Él era el mensajero de la prisa, lleno de velocidad. Un torrente de potencia desbordada que hacía descarrilar la mejor intención al primer descuido. La suya era una prisa efímera por propia naturaleza. Incapaz de permanecer en su cualidad demasiado tiempo. Cada uno de sus actos era, en el mejor de los casos, un sprint fugaz que se agotaba sin satisfacer y que cada vez, sin excepción, dejaba el retrogusto de lo incompleto.
Ella, emisaria de la calma. Aliñaba su actividad con pausas delicadas. Imprimía consistencia a sus acciones y daba a cada uno de sus actos, dirección y sentido, incluso profundidad. Dueña del tiempo, se desgranaba eterna en una lluvia fina de serenidad que impregnaba todo, dejando tras de sí una sensación próxima a la perfección que da la certeza de no haber escatimado nada.
La prisa y la calma coincidieron una tarde de verano en una mirada. Juntos, construyeron una fugaz pausa. Desde entonces su tiempo corre junto en un instante que aún perdura.





Luis
Fascinante texto, un abrazo y mi voto, feliz año Pedro!
Patricia A Galeano
Hermosooooo!!!!
PedroGda
Gracias por tu comentario Luis. Otro abrazo y feliz año para ti también.
PedroGda
Graciassssss Patricia. 🙂
Albúmina
Bonita creación! Mi voto, follow y un abrazo de regalo ;).
Arena
Precioso relato!!
Mabel
¡Qué maravilla! Un abrazo Pedro y mi voto desde Andalucía