvieras interesado.
    Lo dicho, mil gracias a todos, sois únicos! Un placer leernos mutuamente!

  14. Estefania

    24 julio, 2018

    @sergiorodriguez mil disculpas, no sé qué sucedió anteriormente que no salió tu dirección. Lo dicho, agradecerte el esfuerzo por leerme, sabes que te considero un gran narrador, y espero que sigas obsequiándonos con tus mordaces textos. Un abrazo sincero.

  15. Estefania

    24 julio, 2018

    @jessicarengifo lo mismo me sucedió contigo, sabes lo mucho que te agradezco que me sigas!! Esperando que publiques más!! Un gran abrazo!

  16. Estefania

    24 julio, 2018

    @mari-freire muchas gracias por haberme leído, espero que te vayan gustando, significa mucho viniendo de alguien que escribe tan bien como tú. Iba a comentarte el relato, pero te cuento algo por aquí. Valoro mucho que un escritor cree imágenes tan nítidas de lo que sucede, como si fuera una película, porque es la mezcla de las dos cosas que más amo: la escritura y el cine. Yo aún puedo ver a a Luisa soplar al humo de la pólvora tras disparar el arma…y me encanta. Espero de veras que nos sigamos leyendo!

  17. B€RTA

    24 julio, 2018

    Vaya Estefanía, tú comentario me deja pensando. Muchísimas gracias igualmente por leerme. Te envío cuño cordial abrazo.

  18. Klodo

    24 julio, 2018

    Estefanía
    No…Para mi no es un esfuerzo leer tus trabajos. Por el contrario, es un pla
    cer estético. Disfruto tus capítulos de novela. Eres una novelista de mucha
    fuerza e inspiración.
    Mi abrazo para ti también es sincero
    Sergio

  19. Santiago Etcheverry

    25 julio, 2018

    @estef314 Si, me interesa mucho leer desde el principio (siempre que tu no tengas problema con ello). Gracias por el elogio, me alegra que te guste como escribo, aunque me asombra.

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