El contrato (quinta entrega) 5

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Un cambio de actitud lo es todo…

Depresión

 

Apenas podía distinguir un día de otro. Las persianas bajadas hacían que la oscuridad más absoluta reinara en la habitación. María entraba, encendía la luz e intentaba hacerme reaccionar de algún modo, pero hiciera lo que hiciera me sentía inerte, sin vida. Contaba el paso de los días por el tiempo que transcurría entre comida y comida, lo cierto es que era la única información que necesitaba, todo lo demás carecía de importancia.

Estaba dispuesta a proseguir con mi dolor toda la semana. A lo mejor mi apatía conseguía que ese monstruo sin compasión decidiera liberarme de mi condena, dejándome marchar de una vez por todas.

Sin embargo nada aconteció como esperaba. Aquella mañana Edgar se plantó y entró en mi cuarto como un huracán. Me quedé sin aliento en los pulmones no bien se aproximó a mí, lanzando improperios de todo tipo y sacándome de la cama a la fuerza.

—¡Se acabó! –bramó alterado retirando la colcha que me cubría y cogiéndome como si no pesara más que una pluma, para a continuación, cargarme a la espalda sin ningún tipo de miramiento.

Intenté reprenderle, pero los insultos y las palabrotas que hasta la fecha siempre le habían alterado, parecían no tener el efecto deseado en esa ocasión, e ignorando mi resistencia, bajó las escaleras conmigo a cuestas y me sentó de mala gana sobre la silla del comedor.

Tardé un tiempo en adaptar mis ojos a la luz de la mañana. La mesa estaba repleta de dulces, churros, pastas, pasteles, frutas… era un desayuno digno de un rey.

— Come –me ordenó con el rostro serio.

Para mi sorpresa Edgar había vuelto a cubrir sus cicatrices con la misma máscara que le vi en la fiesta, pero en esta ocasión, no lucía uno de sus caros trajes. Vestía informal, con vaqueros y un jersey negro de cuello vuelto que se ajustaba a su cuerpo realzando su cuidada musculatura. Ese detalle me llevó a rememorar nuestros primeros encuentros. Por lo que había observado, Edgar solía quitarse la máscara cuando estaba en casa y no esperaba visitas, únicamente se cubría cuando se rodeaba de otras personas. Al vestir informal me di cuenta de que no esperaba a nadie, ¿entonces por qué se ocultaba cuando conmigo ya había vencido esa barrera? Su conducta me hizo ver que no quería asustarme, estaba dispuesto a mostrarse inflexible conmigo por mi voluntaria reclusión, pero decidió ocultar su rostro para no parecer todavía más intimidante.

—Esta situación ha llegado a su fin –anunció con convicción, apoyando el dedo índice sobre la mesa–. Desde hoy vas a ocupar tu tiempo con cosas, así que dime lo que quieres hacer.

Desvié la mirada y sellé fuertemente mis labios, mostrándole todo mi desprecio.

—¿Te gusta la música?, ¿te gustaría aprender a tocar un instrumento? Montar, ¿quieres que te asigne uno de mis caballos? El deporte, la pesca, el cine… ¡Dime algo, maldita sea! Algo debe haber que quieras hacer.

Alcé el rostro para encontrarme con él de nuevo, no tenía ni idea de las necesidades de una mujer, ¿la pesca? ¿En serio?, pero por otra parte estaba preocupado y confieso que eso logró confundirme.

María entró en el salón apretando los labios, sin duda alertada por los gritos de Edgar.

—¡Habla de una vez! –gritó dando un golpe seco sobre la mesa. Su inquebrantable paciencia empezaba resquebrajarse y aproveché esa brecha, ese indicio de desesperación para hurgar un poco más en su herida y llevarle al límite.

—¿Qué quieres que haga? Haré lo que tú quieras, he entendido cuál es mi papel en esta casa.

Conocía poco de él, para ser exactos era prácticamente un extraño, pero sí sabía que mi sumisión le exaltarían incluso más que mi chulería.

—Edgar… –María puso una mano en su hombro para advertirle– Es solo una niña.

Edgar suspiró y desvió la mirada, cargándose de paciencia.

—Esto no está bien, ¿quieres cabrearme? –preguntó manoteando– ¿Esa es tu táctica ahora? No entiendo tu actitud, francamente, me decepciona que no seas capaz de ver el conjunto de las cosas. Quiero una mujer que esté a mi lado, que me acompañe, que sea mi esposa, no quiero un muñeco carente de vida.

—Pues resulta que yo me siento así ahora mismo.

Era consciente que mi actitud infantil no ayudaba demasiado, pero no podía evitar comportarme así con él, era mi manera de revelarme y demostrarle que se había equivocado conmigo; una chica como yo no estaba hecha para llevar una relación con un hombre como él. En este caso la diferencia de edad, entre otras muchas cosas, sí era un obstáculo insalvable.

Se levantó de un salto llevando la silla hacia atrás con un fuerte estrépito y caminó por el comedor como si fuera un león enjaulado.

—¡De acuerdo! –espetó en tono osco– Si esa es tu decisión, si esta será tu forma de proceder de ahora en adelante, tú misma. Pero en esta casa se respetarán unos horarios –empezó a enumerar con los dedos como si fuera mi padre en un momento de máximo cabreo–, no puedes dormir veinticuatro horas al día, ni descuidar tu imagen. No pienso consentir que te abandones, ¿me oyes? Tú tienes tus tácticas de persuasión pero yo también tengo las mías, todavía no has conocido mi peor cara.

Mis ojos se abrieron todavía más mostrando sorpresa.

—¿Ah, no?

Sonreí entre dientes por lo que acababa de decir.

Mi pequeña broma pareció divertirle un ápice porque su porte serio enseguida se relajó y volvió a sentarse.

Juntó los brazos sobre la mesa sin dejar de mirarme y profirió un largo suspiro.

—Come algo, por favor –prácticamente suplicó.

Me guardé la sonrisa triunfal para mí y cogí una porción de pastel de arándanos dando por terminada la discusión.

Por fin empezaba a conocerle. Sin duda era un hombre frío, sin sentimientos y terriblemente calculador, pero sí tenía algo de corazón después de todo, pese a su inflexibilidad y sus normas, no quería ningún mal para mí. Es curioso como todos los detalles que empezaba a conocer de su persona, me hacían luchar con más fuerza, utilizando sus pequeñas debilidades contra él. Era mi particular venganza a la situación que me había impuesto.

Partí un trozo de pastel con el tenedor, retándolo sin palabras, y me lo llevé a la boca con lentitud. Mientras masticaba en silencio bajo su insistente mirada, quise pedirle algo, a sabiendas que no sería capaz de negarse en un momento como ese.

—Me gustaría ir a la ciudad a… –partí otro trozo de pastel con el tenedor– a revelar mis fotos.

Intuí un imperceptible suspiro de alivio y se relajó en la silla.

—La fotografía –sonrió de medio lado–, claro, no hay problema. Philip te llevará donde quieras.

Asentí y me llevé a la boca otra porción de pastel.

Esa fue toda nuestra conversación. Edgar se dio por satisfecho y se llevó la mano hacia la cartera que estaba en el bolsillo trasero de su pantalón. La abrió delante de mí.

—Esta es tu tarjeta, cómprate lo que quieras, puedes aprovechar tu escapada para mirar el anillo de compromiso que mereces. Pero hazme un favor, si puede ser, deja a un lado esas sudaderas de hombre que tanto te gustan.

Hice un gran esfuerzo por no reír. Cuando pensaba que había empezado a cambiar, ocurría algo que me demostraba que seguía siendo el mismo de siempre.

—No son sudaderas de hombre, se llama moda juvenil, algo de lo que, obviamente, tú careces.

Apretó una sonrisa y apoyó el codo sobre la mesa, dejando descansar su cabeza sobre la palma.

—Se llama atentado al cuerpo femenino –respondió con tranquilidad, inmensamente más relajado.

—Es curioso que siendo como eres, quieres que vaya con vestidos llamativos por ahí… ¿no tienes celos de que otros hombres me miren?

—Lo bello debe admirarse, ¿así que por qué iba a molestarme que otros hombres supieran apreciarte como lo hago yo?

Me revolví en la silla. Oírle hablar así me incomodaba, no estaba acostumbrada a que me adularan.

—Eso dice mucho de ti –observé transcurridos unos minutos–, eres una persona coherente.

—Una cosa es que los demás te admiren, no puedo culparles por eso, es natural. Lo que no consiento bajo ningún concepto es que intenten hacerse o dañar lo que es mío.

Sacudí la cabeza, incómoda; ya salió a relucir su orgullo y ese sentimiento de propiedad innato.

—¿Soy tuya? –pregunté sin dar real importancia a sus palabras.

—Eso dicen los papeles. Eres mi esposa –recalcó el mi en su argumento.

—¿Entonces tú también eres mío?

Se hizo un breve silencio.

—Más o menos –mencionó de pasada–. Ahora come, no pienso moverme de aquí hasta que no vea que tu plato se queda vacío.

—Y yo no pienso comer si no seguimos hablando, lo cierto es que está resultando ser muy revelador.

Edgar suspiró, empezaba a cansarse de tanta charla, no hacía falta ser adivina para saber que quería salir huyendo y no sabía cómo hacerlo.

—¿Qué más quieres saber? –prosiguió cansado.

—¿Qué te pasó? –dije señalando su rostro con mi tenedor.

—Un accidente.

—¿Qué tipo de accidente?

—Uno del que sobreviví por los pelos.

—¿Hace mucho de eso?

—Era más joven que tú cuando ocurrió.

—¿Me lo explicas?

—Diana, no estás comiendo –me recordó molesto–. Y te recuerdo que no tengo todo el día para estar aquí sentado, tengo cosas que hacer.

—¿Sabes, Edgar? –dije cogiendo una manzana del frutero– A mí también me gustaría implantar una norma en esta casa.

—Tú no pones normas, y mucho menos me impones normas a mí.

Su tranquilidad detonaba un desinterés absoluto por acatar cualquier cosa que yo propusiera, pero eso no me achantó lo más mínimo.

—A partir de ahora llevaré una vida saludable y desayunaré todas las mañanas como es debido, únicamente si…

—¿Si…? –suspiró resignándose.

—Si desayunamos juntos todos los días. Sin excepción. Y conversamos un poco, ya sabes, tú me conoces a mí y yo te conozco a ti; quid pro quo, como se suele decir.

—Eso no es compatible con nuestros horarios, además, me parece una completa pérdida de tiempo.

—¿A qué hora te levantas? –pregunté omitiendo su desagrado.

—A las siete.

—¿Las siete de la mañana? –quise asegurarme.

Él asintió y empecé a arrepentirme de la propuesta que había improvisado.

—De acuerdo –sentencié con un firme asentimiento de cabeza–. Me levantaré a las siete para desayunar contigo.

Arqueó una ceja, sorprendido.

—¿Qué, no me ves capaz? –dije ofendida.

Su sonrisa se expandió y negando divertido con la cabeza, añadió:

—A ver cuánto aguantas.

Su desconfianza me hizo jurarme que pasara lo que pasara no faltaría a mi promesa y madrugaría cada día para sonsacarle información, no me conocía si pensaba que iba a rendirme con facilidad a los pocos días.

 

 

Fotos

 

 

Sonó el despertador de mi teléfono móvil a las seis cuarentaicinco, lo miré con los ojos entrecerrados y me di la vuelta; estaba agotada. Pero no podía llegar tarde, no el primer día. Salí de la cama de un salto y fui al baño para asearme, el sueño empezaba a hacer mella y hubo un momento que estuve a punto de dormirme bajo el agua.

Miré la hora en el reloj y ya eran las siete. Un ruido proveniente de la habitación de al lado me distrajo e intuí que Edgar estaba a punto de salir, por desgracia no me daría tiempo a vestirme, así que cogí el albornoz y me lo enfundé rápidamente atándolo con fuerza a la cintura.

Abrí la puerta de un brusco estirón y me encontré frente a frente con Edgar. A diferencia de mí, él sí se había arreglado. Lucía unos vaqueros azul marino y una camisa blanca, el cinturón marrón de hebilla plateada se ajustaba a sus caderas y se apreciaba que en su cuerpo no había un gramo de grasa, María ya me había comentado que solía practicar deporte por las mañanas como un ritual. Su fresco aroma aturdió mis sentidos en cuanto me acerqué un poco más.

Me miró de arriba abajo con el ceño fruncido. Debía admitir que mis pintas daban miedo, aún estaba a medio vestir y llevaba pelos de loca, todavía húmedos. Edgar sonrió por lo bajo pero se abstuvo de hacer algún comentario, cosa que agradecí.

Al igual que el día anterior, se había colocado la máscara negra que cubría la mitad de su rostro, el flequillo ligeramente ondulado caía hacia ese mismo lado ocultando parte de las cicatrices de su rostro.

—Buenos días –le saludé cuando conseguí ralentizar mi respiración tras la carrera.

—Buenos días –contestó e hizo un gesto cortés con mano indicando que circulara delante de él por el pasillo.

Cogí aire y así lo hice, aunque me giraba de tanto en tanto para asegurarme de que venía detrás de mí.

—No sé cómo puedes levantarte tan temprano, a mí me ha costado horrores, y eso que es el primer día.

—Bueno, a todo acabas acostumbrándote.

Nos sentamos en el comedor, María se acercó exhibiendo una gran sonrisa por vernos juntos, nos sirvió el desayuno y desapareció dejándonos algo de intimidad. Su discreción era innegable.

—¿Qué vas a hacer hoy? –me preguntó cogiendo una de las galletas del plato.

—Iré a recoger las fotos, ayer me dijeron que las tendrían reveladas para hoy.

—Así que te gusta la fotografía…

Me encogí de hombros.

—Es únicamente un hobbie. ¿Tú tienes alguno? –pregunté a bocajarro, nada sutil.

—Si tuviera que escoger uno diría que es la pintura –reconoció sin demasiado interés.

—¡Es verdad! –asentí tras recordar el lienzo en blanco que vi el primer día en su despacho–, ¿y qué pintas?

—Retratos, paisajes… cosas así –mencionó sin entrar en detalles.

—¿Podría verlos?

—No –me dedicó una sonrisa de medio lado y asestó un enorme bocado a su galleta–. Y ahora come, ese era el trato, ¿no?

Siempre que empezaba con las preguntas me olvidaba de comer, pero lo que me resultaba aún más increíble era como activaba su coraza poniendo todo su empeño en revelarme lo mínimo de su vida. Sabía que debía proceder con mucho tiento si deseaba respuestas, y para qué negarlo, me resultaba agotador invertir tanto esfuerzo.

—¿Por qué no quieres enseñarme tus cuadros? –insistí, negándome a abandonar el tema.

—No son buenos. Si te sientes atraída por el arte puedo enseñarte algo de George Owen Wynne Apperley o de Brian Ballard. Francis Campbell Boileau Cadell es escocés, también tiene buenas obras. Podrías ir a la galería Nacional de Escocia, nunca está de más ilustrarse un poco –levantó el rostro de la mesa para encontrarse conmigo–. ¿Te resulta familiar alguno de esos nombres?

—Oh… pues… –vacilé un poco antes de proseguir– George Ballard es conocido, sí…

Su sonrisa perfecta inundó su rostro, y verle tan humano y relajado, me gustó.

—George Owen o Briand Ballard, son autores distintos.

—Joder, ¿quién demonios conoce a esos tipos? –confesé gesticulando con las manos– Picasso, Van Gogh, Dalí o Da Vinci, vale, pero ¿George Ballard? ¿En serio?

—Tu cultura artística deja mucho que desear por lo que veo –me reprochó de buen humor–. Pero veo que tienes los clásicos bien aprendidos.

Suspiré mientras masticaba uno de los deliciosos bollos recién horneados que había preparado María.

—Está bien –proseguí concediéndole la razón–, no podemos hacer una competición de cultura artística, pero apuesto lo que sea a que no podrías ganarme a una partida de ajedrez. Los juegos de estrategia son lo mío –le guiñé un ojo pícaro y él desató una sonora carcajada– ¿Qué te hace tanta gracia? –proseguí molesta.

Por fin cesó su risa y se levantó de la silla tras apurar el café. Con decisión se acercó mucho a mí, me quedé rígida mientras extendía su brazo sin quitarme los ojos de encima y con lentitud alcanzó uno de los bollos que estaban a mi lado. Cuando llegó a su objetivo me observó desde las alturas con autosuficiencia.

—Te faltan años de experiencia para ganarme una partida al ajedrez, pero valoro la seguridad que tienes en ti misma.

Me quedé con la boca abierta. Menudo pedazo de idiota. ¿Por qué no creía que pudiera ser capaz de ganarle en algo?

—Te lo demuestro cuando quieras si te atreves, te vendría bien una buena cura de humildad.

Dio un bocado a su bollo y emprendió el camino hacia la puerta con la sonrisa dibujada en el rostro.

—Lo mismo te digo. Aunque debo ser todo un caballero y no entrar en tu juego, no me gustaría herir tus sentimientos.

—¡¿Pero qué coño…?!

—Las palabrotas, Diana, por favor… –Dijo en tono cansado antes de cruzar el umbral de la puerta.

—Puedo ganarte, ¿me oyes? –le provoqué elevando el tono para que pudiera oírme desde el pasillo–Ya lo verás.

Su risa fue lo último que escuché mientras recorría los metros que faltaban antes de entrar en su madriguera. Era un hombre implacable y tremendamente responsable, habíamos estado media hora desayunando, ni un minuto más ni un minuto menos. Apuesto a que ni siquiera el tiempo que dedicó había sido casual, formaba parte de su rutina diaria.

 

Tras arreglarme con uno de mis vaqueros desgastados y una blusa color azul cobalto que había encontrado en mi armario, salí de casa para encontrarme con Philip. Como el día anterior iba a llevarme a la tienda de revelado, la única que había encontrado que revelaba carretes de manera tradicional, como se hacía antaño.

Mientras iba en el coche con Philip, no dejé de pensar en Edgar. Había algo que me atraía de él, tal vez fuese todo ese misterio que le rodeaba o la escasa información que me ofrecía. Como en una partida de ajedrez, debía perfeccionar mi técnica y empezar a sacrificar peones si quería poner en juego una ficha más poderosa. Mi afán por conocerle mejor, por descubrir su verdadera cara, el por qué de su forma de ser, crecía día tras día. A esas alturas podía decir que era un hombre complejo, tal vez al principio consiguió intimidarme con su severidad, pero a medida que le conocía dejaba entrever que no era un mal hombre, tal vez algo excéntrico, sí, sin ningún tipo de consideración o delicadeza, además de frío, distante y poco dado a las relaciones interpersonales, pero eso era únicamente la superficie, había algo más, de eso estaba segura.

—Philip, ¿cuánto hace que conoces a Edgar?

Philip me miró a través del espejo retrovisor y me dedicó una sonrisa.

—Poco antes de que contrajera matrimonio.

Esa información me dejó descuadrada.

—¿Crees que te contrató expresamente por mi llegada?

Philip sonrió, asintiendo con la cabeza.

—¡Vaya! –exclamé sorprendida– ¿Es que antes de mi llegada no tenía chófer?

—Oh, sí. Siempre ha habido chófer, pero yo estoy más preparado, creo que por eso me contrató.

—¿A qué te refieres? –pregunté con el ceño fruncido.

—No soy únicamente chófer, trabajé muchos años como escolta privado, además, fui ganador internacional de lucha libre tres años seguidos.

—¿De verdad? –pregunté impresionada.

—Lo de llevar el coche es algo secundario, no entra en mi competencia pero… forma parte del contrato.

—Veo que Edgar lo arregla todo con contratos –observé–. ¿Por qué aceptaste? Sinceramente dudo que necesite un escolta personal alguna vez, además, has tenido que abandonar el trabajo que te gustaba para llevar un coche, no me parece la mejor de las elecciones.

—Bueno, todo trabajo es bueno si es bien remunerado. La verdad es que el señor Walter ha sido sumamente generoso conmigo y dentro de mis funciones está también la de protegerte.

Puse los ojos en blanco.

—Ahora entiendo por qué siempre quiere que seas tú quién me lleve a los sitios…

Asintió con complicidad.

—Además hablo español –dijo sintiéndose orgulloso consigo mismo–, soy el hombre perfecto para esta misión –sonrió con autosuficiencia.

Me eché a reír; Philip me caía bien, en cuanto le di confianza dejó de tratarme como a la señora Walter y empezó mirarme como a una igual, eso me hacía sentir fenomenal.

 

Llegamos al centro neurálgico de la ciudad. Philip encontró aparcamiento y se apresuró a abrirme la puerta del coche. Caminó detrás de mí manteniendo una distancia prudencial.

—Oye, Philip, estaba pensando… ¿Te apetece fumar un cigarrillo?

—¿Cómo? pero si yo… yo no fumo –negó con los ojos desorbitados.

—Sé que fumas a escondidas, lo veo en tus uñas –dije dirigiendo la mirada al color amarillento que las recubría–, además, puedo olerlo en tu ropa.

Philip suspiró con resignación.

—Si puede ser no le digas nada al señor Walter, por favor, no le gusta que lo haga mientras estoy trabajando, pero son tantas horas que…

—No te preocupes –le guiñé un ojo–, no le diré nada, solo lo menciono para que me esperes aquí, no hace falta que entres en las tiendas y te conviertas en mi sombra, me pone nerviosa verte pegado a mí culo todo el día. Prefiero que me esperes fumando un cigarrillo en la puerta.

—No puedo dejarte sola, Diana, son las normas.

—¡Normas, normas y más normas! ¡Solo voy a entrar ahí por el amor de Dios! –dije señalando la tienda de fotografía–, Me verás entrar y salir. Luego puede que vaya a mirar algo de ropa, ¿crees que corro peligro mortal?

Philip hizo una mueca, no parecía muy convencido.

—De acuerdo –cedió con resignación– Pero si no te veo salir dentro de diez minutos, entraré.

—Me parece justo.

Negué varias veces con la cabeza, incrédula.

—Tanta vigilancia es demencial –murmuré en apenas un susurro– es de locos.

 

El dependiente era un hombre mayor con el pelo blanco y los ojos claros, esperó a que me acercara al mostrador sin dejar de mirarme.

—He venido a recoger las fotos de un carrete que dejé ayer…

—Oh, sí, la recuerdo. Las tenemos –me sonrió con afabilidad–, espere un momento, por favor.

Se dirigió a la trastienda y junto a él salió un chico mucho más joven. Tenía el cabello rizado y rubio, eso le daba un aspecto aniñado, aunque intuí que tenía más o menos mi edad.

—Buenos días –dijo limpiando sus manos de grasa con un trapo antes de extenderla en mi dirección–, quería conocer a la única persona, en más de diez años, que trae un carrete a revelar.

Estreché su mano exhibiendo una sonrisa.

—Pues ya la conoces, soy Diana.

—Me llamo Cristian. La verdad es que me ha sorprendido mucho, hoy en día con las cámaras digitales se ha perdido un poco la esencia de la fotografía original, la de toda la vida, y quería saber, si no es una molestia, por qué.

—¿Por qué? –pregunté sin entender.

—¿Por qué este método? Siento curiosidad.

Pestañeé intentando aclararme.

—Ah, bueno, verás… –carraspeé mientras estructuraba la respuesta en mi mente– Mi padre me enseñó que la capacidad de una película de captar distintos tonos del mismo color, es superior al sensor digital de la mayoría de las cámaras modernas, por lo que resulta de gran utilidad utilizar cámara analógica en fotografías de alto contraste, en donde hay una gran variación de tonos con alto grado de luminosidad y zonas oscuras. Otro motivo es que quién inicia en el mundo de la fotografía, las cámaras analógicas son considerablemente más económicas que las digitales, además de entrenar de mejor manera la precisión del ojo fotográfico. Y el hecho de no poder visualizar la imagen que ha sido creada hasta el momento del revelado es… bueno, –me encogí de hombros– genera expectación.

La sonrisa del chico se expandió.

—Veo que entiendes.

—Sólo soy una aficionada –alegué modesta.

—He visto tus fotos, son en su mayoría paisajes y objetos cotidianos.

Asentí con timidez.

—Sí, me gusta retratar cosas o momentos especiales. Instantes inolvidables.

Aprobó mi respuesta con un asentimiento de cabeza.

—Yo soy más de fotografiar seres vivos, pero vamos… sé reconocer un buen trabajo cuando lo veo.

—Gracias –curiosa, mordí mi labio inferior y extraje las fotografías del sobre que depositaba sobre el mostrador acristalado para darles un vistazo

Estaban las últimas fotos que hice en Barcelona junto a las de Escocia. Las repasé rápidamente mirando el encuadre, el enfoque y el contraste. Algunas eran mejorables, pero en general, me gustaban.

—Estaba pensando…, ya que veo que te gusta la fotografía, si querrías practicar con cachorritos mañana.

Le miré perpleja.

—Tengo un encargo con cachorros para un calendario, pensé que podríamos enseñarnos algunos trucos. Aunque lo mío es la cámara digital –alegó sonriente.

Se me iluminó la mirada ante su respuesta.

—¿Lo dices en serio?

Frunció el ceño al mismo tiempo que se encogía de hombros.

—Por supuesto.

Contuve una sonrisa de alegría.

—¿A qué hora? –pregunté.

—Sobre esta misma hora si te va bien.

—Perfecto.

Me miró con gran intensidad y abrió la boca dispuesto a preguntarme algo, pero lo reconsideró y volvió a cerrarla dejándome en ascuas.

—¿Cuánto te debo por las fotos? –pregunté transcurridos unos minutos.

—Nada –hizo un gesto de negación con la mano–. Ha sido un placer revelar tus fotos, hacía mucho que no tenía un encargo similar.

Le miré extrañada.

—Vaya… muchas gracias.

—¡Cristian! –le llamó el hombre mayor desde el interior de la trastienda.

—Enseguida voy.

Me miró con ojos de disculpa.

—Mi tío me necesita.

—Nos vemos mañana, entonces.

Se despidió de mí y yo salí de la tienda dirigiéndome hacia el coche con una sonrisa tatuada en el rostro. Tenía planes, y por primera vez me sentí realmente emocionada. Libre.

 

 

Continuará…

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