-¿De qué trata esa canción? -le preguntó a su hermano Martín, quien lucía triste cantando, mientras se dirigían a su casa en Santiago tras pasar el día en la playa.
-De nada en especial -respondió él, al rato.
-Ya po, Martín. Si sabí lo que que te dijo la psicóloga. Esta música te hace mal.
-Ya oh, la corto entonces -acto seguido, aprieta con fuerza el botón de apagado de la radio - ¿Feliz?
Su hermana, Francisca, no dijo nada. Se limitó a recostarse en su asiento y comenzar a mirar por la ventana. Pasaron así alrededor de veinte minutos. El vehículo avanzaba veloz por el camino rural, las luces iban acabando con la inmensa oscuridad que los rodeaba a esas horas de la noche. El único ruido que eran capaces de oír era el suave murmullo del motor y del viento entrando por las ventanillas, las cuales estaban ligeramente abiertas.
-El silencio tampoco me hace muy bien que digamos -dijo Martín a su hermana, visiblemente molesto por su nula voluntad a mantener una conversación.
-Pucha, igual no sé de qué hablar. Si nunca quieres contarme nada -respondió ella.
-Si, lo sé -admitió él, tras un rato -. ¿Sabes? Tengo ganas de parar un rato. ¿Te molestaría?
-No, paremos no más.
El vehículo siguió avanzando hasta que encontraron un lugar donde pudieran parar. Una vez lo encontraron, comenzó a frenar progresivamente mientras se iba orillando a la verma del camino. Apenas se detuvo, Martín apagó el motor y encendió la luz interna del auto. Luego desbloqueó los seguros y se bajó con rapidez. Su hermana lo siguió, viendo como se alejaba. A esas horas, sólo se veía la luz del vehículo, como un faro en un mar de oscuridad. Era tan así, que apenas se distinguían los cerros del cielo; pasaban inadvertidos uno del otro si uno no miraba con atención.
Cuando por fin llegó a él, lo abrazó por la espalda.
-Me asustaste. Si sabí que poquito más allá no más hay un acantilado.
-Sí sé, por eso me detuve. Si no pienso hacer nada, Pancha.
-Igual me preocupai, po. Siempre dices eso, pero después… después te veo todo el día acostao, tomando más pastillas de la dosis que te indicaron o publicando hueás que de verdad me urgen.
-Lo… lo siento -dijo él, tras notar que su hermana había comenzado a llorar -. Lo siento de verdad.
El silencio volvió a apoderarse de ellos. Pasaron varios minutos hasta que Martín volvió a hablar.
-Cómo me gustaría que se vieran más las estrellas desde aquí.
-Sí -respondió Francisca, con énfasis -. Pero incluso estando tan lejos de Santiago, sus luces nos siguen cagando el panorama -rió, lacónica.
-Si -la voz de Martín apenas se hizo audible -. Pero tenemos otra cosa a cambio.
-¿Qué? -se apresuró a preguntar.
-Mira hacia adelante -respondió él.
Francisca, entonces, vio hacia el frente, abrazando, ahora, a su hermano de lado. Al principio no lo entendió. Sólo vio un horizonte negro, apenas si distinguía algo de vegetación y, a lo lejos, muy a lo lejos, una pequeña estela de luz; la capital. Pero no era eso a lo que se refería Martín.
-Tienes razón -mencionó ella, cuando por fin lo entendió. No pudo evitar las lágrimas que comenzaron a correr por su rostro. Pero, esta vez, no eran lágrimas de tristeza, sino de alivio. Una amplia sonrisa se dibujó en su cara.
-Quizás debamos volver al auto -añadió él, tras un rato.
-Quedémonos un ratito más -le respondió Francisca.



Luis
Muy bonito; bonito y esmerado cuento breve, un saludo y mi voto!
Mabel
¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía
J.Llanos
Muchas gracias a ambos!