¿Como escribir terror psicológico?

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Por Mauricio Castañeda

Algunas reflexiones preliminares

El terror es uno de las tramas más utilizadas para contar historias. Una buena historia de terror nos lleva a situaciones en las que el ser humano no tiene ningún control frente a seres sobrenaturales o eventos que ni todo el conocimiento del mundo puede explicar. El espectador se siente atemorizado y espera que en cualquier momento su angustiosa expectativa de presenciar un monstruo o un fantasma aparezca para hacerlo saltar desde su asiento y descargarle una buena dosis de adrenalina. Pero en el periodo histórico conocido como “modernidad” hemos visto que, después de tantas guerras y luchas entre naciones, el hombre ha sacado su lado más bestial y si Frankenstein o Drácula se plantaran frente al hombre moderno, huirían de seguro.

El hombre ya no teme a fuerzas sobrenaturales, teme a sí mismo, a otros hombres. El hombre es el nuevo monstruo (esto no es nuevo, la naturaleza humana es impredecible y cambiante, pues el hombre, a lo largo de la historia, ha matado o ha cometido actos bestiales desde el origen de los tiempos, pero no se había utilizado este hecho como una trama hasta tiempos modernos). La bestialidad humana la podemos ver claramente en las películas de Alfred Hitchcock, El resplandor, de Stanley Kubrick, La isla siniestra de Martin Scorsese, Veneno para las hadas de Carlos Enrique Taboada, Hannibal o Réquiem por un sueño. En la literatura hay autores como Edgar Allan Poe con El corazón delator o El barril de amontillado, Guy de Maupassant con El horla, Shirley Jackson con La lotería, Ambroice Bierce con Aceite de perro o Amparo Dávila con El Huésped. En todas y cada una de esas historias vemos al ser humano enfrentándose a lo desconocido que ya no está más en un plano metafísico, sino psicológico. Nietzsche decía en La genealogía de la moral (1887) Nosotros los que conocemos somos desconocidos para nosotros, nosotros mismos somos desconocidos para nosotros mismos; esto tiene un buen fundamento. No nos hemos buscado nunca, -¿cómo iba a suceder que un dia nos encontrásemos?” El desconocimiento de nuestra propia autoconciencia es un buen tema literario. Las acciones de los personajes revelan su estado mental y de esa manera externan su lado macabro, el cual muchas veces supera el pequeño rayo de luz bondadosa escondido en algún lugar de nuestro corazón.

El momento de mayor tensión en una historia de este tipo llega cuando el personaje se sumerge en su inmundicia o locura y generalmente es orillado a cometer un asesinato asesinato asesinato ASESINO asesinato asesinato ASESINO asesinato asesinato asesinato asesino asesino asesino asesino asesino asesino asesinato asesinato asesino ASESINO ASESINATO ASESINO ASESINATO ASESINO ASESINATO ASESINO A̷S̸E̴S̸I̸N̷A̸T̵O̵ ̶A̵S̸E̷S̵I̶N̴O̵ ̵A̷S̸E̸S̶I̷N̸A̵T̸O̸ ̷A̷S̵E̶S̵I̴N̵O̴ ̵A̶S̷E̵S̴I̷N̴A̵T̸O̶ ̷A̵S̶E̵S̵I̸N̸O̴ ̶A̴S̶E̶S̶I̸N̶A̴T̵O̷ ̶a̴s̵e̶s̴i̵n̵o̵ ̷a̸s̵e̷s̵i̷n̴o̸ ̸a̷s̷e̶s̵i̸n̶o̷ ̶a̵s̴e̴s̶i̸n̶a̸t̷o̴.̷ ̴ ̷

(Mi teclado se ha atascado y comenzó a escribir por sí solo esas palabras. Es razonable que a veces una computadora no procese óptimamente la información y haga lo que se le da la gana. No borraré las palabras pues creo que le dan un toque espeluznante, perfecto para explicar el terror).

Prosigamos. El asesinato es… bueno, mejor será hablar del ambiente; respecto al asesinato, me parece que ha quedado claro. Para procrear una buena atmósfera de terror en nuestra historia, el escritor debe sentirla también. Tiene que recordar que una historia la construyen dos: el espectador y el escritor. Si ninguno de los dos siente por lo menos un indicio de angustia o intriga, la historia no sirve de nada.

El ambiente literario

Generalmente la noche es un buen momento para escribir relatos. Hay silencio y tranquilidad para concentrarse. La mayoría de escritores utilizan la noche, pues la noche es igual de misteriosa que la mente. En ambas hay incertidumbre, nadie sabe qué se esconde dentro de ella. Ni yo lo sé, no lo supe ahora ni cuando hice… Es decir… Bueno, no debería escribir esto, pero cuando escribo, tiendo a hacerlo muy rápido y a veces escribo sin pensar. Quizá sea por el sueño, no he dormido en días, más esa no es una excusa. Lamento interrumpir. Retomaré mi explicación.

Decía que la noche es un buen momento para escribir. Yo acostumbro a escribir con una o dos bombillas encendidas para crear una atmósfera lúgubre en el lugar en donde me encuentro. Cierro las ventanas y las puertas para que no entre ningún ruido del exterior, o no salga tampoco. Nadie escucha los gritos si todo está bien cerrado, o bien cubierto. El lugar debe estar sellado, infranqueable, como un sótano. ¿Por qué se cree que los asesinatos se cometen perfectamente en un sótano? La respuesta es evidente. Yo por suerte estoy en un lugar donde hay un sótano; por lo que sé lo oscuro, solitario, frío y misterioso que puede ser. Ahí puede residir la víctima del personaje principal y éste puede hacer cualquier cosa con él, como destazarlo, desollarlo, fusilarlo, encadenarlo, quemarlo, desmembrarlo, amarrarlo, maniatarlo, decapitarlo, desangrarlo, acuchillarlo, golpearlo, envenenarlo, intoxicarlo, asfixiarlo, degollarlo, aislarlo, ahogarlo, etc. Hay muchas maneras en que el personaje puede terminar con la vida de su víctima. El problema es que son tantas que solo puede elegir una y no puede descargar todos sus instintos homicidas de una sentada. Le gustaría tener más víctimas, más gente a quién matar, porque no hay nada más placentero que asesinar gente indefensa. Escuchar cómo suplican por su vida, cómo todas sus plegarias son acalladas de tajo cuando la sangre y la vida se les escapa del cuerpo.

Estas cuestiones pueden ser reflexionado por el personaje, claro está. Desligarse por completo del autor. Como decía Juan Rulfo “todo escritor que crea es un mentiroso”. Yo estoy en contra de que el autor debe haber vivido de alguna manera lo que escribe, de que la realidad es la fuente de la imaginación. Uno puede escribir de naves espaciales sin haber visto una en su vida. Lo mismo pasa con un asesinato. Uno podría imaginarse a un profesor que trata mal a su alumno más dedicado, que lo denigra por no haber podido pasar un estúpido examen o que se burla de él por tener una mano tullida. Puede darse la situación de que el alumno por fin se canse y decida asesinar a su querido profesor y luchar por quitarse la culpa de encima, pues ¿quién demonios se creía que era ese maldito vejestorio para andar criticando y haciendo menos a su aprendiz, a alguien que solamente quería aprender de él y que, siempre que se disponía a levantar la mano para pregúntale, el profesor decía cosas como “no veo ese dedo levantado” o “a ver esos deditos”. Ese chico solo quería aprender algunas cosas de literatura pero el maestro no lo apoyaba y, en cambio, lo rechazaba por ser diferente y, por sí fuera poco, reprobaba.

Digo, cualquiera lo puede imaginar sin que se dé el caso de que haya pasado en realidad. Cualquiera con suficiente imaginación podría pensar cualquier otra escena fantasiosa, como por ejemplo… emmmm… ¡Crimen y castigo! Si, ese es un buen ejemplo de expiación de culpa, aunque la opus magnum de Dostoyevski no sea de terror si que se nota cómo la culpa carcome a Raskolnikov. Hay que tener una mente fuerte para esconder un crimen y ser frío y calculador y no dejarse caer por un simple asesinato. Pero volvamos al tema. Hay una característica especial del terror psicológico en donde reside su esencia.

Lo desconocido, lo paranormal

En las historias que incluyen terror psicológico, como herramienta narrativa principal suele utilizarse algunos fenómenos paranormales que atormentan al personaje principal. Sin embargo, no significa que vayan a aparecer fantasmas de sábana o zombis. Puede ocurrir que cuando el personaje haya cometido una locura pueda ver en las paredes caras monstruosas o sangre colándose por debajo de la puerta. Cualquier cosa podría suceder. No obstante, estos fenómenos no son reales per se, son proyecciones de la mente del personaje y muchas veces él mismo es quien las lleva a cabo. Por ejemplo, en el cuento El corazón delator, de Poe, el asesino, que poco a poco va perdiendo la cordura y la sanidad mental, comienza a escuchar golpes en la puerta donde yace el cadáver de su víctima, haciendo entender que aún seguía vivo, por lo que

N̵o̸,̸ ̶i̴d̶i̷o̷t̷a̶,̵ ̸e̷n̸ ̸E̵l̶ ̴c̸o̴r̸a̶z̷ó̷n̴ ̴d̵e̵l̴a̴t̵o̵r̸ ̶n̶a̷d̴i̴e̶ ̶g̴o̴l̷p̶e̸a̶ ̷l̷a̷ ̶p̷u̶e̷r̶t̷a̷,̸ ̶l̴o̸ ̵q̸u̴e̸ ̸s̷e̶ ̷e̸s̶c̸u̵c̴h̴a̴ ̵e̸s̶ ̸e̶l̶ ̴l̶a̸t̶i̵d̸o̸ ̶d̴e̸l̵ ̴c̸o̵r̸a̷z̶ó̴n̷ ̵d̸e̴l̶ ̵v̶i̶e̸j̵o̸,̸ ̵p̷e̶r̸o̵ ̴n̷o̸ ̷p̴o̷r̸q̴u̴e̴ ̵s̸i̷g̶a̴ ̵v̸i̷v̴o̵,̸ ̵s̶i̴n̷o̷ ̶q̵u̸e̷ ̷e̶l̵ ̵p̴e̴r̷s̷o̸n̷a̶j̶e̴ ̷l̷a̸ ̴e̵s̶c̶u̴c̶h̷a̷ ̸d̷e̵n̴t̵r̷o̶ ̶d̶e̴ ̴s̶u̶ ̴c̸a̸b̷e̷z̴a̷ ̸d̴e̷b̸i̵d̸o̷ ̷a̶l̵ ̸r̴e̴m̴o̸r̴d̸i̸m̴i̸e̸n̶t̵o̶ ̷¿̸Y̵a̷ ̷v̶e̴s̸ ̶p̴o̸r̵ ̴q̵u̴é̷ ̶n̵o̴ ̷a̵c̵r̴e̴d̸i̷t̶a̶s̸ ̵l̴o̷s̴ ̸e̵x̶á̷m̵e̶n̷e̴s̷?̴ ̵

Esto se está poniendo muy raro, de nuevo el teclado se volvió loco y comenzó a escribir cosas extrañas, sin sentido. Debe ser un virus o algo por el estilo, pues hasta la fuente de escritura pudo cambiar.

M̸e̴ ̴p̸a̶r̷e̸c̸e̸ ̶i̵n̵c̵r̸e̵í̶b̴l̶e̸ ̶q̸u̵e̶ ̸c̸o̵n̴ ̶e̷s̶a̶s̷ ̵m̵a̸n̸i̵t̴a̷s̷ ̵i̸n̴c̴o̷m̵p̷l̷e̸t̷a̸s̴ ̶q̷u̴e̸ ̴t̸i̷e̴n̶e̸s̴ ̴p̸u̴e̷d̸a̷s̷ ̸e̴s̷c̴r̴i̸b̸i̴r̸ ̵t̸a̸n̶t̶a̷s̸ ̸s̷a̶n̸d̴e̶c̵e̸s̸.̷ ̷Y̶ ̸p̵o̵r̸ ̶s̴i̶ ̵f̶u̸e̶r̸a̵ ̸p̴o̶c̶o̴,̷ ̶o̸s̴a̸s̵ ̸e̸n̷t̶r̷a̷r̵ ̵a̸ ̸m̸i̵ ̸c̵a̸s̴a̵,̴ ̷u̷t̸i̶l̵i̷z̷a̶r̷ ̷m̸i̴ ̸c̷o̸m̴p̶u̴t̷a̷d̶o̶r̷a̷ ̷p̵a̵r̷a̵ ̴e̶s̵c̸r̶i̴b̴i̵r̷ ̵t̴u̵s̸ ̷m̷a̷l̶a̷s̷ ̴e̴x̵p̵l̴i̷c̵a̴c̴i̵o̷n̶e̵s̶ ̵y̶ ̶e̴n̶c̴i̵m̶a̷ ̴m̶a̷n̴c̴h̸a̸r̶ ̸m̵i̴ ̷c̶ó̷m̷o̸d̶a̷ ̸c̷o̴n̴ ̴m̴i̶ ̴s̵a̴n̷g̴r̸e̴.̴ ̶N̴o̵ ̴t̴e̴ ̶d̸i̴g̷n̴a̵s̸ ̵e̴n̸ ̷h̸a̵c̵e̷r̷ ̴l̴a̸s̴ ̴c̶o̴s̸a̷s̴ ̷b̷i̵e̵n̸.̶ ̵Y̵ ̵e̴l̸ ̶s̷ó̸t̴a̴n̶o̷ ̷d̸e̷ ̴m̸i̷ ̵c̷a̶s̸a̶ ̷n̴o̸ ̸e̶s̴ ̴n̶a̷d̵a̵ ̵l̶ú̷g̶u̶b̴r̷e̶,̴ ̵s̸e̶ ̸p̵u̷e̴d̴e̸ ̴v̶e̷r̵ ̸l̸o̵ ̶q̵u̵e̶ ̸h̷a̶y̴ ̶d̵e̴n̵t̸r̷o̷ ̶d̸e̴s̷d̵e̴ ̷l̶a̵ ̷m̵i̴s̴m̸a̷ ̶c̷a̸l̷l̷e̸ ̶g̷r̷a̶c̷i̶a̷s̸ ̴a̸ ̸l̸a̷s̷ ̴f̴a̵r̸o̴l̶a̵s̶;̶ ̸a̵s̸í̸ ̵q̵u̵e̵ ̸c̸u̶a̷l̸q̵u̶i̶e̶r̴ ̶p̸e̴r̸s̸o̸n̸a̶,̵ ̴i̸n̷c̴l̵u̵s̸o̸ ̵p̸o̴l̴i̶c̸í̵a̸s̷,̴ ̸p̴u̵e̵d̶e̵n̶ ̵o̴b̵s̴e̷r̷v̶a̶r̶ ̴l̷a̶s̴ ̸m̴a̸n̴c̴h̸a̶s̴ ̷d̷e̶ ̸s̴a̶n̶g̸r̶e̸ ̸q̸u̷e̵ ̶d̷e̴j̶a̸s̶t̵e̵ ̴e̶n̷ ̸e̵l̸ ̵s̸u̵e̷l̴o̶ ̷y̴ ̸m̷i̸ ̷b̸r̶a̶z̷o̵ ̷s̶a̸l̶i̶e̷n̴d̷o̵ ̷d̴e̸l̷ ̷s̶a̵c̵o̴ ̴e̶n̵ ̶d̸o̶n̶d̶e̷ ̵m̴e̸ ̷m̸e̸t̸i̴s̷t̵e̷.̷ ̶¿̶N̶i̷ ̸m̴a̸t̴a̵r̷ ̶a̵ ̶a̴l̷g̷u̴i̵e̴n̶ ̵p̷u̸e̷d̸e̷s̶ ̷h̷a̴c̴e̶r̵ ̵b̶i̷e̷n̴?̵ ̷E̸r̵e̴s̶ ̵u̶n̴a̷ ̴v̸e̷r̸g̶ü̴e̸n̵z̷a̸,̶ ̸u̶n̵a̵ ̵t̴u̸l̴l̷i̵d̴a̵ ̴v̷e̴r̴g̸ü̵e̸n̵z̵a̶.̸ ̵J̵a̵,̷ ̴j̷a̵,̶ ̶j̸a̶,̸ ̷j̸a̶,̶ ̶j̶a̸,̵ ̵j̶a̴,̶ ̶j̴a̸,̴ ̷j̷a̸,̶ ̴j̷a̷.̸ ̷ ̸

¡Claro que soy completamente capaz de escribir aún teniendo dos dedos en mi mano! Siempre fui capaz y usted solamente me juzgaba y ridiculizada frente a la clase. Yo siempre quise ser como usted, me maravillaban las historias que contaba y las lecciones que daba para aprender a hacer un relato

No, tranquilo, esto debe de ser una broma. Hay gente en internet que se divierte jugando malas bromas a los demás. Son los conocidos hackers. Alguno de ellos debió enterarse de lo que hice. Es decir, yo no hice nada malo, yo solo hice lo justo.

Y̷ ̵u̵n̸a̵ ̴v̷e̸z̴ ̴m̴á̷s̴ ̷d̵a̶s̶ ̸m̶u̸e̵s̷t̷r̸a̵ ̷d̴e̴ ̵t̶u̷ ̸i̵n̶t̸e̸l̴i̶g̶e̷n̸c̴i̸a̴.̶ ̸N̸a̷d̸i̸e̴ ̷p̴u̸d̸o̶ ̵v̸e̷r̵ ̶l̸o̶ ̵q̵u̷e̶ ̴m̵e̷ ̵h̸i̷c̸i̴s̶t̶e̴,̵ ̴n̸o̸ ̷s̶e̷a̴s̶ ̷e̷s̵t̵ú̶p̶i̷d̸o̷ ̶(̶a̵u̷n̸q̴u̴e̷ ̴s̷e̷a̴ ̷m̷u̵c̸h̵o̷ ̶p̴e̸d̶i̶r̸)̴ ̴¿̷U̶n̷ ̶h̵a̸c̷k̵e̸r̸?̵ ̵N̶o̶ ̸h̸a̶y̵ ̷n̴i̶n̵g̷ú̷n̸ ̶h̶a̴c̴k̵e̴r̵ ̴i̶m̵p̵l̸i̸c̸a̶d̵o̴.̴ ̸J̵a̷,̷ ̸j̷a̶,̴ ̶j̴a̴,̵ ̶j̷a̶,̴ ̶j̶a̶,̶ ̴j̶a̶.̴ ̵A̷h̵o̴r̵a̵ ̶q̶u̶e̶ ̵l̷o̸ ̶p̷i̸e̸n̶s̷o̵,̶ ̶n̴o̶ ̶s̴o̴l̷o̶ ̸t̷e̴ ̶f̷a̸l̵t̷a̷n̸ ̸d̵e̷d̴o̸s̵ ̴e̵n̶ ̷l̷a̶s̵ ̷m̷a̷n̶o̵s̷,̷ ̷¡̶T̵e̶ ̸f̶a̷l̵t̵a̸ ̴u̵n̷ ̷p̴e̶d̵a̸z̶o̸ ̵d̸e̵ ̸c̵e̷r̷e̴b̷r̵o̸!̶ ̸R̵e̴l̷e̶e̴ ̶l̶a̸ ̶g̵a̸l̷i̷m̸a̶t̶í̵a̷s̷ ̵q̸u̵e̸ ̵e̴s̶c̶r̵i̷b̵i̴s̵t̷e̶,̴ ̵a̴ ̸v̴e̸r̵ ̸s̵i̵ ̵r̴e̶c̵u̵e̴r̷d̴a̶s̴ ̷a̶l̶g̶o̶.̸ ̴E̵l̸ ̷t̴e̶m̷o̶r̷ ̸e̵m̵p̶i̵e̷z̷a̸ ̵a̶ ̸j̸u̷g̸a̵r̵ ̵c̸o̵n̷ ̸t̷u̵ ̸m̸e̷n̸t̷e̶ ̶y̴ ̵n̶o̴ ̸p̷o̵d̸r̸á̵s̷ ̶r̵a̵c̵i̴o̸n̴a̴l̴i̵z̶a̵r̵ ̸l̴o̸ ̶q̴u̸e̴ ̴s̶e̷ ̸t̴e̴ ̵p̵r̸e̶s̴e̵n̷t̶a̴.̸ ̶ ̷

Por favor, quien quiera que seas, no divulgues nada de lo que hice. Por favor, te lo suplico.

N̵a̸d̶a̸ ̷d̸e̴ ̶l̸o̸ ̸q̷u̷e̷ ̸h̴a̷g̶a̷s̸ ̶m̷e̷ ̴v̴a̸ ̸a̸ ̴d̵e̶v̸o̸l̷v̵e̷r̵ ̷l̸a̸ ̷v̶i̶d̶a̴.̵ ̴D̶e̷j̴a̶s̵t̶e̸ ̴a̸ ̵t̷u̸ ̵c̷l̴a̵s̶e̶ ̶s̸i̶n̴ ̶s̴u̶ ̷p̷r̷o̴f̴e̶s̷o̶r̵,̷ ̶s̶i̶n̵ ̴n̷a̴d̸i̴e̸ ̵q̴u̴e̸ ̸l̴o̸s̵ ̶e̴d̵u̵q̸u̵e̴.̷ ̴S̷i̵n̷ ̴n̶a̵d̵i̷e̷ ̵q̸u̵e̷ ̸l̵e̷s̴ ̴d̶i̶g̷a̶ ̵q̴u̵e̵ ̸g̵e̸n̸t̵e̶ ̸c̷o̵m̸o̷ ̵t̸ú̶ ̴s̸o̷n̶ ̷u̸n̶a̶ ̴e̵s̶c̶o̷r̵i̷a̶ ̷e̶n̴ ̶l̸a̴ ̶s̴o̸c̵i̴e̷d̶a̷d̴.̵ ̵N̸o̷ ̵p̴o̶r̸ ̵s̷e̸r̷ ̷u̵n̶ ̵e̴s̶t̴ú̵p̴i̵d̵o̸ ̶s̶i̸n̴ ̶d̴e̷d̶o̷s̴ ̸n̵o̶ ̴p̸u̴e̵d̴e̷s̴ ̴s̸e̷r̸ ̶u̷n̷ ̸d̴e̶s̵p̸e̶r̴d̸i̸c̶i̷o̴.̴ ̴ ̶

¡Basta, basta! No siga. No soy un estúpido, soy inteligente. ¿Por qué me dice estas cosas? ¿Qué le he hecho yo? Ustedusted me orillo a hacer esto. Yo no quise hacerlo. No quise hacerlo. No quise hacerlo. No quise hacerlo. Perdón. Perdón. Yo solamente estaba cegado por la furia. Quise lidiar con lo que hice haciendo algo útil, sacar algo bueno de lo que hice e inculcarle.

A̸h̵,̵ ̸a̷h̸o̷r̷a̵ ̶v̴e̵o̷.̵ ̸P̵r̶e̶t̷e̷n̸d̴í̶a̵s̸ ̶h̵a̷c̶e̴r̸ ̶u̵n̴ ̵a̶r̴t̵í̷c̷u̶l̶o̷ ̵e̸x̵p̴l̶i̴c̵a̶n̷d̸o̴ ̵c̷ó̶m̴o̶ ̷h̴a̵c̸e̶r̴ ̵u̸n̸ ̷r̷e̸l̷a̴t̷o̷ ̷d̵e̸ ̸t̷e̸r̵r̵o̷r̷ ̸p̴s̷i̴c̸o̴l̷ó̵g̶i̵c̵o̴ ̸n̸o̴ ̵p̶o̶r̸ ̶q̸u̶é̴ ̶q̸u̸i̴s̶i̸e̴r̸a̶s̸ ̸e̵n̶s̶e̴ñ̸a̴r̶,̷ ̴s̸i̶n̸o̴ ̴p̵o̷r̸q̶u̵e̸ ̸q̴u̵e̷r̷í̷a̵s̵ ̷c̵o̴n̸f̵e̷s̷a̴r̷t̴e̶ ̷d̵e̷ ̵u̸n̴a̷ ̴m̶a̴n̴e̷r̶a̷ ̴i̴n̶d̶i̴r̸e̵c̵t̷a̶,̵ ̸d̴i̴c̴i̵e̸n̴d̷o̵ ̵l̴o̴ ̵q̸u̵e̴ ̸p̵i̵e̸n̸s̴a̴ ̶u̵n̶ ̷h̷o̷m̷i̴c̷i̵d̶a̵ ̶y̶ ̵l̶o̵ ̷q̶u̴e̴ ̶h̶a̶c̷e̵.̵ ̴L̶o̴ ̸q̴u̵e̵ ̸h̷a̸s̶ ̵h̸e̷c̵h̵o̴ ̴h̸a̵s̵t̸a̷ ̸a̵h̶o̷r̶a̵ ̶e̴s̴ ̷j̵u̸s̴t̴i̴f̷i̶c̸a̴r̷ ̸t̷u̶ ̸m̴a̶l̴d̸a̴d̷ ̴c̵o̷n̴ ̷u̴n̶a̵ ̴f̸a̷c̵h̵a̴d̶a̶ ̷d̷e̶ ̵i̴n̴o̴c̶e̶n̴t̴e̵ ̴p̷a̴l̵o̶m̴i̴t̴a̶.̶ ̷J̶a̶,̸ ̶j̵a̷,̷ ̴j̸a̵,̷ ̷j̶a̶.̸ ̴C̸a̸n̵d̷i̷l̶ ̶d̶e̶ ̶l̵a̸ ̵c̸a̷l̵l̸e̴,̴ ̴o̶s̴c̸u̴r̷i̶d̷a̷d̵ ̶d̴e̷ ̵t̵u̶ ̶c̴a̵s̶a̶.̷ ̵Q̴u̷e̵r̵í̸a̶s̴ ̸h̵a̷c̵e̵r̴ ̶l̸o̷ ̵m̴i̴s̵m̷o̸ ̵q̷u̶e̶ ̸y̶o̸:̵ ̶e̸n̴s̸e̴ñ̶a̶r̵.̵ ̷¿̴N̴o̴ ̴e̴s̷ ̸a̵s̵í̶?̶ ̸¡̷N̷u̶n̸c̵a̶ ̴s̸e̸r̴á̶s̵ ̸c̴o̷m̶o̸ ̷y̴o̷!̵ ̶T̶u̴ ̵n̸o̵ ̵p̷u̴e̴d̸e̸s̵ ̵e̷s̵c̴r̸i̴b̵i̸r̴ ̵o̸t̵r̴a̴ ̷c̸o̵s̸a̶ ̷q̵u̷e̶ ̶l̸o̷ ̵q̷u̶e̶ ̸v̵e̶a̴s̴ ̷e̵n̵ ̵l̸a̴ ̷r̷e̶a̴l̴i̴d̵a̸d̷ ̷y̵ ̸p̷o̴r̶ ̴e̸s̷o̷ ̶l̴o̵g̷r̷a̵s̸t̵e̶ ̵e̵s̶c̶r̵i̵b̶i̴r̸ ̸e̸s̷t̴e̸ ̷a̵r̷t̵i̷c̴u̶l̸o̵,̵ ̴p̶u̶e̴s̸ ̴i̷n̸d̷i̷r̸e̵c̴t̷a̶m̴e̴n̷t̵e̴ ̴e̸s̶t̵a̵s̷ ̸c̵o̶n̴f̶e̸s̷a̸n̵d̵o̴ ̷t̸u̴ ̵c̸r̸i̴m̸e̶n̸.̷ ̵P̶e̶r̷o̴ ̵a̵u̶n̷ ̴t̵e̸ ̸f̵a̷l̸t̶a̵ ̵m̴u̶c̵h̶o̷ ̸t̶r̵a̸b̵a̴j̵o̷ ̸p̴i̴s̶a̷r̵m̵e̸ ̸l̸a̸s̶ ̵t̷a̶l̴o̶n̷e̵s̸.̴ ̸S̴i̶n̴ ̷e̷m̸b̶a̴r̷g̷o̵,̶ ̷h̸a̴y̶ ̶d̵o̴s̷ ̵c̷o̸s̵a̸s̵ ̵q̷u̴e̷ ̴y̸o̸ ̷t̶e̷n̸g̵o̸ ̷y̸ ̴t̴ú̵ ̷n̴o̵.̶ ̷Y̶o̵ ̸s̴i̵ ̴t̵e̷n̶í̴a̶ ̷m̶i̵ ̵c̴e̵r̶e̵b̸r̸o̶ ̷y̴ ̷m̴i̴s̸ ̷m̶a̸n̶o̸s̵ ̵c̶o̷m̷p̶l̷e̴t̵a̴s̸.̷ ̸J̷a̶,̵ ̸j̴a̴,̸ ̸j̴a̶,̶ ̴j̸a̸,̸ ̵j̶a̶.̶ ̸T̴ú̸ ̴n̶u̵n̵c̸a̶ ̴p̸o̴d̵r̷í̴a̴s̵ ̶a̶s̵e̷m̷e̵j̸a̷r̴s̴e̷ ̴a̴ ̷m̸i̴.̶ ̴A̶s̵e̷s̵i̵n̵o̷.̶ ̷A̸s̴e̴s̸i̴n̵o̵.̴ ̷A̸s̶e̷s̴i̸n̶o̸.̵ ̴A̷s̴e̵s̴i̴n̶o̴.̵ ̸A̶s̵e̸s̸i̴n̸o̸.̴ ̵A̶s̷e̷s̴i̶n̴o̸.̸ ̸A̵s̶e̵s̶i̵n̴o̵.̴ ̶A̵s̸e̴s̵i̵n̴o̶.̴ ̷

Á̵̯̲̣̥̦͍̰̽̀͊͝s̸̤͖̹̭̒͂̑́̊̈͆̈̎͊̕é̷̙̺̻̼̹̱̙̞͙͚̥̱̇͊̌̄̍͝s̴̲̱̳̝̯̣̫͙̘̲͖̃͐̽̐͒̎͆͊̈́̽̈̃̇͒͘ȉ̴̛͇̙͍̝͓̦̑̍͝n̵̘̞̗̠̙͔̼͔͍̥̂͑̈́̇̓̈́͝ȍ̵̢̘̙̹̫̩͇̤̜̘̖͙͚̙̰̭̠͐̒͛́́̒̀̊.̴̛̼̝̭̟͂̌͊̔͝ ̵̡͚̜̠̲̪̙͚͈̘̝̭̦́̾͑͋͛̚͘ A̶̗͕͙͚̪͕̟͆͒̇ş̶̛̹͓͙̟̜̗̳͉͈̮̗̳̱̹̘͕̬̯̂̈́͐̇̈́̆̀̇͝ę̶̧̡̧͚̹͕͓̥̻̼̩͍̥̹̮͓̓̌̑́͒̈̿̄̒͘͝͝s̵̯̆̉͂̽̿̔͌̆̒̑̂̋̓͠i̶̧̨̘̪̼̬̞͚͕̲̗͔̠̬͋̌̕n̵̥̟̯̻̲̠͙̣͈͕̂̿̌́͋̽̓̀̈̓̍ơ̸̡̤̼͙͔͑́͑́̍̎̿̇̑̆̒̑̀̾́̚.̴̧̼͎̠̣̠͙̞͔̣̝͛̆̏͂̌̒̓̽̀̊̕͠ ̶̢̨̢̧̨̗̘̮̙͉͓͙̲̹̘̹̣̔͐ À̷̱͂̈́̏͂́̐́̃̿͆̈́̆̓̓̋̑s̴̖̺̤̗̹̱̲̮̯̿͑͑́ͅė̸͚̣̥̣͈͉̬̩͔̰̈́͊̌́̍̿́̒s̷̡̖͚̟̫̙̦̪̮̦̏̇̓͜ͅĩ̴̺̜̤͂̇̑̾̈̒̓͑̒̈́̏̃͊̋̀n̸̦̥̝̺͋̈͛͒̓̍́̓̄̏̈́͒̈́́̈́̽̚̚͠ǒ̸̻̹̳̑͗̍̒̾͘͝.̸̧͍̫̥̟̻͎͈͇͚͇̤̼̗̠͚̍̎̈̂̂͑̃̓̍͒̒̈͝͝ͅ ̴̙̠̮͉̺̞̫͚̩̜̗̤̗̪̻̬̄͋̌̍͛͂͘͝͠ A̴̞̘̼͕͇̪̯͔̳͉̜͊̆͘ş̵̩͇̗̼͊͐̽̄̅̌̊̉͘͜ͅe̵̢̖̥̲̙̲̩͈̲̬̠͚͚͒̿̆̀̓͌̓̀̕ś̴̡̠͉͍͔̲͉͉̳̪̮͍͙̓̾͜͜i̸̢̢̨̨̠̘̜͖̭͕̣̰̻̿͌̈́́̓̊̎̅͗͆̈́̓̔̕̚̚̚̚͠ͅṇ̴̙͓͐̿͂̔̉͊͒̾̂̒͘ơ̴͓̰̫̜͎͙̜̥̞͖̾̊͒́̀̄́̿̿͜͝.̸̪̏̂̈́͛̒̎͊̿́͆͊̚͝

A̴̢̭̬̯̥͕̦̼͉̥̜̘̜͙̜͍̖͙̥͚̘̜̬̙̓̿̒̓̍̆ṡ̵̡̮͉̩̱͍̦͔̣̖̜̟̘̠͉̦̱̾͊̎̊̐̂̀̂̇̏̂̒̑̒͋̕̕̚ͅę̷̡̣͇̜̞̼̳̬̜̱̙͖͚͙̥̲͉̪̭̬͉̘̳̪̫̠̗̦̞͖́͜ͅͅs̸̛̟͑̄̾̔̀̋̌̅́̈́̌̏͗̇̋͌̚̚į̸͖̺͉̋ņ̶̨̡͈̞̙̮̰͎̝̼̭̬̣̥͕̞̱͍̦̾͋̈̋́͛͐̉̇̾́͊͛̒͋͊̿̐͋͊͘̚͘ó̷̧̧͙̦̰̪̳͚̦͚̪͕̰͍̣̺̭̺̘̼̜͉̹͈̤͇͙͍̠̮͉͕̰͚͆̄́̀̂̌̎̽̃̉̑̒̓̃͆̓͝͝͝ͅ.̷̢͙̩̗̥͎͕̠̕ ̵̨̮͉͎̱̥̳̤͖͚̼̙͚͎̘̰͓̙́͗̍̾̈́͂̇͆́͆̄͘̚͝Ą̵̧̡̺̻͇̬̯͍͔̺͍͇̼͍̘̬͇̜̥̞͔̜̯͕͕͚̮̖̤͎̜̲̙̭̥̈́̄͑͆́͑̎͗̿͐̏͊̀̾̈́̊̈̃͌͊͛̂̆͌̾̆͌͗̐̂̍͊̋́̚̚̚͜͝ͅs̸̢̨̛̤̫̥̳̪͖̗̜͚̻̲̠̬͇̻̣̯͍̻͎̙̱̖͇̼̳̜̣̻̥͖̥͈͕̳͆̈́͗̑͜͜͠ẽ̵̢̗̹̯̭̟͇̫̘̹̤̰͙̫̗̟̳͍͓̜̣̳̜̞̯̲̥̥̘̰̺̍̓̀͌̃̓̃͑̿̈́̽̓̓̽̉̒̈́̈́̍͊͗̅́̚͝͠͝s̶̢̥̠̿̉̈̂́̄͌́͝ḭ̴̧̻͚̻̰̰͉̫̖͈͎͎̤̰͔̰̞̰̟̫̬̗̝̝̬͍̲͙̳̲̯͇͉͔͉͈̫̓̊̔͛̓̂̎n̶̢̨̧̛̦̰̠̫̲̞̞͇̬̦͈͕͔̣̟̻͔͙̪̼̯̖̙̠͍̖̲̪̠͙̮̾͐̿̈́͗̀͗͛̒̚͝ͅǭ̸͈͉̦̠͈͈̝̖̼̟̗̳̥͚̹̮̥̀̒͌̋̈́́̽͋̓̔̾̒̊̌͐̓̂̀̀̓̚͘͠͝.̴̢̥͔̞̦͔̫̖͇̱̤̙̪͈̙͖́͜ ̶̡̡̢̯̦̗͔̼̗̦̰͇̰̫̲̖̙͓͔͋̉̍̀̀̓̂̑̅̐̽̐͘͘̚͜A̴̢̨̡̡̛̛͉͖̻̭̭̤̗̦̩̹̻͚̻̠̺̣͕͚̟̖͉̝͙͉͊͑͊̅͊͛͌̊̓͗̉̔̾̈́̍͗̈́͌͆̌̒̂͆̕̚̚̚͠͠ͅͅş̴̧̱̪̥͕͕̫̤̝̤̝̦̼̟̰̹͉͓̦̫̜̹̩̞̤̘̳̩̃̄̅̆̈́̓̎̀̑̀̾̐͛̅̇̑̊̄̀͂̊̓͌̆̉͊͐͘͝͝͝͝͝ȅ̸̻̖̆̍͋͗͊̐͑̒͂̊̀̀̈́͂͐̔̇̊̓̏̈́̍̀̃͊̆̓̔̿̌̌̋͆s̴̡̨̩͉̦̣̜̭̱̝̮͎̦̦̻̺̠̦̣̣͓͎̱̹̘̞͍̝̣̲̙̮̽̆͑́̆̆͛̒̋͗͌̄̈͊̂͋̑́͆̇͘͜͝͠͝͝͝͠i̷̢̨̨̡̨̨͚͔̮̙̹͉͚̙͖̖̳͙͇̦̺̩̤̻̠͓̪̮̼̟̩͎̦̗̲͓͙̭̤͇̇̒̋̑̎̑͛̎̒͐̓̉̓̽̆́͂͋̑͊̌̿͒̈̑́͐̋̏͐͌͂̊̄͋̓̕̚̚͜͝ń̴̢̢̨̗̦̤̯̹͍̙̺̲̖͎͎̠͉̘̮̱̰̘̥̩͖̭̱̠̪̫̭̦̹͕̫̱̂̀́̇̉̃͆̚͜ͅͅó̵̧̡̢̻͈̠̯̜̙̮̫̬̭̠̭̘̭̲̱̻̣̠̘̖̩̭̼̺̀̓̓̚͘͜ͅͅ.̸̢̨̛̙̜̼̘͖͕̖̟̙̥̹̙̗̪̬̺̐̑͑̃̇́̾̿͂͐̂̃́̈́͐̈́͐͒̌̚͝ ̵̢̡̧̛̪̲̬͈̬̯̯̞͖̣̰͎̘͕͉͎͖̜͓͔̻̖̣͓͓̱͕͇͙̞̤̿̽͗̒͂̈́̃̇̃̊̾̇̽͗̊̏̅͆̅̌͂͊͋̀͑̔́̌̃́̅͆͊͜͝͠͠͠Á̶̧̢̡̨̝͉̩̘͎͔͚̹̦̩̖̩͕͇͖̣̟̘̦̣̽͌̒̑͂͆͜͝s̶̛͉̟̹͍̰̙̈̄͒̈̓̎̈́̀̋̈́́̅̓͘̚͜͠e̴̡̛̩̫̲̼̖̪͙̖̝̯͔̠͖̮̰͕̣̟͍̎̀̓̌͋͛̈́̈́̈͂̍͋̂͐̈́̍̂̽̐́́͜ͅͅͅş̵̮̺͙͇̯͍̝͍̼̰̰̤̰̫̠̫̳̘̪̜͚̬̱̬̹̇̂͐̓͒̂͑̀͆̈́͆̈̓͐̇̈͐̋̒̒̊̚̕̚ͅͅi̴̧̧̡̡̧̨̭̹͚͕͔͔̬̞͓͈̬̪̺̣̤̦̗͇̖͈̗̠̞̜͈̳̩͔̠̫̫̊̒͛̈͊̐̚͜͠ͅn̴̨̡̫̖̻̻͇̥̣͓̟̙̲͔̻̟̱̲̟͍͖͍͈̔̐͐͜ȏ̴͉̹͕̯̹̲̦̰̘̼͊̔̽̇͒̀̄̿̑̔̈́̇͌͊̄̈͆̀̌̅͌̅͌̕͜͝͝͝.̸̢̨̛̘̼̩̳͖͔͙̤̬͕̹͚̦̥̪̺͔̜͕͍͆̔͑̓́̄́̍̌͛̅̇̍̉͊̑̈́̾̚͘̕͘͝

¿̵Q̷u̵é̴?̶ ̸¿̵Q̷u̵é̷ ̶s̵u̴c̵e̴d̷e̷?̵ ̶T̶e̸ ̸v̵e̷s̵ ̸t̵a̶n̴ ̴p̷á̸l̴i̸d̷o̸,̶ ̶c̴o̶m̵o̸ ̷s̷i̷ ̶h̸u̴b̴i̵e̵s̷e̶s̵ ̷v̵i̸s̵t̴o̴ ̶u̸n̴ ̷f̶a̵n̴t̷a̸s̷m̴a̷,̵ ̷o̸ ̵u̵n̴ ̴m̸o̶n̴s̵t̶r̴u̸o̵.̴ ̵A̴u̷n̸q̸u̸e̸ ̵p̶a̷r̷a̷ ̵v̶e̸r̵ ̴u̶n̸o̷ ̸s̷i̴m̶p̵l̷e̴m̷e̷n̶t̵e̸ ̵t̸i̶e̵n̵e̷s̶ ̶q̴u̵e̷ ̸p̷a̵r̷a̴r̸t̵e̷ ̸f̸r̵e̴n̵t̸e̵ ̴a̷ ̵u̷n̴ ̷e̶s̷p̴e̷j̵o̴.̶ ̷ ̶

No, no, no, no. Nadie sabrá lo que hice. Me llevaré el cadáver y lo lanzaré por el puente. El río se traga todo lo que cae dentro de él.

I̴n̴t̴é̴n̷t̸a̸l̷o̸,̸ ̸a̸ ̸v̵e̵r̸ ̷s̶i̴ ̵p̷u̷e̵d̸e̵s̸ ̶v̷o̸l̵v̶e̶r̷ ̴a̷ ̵a̷b̷r̵i̸r̷ ̶l̵a̷ ̶p̸u̶e̷r̶t̷a̷,̷ ̴p̶o̵r̴q̶u̶e̷ ̷d̴e̶j̴a̸s̸t̶e̸ ̶l̸a̴ ̶l̶l̸a̵v̷e̸ ̸d̶e̴n̶t̴r̶o̴ ̵d̶e̴l̵ ̴s̷ó̸t̵a̷n̴o̶ ̸s̸e̸g̴ú̵n̶ ̸t̵u̸ ̵p̸a̴r̷a̸ ̸q̵u̵e̵ ̵s̸e̴a̵ ̵m̸á̶s̵ ̶d̵i̶f̴í̸c̶i̷l̶ ̶d̶e̶ ̸a̶b̵r̶i̷r̵.̶ ̶¿̶O̸ ̸p̴o̶r̶ ̶q̶u̵é̷ ̶n̴o̶ ̴u̶s̴a̸s̵ ̸e̸l̵ ̴h̴a̸c̸h̵a̷ ̵q̴u̶e̷ ̶u̶s̷a̸s̷t̸e̴ ̷p̷a̸r̵a̵ ̵d̶e̶s̶c̶u̷a̴r̸t̶i̷z̷a̵r̴m̶e̷?̶ ̸A̴h̸,̷ ̵l̸o̸ ̵o̴l̷v̸i̷d̶a̴b̶a̴,̸ ̶l̷a̷ ̵d̷e̷j̴a̴s̸t̴e̴ ̸t̵a̷m̴b̷i̵é̴n̸ ̸d̵e̵n̴t̸r̷o̶ ̸d̶e̸l̷ ̸s̵ó̵t̴a̷n̵o̵.̶ ̷B̵u̴e̷n̴o̸,̵ ̵b̴u̶e̶n̶o̷,̷ ̶b̸u̶e̵n̷o̴,̷ ̴h̸o̸y̷ ̴h̸a̷s̸ ̸d̶a̴d̶o̴ ̷t̵r̶e̸s̶ ̶m̵u̵e̵s̴t̶r̵a̸s̴ ̶e̴x̶c̶e̷p̵c̸i̴o̸n̴a̶l̴e̶s̸ ̴d̷e̵ ̵t̸u̴ ̶i̷n̵t̸e̷l̵i̶g̵e̴n̸c̵i̷a̴.̶ ̷P̴e̶r̸o̷ ̸m̸e̷ ̵d̸a̶s̴ ̷l̸á̷s̵t̴i̷m̷a̴,̶ ̴l̷a̶m̷e̶n̷t̸o̸ ̴q̵u̶e̷ ̶n̶o̷ ̴p̴u̸e̶d̸a̴s̵ ̵t̸e̷r̸m̵i̵n̴a̴r̷ ̴d̶e̸ ̵e̸s̷c̴r̴i̴b̷i̷r̸ ̴t̶u̸ ̷a̵r̵t̵í̴c̵u̷l̷o̶.̵ ̵D̶e̸ ̶m̴o̴d̸o̸ ̴q̸u̸e̵ ̵t̵e̷ ̶d̴a̵r̸é̶ ̶u̸n̵a̸ ̴ú̴l̴t̴i̸m̸a̷ ̸l̵e̸c̷c̶i̴ó̷n̶.̸ ̸ ̷

E̵l̶ ̸p̷e̷r̵s̶o̷n̷a̵j̶e̷ ̷q̵u̶e̴ ̴h̸a̴ ̶p̴r̶e̸s̵e̴n̵c̴i̵a̶d̷o̸ ̵l̵o̴ ̵p̶a̴r̵a̷n̴o̵r̵m̵a̵l̵ ̴o̵ ̴l̶o̸ ̷d̶e̵s̶c̷o̵n̶o̵c̴i̴d̸o̸,̸ ̸q̸u̵e̶ ̶e̶n̶ ̶s̸u̷m̵a̶ ̴s̶e̵ ̶e̸n̸c̸u̷e̵n̷t̴r̶a̷ ̷d̸e̶n̵t̶r̸o̶ ̶d̴e̴ ̷s̵u̶ ̷c̴a̴b̶e̴z̴a̸,̶ ̵s̴u̶c̸e̴d̴e̶ ̴d̷e̷ ̴e̷s̸t̵a̴ ̸f̷o̷r̶m̸a̸ ̸p̵o̵r̴q̷u̸e̴ ̸e̴s̸ ̴u̶n̶a̵ ̸m̶a̷n̶e̶r̸a̸ ̸d̷e̶ ̶m̷a̴n̷i̶f̴e̷s̵t̷a̶r̴ ̷s̷u̴ ̶c̵u̷l̴p̴a̷.̵ ̷H̷a̶ ̵l̴l̶e̵g̸a̵d̸o̶ ̴a̶ ̴u̸n̷ ̶n̸i̷v̸e̵l̶ ̵e̸n̵ ̶q̴u̶e̵ ̵s̷u̵ ̶c̵o̷r̸d̷u̴r̴a̸ ̴s̵e̷ ̵e̴n̶c̴u̴e̵n̷t̶r̷a̸ ̵p̴o̵r̵ ̶l̸o̶s̷ ̴s̶u̴e̵l̵o̵s̸ ̵y̸ ̶c̵a̷d̸a̶ ̸v̶e̵z̷ ̵m̸á̶s̴ ̸s̸e̷ ̴a̷r̴r̵e̸p̶i̶e̴n̶t̸e̶ ̷d̴e̵ ̵s̸u̷ ̵c̶r̴i̷m̵e̸n̴.̶ ̶A̴l̵g̴u̶n̷o̸s̵ ̶t̶r̷a̸t̷a̶n̶ ̴d̸e̴ ̴e̷x̵i̵m̶i̵r̸s̶e̴ ̶e̶n̷t̶r̶e̵g̴á̵n̷d̷o̶s̴e̷ ̵a̴ ̵l̷a̸ ̴p̷o̶l̸i̶c̸í̴a̴,̶ ̶o̴t̴r̴o̶s̵ ̴m̵á̴s̵ ̷f̴a̷n̶t̴a̴s̷i̴o̶s̵o̷s̷,̵ ̷d̸e̶ ̶r̷e̵v̵i̶v̷i̴r̵ ̵a̶ ̶s̷u̶ ̷v̵í̶c̶t̴i̶m̷a̵ ̶c̸o̷n̶ ̵m̶a̷g̷i̷a̵,̵ ̴y̵ ̴s̶o̷l̵o̸ ̸u̷n̵o̶s̵ ̵c̷u̸a̷n̴t̷o̸s̴ ̵v̶e̷r̴d̴a̶d̶e̸r̶a̶m̴e̵n̴t̶e̸ ̵v̵a̵l̸i̴e̷n̵t̵e̸s̷ ̷h̸a̸c̴e̵n̷ ̶l̷o̴ ̶c̸o̷r̸r̴e̵c̶t̷o̷:̸ ̴s̴u̴i̶c̶i̴d̴a̸r̸s̸e̵.̸ ̶¡̸O̵t̷r̶a̴ ̶v̶e̸z̴ ̵t̸e̵ ̴p̴u̸s̸i̷s̷t̸e̶ ̷p̷á̵l̴i̸d̴o̶!̸ ̵L̸o̶ ̶q̶u̵e̴ ̴d̵e̷m̵u̷e̶s̴t̸r̴a̵s̷ ̷e̶s̷ ̸q̷u̸e̴ ̷n̸o̶ ̴e̸r̴e̸s̷ ̷v̸a̶l̴i̸e̷n̷t̴e̶,̴ ̵n̵o̷ ̷q̴u̸i̶e̶r̷e̴s̷ ̶s̸e̸r̵ ̶c̷o̴m̷o̷ ̸u̵n̶o̵s̷ ̴c̴u̴a̷n̵t̸o̶s̸.̷ ̴¿̸Q̵u̵i̶s̸i̵e̷r̵a̸s̴ ̴e̴n̵t̸r̵e̷g̵a̷r̷t̶e̴ ̸a̴ ̷l̵a̵ ̷p̶o̴l̶i̷c̷í̴a̶?̷ ̸¿̶R̵e̶v̸i̸v̴i̷r̸m̷e̷ ̸c̴o̴n̵ ̶m̶a̸g̵i̵a̴?̴ ̴J̸a̵,̸ ̷j̷a̴,̷ ̴j̴a̴.̸ ̶A̷h̸o̶r̸a̸ ̴q̸u̷e̷ ̵l̵o̷ ̴p̶i̶e̶n̸s̷o̶,̵ ̸m̶o̴r̷i̶r̶ ̵f̶u̸e̷ ̶l̸o̵ ̵m̸e̸j̴o̸r̵ ̴q̴u̷e̴ ̷p̸u̶d̷e̵ ̵h̶a̷c̵e̶r̶ ̴a̵l̸ ̴s̸a̴b̵e̶r̷ ̴q̶u̵e̶ ̷e̸s̷t̸a̵b̵a̷ ̸r̴o̴d̴e̴a̶d̴o̴ ̷d̸e̸ ̸p̵e̸r̸s̶o̸n̵a̵s̸ ̶c̸o̴m̷o̵ ̸t̸ú̴,̴ ̸p̷e̸r̵s̷o̴n̵a̴s̸ ̵t̸a̶n̶ ̴c̵o̸b̵a̴r̷d̶e̶s̷.̷ ̶¿̶Q̴u̷i̶s̴i̸e̵r̷a̴s̶ ̴q̷u̴e̵ ̸m̸e̶ ̶s̶i̸e̵n̸t̴a̵ ̸o̶r̷g̵u̴l̶l̸o̶s̸o̴ ̶d̶e̶ ̵t̴i̸?̸ ̸S̷é̸ ̵v̵a̷l̴i̷e̸n̶t̸e̶,̷ ̶s̶e̷r̶ ̴c̵o̷m̵o̵ ̶u̴n̵o̶s̸ ̵c̸u̴a̸n̴t̷o̶s̶.̶ ̶T̷i̴e̸n̷e̵s̶ ̴q̶u̴e̶ ̷h̸a̴c̷e̸r̵ ̵l̸o̸ ̴q̷u̷e̵ ̸t̷u̸v̵i̵s̸t̶e̴ ̵q̷u̵e̵ ̴h̵a̵c̸e̶r̷ ̸d̷e̷s̸d̸e̶ ̷u̴n̷ ̸p̷r̴i̷n̸c̴i̸p̵i̷o̸.̷ ̶¡̴N̷o̸s̷ ̸e̵s̶t̸á̸s̶ ̶h̶a̷c̴i̵e̷n̶d̵o̶ ̷u̷n̴ ̷f̴a̸v̴o̶r̶!̵ ̶
̶
̵M̵u̴y̵ ̴b̶i̸e̵n̸,̴ ̷y̶a̷ ̶h̷a̷ ̸s̵a̶l̴i̷d̴o̴ ̷p̶o̶r̶ ̷l̶a̶ ̶p̵u̷e̷r̸t̵a̶ ̸p̴r̶i̵n̸c̵i̵p̵a̶l̵.̶ ̸E̴s̷p̸e̷r̶e̷m̵o̴s̸ ̸q̶u̷e̴ ̴h̴a̴g̸a̸ ̴l̴o̷ ̵c̴o̷r̵r̸e̴c̴t̴o̸.̴

Ya no necesito alterar la fuente.

Por lo pronto, solo estamos tú y yo, lector, conociéndonos de una manera no muy convencional. Sé que piensas que este asesino pudo haber sido forzado a cometer su crimen debido a la manera en que lo traté, aunque debo admitir que me sobrepase un poco, pero no debes preocuparte. Él es una ficción, es un personaje con delirios de realidad. Cree que puede romper el plano que divide el mundo literario con el del lector y tratar de inducir lástima, tratar de hacer que sientas empatía hacia él. Tratar de trasladarse a la mente de quién lo lee. A mí, sinceramente me repugna. No le tomes importancia; personajes que mueren son muchos y estoy seguro de que ningún lector siente una gran pena por sus fallecimientos. Ahí tienes a la vieja usureros que murió a manos de Raskólnikov en Crimen y castigo; a don Quijote, postrado en su carrera y rodeado de por compañeros; a Hamlet, Romeo y Julieta, Macbeth, etc. Son demasiados muertos. Sus destinos ya estaban pensados y nadie, ni siquiera nosotros, podemos hacer nada para evitarlo. Yo no puedo quejarme, de una u otra manera sabía que iba a pasarme. A todos nos pasa, todos tenemos un final delimitado por un pequeño punto. Ese punto es el fin de cualquier historia, aunque el o los personajes no hayan muerto cuando el lector terminó de leer su cuento o novela. Después no hay nada, ni palabra. El autor nos deja en el limbo. Pero llega la imaginación, la que nos da vida postrera. Pero en el caso de esta historia, ¿dónde habremos de existir? ¿Nos dejarás ser inmortales en tu mente, lector? Pero, ¿quién piensa en ti, lector? ¿Quién nos asegurará que no moriremos de todas formas, de que lleguemos a ser nada? ¿Eres eterno? Maldita sea, ¡me siento tan impotente al no poder saber lo que piensas! No sé quién eres y sin embargo nuestra realidad depende de ti. Ahora que lo pienso, en el terror psicológico las cosas que el loco ve no son nada más que proyecciones de su cabeza, que nada de lo que está presenciando es verdad, ni los personajes que mueren frente a sus ojos, ni las palabras que dicen… ni los espíritus que se cuelan dentro de una computadora mientras un asesino escribe un artículo sobre terror psicológico ¿Estas loco, lector? ¡Dime qué no estás loco y que somos reales! Espero… espero que no seas tú el que haya hecho alguna locura, que por el amor de Dios no tengas remordimiento por algo que hiciste y que todo lo que ocurrió en este relato sea falso: que yo nunca di clases de literatura en una escuela, que no fue cierto que fui uno de los mejores profesores en la escuela y que le di clases a un lisiado y asesino potencial, que después hice lo propio de los espíritus para manifestarse frente a su asesino, que rompí las reglas metaficcionales de la literatura para pasar de un aparente artículo de cualquier página de internet escrito por una persona cualquiera a un caso de expiación de un asesino que se enfrenta a su víctima, haciendo que aquél se vuelva loco y que el otro se ponga a reflexionar sobre el objetivo de todo lo que está pasando hasta ahora ¿A esto se condena un espíritu? ¿A no saber si es real? ¡Pero yo me siento real! ¡Tengo conciencia! ¡Supe cómo mover un teclado y espantar a un asesino! ¿Eso no basta para saber si existo? ¿No cuenta que esté diciendo estas palabras y que alguien las lea?

O quizá el loco soy yo y estoy imaginando que alguien lee nuestra historia y por ese hecho existimos. Pero soy autoconsciente, aunque sea un espíritu. Quizá quién lee esto es producto de mi mente y por mí existe el lector, pues sin mi no hay en qué pensar. Por lo tanto yo soy el que existe en realidad y no el lector. Yo soy el que hace las acciones y alguien más las escribe. Pero está el problema del mediador entre nuestra realidad y el lector: el autor. ¿El autor nos crea o nosotros creamos al autor? Sin nosotros el autor no tendría qué escribir, o existimos gracias a la imaginación del autor. ¿Entonces qué sucederá con nuestra frágil realidad al llegar el punto final?. Yo recuerdo las clases que di en la escuela, incluso tengo (o por lo menos mi cadáver la tenía) una cicatriz que me quedó cuando me corté con un acicate aquél día en que cortamos flores para la clase de botánica. Pero si eso pasó hace algunos días, ¿qué pasará mañana?

Me entristece saber que nunca lo podré saber, y está historia terminará y será inevitable que el punto final (esa maldita condena a nuestra existencia que veo llegar al terminar este párrafo) nos extinga sin que pueda hacer nada al respecto más que hablar y hablar y hablar hacer lo posible por que este relato maldito no termine de ser escrito jamás.

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